De los libros al CD, la obra del poeta Jorge Boccanera hace un alto en el camino para Jadeo del viaje. El autor se toma un respiro para una charla con Escenario

Por Rubén Valle

Fascinado por la fauna humana que orbitaba en torno del puerto de Bahía Blanca y por esas raras avis que desembarcaban en la peluquería de su abuelo, el pibe que amaba las historietas y luego a las mujeres nunca echó raíces. Todo lo contrario. Su nomadismo lo llevó a hacer camino al andar y a traducir ese periplo sin fecha de vencimiento en una sólida obra poética, narrativa y periodística con escalas en Costa Rica, Panamá y México.
Buena parte de ese destino de trovador ancló –momentáneamente, valdría aclarar– en el CD intitulado Jadeo del viaje, editado por la mexicana Ediciones Pentagrama, en su colección La Palabra. 
Apelemos al portugués José Saramago para que dé pistas de ese devenir sonoro: “No hay espacios libres en la poesía de Boccanera. Cada palabra extiende la mano hacia la siguiente, la agarra con firmeza, de modo que la intensidad del sentido se ve duplicada y luego se multiplica en un crescendo continuo”.
En un alto de su marcha irrenunciable, el autor de obras como Bestias en un hotel de paso, Los espantapájaros suicidas, Polvo para morder y Sordomuda, habla con Escenario acerca del viaje como “un diálogo que nunca termina”. 
–¿Cuál fue el disparador de este proyecto?
–La iniciativa partió de Modesto López, director del sello musical Pentagrama en México; un tipo incansable que no deja de poner a funcionar proyectos. Nos conocíamos del exilio en tierra azteca tras el golpe militar del 76, él estaba armando la colección XCRCXY de textos en la voz de sus autores –incluyó entre otros, al ecuatoriano Antonio Preciado, el salvadoreño Roque Dalton y a nuestro Juan Gelman– y propuso que me sumara. Se hizo una primera edición en 1999 y en 2000 salió con otra portada una nueva edición.
–El título sintetiza claramente tu destino errático…
–El nombre Jadeo del viaje tiene que ver con ese tránsito por diversos países de América Latina que comencé justamente cuando salí de Argentina con los militares en el poder. Un viaje que es diálogo y que aún no termina. De junio a fines de ese ‘76 recorrí Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Honduras, El Salvador y Guatemala, antes de recalar en México. Fue el inicio de ese “jadeo”, vale decir una respiración que quedó, creo, en el fondo de lo que escribo. Eso mismo han dicho algunos críticos y la idea no me parece mal. Lo que sí podría sonar extraño es que una de mis antologías aparecida en Colombia se llama Tambor de jadeo, y esta reiteración de la palabra “jadeo” podría llevar a pensar en un problema bronquial, ¿no? 
–¿Por qué México, donde se editó el CD, apuesta más a los poetas?
–Es un tema largo que excede esta entrevista, con muchos aspectos a observar. Hay que analizar qué espacios ha tenido y tiene la poesía en la sociedad argentina. También habría que ver el lugar que ocupa la cultura en general. Y dentro de lo cultural, los aspectos más aventurados y venturosos de búsqueda creativa. El arte rompe moldes y quienes administran estos espacios son muy estructurados, cuando no dependientes del mundillo mediático o los encumbramientos efímeros impulsados por  las grandes editoriales. En el resto de Latinoamérica el poeta ha funcionado incluso como espacio emblemático: Darío representando a Nicaragua, Martí a Cuba, Neruda a Chile, López Velarde a México… pero como dije, el tema es lungo y daría para rato. 
–¿Cómo fue el proceso de selección de textos para el CD, teniendo que sondear una obra tan extensa como la tuya?
–Debo confesar que mis antologías no son muy “pensadas”. En general, salen de una especie de matriz de una de mis compilaciones, Marimba, que se viene reeditando en diversos países desde 1989 y que en cada edición agrega letras de canciones y poemas inéditos. Claro que hay algunos pocos textos que se perfilan por delante de otros debido a la preferencia de algunos lectores. Pero trato de que estas y otras compilaciones –entre ellas Zona de Tolerancia, Antología personal, Sombra de dos lugares y Servicios de insomnio– den un amplio panorama de lo que escribo, aun de mis textos escritos en la adolescencia. 
–¿Qué opinás de los discos de otros poetas?¿Sos de escucharlos?
–Me gusta escuchar en su voz a los poetas. Tengo grabaciones de muchos, aportan un fraseo, una respiración personal e intransferible. Recuerdo que el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón se refirió, escuchando recitar a Neruda, a esa voz entre gangosa y monótona que sin embargo iba capturando a su auditorio, decía, como si fuera una boa constrictora. 
–Amigo de grandes músicos, sorprende que la mayoría de los poemas no “dialoguen” con una música de fondo…
–Podría ser, habría que ver qué tipo de música. Me ha pasado que en algún recital me pusieron una especie de acompañamiento, unos acordes de fondo que no iban en la misma dirección que el texto que estaba leyendo. Cuando esa música de fondo no tiene el mismo clima, distrae. De todos modos, alertado sobre ese aspecto, podría pensarse algo así para un próximo CD. 
–Incluiste a Raúl Carnota y Alejandro del Prado cantando tus textos. ¿Fue idea tuya o una propuesta de los editores?
–Fue una idea conjunta con Modesto López, el productor. Y en lo personal, la música de ambos amigos me representa. 
–¿Habrá una segunda parte donde entren Palma Real y tus poemas más recientes?
–Ojalá. Depende del interés que haya en ese sentido por parte de compañías que editan este tipo de trabajo. Y si sale algo, por supuesto va a incluir poemas de Palma Real como también textos nuevos de un libro que vengo escribiendo y corrigiendo hace años y que tiene el nombre provisorio de Monólogo del necio. Volviendo a Palma Real, me gustaría un DVD que uniera la voz del poema con música y con imágenes de la selva 
centroamericana.

(En suplemento Escenario, 10 de agosto de 2013)
La pasión en común por la lectura y los libros fue el motor para que tres amigas se unieran para darle vida a "Sigamos enamoradas", un nuevo sello editorial que se propone generar un espacio para el “cuidado amoroso de la literatura”.

Cuentan las buenas lenguas (o las amigas poco discretas) que Cecilia Romana es de enamorarse con relativa facilidad. Por eso, cuando Karina Macció le dedicó su libro con un “Sigamos enamoradas” (cada una de su propio chico, se aclara), empezó a utilizar esa luminosa frasecita como un mantra de eterna primavera.
Tal efecto produjeron esas dos energéticas palabras que terminaron dando nombre a un nuevo sello editorial. Mercedes Araujo, Marina Serrano y la enamoradiza Romana conjugaron la química de la amistad y la literatura para darle impulso a este proyecto basado en la pasión antes que en la lógica del mercado.
Mercedes, crédito mendocino de la flamante editorial, interrumpe su agitado día en Buenos Aires (donde está radicada desde hace unos años) para darle pistas a Señales de qué va esta patriada literaria.
–¿Por qué saltar de la solitaria tarea de la creación para compartir un proyecto editorial?
–Sigamos enamoradas es la materialización de una amistad genuina y cotidiana, anclada principalmente en los libros pero no sólo en ellos; es por lo tanto un proyecto editorial que nace como el fruto de nuestra alianza como escritoras, como lectoras y como chicas que descansan de la soledad de la escritura y se reúnen a conversar de sus intereses y de sus amores; siempre con un vino mendocino de por medio.
–¿Tiene Sigamos enamoradas su propio credo poético, su propia épica en medio de un mercado inexistente?

–En principio la editorial no es exclusivamente de poesía, así que tampoco nuestro credo es necesariamente poético, pero sí la fundamos con una idea específica que es el amor a la literatura y a los productos literarios. Nuestra épica está fundada sobre el punto de enclave entre nuestros gustos literarios y nuestra capacidad económica para difundirlos. La épica de Sigamos... está en hacer las cosas como uno suele hacerlas cuando se enamora, casi sin pensar en las consecuencias. Buscamos generar un espacio para el cuidado amoroso de la literatura. Entre nuestros anhelos fundamentales está el de crear una dimensión activa del contacto entre el autor y el lector, a través de la publicación, la organización de lecturas, fiestas y cualquier excusa que sirva para liar al libro con el lector.
–¿Se sienten parte de la movida de editoriales y revistas independientes como Belleza & Felicidad, Pisar el Césped, Música Rara, Voy a salir y si me hiere un rayo, Los amigos de los ajeno, Plebella, La voz del erizo y Zapatos rojos, entre muchos más?

–La verdad es que nos gusta y nos interesa lo que ellos hacen; la poesía suele ser un espacio de amor (también de odios), pero no pertenecemos a ningún grupo, por eso podemos asociarnos e interactuar con cualquiera sin el riesgo de cometer incesto o de caer en la endogamia poética actual. Sí apoyamos y buscamos actuar en pro de la diversidad, es una especie de convicción ecológica, ya que creemos que la pérdida de la diversidad literaria puede ser tan grave como la pérdida de la diversidad biológica.
–¿Qué puntos en común tienen con esas propuestas y en qué creen que se despegan claramente?
–En común reconocemos una marcada presencia femenina en esos grupos y el trabajo editorial entendido como un emprendimiento independiente o artesanal que persigue la diversidad. La diferencia es que mientras la mayoría de ellos se dedica principalmente a editar poesía, nosotras tenemos un proyecto editorial que abarca narrativa, ensayo, crónicas de viaje y hasta vitivinicultura o arte.
–¿Sirve seguir creando tribus, atomizando el gueto, o cada nueva propuesta igual suma?
–Nuestra idea tiene que ver con integrar y revalorizar diferentes voces creativas que no se circunscriban a Buenos Aires. En ese sentido, nuestro primer título fue una antología (Hotel Quequén) de 15 autores de los cuales seis nacieron en el interior. De esa forma, la tendencia de Sigamos... tiene que ver más con una anulación de las fronteras que con una nueva atomización.
–Arrancaron con una antología poética, pero también preparan El evangelio de Judas. ¿Este proyecto abarca todos los géneros o la política es sólo editar lo que las entusiasme?
–Los derechos del Evangelio de Judas fueron vendidos a la Editorial Trotta de Madrid, pero tenemos un arreglo para sacar la edición bilingüe (copto-castellano) a fines de este año. Asimismo, vamos a editar la novela Tiempo salvaje (M. Araujo), el libro de ensayos Paisaje oblicuo, de Diego Bentivegna, y los libros de poesía de Osvaldo Bosi y Marina Serrano. Un proyecto importante que tenemos en mente es organizar el primer encuentro argentino-chileno de literatura en Mendoza.
–“La poesía no se vende porque la poesía no se vende”, decía Guillermo Boido. ¿Cómo manejan el aspecto comercial de este proyecto?
–Sigamos enamoradas no cobra a sus autores ni acepta publicaciones pagas, lo cual no es frecuente. Hacemos hincapié en modificar las formas de costear el gasto inicial. Otra es que los autores de renombre con mayores posibilidades de venta sustenten a autores menos conocidos pero igualmente valiosos.

(Publicado en suplemento Señáles, Diario UNO, 2 de julio de 2006)
“Plaza bonsai” es, en apariencia, un libro de microrrelatos de Javier Hernández y fotos de Luis Amieva. Pero también se propone como un sugerente territorio en blanco y negro donde sólo los fantasmas parecieran merecer algún color.

Una plaza puede ser todas las plazas pero tratándose de Javier Hernández tal aserto puede ser rápida y contundentemente desmentido. Basta leer “Plaza bonsai” para descubrir que ese territorio tradicionalmente luminoso -siempre propicio para el juego infantil o los escarceos del amor- no es lo que parece. “Plaza bonsai es un lugar sin demasiado espacio para el optimismo”, advierte el escritor y periodista del Este y ahí está su coequiper Luis Amieva para dejarlo aún más claro (o más oscuro) con sus sugestivas fotos en blanco y negro.
Suerte de rescate emotivo de aquello que se pierde lentamente sin provocar una reacción evidente, este “conjunto de pequeñas historias que cualquier lector puede terminar en una sentada” también puede leerse como una elegía barrial, un diario de viaje de un Dante extraviado en las viñas del Señor (Hernández).
“Plaza bonsai” es, antes o después de todo, un libro. Libro que en la era del acechante “e-book” se agradece, además de por sus textos e imágenes, por su factura gráfica infrecuente para una producción local. Ya presentado oficialmente el viernes pasado en Junín por el tándem Hernández-Amieva (ambos, créditos de Los Andes), lo que sigue son apenas senderos tramposos hacia las páginas y sus ecos visuales. En caso de extravío, la culpa -una vez más- será adjudicable al placero ausente.
Primera trompada (el disparador).
Para llegar a “Plaza bonsai” hubo que recorrer un camino. Largo, pero camino al fin. De aquel tránsito, estas pistas. “El libro empezó a tomar forma a fines de 2007. Previamente tenía un puñado de cuentos cortos que había publicado en un blog (que ya no existe) y que sirvieron como disparador. A mediados de 2008 el libro estaba listo y el resto del tiempo fue buscar financiamiento, algo nada sencillo. Finalmente, el libro salió gracias a la colaboración de la Fundación Cabildo”.
¿Lo breve para decir más? ¿O el instrumento necesario, en este caso, para armar el puzzle de historias que convoca o dispara la indescifrable Plaza bonsai?
“Un poco de cada cosa: la contundencia en la brevedad pero también una cierta atmósfera que intenta una unidad en los textos. El relato breve es un género que siempre me gustó; creo que lo primero que leí al respecto fue ‘La Sueñera’, de Ana María Shua, allá por los ‘80. Del cuento breve me interesa la contundencia en lo escaso, ese aspirar a conseguir en pocas líneas la sorpresa del lector. Haciendo un parangón entre literatura y boxeo podríamos decir que si una novela se parece a un combate a doce rounds, un cuento podría ser cada uno de los asaltos y un microrrelato sería como definir esa pelea a los 15 segundos, con la primera trompada”.
Fuera del ring, el sueñero especula que…
“un libro de microcuentos se parece a una bolsa de la que el lector va sacando cosas y con esas cosas se sorprende, desilusiona, alegra o queda indiferente. La bolsa sería algo así como la atmósfera que crea el libro y, dependiendo del material con el que está hecha, uno se hace una idea de lo que va a encontrar adentro. Puede haber bolsas de seda, limpias y suaves, que guardan muñecas de porcelana y diamantes, o de arpilleras sucias y remendadas, como imagino la que contiene los cuentos de ‘Plaza bonsai’”.
Unir miradas o del por qué convocar a un fotógrafo y sumar imágenes a textos que de por sí sugieren tantas. “La tarea de imaginar cuentos breves y darles forma es inmensamente más larga que la que lleva leerlos y si bien estoy satisfecho con el resultado, ‘Plaza bonsai’ es un conjunto de pequeñas historias que cualquier lector puede terminar en una sentada. Pensé entonces que el libro podía ofrecer algo más y se me ocurrió incluir imágenes que de un modo metafórico apuntaran a los relatos. Hablé con Luis Yayo Amieva, a quien ya conocía porque una de sus fotos ilustró la portada de un libro mío (‘Infiernos íntimos’) y la idea le gustó.
Empezamos un proceso largo y complicado pero muy grato”. Yayo toma la palabra y completa el modus operandi: “Javier me iba mostrando los cuentos, comentábamos la idea y con esa punta yo salía a buscar imágenes. Después nos juntábamos a mirar esas fotos, cruzábamos puntos de vista y así íbamos descartando y seleccionando hasta elegir la que cerrara mejor la idea del cuento". "Al final quedaron 30 imágenes para 60 textos. Además hay que aclarar que las fotos no están trabajadas con fotoshop; la idea era buscar un registro lo más natural y sugerente posible desde lo metafórico”.
Contar en blanco y negro.
¿Opción estética? ¿O el territorio propicio para personajes perdidos en sus propios contrastes? “Simplificando mucho podría decirse que ‘Plaza bonsai’ es un libro donde no hay demasiado lugar para el optimismo. La suerte de sus personajes suele ser bastante desdichada e infeliz y con Yayo entendimos que la atmósfera que eso iba creando necesitaba de un libro en blanco y negro, con la fuerza que eso implica y sin la distracción del color. Un mundo sin colores, ésa es una buena síntesis”.
La plaza, suerte de aleph de un mundo bonsai que contiene y expulsa. ¿Una metáfora? ¿O el escenario indispensable para el relato? “Cuando empecé a escribir ‘Plaza bonsai’ pensé que los cuentos podrían estar hermanados por algo más que cierta atmósfera pesimista y se me ocurrió que una misma palabra podía repetirse en cada uno de ellos. Elegí ‘plaza’ sin ningún motivo especial, del mismo modo podría haber sido ‘camino’, ‘demonio’ o ‘ropero’. Otro elemento común a todos los relatos es la extensión; cada historia tiene 61 palabras y en esas condiciones trabajé los cuentos, lo que terminó por ser un ejercicio literario bastante curioso”.
Cierta impronta de autores que combinan lo real y lo fantástico (Cortázar, Dolina, Arlt, Bioy, Borges, Sasturain) habita esta singular plaza. ¿Reconoce el autor esas voces; las escucha cuando se aleja lo suficiente? “Los autores mencionados han estado en mis lecturas y también otros, como Quiroga, Castillo y Fogwill; todos grandes cuentistas de los que uno, modestamente, trata de aprender. En líneas generales disfruto más la lectura de cuentos que de novelas. Uno tiene cierta inclinación a la hora de imaginar y contar historias que lo llevan a elegir ciertos temas y descartar otros. Puesto a elegir, prefiero hablar acerca de una vieja máquina de escribir a la que le falta una tecla, que sobre una computadora a la que le falla el modem”.

(Publicado en suplemento Estilo, Diario Los Andes, 23 de mayo de 2010)
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El periodista y escritor Reynado Sietecase se basó en crímenes reales para volcar en los diez cuentos de "Pendejos" una durísima síntesis de un país signado por la inseguridad. “Cuando un chico mata, lo primero que mata es su infancia”, asegura el rosarino.

Desde su lugar de periodista, pero también como ciudadano argentino que en cualquier momento puede ser noticia por la inseguridad, Reynaldo Sietecase convive a diario con la violencia. Si a esto le agregamos que es un apasionado lector de novelas policiales, no debería extrañarnos que esa combinación decantara en los diez poderosos cuentos de Pendejos.
“Los crímenes narrados en este libro tienen correspondencia con hechos reales. Sin embargo, todos los personajes, escenas, fechas y lugares pertenecen al mundo de la ficción”, advierte el coequiper de Jorge Lanata en la radio (y en su mítico Día D televisivo) y conductor de El lado salvaje por América 24.
De allí que cada cuento remita indefectiblemente a esos casos resonantes que tuvieron por un tiempo la pantalla caliente, pero que rápidamente son reemplazados por más violencia, más dolor y más sangre.
Aunque poeta de larga data, en Pendejos Sietecase llama las cosas por su nombre. Historias contadas con el cuchillo entre los dientes, sin ningún tipo de estetización ni metáforas. Al grano.
En un alto de su febril tarea periodística, el autor de Un crimen argentino habla de la cocina de Pendejos, ese espejo que duele.
-No es casual que desde tu lugar de periodista te nutrieras para escribir ficción, pero ¿cuál fue el hecho puntual que detonó el concepto del libro?
-Sobre el final de 2005 visitó el programa de radio de Jorge Lanata, donde trabajo, una especialista en seguridad. Entre otras cosas contó que en Argentina se había condenado a reclusión perpetua a una decena de menores de 18 años y que esto era una clara violación de la Convención de los Derechos del Niño. La idea era perturbadora: “Pibes condenados a prisión perpetua”, por lo que me decidí a buscar más información. Pensaba que podía hacer una serie de notas contando las historias de estos chicos, pero cuando me acerqué al tema comprendí que el formato no era la narración periodística, sino la ficción.
-Sabido tu amor por el género policial, ¿hubo algún autor o texto que te sirvió de modelo, directa o indirectamente, a la hora de escribir Pendejos?
-Desconozco si hay algún trabajo similar a Pendejos. El tema de los menores asesinos fue abordado por Fernando Vallejos en su gran novela La Virgen de los Sicarios y sé que hay varios libros de brasileños que hablan de lo mismo. Yo encuentro alguna referencia en Babel, una película que vi después de que el libro se publicó. Allí hay un cruce muy interesante entre la violencia y los niños.
-Hablame de cómo surgió el título del libro. Es interesante porque dice y no dice demasiado. Más bien, sugiere.
-Según su origen latino, pectiniculus, remite a los pelos que nacen en el pubis. Pero además es una palabra polisémica. En el reciente Congreso de la Lengua Española fue elegida por los escritores como una de las palabras que hay que “rescatar”. A algunos amigos les sonaba despectivo. A otros les parecía un riesgo innecesario porque podría prestarse a confusión. Para mí era un título perfecto para estos cuentos. Un pendejo es algo pequeño, insignificante, un pelito que nace en un lugar que habitualmente ocultamos. Mis relatos hablan de pendejos que matan, roban y se drogan. De pendejos que son víctimas y victimarios. Hablan de los pendejos que no queremos ver.
-Uno de los aspectos más logrados del libro es no haber caído en una mirada apologética de los pibes violentos, pero tampoco en una condenatoria. ¿Cómo hiciste para narrar sin tomar partido?
-Cuando decidí escribir Pendejos me impuse dos desafíos: primero, como artefacto literario no debía imponer mi visión personal sobre el tema. No quería moralizar. La intención del libro, como en toda buena literatura, es entretener. Y mis narraciones por más crueles que sean, buscan lo mismo: atrapar al lector bajo la premisa de cualquier policial; obligarlo a llegar hasta el final. Después de la lectura, si el libro moviliza el debate sobre qué hace esta sociedad con los chicos que cometen hechos violentos, bienvenido sea. Y además, me impuse un desafío literario, que cada cuento fuese diferente. Por eso cada relato tiene distintos narradores.
-Cada caso, cada historia que contás, habla de alguna manera de lo que es este país. ¿Se puede decir que la violencia es la metáfora que mejor define a la Argentina, no sólo a la actual?
-Argentina es un país violento y la literatura lo refleja. No es casual que nuestro libro fundacional sea El Matadero. Por mi parte, no me canso de afirmar que una sociedad también puede definirse por sus crímenes. En mi novela Un crimen argentino un delincuente secuestraba a un empresario y después de asesinarlo, hacía desaparecer el cuerpo disolviéndolo en ácido sulfúrico. La desaparición de los cuerpos marca la historia de este país desde la época de la colonia hasta los crímenes de la última dictadura. En cuanto a la literatura soy un adicto a las historias policiales, como lector primero y como autor después. El policial es un género que funciona como una caja china y por eso me interesa particularmente. La novela negra norteamericana, la inglesa de enigma, el nuevo policial europeo y los relatos argentinos sin detectives cuentan una historia central y, a la vez, revelan los claroscuros de una comunidad determinada. Cómo funciona la Policía, qué pasa con la Justicia y cómo opera el poder económico, por ejemplo. Siempre hay más de un nivel de lectura.
-¿No percibís en los medios, especialmente en la TV, como una banalización de la violencia; casi un hecho estético al que se vacía de contenido?
-Se banaliza por la reiteración sensacionalista. Hay montajes, puestas en escena, teatralizaciones. La inseguridad existe y es una preocupación legítima de la sociedad. Pero también existe la utilización de la violencia y el miedo al servicio del rating y, en otras ocasiones, con motivos políticos. La lucha contra la inseguridad debería ser una cuestión preideológica. La sufren por igual ciudadanos de derecha o de izquierda, pero hay quienes logran manipularla en función de sus intereses.
-Quien conoce tu poesía sabe que tenés mucho humor. ¿La narrativa vendría a mostrar ese lado oscuro que todos tenemos?
-No lo sé. Es como si convivieran en mí la bella y la bestia. Escribo poesía desde los catorce años; tengo seis libros publicados. El policial siempre fue una de mis lecturas preferidas, en especial la novela negra norteamericana. Tal vez por mi oficio de periodista, también como escritor elegí el policial. La violencia está en el centro de mi interés literario.
-De toda experiencia periodística, literaria, o de la vida misma, uno aprende, saca conclusiones. ¿Qué lección te dejó tu incursión por el salvaje mundo de los pibes violentos?
-Comprendí que la violencia tiene orígenes diversos. De los diez relatos de mi libro, hay cuatro que narran crímenes cometidos por chicos de clase media o alta. Lo que sí es innegable es que existe una conexión directa entre pobreza y delito. De los 2.500 menores que el Estado acepta como detenidos, el ciento por ciento son pibes marginales. También terminé de confirmar la injusticia del sistema penal argentino. Si un chico de clase media o alta delinque, con buenos abogados y asistencia casi nunca va preso. Seguro es declarado inimputable y termina con tratamiento psiquiátrico. Los pobres terminan encerrados o muertos. Es clave que el Congreso apruebe alguno de los muchos proyectos que tienen cajoneados sobre la creación de un sistema penal para menores.
-El diagnóstico de que la juventud es violenta es claro. Pero como periodista, ¿qué creés que está fallando en los organismos estatales que trabajan con ellos y en la sociedad misma, que vive aterrorizada por la falta de seguridad?
-Cuando un chico mata, lo primero que ha muerto es su infancia. Un chico con un arma ya no es un chico. Cuando un chico mata es que falló el Estado, la sociedad y la familia. Los que piden mano dura deberían comprender que esto aporta muy poco para la solución de la inseguridad. En el caso de los menores que cometen delitos hay que avanzar sobre las causas. Sólo en Buenos Aires hay un millón de menores de 21 años que no estudian ni trabajan. Algunos barrios, gracias a la droga y a la complicidad policial, son fábricas de delincuentes. Para muchos la única solución es encerrar a los pibes o eliminarlos. Un sociedad desigual no puede ser una sociedad segura. Y esto no implica que los menores que delinquen no sean castigados. El tema es cómo.
-Por las características de Pendejos, perfectamente da para continuar una saga. ¿Lo tenés previsto?
-No, incluso podría haber escrito seis cuentos más pero me parecía demasiado. Siento, como decía Borges, que este tema me eligió a mí y no al revés. Ahora ya está.

(Publicado en suplemento Señales, Diario UNO, y en suplemento Debates, La Mañana de Córdoba, abril de 2007)
Suerte de rompecabezas de una de las épocas más violentas de la Argentina, la historia de “La mujer en cuestión” es la de un país que aún busca respuestas a tantas preguntas. En esa línea, su autora, la cordobesa María Teresa Andruetto, sostiene que si alguna utilidad tiene la literatura es hacer que nos preguntemos acerca de nosotros mismos.

Mientras a los historiadores argentinos les ocupa numerosos tomos intentar explicar este país inexplicable, a la narradora y poeta cordobesa María Teresa Andruetto le alcanza con "La mujer en cuestión" para sumergirse en los bajofondos de la última dictadura y "asediar un enigma" (Martín Kohan dixit), el de una tal Eva Mondino Freiberg.
A través del intento de armar el puzzle de su historia irá tomando forma -indefinida- una Argentina tan castigada y silenciada como su protagonista.
Típica joven de clase media, Eva cae presa en el emblemático 1976 y su vida, como es de esperar, quedará sellada para el resto de sus días. Mucho tiempo después, cuando Eva ya ronda los 50, alguien ("el mandante") se valdrá de un informante para realizar una exhaustiva investigación sobre su persona.
Así, rearmar la biografía de esta mujer de ojos "color mate cocido" dependerá en gran medida de testigos con mayor o menor protagonismo en su castigada existencia (familiares, amigas, vecinos, conocidos, funcionarios).
El hacer memoria, todo un "tour de force" para los satélites afectivos de Eva, lleva inevitablemente a pintar un cuadro de época y a concluir, a pesar de la imposibilidad de dar algo por concluido en la vida de esta ex presa política, que estamos en presencia de una mujer difícil de ignorar.
Desde su lugar en el mundo, las sierras cordobesas, María Teresa habla con Los Andes acerca de ese enigma llamado Eva y de su convicción de que "mientras siga existiendo un estado de interrogación seguirá habiendo memoria en construcción".
-Un libro que se reedita (la primera edición es de 2003) posibilita el contacto con nuevos lectores pero también garantiza un renovado grado de visibilidad. ¿Le interesa especialmente con este libro poner blanco sobre negro los "años de plomo", algo que todavía es casi una materia pendiente de la literatura argentina?

-Me interesó en su momento y me interesa hoy con otras escrituras que están en marcha, interrogarme sobre esos años de nuestra vida social y de mi vida personal; años que fueron también los de mi juventud y mi formación como persona. Pero no diría que con eso quiero poner "blanco sobre negro" esos años, sino más bien explorar las zonas grises (las más complejas de comprender y al mismo tiempo las más interesantes para la escritura) y sobre todo volver esas interrogaciones hacia nosotros, hacia el cuerpo social y hacia mí misma, para ver qué y cuánto y de qué modo hemos sostenido y en algunas ocasiones resistido el horror. Porque a esos años tremendos, como a otras etapas y circunstancias de nuestra historia, los hemos construido entre todos.
-¿La mujer en cuestión surgió por la necesidad de contar "esa" historia o a partir de esa historia darle carnadura literaria a una de las etapas más duras de este país?

-La mujer en cuestión no nació como un libro que quería narrar la dictadura, sino como la historia de una mujer desde el fragmentado punto de vista de los otros. Llevaba ya unas páginas escritas, cuando comprendí que esa mujer tenía casi la edad que yo tenía, y entonces la planté en su tiempo y la imaginé joven, y los años de su juventud -es decir "esos" años- aparecieron de un modo inevitable, como el único tiempo posible para ella. Entonces apareció el informante y el relato se reorganizó en torno a esa figura/esa estrategia narrativa que constituye en sí misma la novela.
-¿Es un libro que en su amplia producción ocupa un lugar relevante o lo ve como una voz más dentro de las distintas voces que conforman su obra?

-Si bien en el desarrollo de mi escritura he explorado, me gusta hacerlo, distintos narradores, búsquedas de lenguaje, temas y estrategias, considero a esta novela como un punto de inflexión, justamente por la posibilidad de corrimiento de ciertas zonas más habituales en mi escritura. Se trata de un libro en el que el proceso de escritura y los resultados de esa escritura son todavía una sorpresa para mí.
-¿Por qué aún -salvo honrosas excepciones- cuesta tanto que los escritores argentinos se permitan exorcizar desde la ficción los fantasmas de la última dictadura?

-Se ha escrito mucho sobre el tema y se escribirá todavía mucho, de maneras que seguramente irán mutando sus sentidos, del mismo modo que se sigue escribiendo sobre la revolución mexicana o sobre el nazismo en Alemania. Mientras quede un resto de no comprendido, seguiremos escribiendo sobre eso, al igual que podemos preguntarnos durante una vida completa acerca de nuestra propia vida. La cuestión es de qué manera escribir -sobre eso y sobre cualquier otro tema- sin obturar, sin monumentalizar, sin clausurar, sino abriendo a más y más preguntas, poniendo y poniéndonos más y más en cuestión. La literatura, si alguna utilidad o razón tiene, es hacer que nos preguntemos acerca de nosotros mismos.
-¿Podría haber contado una historia como la de La mujer en cuestión utilizando la voz poética? ¿Cómo se imagina el resultado?

-Cada libro demanda y termina imponiendo su modo de narrar y narrando termina por delinear el modo en que pretende ser leído. La mujer en cuestión es la sumatoria y la síntesis de ciertas estrategias. De otro modo, utilizando lo que tradicionalmente podría considerarse una voz más poética, hubiera dado un libro distinto, de consecuencias y efectos distintos de lectura. De hecho, eso sucede con Lengua Madre, una novela que está al salir en Mondadori, en la que se narran también esos años, aunque desde otra perspectiva, con otros personajes, en la que lo que solemos considerar poético se hace más visible. Aunque decir que en la narrativa lo poético no reside tanto en la belleza del lenguaje sino en su potencia y efectividad.
-Es sabido que todo autor indefectiblemente termina sembrando en sus criaturas literarias características propias. ¿Qué cree que tiene de usted la por momentos inclasificable Eva Mondino Freiberg, la protagonista en cuestión?

-Muchas cosas y ninguna. Todas las grandes cosas que le suceden a Eva, como el haber estado presa en un Campo, el haber tenido y perdido un hijo, el haber perdido a su primer marido, el haber sido traicionada por el segundo marido o el vivir sola, son ficcionales. Pero hay otras cosas, pequeñas, como qué le gusta comer o algún objeto que tiene en su casa que se los he prestado, no por el deseo de contar mi vida sino porque el escritor tiene en su memoria un reservorio, una cantera, de los que puede echar mano a favor de sus personajes. Después, muchas frases que los distintos testigos dicen sobre Eva son restos de lenguaje que han quedado en mi memoria, oídos aquí y allá en el magma social, a lo largo de treinta años.
-El hilo narrativo lo desata alguien no identificado (el mandante) que solicita un informe acerca de Eva. El relato es misión de un informante que deberá ver en lo posible a todos los que conocieron y conocen a la mujer en cuestión. El profundizar sobre la vida de Eva, buscar su verdad o al menos aproximarse, ¿puede leerse como la metáfora de encontrarle una respuesta a una época tan sangrienta que supera toda lectura racional?

-No me interesaba tanto encontrar respuestas, sobre todo no me interesa encontrar una respuesta, porque creo que no la hay; hay en todo caso muchas, infinitas respuestas posibles. Me interesaba y me interesa hacerme preguntas y estimular a otros para que se las hagan; romper/ fisurar en lo posible toda certeza, generar un estado de interrogación, una puesta en cuestión.
-La estructura del libro es un rompecabezas; Eva es un rompecabezas que el informante intenta armar apelando a los testigos de su vida. La imposibilidad de armar ese puzzle tiene mucho del sino de este país. ¿Lo ve así o es más bien la característica cuasi esquizofrénica de esta Argentina?
-La fragmentación es en este caso una de las maneras, sino la única, de evitar un lenguaje y una verdad monolíticos. Mientras el lenguaje no se cierre en un relato único, tranquilizador, mientras siga existiendo un estado de interrogación, un modo de permanecer abiertos al drenaje y al cuestionamiento, seguirá habiendo memoria en construcción.
-Una observación que se le ha hecho a La mujer en cuestión es que no hay testimonios que incluyan la autocrítica con respecto a lo que pasó en esos años y el rol que tuvo cada uno.

-No supe de esa observación que menciona. A mí me parece que en La mujer en cuestión la autocrítica es algo que el lector puede construir a partir de las críticas cruzadas de personajes que piensan de maneras diversas, ya que a lo largo de la novela las palabras de los distintos personajes se relativizan unas con otras.
-Pampa Arán se pregunta en un trabajo acerca de su libro: "¿Por qué y para qué importa abrir hoy de nuevo ese capítulo de una biografía que solamente puede ser leída en clave política?". Le hago la misma pregunta.

-Me parece que se trata de un capítulo de nuestra historia que nunca se ha cerrado. Estamos en todo caso adentrándonos en nuevas capas de una herida social que permanece abierta. Es en ese permanecer abierta donde anida cierta garantía de salud para todos nosotros.

* * * * * *

"Sólo algunas lecturas quedan"


-¿En qué está trabajando actualmente?

-Acabo de terminar una novela, quizás publicable en una franja juvenil, se llama
La niña, el corazón y la casa, cuyos personajes son una niña y su madre en una familia un poco atípica, en un pueblo de llanura.
-Un autor infaltable en su mesa de luz.

-Varios, y varían según las épocas, pero Pavese, Montale, Circe Maia, Carver, Onetti, Mansfield, Sebald, Di Benedetto, Moyano, Duras, Rulfo, Lispector, son algunos escritores a los que regreso.

-¿Cuál fue el último libro que la conmovió?

-Me conmuevo o asombro en su momento con muchas lecturas pero luego esa conmoción e incluso su recuerdo, muchas veces pasa. Sólo algunas lecturas quedan, con su conmoción intacta, ya para siempre. Y eso, a medida que se avanza en la vida, sucede cada vez menos. Creo que las últimas conmociones perdurables fueron
La Carretera, de Corman Mc Carthy, y Carta a D. Historia de un amor, de André Gorz.
-¿Qué libro suyo salvaría de un naufragio?

-El poema
Desnuda en la tienda, que está incluido en Kodak (reeditado ahora en Pavese/Kodak, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2008).
-¿Comparte el criterio con el que se fija el canon argentino? ¿Cuán cerca o lejos se siente de él?

-Me parece que hay varios canon, mediáticos, académicos, y en cada uno de ellos, varios circuitos. Más o menos comparto el canon tradicional, aquel que tiene autores que ya no están y de los que han quedado sus mejores obras. En lo que respecta al actual, que finalmente aún no es canon, sino circulación de vidas y obras, banalidad y vanidades, no sabemos qué de todo eso quedará cuando las personas que las produjeron dejen de agitar sus banderitas. Entre los nombres que circulan en los medios y en la academia hay obras interesantes y mucha palabra vacía. También hay, lo veo diariamente en mi revisión de narradoras argentinas para mi blog, mucha obra valiosa que circula en circuitos de culto, muy pequeños.

-Estar lejos de Buenos Aires y elegir desarrollar su obra desde Córdoba, ¿le ha hecho pagar el precio de perder protagonismo en el ambiente literario; o al revés, le permite una distancia necesaria para no ceder a ciertas concesiones de la industria?

- Las dos cosas al mismo tiempo.


(Publicado en suplemento Cultura, Los Andes, 8 de agosto de 2009)
El libro “Cristo llame ya! Crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina”, del periodista Alejandro Seselovsky, muestra cuán amplio puede ser el escenario cristiano, tanto como para albergar desde telepredicadores hasta bandas de rock.

En un país que dice –las encuestas lo dicen– tener el 89% de católicos, el crecimiento de la iglesia evangélica podría suponer un fenómeno menor; no mucho más que una molesta piedra en el zapato. Sin embargo, el mundo evangélico ofrece cada vez más un escenario con ribetes sorprendentes.
Su efecto “bola de nieve” suma en el camino desde una cárcel enteramente cristiana, bandas de rock con camperas de cuero y tachas que le cantan a Cristo (como otros le cantan al heavy Satán), una iglesia gay donde reparten preservativos hasta pastores showman con más carisma que Susana Giménez.
Algo, o bastante, de este fenómeno de banda ancha lo reflejan las crónicas de Cristo llame ya!, del periodista Alejandro Seselovsky. “Los evangélicos se jactan de haber bajado a Cristo de la cruz, pero eso es sólo una parte de la operación. Luego de bajarlo, lo rediseñaron y salieron a vender una versión simple, no teológica, accesible y cómoda: un Cristo de góndola, un producto Cristo al alcance de las masas, un Cristo que desde la pantalla del televisor sana, salva y también paga las expensas, saca a los hijos de la droga, a los maridos del alcohol y de paso te canta canciones”, sostiene el ácido autor con un estilo desenfadado que trasunta todo el libro y que estilísticamente lo aleja de la mayoría de los libros periodísticos que se editan en el país. Estilo que, a pesar de los ceños evangélicos fruncidos que provoca, él defiende y explica en su diálogo con Señales.
Proyecto previsto para quedar listo en un año, terminó llevando dos. “Fue muy sacrificado”, acota sin ironía el autor.
Del antes, durante y después de estas “Crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina”, habla aquí este joven Seselovsky, de padre circuncidado y abuelo ruso con kippa, pero bautizado y con posterior comunión de moñito blanco y todo.
Se hizo la luz.
“Todo empezó hace dos años y medio, cuando hice una nota para el suplemento Radar, de Página/12 sobre el rock evangélico o lo que ellos llaman el gospel rock. Tocaba el grupo R.E.S.C.A.T.E. (Reyes En Servicio de Cristo Ante Tiempos Extremos). Iba pensando en encontrarme con unos chicos con dos guitarritas criollas tocando La balsa y en cambio me topé con una banda de rock, un escenario, dos videowalls, staff, 5.000 personas en la puerta. ¡Eran los Rolling Stones! Me pregunté dónde habían estado estos tipos todo este tiempo y eso que uno como periodista está bastante informado, pero nunca había escuchado de ellos”.
La (isla) virgen.
“Más que darme cuenta de que había bandas de rock cristiano descubrí que había un mundo en ebullición, con mucho volumen de existencia, pero que sucedía de la iglesia hacia adentro. Lo primero que noté es que había un mercado joven cristiano, que es réplica del mercado joven convencional. Había bandas de rock, FM cristianas, un megastore tipo Musimundo pero cristiano, sellos discográficos, fans club. Todo igual que el mercado pop rock convencional pero a escala y cristiano. Y pensé: esto necesita un relato. Es muy difícil que en sociedades donde los medios están todo el tiempo enfocándolo todo haya islas vírgenes. En ese momento sentí que había encontrado una y desde ahí arranqué”.
Una visión. “Así como encontré un mercado joven, también encontré una cárcel con presos y guardiacárceles evangélicos. Ese mundo que había descubierto me daba hallazgos a cada paso y me di cuenta de que ya tenía forma de libro”.
La pulseada.
“Desde el ’83 los libros periodísticos de investigación ponen la información en primer plano dejando muy atrás a la escritura. La información se come a la escritura. En los ’90 hubo un boom de estos libros con Verbitsky, López Echagüe, Lanata. Yo no quise hacer eso, busqué hacer un libro de crónicas. Si bien hay información, no le gana la pulseada a la escritura. Me preocupé especialmente de que la escritura estuviera en la misma jerarquía que la información. En general, hay mucha investigación en la Argentina, pero poca crónica periodística. Uno de los pocos que lo hacen, un referente para mí, es Martín Caparrós. Yo me siento un cronista antes que un investigador”.
Acción y reacción.
“En general, el libro ha sido mal recibido por los evangélicos. Lo toman como un ataque. Creo que es una mala interpretación. Yo no los quise atacar; tampoco soy aséptico, tengo mi posición y en el libro queda claro. Excepto la Iglesia Universal del Reino de Dios, resistida por los propios evangélicos y no colaboran con la prensa, el resto fue muy hospitalario con mi trabajo. Ninguno de los pastores que me dieron información ha llamado, eso me hace pensar que no están contentos. Sí recibí mails de chicos que van a la iglesia y se sentían algo molestos”.
Más ancha que alta.
“La iglesia evangélica es una iglesia dispersa. Mientras la católica tiene al Papa en lo alto y en la base el monaguillo de un pueblito, en el medio tiene una gran escala: el obispo, el cardenal, el cura. La iglesia evangélica en cambio es muy ancha, tanto como alta la católica. Va de los luteranos, los presbiterianos, los metodistas, los anglicanos, es decir las iglesias históricas de la vieja Europa, a los pastores de la iglesia Universal o los pentecostales. En esa expansión entra todo, no se puede tener un plan único para toda esa gente, incluso en lo político”.
Unos y otros.
“La iglesia histórica tiene más peso institucional pero no arrastra mucho. Juega más cerca de los organismos de derechos humanos, apoya los reclamos de las minorías sexuales. En cambio, la gran iglesia evangélica, la que creció en los últimos 30 años, son básicamente bautistas y pentecostales. Esa es la iglesia con poco peso institucional y mucha masa de gente. Y en términos generales responde al discurso de los republicanos conservadores de Estados Unidos. Cuando Bush ataca a los homosexuales, al uso del preservativo, a las leyes de salud reproductiva, su correlato en Argentina es la iglesia evangélica atacando la ley de educación sexual en Buenos Aires”.
Políticos al pie. “En Argentina, la evangélica es una iglesia amateur. Así todo, están cada vez más cerca de ocupar ciertos espacios de poder. Han crecido en capacidad de lobby. En la última elección de jefe de Gobierno por la ciudad de Buenos Aires, donde competían Ibarra, Macri, Bullrich y Zamora, excepto este último, los tres primeros visitaron templos evangélicos. Ese acercamiento del poder los tiene un poco sorprendidos y se dan cuenta de que a lo mejor tienen más poder del que creen”.
Bendito lobby.
“La Iglesia Católica está muy preocupada ante la avanzada evangélica. Todo el tiempo hace lobby contra la iglesia evangélica; hay casos puntuales. En Olmos, por ejemplo, que es la cárcel más poblada de la Argentina, los evangélicos hacen un trabajo para sacarse el sombrero. De 3.200 reclusos, la mitad son evangélicos. Entonces el pastor que armó todo eso quería levantar un pequeño templo dentro de la cárcel. Cuando se enteró el obispo de La Plata llamó al gobernador y éste al director del Servicio Penitenciario y todo quedó en nada. Así funcionan”.
Militantes contra pasivos. “Ese 89% de argentinos católicos es 89% pasivo. En cambio, cada evangélico es un militante. Tiene otra relación con su iglesia. Ni católicos ni judíos tienen convertidos; los evangélicos están llenos. Es gente que les pasó algo en su vida y se convirtió y en esa conversión generó un lazo muy fuerte con la iglesia, mucho más fuerte que el de cualquier católico”.
Paso a paso. “La iglesia evangélica que ha crecido no lo hizo sobre la clase media, se masificó desde las sectores más bajos. Los católicos ven esto con preocupación; los tienen medidos. De todos modos, el crecimiento de una iglesia en un país es un proceso histórico de mucho tiempo, no de un día para otro”.

(Publicado en suplemento Señales, Diario UNO, 20 de marzo de 2005)
Alberto Muñoz es un artista polirrubro que lleva décadas multiplicando su talento a través de la poesía, la música, el teatro y los guiones. Cofundador de Ediciones en Danza, se reconoce como un sujeto auditivo antes que visual, admite que le parece obsceno armar su propia antología y señala a internet como el último carnaval dionisíaco.

Obligado por un trámite aduanero a resumir sus múltiples facetas, Alberto Muñoz (Buenos Aires, 1951) bien podría sintetizarlas en el rubro "Hombre orquesta". Poeta, músico, actor, dramaturgo, docente, guionista de tevé y cine, y psicólogo, este talentoso polirrubro lleva décadas generando arte en sus distintos canales de expresión pero siempre encontrando la vuelta para mixturarlos y crear un producto único, ciento por ciento Muñoz.
Así ha sido desde que "Las flores del mal", del maldito Baudelaire, hundieran sus raíces en su ávida cabeza adolescente y como las arañas de Harry Potter se le multiplicaran en el corazón.
Y así parece que seguirá siendo aun después de sus discos solistas y con el recordado MIA, sus numerosas piezas de teatro musical, su veintena de libros, sus programas de radio, sus guiones para "Magazine For Fai" y "Okupas" y todo aquello que su talentosa usina creativa ose dictarle.
A la mala jugada que le deparó el destino negándole la ventura de haber nacido en la inspiradora Venecia, Muñoz supo neutralizarla anclando su pequeña osamenta en el Tigre, ese delta que hace las veces de paraíso personal a la hora de conciliar musas con lazos familiares y laborales.
En el ida y vuelta que Los Andes le propone al autor de "El levantador de pesas and other poems" la consigna es clara: por ser tan vasto su campo de acción artístico, sólo hablaremos de poesía. Inevitablemente, sus otros talentos confluirán con o sin invitación. Igual serán bienvenidos.
-En 2001 (año del "big bang" De la Rúa y el corralito) fundaste Ediciones en Danza junto a Eduardo Mileo y Javier Cófreces. ¿Qué creías que podían aportarle desde ese espacio al panorama de la poesía argentina?

-La cabeza de la fundación fue Javier. Siendo el mentor de la revista de poesía "La danza del ratón" tuvo siempre entre sus planes fundar una editorial de poesía. Mileo y yo siempre estuvimos cerca de aquella mítica revista y cuando aquel ciclo llegó a su fin, emprendimos juntos (la amistad de los tres lo hizo posible) una descarga sobre el infortunio de editar. Ediciones en Danza es nuestro pequeño paraíso artificial y el de tantos otros poetas argentinos. Sentimos la solidaridad de todos ante las adversidades. La última tormenta nos cayó con el cierre de puertas de "Yenny", una cadena que era nuestro acceso directo al interior del país. ¿Por qué cerro sus puertas a nuestra editorial? No sabe, no contesta. Advertimos que no se trata de una adversidad estética.
-Actualmente hay una producción impresionante de libros de poesía, en gran medida estimulado por los canales que facilita internet. Sin embargo, el único consumidor de este género parece ser el propio poeta.
-Así como la función de la mitología ha sido la de ocultar y preservar los misterios últimos dándonos las historias más bellas, la poesía está para no estar, para no ser enseñada, oculta detrás de cada manifestación luminosa. Internet es el último "carre navale", carnaval dionisíaco donde podés encontrar "la cantidad hechizada", al decir de Lezama. Si son sólo poetas o curiosos o lavanderas o mecánicos de diésel los que abren las páginas del nuevo "Lo sé todo", da lo mismo.
-La música y el teatro también son parte de tu cosmos poético. ¿Cómo se fueron integrando a tu búsqueda creativa?
-El primer contacto que recuerdo haber tenido con la poesía fue a los 14 años viendo "La vida es sueño" de Calderón. Digo "vi" porque se me planteó como materia resuelta, con trastos, telas, luces, palabras dichas por hombres poseídos. Eso que se manifestaba delante de mí no estaba en otro lado de la vida, al menos hasta ese momento. El asombro original que tuve fue en cierto sentido una iniciación. "¿Qué es eso que está ocurriendo?", me preguntaba; no lo sé, pero alguien lo escribió. Habíamos ido al teatro con un grupo del colegio. Salí aturdido, la profesora que nos había llevado explicaba la trama en el hall del teatro y yo quería llorar, y lloré, y me dio vergüenza e invente que me había golpeado, y en rigor estaba golpeado, demasiado golpeado.
La música estuvo presente en mi infancia, comencé a estudiar violín a los seis años por imposición materna. El violín me dio todas las melodías que hice a lo largo de mi vida; en ellas anida, para mi gusto, el universo más sutil e inefable que podamos conseguir (concebir). Soy un sujeto auditivo antes que visual en un mundo que ya se ha establecido como espectáculo. Vivir pareciera ser espectacular, yo prefiero oírme vivir.
-En cuanto a esa versatilidad que siempre ha sido tu marca de fábrica, ¿lo ves como un camino necesario para expandir tu arte o más bien como un sino inevitable?
-Hice de la dispersión una territorialidad. La sociedad castiga la dispersión, para mí ha sido una escolaridad tenue y bien llevada. Entiendo que todo aquello que genera un interés debe ser visitado; en esos laberintos se vislumbra la vocación. Practico la dispersión como otros practican esgrima o buceo. Me disperso dos o tres veces por semana con lo que me atrae: la botánica, la zoología, los trenes, los camiones, la vida de los santos, el catch; en fin, si una de esas maravillas prende, ¡ahí voy a tratarlas como si fuera mi única y más auténtica vocación! Para ello cuento con el teatro, la música o la poesía. Tardo bastante tiempo en investigar qué forma expresiva va a permitirme una "buena internación". Comienzo a trabajar una vez decidido el formato. "La marca de Caín", por ejemplo, me llevó más de quince años componerla. Hice una primera parte "Abel cazador de Caín", la probé en muchos escenarios y después compuse la segunda parte, más compleja, con música coral de Diego Vila. Felizmente está concluida y grabada en un CD doble.
-A esta altura de tu extensa trayectoria, cómo ves en retrospectiva tu propia obra poética. ¿Tenés en mente una antología que dé cuenta de esa amplia producción o lo ves más lejano, casi como el cierre de toda la obra?
-La obra poética tiene dos vías, una de poesía oral y otra para ser leída sobre papel. La primera es de corte más coloquial y emotiva; la otra, más profusa y oscura, es prácticamente temática. Teniendo en cuenta que no figuro prácticamente en ninguna antología de poesía argentina, me parece un poco obsceno intentar la propia.
-Sos un escritor y artista al que varias generaciones le profesan una indisimulada admiración, sin embargo quienes se arrogan definir el "canon poético" de este país no te suelen dar el lugar que merecés. ¿Lo ves así o la validación viene por otro lado?
-No sé qué alcance tiene lo que he escrito, tampoco resolvería nada saberlo. Escribo porque amo escribir y lo hago para el mundo todo, incluyendo los muertos y las divinidades. Ahora pretender que todo ello se incomode leyéndome es un tanto irreverente; me consta que tengo una docena de lectores.
-Al igual que en "Camiones", "Trenes", "Pianoforte" y ahora "El levantador de pesas…", trabajás tomando como eje un tema. ¿Buscás darle al libro claramente una unicidad o te cansaron los libros de poemas "sueltos"? ¿El próximo, también va en esa línea?
-Me gusta tomar un tema y dispersarme en él. Con respecto al "Levantador de pesas" sucedió algo curioso. Yo no tengo afinidad ninguna con los deportes, pero mi hijo mayor, Manuel, es fanático de San Lorenzo y yo quería componer una obra para él. Por eso la amplifiqué buscando, interrogando sobre aquello que busca resolver cada deporte. Mis amados poetas latinos me ayudaron. Cada poema es también una canción de amor, el vigoroso amor de la fuerza física. De todos mis libros éste fue el más silenciado, no entiendo por qué. De todos modos me gustó tanto hacerlo que probablemente insista con una segunda vuelta, la segunda oportunidad que tienen los luchadores…
-Como psicólogo que sos, aunque no ejerzas (al menos "profesionalmente"), ¿alguna vez analizaste por qué en vos ganó la pulseada el poeta?
-No hubo pulseada, son amores encontrados. Yo trabajo como maestro de poética, y ahí soy tanto uno como otro.

(Publicado en suplemento Cultura, Los Andes, 26 de setiembre de 2009)

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