Hay que reconocerlo: los funcionarios de hoy, sean mendocinos, porteños o patagónicos, tienen respuestas para todo, menos para lo que se los señala públicamente.
Para salir del paso y evitar explicaciones que por su rol deberían dar sin preámbulo, lanzan frases del tipo “es una chicana de la oposición”, “esto es parte de la campaña sucia” o “se trata de un circo mediático”.
Tienen probado oficio en sacarse los problemas de encima. Rara vez se reconoce el error, la falta de visión política o, por qué no, de sensibilidad.
Esto vale tanto para un caso extremo, como el del adolescente qom que murió por un cuadro de desnutrición, tuberculosis y meningitis, como para las galletas donadas a la comuna de Alvear que, por no haberlas repartido a tiempo, se vencieron.
Dos noticias muy diferentes que disparan reacciones similares frente al tratamiento de los temas, ya sea por parte de los involucrados como de los medios que se hacen eco.
Mientras se apunta a los mensajeros (esos que arman el “circo mediático), el problema de fondo sigue ahí, a la espera de que no mueran más niños por desnutrición o que las donaciones lleguen a destino.
Los indolentes tienen una particular habilidad para desplazar el foco del asunto y quedar relativamente afuera del cuestionamiento.
Pero la realidad, siempre tan poderosa e innegociable, es la que finalmente habrá de desenmascararlos. 
Si bien no están en primera plana los responsables de la muerte del chico chaqueño ni los de la comida vencida, quienes los rodean saben qué responsabilidad les cabe.
Si están por encima de ellos jerárquicamente no pueden no tomar medidas. Si cumplen la función por la cual los ciudadanos, a través de alguna votación, les confirieron alguna representatividad, deben honrarla. O irse.
La frivolización que hoy tiñe a casi todo ha conseguido que la información circule por tantos circuitos y a tanta velocidad que en el camino va mutando.
Al final de recorrido, lo que llega a destino es una extraña mixtura de novedad, opinión, malicia y prejuicio que, en definitiva, termina favoreciendo a los funcionarios corruptos o, siendo benévolos, a los ineptos.
Hacerse cargo es una consigna que habrá que militar fervorosamente desde Ushuaia a La Quiaca. O viralizar, si prefieren.   

(Diario UNO, 11 de setiembre de 2015)
Se supone que de una catástrofe natural algo podemos aprender. Aunque frente a la desmesura de esos fenómenos poco pueda hacerse, contar con una política de prevención debería menguar su impacto.
Si bien la ciencia no puede pronosticar un terremoto, el solo hecho de que los mendocinos vivimos en una zona sísmica implica estar preparados. En teoría, claro.
Si se compara cómo reaccionaron chilenos y mendocinos frente al sismo del miércoles, quedará evidenciado que los trasandinos sí poseen una cultura sísmica. 
Quizás por haber sufrido terremotos más dañinos y dramáticos que de este lado de la cordillera estén más concientizados ante estos eventos naturales. 
Pero es llamativo y preocupante que a nosotros nos cueste tanto despertar esa conciencia que se supone atada a la más obvia supervivencia.
Se dirá que periódicamente se realizan en las escuelas y en los organismos públicos ejercicios de prevención sísmica a través de simulacros.  
Es cierto, pero se realizan más para cumplir con una rutina que se baja desde las autoridades más que por convicción de que hay estar siempre listos, como los boys scouts.
Hacerlo de esa manera, casi con indiferencia, se nota en situaciones como la que se vivió este miércoles.
Si el primer consejo es no perder la calma, la mayoría optó por correr, no reparar si había vidrios cerca o cuan lejos se estaba de un lugar con garantías de seguridad.
Ni hablar de contar con un kit de emergencias, especialmente preparado para ocasiones como la del reciente terremoto en suelo trasandino.
La errónea sensación de que lo grave siempre habrá de producirse del lado chileno nos lleva a seguir creyendo que lo lógico es que nos toque la mejor parte de lo peor.
Una mendocina que vive en el vecino país contaba a UNO que en su edificio está perfectamente organizado cómo realizar una evacuación, qué hay que tener preparado en un bolso de mano y a quién recurrir ante un problema de salud. 
La conclusión es tan obvia como simple: nos falta muchísimo para considerarnos una provincia bien preparada en materia sísmica. 
Somos amateurs en la materia.
Para revertirlo hace falta más que un compromiso personal. Se requiere de una política de Estado.     

(Diario UNO, 18 de setiembre de 2015)
Estamos atravesando una época marcada por la opinión más que por el pensamiento y la reflexión.
Para esto, el psicólogo y escritor Gabriel Rolón, tiene un simpático neologismo que lo define con precisión: el “paramisismo”. 
El giro surge de ese recurrente “para mí...” que muestra que, en especial los argentinos, solemos tener opinión para todo. O todo nos invita a fijar una posición que no siempre le importa al otro.
Esto vale tanto para un Boca-River, las elecciones en Tucumán o la nueva pareja de Jorge Rial. 
Ningún tema parece estar exento de nuestra opinión. Lo cual no está necesariamente mal, el problema es cuando esa reacción casi automática no está sustentada en argumentos sólidos. Es decir, cuando es algo más bien espasmódico, no producto del análisis.
Para Rolón, nuestro común modus operandi tiene una explicación. La historia del país ha estado signada por la alternancia de períodos democráticos y de dictaduras militares. “Especialmente la última de estas instaló de un modo fuerte la palabra represión. Fue un período en el que no se podía hablar libremente, ni se podía opinar”.
La recuperación de la democracia significó entonces la posibilidad de recuperar la palabra, la expresión en su más amplio sentido.
“Esta imposibilidad -considera el citado autor- ha sido crucial en el estado actual de nuestros medios, ya que elevó la opinión a un altísimo y tal vez exagerado nivel. Y a modo de formación reactiva generó la casi obligación de opinar sobre todo y sobre todos”.
La descripción de Rolón es precisa y fácilmente perceptible en cualquier espacio radial, televisivo o gráfico. 
El paramisismo copó todos los espacios, pero eso no significa necesariamente que esté mal. Si se ha resaltado la importancia de haber recuperado la libertad de expresión, no vamos a cercenarla gratuitamente desde el prejuicio. 
Sí podríamos plantear, sin que se confunda con una actitud censora, que sería más valioso empezar a capitalizar la llegada que tienen algunos medios para compartir algo más que ese “para mí” que rara vez aporta y hace crecer.
En lugar de ese subjetivo parecer, bien se podría  ofrecer un pensamiento, una reflexión, una mirada alternativa, que nos sitúe en un lugar distinto, tal vez mejor, que antes de haber lanzado al aire a las palabras como si fueran monedas de poco peso.  

(Diario UNO, 19 de setiembre de 2015)
Uno de los enormes baches que deberá tapar quien presida la Argentina a partir del 10 de diciembre es la alarmante falta de estadísticas claves para poder radiografiar los puntos flacos del país.
Las recientes muertes de niños desnutridos reavivó el debate acerca de la pobreza y la magra información que se maneja sobre el tema.
No es que la sola exhibición de los números allane el camino a una solución inmediata, pero tampoco se puede avanzar a tientas si se pretender enfrentar a ese flagelo. 
Desde el 2007, año en que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC)  fue intervenido, las cifras de la pobreza desaparecieron como si con ese gesto arbitrario se terminara definitivamente con ella.
El propio organismo reconoció que “se discontinuó la publicación de la serie histórica de la medición de Incidencia de pobreza e indigencia por ingresos monetarios que se venía realizando desde 1993 por contar con severas carencias  metodológicas”.
Para ser precisos, el INDEC sí publicó esos datos, pero con la distorsión de las cifras de la inflación daban como resultado un cálculo oficial de la pobreza que perdía toda seriedad y relevancia.
En una entrevista para el diario La Nación, el propio embajador argentino en Chile y ex ministro de Salud, Ginés González García, reconoció que “un país sin números no puede planificar”.
Como contracara, el ministro de Economía, Axel Kicillof, admite temerariamente que él no tiene el número de pobres “porque me parece que es una medida bastante estigmatizante”. 
Con liviandad se habla de los números como si no se correspondieran con personas de carne y hueso; muchas de las cuales suelen ser movilizadas -clientelismo mediante- para votar a candidatos que luego habrán de omitirlos de una auténtica política de inclusión social y económica.
El protagonismo se lo llevaron los casos del Chaco, pero no son los únicos. Por eso es fundamental que se “refunde” el Indec, con una auditoría ad hoc del Congreso y de intachables referentes de los organismos sociales, y en función de una lectura seria y profesional de los datos de la realidad se avance en las prioridades.
La Estadística es mucho más que un montón de números y gráficos complejos. Los mercados, los gobiernos, la medicina, la ingeniería, requieren de su auxilio para modificar el rumbo de aquello que va mal. Candidatos, por favor apunten esta obviedad.    

(Diario UNO, 24 de setiembre de 2015)
Pocas veces en la historia del periodismo argentino se ha recurrido con tanta asiduidad al uso de las comillas como en este año súper electoral. 
Las citas textuales están a la orden del día. Y eso tienen un origen, una razón: el declaracionismo full time.
Todos, especialmente los políticos y más en plena campaña, tienen -o creen tener- algo para decir. ¿Acerca de qué? ¡De todo!
Con la misma impostada solvencia, pueden opinar del agua en Marte, el impacto del cambio climático, la violencia
en el fútbol, el crecimiento del delito, los pro y los contra de la minería, hasta los puntos flacos de la plataforma de sus oponentes.
Y aquí hagamos los medios un humilde mea culpa. Sea para contar con la fuente precisa para una información, pero también para llenar un espacio, el candidato equis es convocado a opinar casi todos los días acerca del más amplio y variado menú.
Lo importante es capitalizar ese instante que sume en la diaria tarea de instalar su imagen y su mensaje en la ciudadanía.
Para descarsar de sus verbas inflamadas, nada mejor que una foto. Esa que, ahí sí, dirá más que mil palabras y abrirá, en su calculada estrategia, dos mil puertas.
La verborrea, que encuentra campo fértil en las habitualmente agitadas redes sociales, obtiene como paradójico resultado que el eventual oyente no retenga nada de lo dicho.
Ese cúmulo de palabras son lo más parecido a un zumbido y, como tal, molesta. 
Rara avis es aquel político que habla poco y bien. Que dice mucho sin abusar de la retórica de su devaluado oficio. 
Algo de esto se patentizó en el debate presidencial del domingo pasado. Cada candidato tenía respuesta para cada tema. Las frases, en general, sonaban bien construidas, pero lo que se decía no destacaba por lo profundo.
¿Hace falta decir que lo que no abundaron fueron las ideas? El espectador del histórico encuentro quedó con la sensación de que nadie quería aportar algo creativo y distinto, superador, por miedo a que el contrincante lo capitalizara en caso de acceder al sillón de Rivadavia.
Con el insoslayable cupo de responsabilidad que nos cabe a los medios, se impone empezar a desatar esa maraña y lograr que al menos una palabra en limpio salga a la luz. Una, pero que diga mucho. 

(Diario UNO, 7 de octubre de 2015)
Frente a la referencia de emblemáticos casos de jóvenes desaparecidas, como Johana Chacón y Soledad Olivera en Mendoza, u  otros nacionales como los de Marita Verón y María Cash, cada vez que una chica no regresa a su casa se disparan las más drásticas conjeturas.
Las resonantes muertes de Lola, Angeles y Melina, entre tantas otras, siempre hacen temer el peor final.
Dado el alarmante contexto de inseguridad que atraviesa todo el país, es lógico y natural que cualquier padre reaccione inmediatamente haciendo la denuncia policial.
La sensibilidad que despiertan estos hechos hacen que no sea una tarea fácil para las autoridades. 
Ante la presunción de que puede ocurrir algo fatal, la búsqueda se activa rápidamente con el objetivo de que todo tenga un final feliz.
Los casos de trata de personas que tomaron estado público son lo suficientemente graves como para reforzar las precauciones y no subestimar lo que uno tiende a considerar como una ausencia momentánea.
Lo que ocurre cada tanto, y también preocupa, son las supuestas “travesuras” de adolescentes que, fingiendo un rapto o una situación poco clara, se van de sus hogares por unos días. En el mejor de los casos, siguiendo un amor no aceptado por los padres. 
En otros, una discusión familiar es motivo suficiente para “castigar” a los progenitores por su incomprensión. 
La psicología de los chicos en esta etapa tan propicia a los vaivenes emocionales es un aspecto no menor en el análisis de por qué se escapan transitoriamente como una forma de marcar territorio.
El diálogo permanente con los hijos, en un ida y vuelta que contemple las expectativas y sentimientos del otro, es imprescindible para evitar esas zonas oscuras en el vínculo que a veces eclosionan de una manera dramática.
En tiempos en que las relaciones familiares han perdido espacio por las múltiples actividades que tienen chicos y adultos, no es ilógico que la consecuencia sea que busquen llamar la atención escapándose un par de días, creyendo que se trata de una aventura que algún día le contarán a sus hijos.
Un reciente informe de la UNCuyo reveló que en setiembre desapareció una chica cada 5 días, siendo Facebook la principal referencia de sus búsquedas y hallazgos. 
La mayoría reaparece, pero no todas. En ese temible margen hay una deuda enorme que debemos saldar sin excusas los adultos.

(Diario UNO, 2 de octubre de 2015)
Entre la Gioconda y el turista ansioso hay no menos de 30 visitantes que, como él, pugnan por ver la clásica obra pictórica del renacentista italiano Leonardo da Vinci.
Debido a la distancia y lo complicado del acceso a uno de los imanes del Museo del Louvre de París, debe conformarse con una foto a lo lejos, tomada con su teléfono de última generación. 
Esto, que le ocurrió a un mendocino de vacaciones por Europa, le pasa y le pasará a cualquiera que visite un sitio que se precie de turístico.
Es tal la avidez por registrar cualquier imagen y dispararla al universo virtual gracias a esos celulares inteligentes que la experiencia en esos atractivos lugares es cada vez más distante e impersonal.
Como sostiene el filósofo español José Luis Pardo, “en los museos disparamos a los cuadros con nuestros teléfonos móviles como un pelotón de fusilamiento”.
Rara avis son aquellos que esperan que se dispersen los grupos para acercarse y disfrutar de cerca los detalles de una obra como La Mona Lisa. Escudriñar en qué consiste la magia de un cuadro que es mucho más que eso. 
Lejos, lejísimo del ritual de tomar fotos con cámaras con película y esperar hasta revelarlas para saber en suerte qué tomas quedaron y cuales se velaron o dañaron en el camino, la avasallante tecnología allanó de tal forma el proceso que hoy vivimos en mundo tremendamente saturado de imágenes.
Ante ese frenesí, los viejos álbumes de fotos familiares no pierden el encanto, pero hay que reconocer que han sido superados por los archivos digitales donde se acumula un número exagerado de capturas variopintas.
En aquellos tiempos donde no prevalecía el exhibicionismo per sé ni el culto al ego más banal, una foto servía para documentar un momento especial, un hito en la vida de las personas.
Una imagen condensaba bastante más de lo que representa vernos a sí mismos ahora multiplicados innúmeras veces en las situaciones más cotidianas e irrelevantes.
De regreso a su país, el turista que devino cazador serial de fotos, repasa una cuantas y entre tantas descubre una en especial. Asombrado, se pregunta “¿en qué momento estuve ahí”. 
La respuesta, se contesta para sí, podrá encontrarla una vez más en la agenda del celular, sondeando en google o revisando el historial de su navegador. La vida en un click, como quien dice. 

(Diario UNO, 20 de octubre de 2015)

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