Acorde al culto a su figura que generó en vida, Mao Tse-Tung descansa en un imponente mausoleo que permite ver en un conmovedor y veloz paso el cuerpo momificado del líder chino. Entre el amor y el odio, su leyenda.

PEKÍN (Enviado especial de UNO)– En un extremo de la Plaza de Tiananmen, considerada la más grande del mundo, eso que parece una delegación gubernamental u otro imponente museo no es otro que el Mausoleo de Mao. Desde 1977, un año después de su muerte, descansa allí el líder del Partido Comunista que en 1949 tomó el poder en la China continental y proclamó la nueva República Popular al vencer en la guerra civil a las fuerzas de la República de China, encabezadas por Chiang Kaishek.
Para poder llegar hasta donde reposa el cuerpo de Mao Zedong (o si gustan, Mao Tse-Tung) hay que sortear una serie de pasos burocráticos, casi una carrera de obstáculos. Superar las distintas etapas no es muy distinto a moverse dentro de un aeropuerto internacional. Aquí los escáneres no andan con vueltas. Y los guardias, mucho menos. Nada de cámaras de fotos, lentes de sol, celulares o chiches tecnológicos. Nada de hacerse el pícaro y querer tomar imágenes donde sólo hay espacio para la contemplación y la veneración. Estamos a escasas cuadras de la mítica Ciudad Prohibida, en el corazón de la moderna Pekín.
Menos en el verano, en que está cerrado al público, el visitante puede ingresar gratis los lunes, miércoles y viernes al enorme edificio construido por unas 700 mil personas en menos de un año. Camino al encuentro con el muerto más famoso, lo primero que vemos es el monumento a los héroes del pueblo, un obelisco de 38 metros que homenajea a obreros, campesinos, soldados y estudiantes que participaron en la lucha revolucionaria.
Unos cuantos metros más adelante, un friso incluye imágenes de esos protagonistas que marcaron un quiebre en la china del siglo XX. No importa si se sabe mucho o poco de la historia de Mao y los suyos.
Una vez que se sale de su imponente tumba la sensación es bastante extraña. El tránsito a ambos costados del féretro ha durado escas
os segundos. Al líder comunista sólo se lo puede ver desde unos cuantos metros, detrás de un vidrio y con una tenue luz.
El silencio no es un gesto, es norma en este espacio sagrado. Imposible no recordar ahora aquel capítulo de Los Simpson en China donde, ficción mediante, Homero sí puede acercarse a Mao y cómplice comenta: “Ahh, mírenlo, es como un angelito que ha matado a 30 millones de personas...”.
Producto del arte funerario, este Mao aún luce rozagante, con un brillo en su rostro como el de esas fotos saturadas en las páginas de un diario. Envuelto en una bandera roja, su cuerpo embalsamado permanece guardado en una cámara refrigerada para ser sacado únicamente durante las horas de visita.
Quien en vida había manifestado su voluntad de ser incinerado, pervive hoy como una solemne momia que atrae tantos visitantes como el palacio imperial chino en la Ciudad Prohibida o la interminable MurallaChina.
En la misma sala hay numerosos elementos personales del estadista nacido en Hunan en 1893, pero no están a la vista, algo que recién sabremos después gracias a una guía leída a destiempo.
Una china de edad indefinida, como tantos otros miles de chinos, acaba de dejar flores amarillas –todos llevan las mismas y la misma cantidad– que se acumulan prolijamentelíder. Nadie repara en ellas, que se van juntando y a su vez crean el efecto de un desmesurado florero.
Veo en esa mujer una emoción contenida, una emoción que no logro hacer mía. Cada gesto, cada silencio, forman parte de ese acting reverencial que sobre todo los chinos siguen al pie de la letra. Sin embargo, me llevo más Maos de lo que hubiera creído al ingresar.
En sus años de liderazgo, el ex bibliotecario que sostenía que “leer demasiados libros es peligroso” hizo un culto a la personalidad, algo en un receptáculo ubicado al ingreso del mausoleo, frente a una estatua del que ya muerto sus seguidores continuaron con igual devoción.
Apenas salgo de ese silencio conmovedor, vendedores ambulantes –desconozco si ellos se reconocen como tal– se vienen como moscas, rompiendo tanta circunspección, para ofrecer todo tipo de souvenirs de un rojo furioso que de no ser porque tienen como único imán al propio Mao, podrían estar en cualquier persa a la vuelta de la casa de uno.
Su insistencia se torna molesta y lo que en principio se intenta disipar con un incómodo xiè xiè (gracias) no alcanza. Echando mano a unos pocos yuanes, como es de esperar, el acoso cede. Así funciona el aceitado mecanismo con los turistas. Ganan por cansancio
Una vez dejado atrás el memorial, la sensación que embarga al visitante es claramente diferenciada para un chino que para un extranjero. Ellos, se nota en sus rostros conmovidos, acaban de honrar a quien cambió el curso de la historia de su país; en cambio, para los que estamos de paso significa haber sido respetuosos testigos de cómo se venera a un personaje emblemático de esos que sólo conocíamos por los libros de historia, mucho antes de Google y Wikipedia. 

(En suplemento Punto Cardinal, Diario UNO, abril de 2013)
 


El poeta Luis Benítez sorprende con Sombras nada más, una novela sobre dos cantores de tango en los tiempos de la muerte de Evita.
 
Al prolífico Luis Benítez (Buenos Aires, 1956) se lo conoce más por su sólida producción poética que por su narrativa y su ensayística (recordar aquí su muy recomendable Digresiones). Esto genera aún más interés en abordar la lectura de su última novela, Sombras nada más, obra que nos revela a un autor con un universo propio y un claro objetivo: contar una buena historia, “como las de antes”.
¿Qué significa esto último? Algo muy simple: Benítez no se cuelga de ninguna vanguardia, ni apela a un argot seudomoderno para dotar lo que cuenta de un ropaje pretencioso que termine ocultando lo esencial del relato.
En Sombras nada más, ya desde su título con resonancias tangueras, encontramos pistas de lo que vendrá.
Pero es esa suerte de ¿aclaración? ¿advertencia? entre paréntesis que reza “una novela del peronismo mágico” lo que funciona cual imán para introducirnos al libro sin más preámbulos.
El eje de Sombras… es la muerte de Eva Perón y las resonancias humanas, políticas y sociales que provoca ese duelo sin fecha de vencimiento.
Dos cantores de tangos, Aldao y Fabián del Mar, quienes parecen escapados de una novela del Gordo Osvaldo Soriano, son un par de saltimbanquis porteños que salen a la ruta a estafar a incautos de los pequeños pueblos.
Allí montan una puesta en escena con falsos concursos de tango que, cual realities de los que hoy cunden en la tele mundial, prometen fama y honores que no son más que fuegos de artificio y una garantía de pronto olvido.
A este periplo propio de una road movie lo concretan al volante de un auto tan particular como quienes lo conducen, cuyo nombre está acorde al imaginario peronista que atraviesa todo el relato: “El Justicialista”.
A la par de estas estafas que les permiten sobrevivir con más holgura que cuando cantaban en la radio y en los piringundines del bajo fondo, ambos maceran una venganza que, en un paradójico punto, es el motor de sus vidas lánguidas, siempre al borde del tiro del final.
“Yo me veía a mi mismo como alguien hecho por entero de años vacíos”, confiesa un Del Mar involuntariamente metafísico.
Finalista en el año 2008 del Premio Clarín de Novela, con un jurado capitaneado por José Saramago, Sombras nada más es una historia de perdedores que se ganan la empatía del lector porque a pesar de la borgeana resolución orillera con que se desencadenan los hechos, no dejan de ser dos tipos a los que no es difícil imaginarlos a toda velocidad por las rutas argentinas cantando a dos voces y a bordo de “El Justicialista” los versos de
José María Contursi: “Quisiera abrir lentamente mis venas / Mi sangre toda vertirla a tus pies / para poderte demostrar que más no puedo amar / y entonces/ morir después / ¡Sombras, nada más, acariciando mis manos!/ ¡Sombras, nada más, en el temblor de mi voz!”.

(En suplemento Escenario, Diario UNO, 13 abril de 2013)
 

Noticias que marcaron la semana, que impactaron, que coparon las redes sociales. En todas subyace una promesa. Que la cumplan es tarea de todos.

A riesgo de ser tildado de militante del desencanto, me reconozco cada vez más escéptico. Se puede atribuir tal vez a la profesión periodística, eso de siempre desconfiar, nunca dar por sentado lo que se dice, buscar la quinta pata.
Al revés de aquel relato bíblico en el que ante un perro muerto unos no veían más que un cuerpo en descomposición y otros reparaban en la blanca y bella dentadura del malogrado can, la realidad (o eso que llamamos realidad) se empeña en que nos cueste ver esos envidiables dientes.
A las pruebas me remito. Varios hechos que ocurrieron esta semana dejan un margen para que el escepticismo los vampirice por aquí y por allá. Por las dudas, echo mano al diccionario para recordarme/les el significado: “Escepticismo: incredulidad o duda acerca de la verdad o eficacia de cualquier cosa”. Eso, incredulidad, duda, como reacción ante declaraciones, gestos, promesas, “acting”, de políticos, funcionarios, adláteres.

Tribilín es malo malo. En ese eterno déjà vu que es nuestro país, de tanto en tanto una noticia provoca tal impacto que por varios días no se habla de otra cosa, hasta que otra similar la desplaza y pasa rápidamente al olvido. La denuncia del maltrato de niños en el jardín de infantes Tribilín, en Buenos Aires, conmocionó porque se trataba de pequeños que podrían ser los de cualquier lector, pero ante todo puso en evidencia la peligrosa falta de controles, especialmente pedagógicos, en esos lugares.
Salvo mínimos trámites municipales –la habilitación del local como prioridad–, no hay lupa sobre estos establecimientos y cualquiera que no esté en sus cabales puede estar al frente, como ocurrió en este jardincito de San Isidro. Bastó que un padre con ínfulas de Sherlock Holmes grabara a escondidas a las violentas encargadas (no hablemos de docentes) para certificar la violenta relación con los chicos. Una vez más, diario en mano, legisladores de allá y acá corrieron a ver cómo se puede legislar este tipo de espacios que están tan fuera de control.
Los medios hablaron del “jardín del horror” (Página/12 ironizó con “El jardín de Violencia Rivas”) y la indignación se viralizó a través de las redes sociales.
Qué se dijo: “La directora de Cultura y Educación bonaerense abrió un sumario administrativo y separó de sus cargos a las inspectoras regional y distrital de San Isidro. Y prometió investigar a fondo”. Vamos anotando.

El peor karaoke. Con esa tremenda visibilidad que posibilita internet, cada vez es más difícil sostener el concepto de privacidad. Y no sólo por los videos hot de actrices o vedettes que dejan atrás las cuatro paredes de la intimidad para multiplicarse en miles de computadoras gracias a hackers con ganas de hacerse unos pesos extras, ni por los mismos protagonistas que buscan –y obtienen– sus magros 15 minutos de fama. En esta ocasión, quien encendió la mecha virtual fue un turista de esos que filman todo lo que se mueve. Lo que registró en Viña del Mar fue el paso de unos marines chilenos que trotaban entonando a voz en cuello un rítmico “Argentinos mataré, bolivianos fusilaré, peruanos degollaré”. Una vez “colgado” ese material, poco faltó para que los países en cuestión no corrieran a la frontera armas en mano. En la tierra de poetas como Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Enrique Lihn, estos chicos malos hacían ostentación pública de su fiereza.
Al otro día aparecía en la misma red la réplica xenófoba con sello cuyano, a cargo de cadetes de la Policía de Mendoza. Escuchemos: “Chilenito, chilenito, ten cuidado, ten cuidado, que una noche oscura a tu casa entraré. Y tu cuello cortaré y tu sangre beberé”. Sí, parece inspirado en Stephen King, en el peor Stephen King.
Declaración oficial en Chile: “Vamos a investigar para determinar responsabilidades y aplicar las medidas disciplinarias que sean pertinentes” (Alfonso Vargas, ministro de Defensa).
Declaración oficial en Mendoza: “Vamos a investigar el video, su autenticidad y sancionaremos a los responsables” (Leonardo Comperatore, director del Instituto de Seguridad Pública).
Empieza la cuenta regresiva. Tomen nota para ver cuántos días pasaron para castigar a los responsables. ¿Ya se sentaron a esperar?

Tras su manto de neblina. El canciller Héctor Timerman pasó los últimos días en Inglaterra con el objetivo de reabrir el debate con ese país para acercar posiciones por Malvinas. Allá tuvo reuniones con 18 grupos pro diálogo, representantes de igual cantidad de países. La información dijo: “Grupos europeos acordaron en Londres tratar la soberanía de las islas con sus eurodiputados, generar el debate en sus países y avanzar en la posibilidad de lograr un acercamiento con los habitantes del archipiélago”.
Entusiasmado, Timerman vaticinó que “dentro de los próximos 20 años las Malvinas volverán a estar en poder de la Argentina”.
El gobernador británico en las islas, Nigel Haywood, recogió el guante y le contestó: “Los isleños responderán en el referéndum del mes próximo si la Argentina podrá controlar el archipiélago en menos de 20 años”.
A pesar del mensaje anticolonialista del canciller K, el mundo no parece muy interesado en sacar a los piratas de sus ancestrales conquistas. ¿2033 dijo? Sigan anotando por favor.

Para el tiempo de cosecha. Es todo tan previsible que cuando se planifica el calendario vendimial, además del cine en el Parque, los recitales, la Vía Blanca y el Carrusel, también se incluyen: la protesta de los productores vitivinícolas, las marchas de docentes por reclamos salariales, los ecologistas en contra del proyecto minero del momento. Nada nuevo bajo el sol.
El arranque de las paritarias puso nuevamente frente a frente al SUTE y al Gobierno y, calcado de años anteriores, las primeras reuniones fracasaron, las cifras expuestas no convencieron y la amenaza de paro resurgió como para ir marcando la cancha.
La repetida declaración de guerra fue “si no hay aumento no comenzarán las clases”. Lo que sigue podría resumirse así: la próxima negociación habrá un acercamiento pero no una solución y ésta recién llegará al borde del inicio de clases. No hace falta ser Alicia Contursi para decodificarles los astros a los dirigentes y a los emisarios del Gobierno. Se sabe que una vez superada la guerra de nervios, habrá acuerdo, abrazos y pipas de la paz.
Mientras tanto, nuestros títulos acerca del tema bien podrían ser los de 2012, 2011, 2010 y así sucesivamente.

Espectadores no. Los casos testigo expuestos, ocurridos en los últimos días, sirven –al menos a mí me sirven– para ejemplificar el porqué del escepticismo. Hay más, claro que hay más, pero tampoco es cuestión de seguir fomentando el “dispárese usted mismo”. En todos estos hechos de amplia difusión periodística subyace un compromiso epidérmico, más bien un salir al paso de las críticas y los reclamos para ganar tiempo y dejar que, como tantas noticias que son enterradas por otras, la gente se olvide. Dar una vuelta de página y aquí no ha pasado nada. Lo que molesta, lo que ofende la inteligencia de la mayoría es que se diga con tono grave y gesto adusto los gastados “se va a investigar”, “vamos a ir hasta las últimas consecuencias”, “los tenemos identificados”, bla bla bla.
Aún está fresco el recuerdo de la triste resolución del caso Marita Verón, que quedó sin culpables. Esa impunidad en mayor o menor escala es tan cotidiana que preocupa. Lo peor que podemos hacer es no ponerlo en evidencia, escaparle al debate, a la reflexión. A nadie le sirve un país con meros espectadores. Recuperar el protagonismo es básico para crecer y alguna vez ser esa sociedad evolucionada donde la desigualdad y la injusticia sean cosas del pasado. Es la única forma de que el escepticismo no sea esa palabra que engorda cada día un poco más, casi tanto como el ego de cuanto pavote/ta pisa el programa de Tinelli.

(En Diario UNO, 10 de febrero de 2013)

Allí, los vándalos festejan la violencia como un gol; Susana Trimarco saca de la modorra a los políticos, y el CEO de La Salada firma que “la tercera es la vencida”.
 
 Tarjeta roja. La intolerancia no se toma vacaciones. Menos en la Argentina. El fútbol, esa pasión tan visceral como catártica, una vez más aportó su cuota de locura en varios puntos del país. Primero, con los incidentes en el clásico rosarino entre Rosario Central y Newell’s que le hubieran borrado la sonrisa al Negro Fontanarrosa. Después, en Córdoba, donde tras el choque entre Belgrano y Talleres 16 colectivos resultaron dañados. Previamente, en el partido, la xenófoba “gastada” de la barra de la “T” –hacer flamear una bandera de Bolivia– terminó previsiblemente con una denuncia del Inadi.
Por supuesto, Mendoza no podía quedar al margen de tanta locura. Aquí a la vuelta, en lo que pretendía ser la fiesta de Independiente Rivadavia festejando en casa sus cien años, los vándalos coparon la parada e impidieron que el resto, o sea la mayoría, disfrutara de un atípico cumpleaños. No todos los días se cumple un siglo, pero la cerrazón mental de un sector de la hinchada de Gimnasia no lo vio así y fue a escupirle el asado a su histórico rival. De cuarta.
Como cantaba Spinetta en La bengala perdida, “de las tribunas se puede regresar / tan sólo hace falta ser de masa gris”. Precisamente, el homenaje al Flaco en el día en que hubiera cumplido 63 años fue la contracara de los desatinos de los barrabravas. “Canciones eternas” fue un show gratuito en el que hubo más de 10 mil personas en el corazón del parque San Martín y en el que todo fue disfrute: los temas del eterno Luis, el nivel de los músicos, las emotivas interpretaciones y hasta el clima benévolo que no fue jaqueado por las típicas tormentas de verano. Una luna llena terminó de darle el marco ideal a una noche literalmente spinetteana.

Sintonía crispada. Pero no sólo el fútbol dio tela para cortar. Como un eco (sintonía fina, por qué no) de aquellas palabras del actor Ricardo Darín que encendieron la ira de todo el universo K, los dichos del también actor y productor Adrián Suar volvieron a levantar polvareda, aunque esta vez en menor medida. “No podés decir nada porque si no sos un golpista”, lanzó a modo de síntesis el factótum de Canal 13, dejando las aguas aún más agitadas.
Ahora bien, ¿podemos sorprendernos en un país que hace culto de alimentar todo el tiempo los Boca-River políticos, sociales y económicos; donde desde la propia Presidenta hacia abajo se fogonea el tole tole permanente? Un microclima al que se lo suele simplificar con el término “crispación” para expresar la irritación, la exasperación que produce la mirada ajena, sobre todo la que ve desde un cristal distinto al propio.

El efecto Trimarco. Así podría caracterizarse la sensación que dejó el paso por Mendoza de Susana Trimarco. La mamá de la desaparecida Marita Verón dio una lección de dignidad y de cómo sin revanchismo se pueden producir cambios. Esta incansable luchadora contra la trata de personas no vino para contar una vez más su durísima historia. Vino para sacar de la modorra al sector político que tantas veces se dice sensible a estos temas pero que no avanza más que en proyectos que luego hacen la plancha en la Legislatura.
En la propia cara del gobernador Pérez y demás funcionarios, Susana les dijo “necesitamos el compromiso de los funcionarios, así como del resto del Estado, que somos todos”. Además de firmar un convenio con su fundación, María de los Ángeles, Trimarco se llevó la promesa de Paco: “Mi equipo y este gobernador están a tu disposición para trabajar sin descanso contra este flagelo y aprender de tu fortaleza, nobleza y energía”.
El mencionado “efecto” se tradujo al otro día en la propuesta de la comisión de Género y Diversidad de la Cámara Baja para que Mendoza cuente con su propia ley contra la trata de personas.
Trimarco partió de la provincia, pero ya había sembrado con creces el debate y hasta la energía suficiente para avanzar de lleno contra la explotación sexual. De hecho, a horas de su encuentro con el gobernador, la Policía Federal y la comuna de Capital rescataban a tres chicas de una posible red de trata y clausuraban un prostíbulo. Ojalá, pensaron muchos, no haya sido un gesto espasmódico sino el comienzo de una firme política contra ese flagelo.

Otra vez sopa (salada). Como ese pariente que cae a casa de tanto en tanto, el proyecto de instalar en Mendoza la megaferia La Salada regresó para escribir su tercer capítulo. Los antecedentes eran dos intentos fallidos, en Guaymallén y Las Heras. Ahora, según el CEO del persa más grande de Sudamérica, Jorge Castillo, la mira estaba puesta en el distrito de Las Catitas, Santa Rosa. Al igual que en los anteriores sondeos, las voces de rechazo y aceptación se multiplicaron. Tan similares fueron que no vale repertirlas, aunque sí sintetizar una y otra posición: los pro Salada sostienen que se generarán numerosos puestos de trabajo y dinamizarán la zona en que se instale, y los contra Salada aseguran que no habría problemas, siempre y cuando cumplan con todas las leyes laborales e impositivas. Sin embargo, ya en off, ponen en duda tal apego legal y citan de memoria el “prontuario” de la megaferia.
Lo cierto es que aunque Castillo afirme convencido que “ya está” y que abrirán una semana antes de las clases, hay filtros legales que no se pueden (o no deberían) saltar. Entidades como FEM, UCIM y CECYTYS les ponen fichas a la Legislatura para que active una medida que, siguiendo los pasos de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, prohíba por 180 días la instalación de estas ferias de grandes dimensiones hasta tanto se le dé forma a una ley que las encuadre con claridad.
De avanzar el proyecto de La Salada, la clave –al igual que con la medida de Godoy Cruz de prohibir la venta de alcohol en bares y restoranes después de las 4– será un estricto control. O será demasiado tarde para ponerle coto a quien no cumpla. Después de Cromagnon, no hay excusa para esconder la lupa.   

A capa y balazos. Si algo le faltaba a esta bizarra Argentina era tener su propio superhéroe. Desde hace un par de años, Capitán Menganno, émulo local del mítico Capitán América, patrulla en su moto las calles de Lanús. Hasta hace unos días no era más que un pintoresco personaje al que los vecinos de la zona saludan como se saluda un loco lindo. Pero el martes pasado intentaron asaltarlo tres delincuentes y el hombre, de identidad reservada (en realidad se trata del ex policía federal Oscar Lefosse, de 43 años), no dudó en dispararles “en serio”. De esta manera logró ahuyentarlos, aunque sin herirlos. Ahí nomás, sus seguidores en Facebook, donde tiene¡30 mil fans!, lo felicitaron con efusión. Igual, podría decirse que el disparo le salió por la culata, ya que desató la previsible polémica acerca de la validez o no de hacer justicia por mano propia. Y para certificar que está más cerca de Guido Süller que de un Batman envasado en origen, al ganar espacio en los medios saltó que Menganno tendría una deuda con el fisco de $22.000 y de más de $150.000 con unos bancos. Lo que se dice un auténtico antihéroe argentino, pero al que más de uno no dudaría en recurrir, cual delivery salvador, ante la irrupción de los chorros.
 
(En Diario UNO, 7 de enero de 2013)


"Irse es así, como empezar de cero hacia otras cosas que quién sabe”
Eduardo Gregorio, de su poema Despedida

Tal vez mal citada, pero sin perder su esencia, recuerdo aquella frase que decía algo así como "la muerte no es otra cosa que dejar de ver a los amigos". Si bien con Eduardo no llegamos a entrar en tan digna categoría, le tenía ese particular aprecio que siempre va a atado a la empatía.
Creo no equivocarme si digo, afirmo, que Eduardo, ese flaco cordobés de Del Campillo que eligió a Junín como su lugar en el mundo, era como se lo veía: un buen tipo, un sensible que encontró en la palabra, como muchos de nosotros, un refugio. Y este, se sabe, nunca garantiza que el dolor, la perplejidad ante el mundo, no nos hagan mella.
Nos quedan al menos, como panes o peces para repartir, sus libros y sus textos inéditos, su intensa vida diseminada en un amplísimo abanico de poemas, cuentos, novela, canciones, relatos históricos e investigación periodística. Como para que no queden dudas de su legado, repasemos: "Ángeles y caídas", "Las otras cosas”, "Trabajos", "Historia de pueblo", “Sin ir tan lejos”, “El fuego por el juego”, “Juntos pero separados” y “El caso Greco”. Sus libros, entonces, como esquirlas de lo que fue y será.
La literatura y el periodismo fueron, no hay parca que lo desmienta, dos brazos con los que intentó abarcar el mundo y dentro de él a todos los que lo caminamos sin saber del todo hacia dónde va ese bendito camino. Hacía allí debe haber ido el querible Gregorio a buscar un puñado de explicaciones. Las mismas que nos quedaron flotando ese sábado en que alguien nos avisaba con estupor de su absurda muerte.

(En Tiempo del Este, octubre de 2012, Nº364)
Lo reconozco: he olvidado camperas, biromes, carpetas en el colegio. Y fuera de ella, una que otra novia. Y uno que otro campeonato perdido. Hasta una bici que, como aquella novia, jamás recuperé. Lo que nunca pero nunca olvidé por ahí fue un libro. De eso sí puedo jactarme.
No es el caso de aquellos huéspedes del hotel Conde Duque, en pleno Madrid, que sin quererlo terminaron armando el rincón más singular de ese lugar y tal vez de todos los hoteles: La Olvidoteca.
Este espacio, ubicado en el hall, cobija unos 500 libros de variado origen (francés, español, inglés, ruso, chino). Su nombre no da lugar a equívocos. Los desmemoriados pasajeros los dejaron y la acumulación fue tal que la gobernanta del hotel, Rafi Prieto García, tuvo una feliz idea: le propuso al director del establecimiento ponerlos a disposición de los nuevos viajeros.
Primero fue una pequeña vitrina, pero los olvidados ejemplares eran cada vez más, por lo que hubo que ampliar el espacio. Novelas, poemas, guías de viaje, ensayos, biografías, todo cabe en la Olvidoteca. Quienes la consultan pueden leer allí o llevárselos a la habitación. Esto ha generado un nuevo capítulo: el de los que olvidan libros ex profeso e incluso dejan una notita cual dedicatoria: “Para la olvidoteca”. La extraña ecuación indica que a más olvido, más libros y lectores. Pasajeros con tablets, abstenerse.

(En suplemento Escenario, Diario UNO, 4 de agosto de 2012)
Pluma o mouse mediante, Ana María Shua es el Zelig de su propio circo: mujer barbuda, trapecista, maga, equilibrista y, por qué no, elefanta, mona o gitana. Ella es ella y ninguna en todos los papeles de este acuario circense al que desarma y desnuda con la maestría, humor y sensibilidad que la caracteriza.
Cada microrrelato de Fenómenos de circo (Emecé) es una estaca, una soga, un parche más en esa gran carpa donde cabe y vale todo. En ese mundo con reglas propias, la mentada magia se sobrepone al lugar común y hasta el lector más avisado puede pasar de largo por la red agujereada.
Los freaks de la autora de Botánica del caos y La sueñera son queribles, revulsivos, entrañables. Vienen de la vida real y de su febril imaginación, y poco importa cuánto tienen de uno u otro. Gétulos, paquidermos, mifps, la poeta écuyeré, icarios y la mujer cara de mula, entre tantos, son parte de un staff tan humano como el payaso perfecto que fue nominado al Nobel.
“¿Cómo sorprender a los malditos, a los cínicos espectadores que ya lo han visto todo?”, lanza como un cuchillo envenenado la Shua, sabiendo que del otro lado no lo podremos atrapar porque a esa altura ya tendremos las manos ocupadas en aplaudir o cerrar el libro.

(En suplemento Escenario, Diario UNO, 21 de julio de 2012)

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