Hasta no hace mucho era el lugar común ideal para romper el hielo en ámbitos compartidos como el ascensor, las escaleras, las guardias del hospital o cualquier otro incómodo espacio de interacción entre desconocidos.
Hablo del clásico “tiempo loco, ¿no?”, ideal para disparar un liviano y afable diálogo. Pero éste si bien nunca pasó de moda, está más que claro que ya no nos alcanza. Desde hace unos años el tema del clima se incorporó a tal punto a nuestras vidas que en la actualidad lo consideramos información básica para organizar desde cómo vestirnos, proteger el auto si hay probabilidad de tormenta, cubrir con diarios debajo de puertas y ventanas por si aterriza el Zonda, e incluso para decidir si las fiestas debemos pasarlas bajo techo o nos arriesgamos a la inestable intemperie.
Quizás buena parte de estas actitudes se la debamos al acechante cambio climático, ese mismo por el cual cruzan espadas los países poderosos (facturándose exabruptos ambientales que ninguno parece dispuesto a revertir), y el que día a día vemos cómo va dejando en el planeta heridas que difícilmente cicatricen.
Internet, como muchos de los cambios que las sociedades vienen experimentando en su nombre, también tuvo mucho que ver en esto de querer estar bien informados ya que gracias al fluctuante clima podemos pasar de la malla al pulóver sin necesidad de que muden las estaciones.
Las recientes tormentas en San Rafael y Alvear fueron de una violencia tal que más de un vecino de las zonas afectadas admitió no haber visto nunca un fenómeno de esas características. Similar situación a la que vivieron los porteños hace un par de años cuando el granizo los sorprendió como si cayeran ET del cielo y les mostró una cara del clima que hasta entonces desconocían. Ejemplos al vuelo de cómo la meteorología y sus ramas están presentes a diario; vivamos en el desierto cuyano, la sabana africana o la estoica Antártida.
Hoy es muy común escuchar en la cola del supermercado comentarios del tipo “Dicen que mañana vuelve el fresquito, pero el fin de semana va a estar terrible”; “Anunciaron tormenta para el viernes, sobre todo en el sur”; o “Se viene el Zonda, aunque va a estar en altura; tal vez mañana baje”. Los dimes y diretes climáticos van ganando en precisión, con terminología y datos “tocados de oído” de la radio, la tevé, los diarios y los on line.
Lo que vendría a demostrar por qué cada vez es más común que este tipo de informaciones exceden el pronóstico oficial para “crecer” en notas que reflejan el peso creciente que adquiere el clima en nuestras vidas.
Para estar a tono, mientras escribo estas líneas los vaivenes del tiempo me obligan a: cerrar las ventanas porque se largó un breve chaparrón, encender el aire para atenuar los insoportables 38 grados, volver a abrir las ventanas para aprovechar una brisa fresca, tomar más líquido que de costumbre, y comer caramelos de propóleo para esa molestia en la garganta, producto de los cambios de temperatura entre el aire acondicionado del trabajo y el calor del cemento en pleno centro. Tiempo loco, ¿no?
(Publicado en Diario Los Andes, 9 de enero de 2010)
Si hay una época del año propicia para ponerse al día con aquellos libros que fuimos comprando y acumulando impunemente durante meses sobre la mesa de luz, es precisamente la de las vacaciones. O el verano en general, cuando el ritmo se relaja, los compromisos suelen reducirse y el margen para entregarse a la lectura es más que generoso.
Con este amable contexto a favor, la idea es -además de echarle mano a lo que ya tenemos- salir en busca de otros libros que nos sigan convenciendo de que leer es ganarle tiempo a la muerte, vivir esas vidas que no pudimos o simplemente pasar un grato momento. Si es junto al mar, la montaña o el jardín del fondo, no es relevante. Después de todo, leyendo, el mundo debería adaptarse a nosotros.
Si queremos arrancar de a poco, no con una novela o un sesudo ensayo, nada mejor que los "Cuentos reunidos" de Felisberto Hernández. Este uruguayo, que durante mucho tiempo se ganó la vida tocando el piano pueblo por pueblo, empieza a salir del olvido con una serie de reediciones que incluyen esta antología de Eterna Cadencia y "Las Hortensias y otros relatos" (Cuenco de Plata).
Su falsa ingenuidad, su humor sutil y su talento para encontrar lo oculto a simple vista (algo así como "el alma de los objetos") justifica ser uno de esos lectores a los que se refiere Elvio Gandolfo en el prólogo; es decir, aquel afortunado que todavía no conoce algo de este autor y tiene ante sí la felicidad de sumergirse en la obra de Felisberto. Allí encontrará clásicos como "Nadie encendía las lámparas", "El cocodrilo", "El acomodador" o "La casa inundada", varios de ellos públicamente admirados por Julio Cortázar.
La poesía también merece su lugar entre las recomendaciones, ése que por lo general le niega la miopía de los libreros. "Herejía bermeja" es uno de esos libros que no se ve pero está latiendo en un lejano estante. Se trata de una minuciosa compilación de la enorme producción del poeta de La Pampa, Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Más de sesenta libros -y apenas seis editados en pequeñas tiradas- justifican rastrear a este maestro oculto.
Editada por Ediciones en Danza, esta singular antología le hace justicia a una obra que tiene mucho de profética, de canto sensual e invocación a los fantasmas de la nocturnidad. El habla criolla y la tradición poética de los españoles son tamizados por su propia lengua dando como resultado un idioma único, un universo sólo habitado por el poeta. Vale la pena arrimarse a él; primero como tímido turista, luego como un merecido habitante con derecho a escuchar las "Elegías de la piedra que canta" o los ecos del "Hereje bebedor de la noche".
Y si queremos una novela de largo aliento, de esas que una vez abierta la tapa no se pueden abandonar, esas que uno marca frases y párrafos enteros con resaltador para volver a leer de tanto en tanto, esa novela es "Los detectives salvajes", del chileno Roberto Bolaño (1953-2003). Un libro excepcional que en los últimos años alcanzó el merecido status de clásico en el parnaso de la literatura latinoamericana.
Arturo Belano y Ulises Lima son ese par de falsos detectives que van detrás de las huellas de Cesárea Tinajero, una escritora que desaparece misteriosamente en el México post revolución. La búsqueda cubre dos décadas (1976 a 1996), donde caben el amor, la muerte, la política, la locura, la traición y, siempre latente, la escritura como otra forma de vida.
No es noticia que en los últimos años la obra de Bolaño se ha extendido como un virus en las nuevas generaciones de escritores y lectores, al punto tal de que no hay canon serio que se atreva a excluirlo. Virus al que sugerimos no contradecir con un simple antídoto. Caer en cama leyendo al autor de "El gaucho insufrible" puede resultar una opción por demás placentera
(Publicado en el suplemento Cultura, Diario Los Andes, 2 de enero de 2010)
Con este amable contexto a favor, la idea es -además de echarle mano a lo que ya tenemos- salir en busca de otros libros que nos sigan convenciendo de que leer es ganarle tiempo a la muerte, vivir esas vidas que no pudimos o simplemente pasar un grato momento. Si es junto al mar, la montaña o el jardín del fondo, no es relevante. Después de todo, leyendo, el mundo debería adaptarse a nosotros.
Si queremos arrancar de a poco, no con una novela o un sesudo ensayo, nada mejor que los "Cuentos reunidos" de Felisberto Hernández. Este uruguayo, que durante mucho tiempo se ganó la vida tocando el piano pueblo por pueblo, empieza a salir del olvido con una serie de reediciones que incluyen esta antología de Eterna Cadencia y "Las Hortensias y otros relatos" (Cuenco de Plata).
Su falsa ingenuidad, su humor sutil y su talento para encontrar lo oculto a simple vista (algo así como "el alma de los objetos") justifica ser uno de esos lectores a los que se refiere Elvio Gandolfo en el prólogo; es decir, aquel afortunado que todavía no conoce algo de este autor y tiene ante sí la felicidad de sumergirse en la obra de Felisberto. Allí encontrará clásicos como "Nadie encendía las lámparas", "El cocodrilo", "El acomodador" o "La casa inundada", varios de ellos públicamente admirados por Julio Cortázar.
La poesía también merece su lugar entre las recomendaciones, ése que por lo general le niega la miopía de los libreros. "Herejía bermeja" es uno de esos libros que no se ve pero está latiendo en un lejano estante. Se trata de una minuciosa compilación de la enorme producción del poeta de La Pampa, Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Más de sesenta libros -y apenas seis editados en pequeñas tiradas- justifican rastrear a este maestro oculto.
Editada por Ediciones en Danza, esta singular antología le hace justicia a una obra que tiene mucho de profética, de canto sensual e invocación a los fantasmas de la nocturnidad. El habla criolla y la tradición poética de los españoles son tamizados por su propia lengua dando como resultado un idioma único, un universo sólo habitado por el poeta. Vale la pena arrimarse a él; primero como tímido turista, luego como un merecido habitante con derecho a escuchar las "Elegías de la piedra que canta" o los ecos del "Hereje bebedor de la noche".
Y si queremos una novela de largo aliento, de esas que una vez abierta la tapa no se pueden abandonar, esas que uno marca frases y párrafos enteros con resaltador para volver a leer de tanto en tanto, esa novela es "Los detectives salvajes", del chileno Roberto Bolaño (1953-2003). Un libro excepcional que en los últimos años alcanzó el merecido status de clásico en el parnaso de la literatura latinoamericana.
Arturo Belano y Ulises Lima son ese par de falsos detectives que van detrás de las huellas de Cesárea Tinajero, una escritora que desaparece misteriosamente en el México post revolución. La búsqueda cubre dos décadas (1976 a 1996), donde caben el amor, la muerte, la política, la locura, la traición y, siempre latente, la escritura como otra forma de vida.
No es noticia que en los últimos años la obra de Bolaño se ha extendido como un virus en las nuevas generaciones de escritores y lectores, al punto tal de que no hay canon serio que se atreva a excluirlo. Virus al que sugerimos no contradecir con un simple antídoto. Caer en cama leyendo al autor de "El gaucho insufrible" puede resultar una opción por demás placentera
(Publicado en el suplemento Cultura, Diario Los Andes, 2 de enero de 2010)

Además de ser sinónimo de pan dulce, arbolito, aguinaldo, tarjetazo y aire acondicionado, fin de año también lo es -tal vez antes que todo lo demás- de balance. Esa línea invisible que traza una fecha, suerte de peaje para seguir el hipotético viaje, obliga (¿obliga?) a mirar hacia atrás para sentir, quizá, que la velocidad de estos tiempos tan facebook no nos hizo perder de vista lo que había de importante en la orilla del camino.
Tarea complicada ésta de confrontar el activo y el pasivo de 365 largos días, de los cuales en el mejor de los casos recordaremos un puñado. Nuestra memoria, que a veces tiene mucho que envidiarle a la del mentado elefante, suele activar una especie de instinto emocional que sólo nos hace ver la reconfortante mitad medio llena de la botella. Algo así como mentirnos en la balanza para poder seguir comiendo sin culpa.
Aun sabiendo que por estos días habrá tantos balances como personas pasándose “en limpio”, abro el fuego compartiendo el mío (en su versión periodística, claro).
Como esa supuesta película que pasa a una velocidad exasperante cuando se acerca la hora final, este subjetivo repaso no guarda orden ni lógica. En él, una sola palabra puede disparar el recuerdo y evitar sobreabundar con tediosas explicaciones o minuciosos datos que internet provee gratis en menos de lo que canta un gallo.
La memoria, entonces, aprieta el play y 2009 comienza a desandarse caprichosamente en un raconto que incluye a Sandro, Banfield, Michael Jackson, Gripe A, Negra Sosa, Maradona, Sudáfrica 2010, Spinetta & sus bandas eternas, 28 de junio, Messi Nº 1, Caso Bolognezi, Charly García, Cumbre del clima, Néstor K., Mike Amigorena & Los Pells, Mario Benedetti, Ley de Medios, Candela I, Estudiantes de La Plata, Herta Müller, dengue, Tiger Woods, Daddy Yankee, Mujica, El secreto de sus ojos, Passarella, Ardi, Obama de la Paz, Golpe en Honduras, Cotón Reveco, Ciclo Elefante, Capusotto, Avatar, Riquelme, minería sí-minería no, Vinagre & rosas, El Tomba, Evo Morales, Chile a la derecha, Arjona récord, Twitter, Félix Luna, Brasil olímpico, Pechito López y Cristina, siempre Cristina.
Hecho el arbitrario repaso, se impone el borrón y cuenta nueva para empezar una vez más el conteo regresivo y volver a comer como si se avecinara el fin del planeta, esperar a un enflaquecido Papá Noel y hacer números para las vacaciones. Pero, sobre todo, se abre la posibilidad de soñar que podemos tener el país que nos merecemos.
(Publicado en Diario Los Andes, 28 de diciembre de 2009)
Tarea complicada ésta de confrontar el activo y el pasivo de 365 largos días, de los cuales en el mejor de los casos recordaremos un puñado. Nuestra memoria, que a veces tiene mucho que envidiarle a la del mentado elefante, suele activar una especie de instinto emocional que sólo nos hace ver la reconfortante mitad medio llena de la botella. Algo así como mentirnos en la balanza para poder seguir comiendo sin culpa.
Aun sabiendo que por estos días habrá tantos balances como personas pasándose “en limpio”, abro el fuego compartiendo el mío (en su versión periodística, claro).
Como esa supuesta película que pasa a una velocidad exasperante cuando se acerca la hora final, este subjetivo repaso no guarda orden ni lógica. En él, una sola palabra puede disparar el recuerdo y evitar sobreabundar con tediosas explicaciones o minuciosos datos que internet provee gratis en menos de lo que canta un gallo.
La memoria, entonces, aprieta el play y 2009 comienza a desandarse caprichosamente en un raconto que incluye a Sandro, Banfield, Michael Jackson, Gripe A, Negra Sosa, Maradona, Sudáfrica 2010, Spinetta & sus bandas eternas, 28 de junio, Messi Nº 1, Caso Bolognezi, Charly García, Cumbre del clima, Néstor K., Mike Amigorena & Los Pells, Mario Benedetti, Ley de Medios, Candela I, Estudiantes de La Plata, Herta Müller, dengue, Tiger Woods, Daddy Yankee, Mujica, El secreto de sus ojos, Passarella, Ardi, Obama de la Paz, Golpe en Honduras, Cotón Reveco, Ciclo Elefante, Capusotto, Avatar, Riquelme, minería sí-minería no, Vinagre & rosas, El Tomba, Evo Morales, Chile a la derecha, Arjona récord, Twitter, Félix Luna, Brasil olímpico, Pechito López y Cristina, siempre Cristina.
Hecho el arbitrario repaso, se impone el borrón y cuenta nueva para empezar una vez más el conteo regresivo y volver a comer como si se avecinara el fin del planeta, esperar a un enflaquecido Papá Noel y hacer números para las vacaciones. Pero, sobre todo, se abre la posibilidad de soñar que podemos tener el país que nos merecemos.
(Publicado en Diario Los Andes, 28 de diciembre de 2009)

Para el cuadrito. Se sabe sobradamente que Julio Cortázar amaba el jazz al punto de reconocer que le enseñó “cierto swing que está en mi estilo. Yo intento escribir mis cuentos como el músico de jazz enfrenta un take: con la misma espontaneidad de la improvisación”. Esto queda materializado con absoluta claridad en su famoso cuento “El perseguidor”, inspirado en la vida del admirado Charlie Parker. A cincuenta años de su escritura, la editorial española Libros del Zorro Rojo convocó al talentoso dibujante argentino José Muñoz para llevar “El perseguidor” al formato cómic. Una exquisitez en blanco y negro de quien trabajó en las míticas revistas Hora cero y Frontera (allí dibujó capítulos de “Ernie Pike”, de Oesterheld) y que ahora tradujo maravillosamente los claroscuros musicales y humanos de “Bird”, el saxo mayor del bebop.
Chat de palomas mensajeras. Se habrá perdido el género epistolar a manos de los mails, los SMS, el Chat y demás opciones tecnológicas, pero lo que no se perdió -por suerte- son los libros que recogen esa correspondencia que va más allá del mero ida y vuelta. Tratándose de escritores, nada es inocente en eso de hacer hablar a las palabras. Una pluma por demás pulida, guiños del oficio, secretos no tan secretos, frases filosas, son más que contraseñas viajando en esos tramposos búmerang. Ergo, literatura camuflada en simples cartas. Señales de humo sin humo (a la vista). Algunos de estos epistolarios recuperados son: “Las cartas de Samuel Beckett, 1929-1940”, “Niña errante” (ping pong entre Gabriela Mistral y su secretaria Doris Dana), “Las cartas de Emily Dickinson (1830-1886), “Pablo Neruda: Cartas a Gabriela”(correspondencia con la Mistral entre 1934 y 1955), “Cartas de posguerra” (Victoria Ocampo le escribe 83 misivas a sus hermanas desde Estados Unidos y Europa) y “A vuelta de correo. Sabina epistolar”(el cantautor español compila correspondencia, dibujos y fotos personales). Lloren, carteros, lloren.
El rock (de acá) es cultura. “Todos los libros con temática del Rock Argentino en un solo sitio. Los libros conocidos y no tan conocidos. Los buenos y los malos. Los que aún se pueden conseguir y los ya descatalogados. ¡Todos! Porque ellos guardan la historia de la que también son parte”. Así introduce Freddy Berro su blog www.loslibrosdelrockargentino.blogspot.com, una completa guía de lectura donde se pueden encontrar “incunables” como “Almendra” (Autores varios, 1971), “Ahora mismo” (Moris, 1973) o “Agarrate” (Juan Carlos Kreimer, 1970); biografías como “Pappo, el rey del blues”, “Soda Stereo, la biografía”, “Indio Solari. El hombre ilustrado” y “León Gieco. Crónica de un sueño”; hasta rarezas como “Fito Páez. Homenaje” (un libro repleto de dibujos y caricaturas del rosarino), “Guitarra negra” (el único libro de poemas publicado por Luis A. Spinetta) y la novela policial (¿?) “El día que secuestraron a Charly”. La lista es tan larga como el camino transitado en los 40 años que el movimiento lleva sonando en este país generoso.
Diríase una escultura erguida. Nacido en Entre Ríos en 1944, Manuel Benderesky es, según da fe su biografía, “nieto de gauchos judíos y de criollos de a caballo”. Por eso no extraña “reconocer” a este poeta y licenciado en periodismo en cada poema de “Cuánta sangre cabe en un caballo” (Ediciones En Danza). Libro al que hay que ver y leer como una suerte de campo abierto en el que irrumpe “la noche amplia y lisa/ el cielo corredizo de mi infancia”, donde se lanza un grito, un alarido “y el eco viaja en ésta/ y otras vidas”. Un escenario en el que la sensibilidad del autor se conmueve ante ese animal que “en algún lugar, dentro de sí, sabe/ como saben las bestias” y que “está allí para eso: levantar su bella forma y llenar el aire de relinchos”. Luego, predestinación u olfato, será quien encare la pampa “como si no tuviera fin”. Verso a verso, la libertad del poeta se va corporizando en ese símil del viento que calla con la “sabiduría de las piedras”.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de diciembre de 2009)
Chat de palomas mensajeras. Se habrá perdido el género epistolar a manos de los mails, los SMS, el Chat y demás opciones tecnológicas, pero lo que no se perdió -por suerte- son los libros que recogen esa correspondencia que va más allá del mero ida y vuelta. Tratándose de escritores, nada es inocente en eso de hacer hablar a las palabras. Una pluma por demás pulida, guiños del oficio, secretos no tan secretos, frases filosas, son más que contraseñas viajando en esos tramposos búmerang. Ergo, literatura camuflada en simples cartas. Señales de humo sin humo (a la vista). Algunos de estos epistolarios recuperados son: “Las cartas de Samuel Beckett, 1929-1940”, “Niña errante” (ping pong entre Gabriela Mistral y su secretaria Doris Dana), “Las cartas de Emily Dickinson (1830-1886), “Pablo Neruda: Cartas a Gabriela”(correspondencia con la Mistral entre 1934 y 1955), “Cartas de posguerra” (Victoria Ocampo le escribe 83 misivas a sus hermanas desde Estados Unidos y Europa) y “A vuelta de correo. Sabina epistolar”(el cantautor español compila correspondencia, dibujos y fotos personales). Lloren, carteros, lloren.
El rock (de acá) es cultura. “Todos los libros con temática del Rock Argentino en un solo sitio. Los libros conocidos y no tan conocidos. Los buenos y los malos. Los que aún se pueden conseguir y los ya descatalogados. ¡Todos! Porque ellos guardan la historia de la que también son parte”. Así introduce Freddy Berro su blog www.loslibrosdelrockargentino.blogspot.com, una completa guía de lectura donde se pueden encontrar “incunables” como “Almendra” (Autores varios, 1971), “Ahora mismo” (Moris, 1973) o “Agarrate” (Juan Carlos Kreimer, 1970); biografías como “Pappo, el rey del blues”, “Soda Stereo, la biografía”, “Indio Solari. El hombre ilustrado” y “León Gieco. Crónica de un sueño”; hasta rarezas como “Fito Páez. Homenaje” (un libro repleto de dibujos y caricaturas del rosarino), “Guitarra negra” (el único libro de poemas publicado por Luis A. Spinetta) y la novela policial (¿?) “El día que secuestraron a Charly”. La lista es tan larga como el camino transitado en los 40 años que el movimiento lleva sonando en este país generoso.
Diríase una escultura erguida. Nacido en Entre Ríos en 1944, Manuel Benderesky es, según da fe su biografía, “nieto de gauchos judíos y de criollos de a caballo”. Por eso no extraña “reconocer” a este poeta y licenciado en periodismo en cada poema de “Cuánta sangre cabe en un caballo” (Ediciones En Danza). Libro al que hay que ver y leer como una suerte de campo abierto en el que irrumpe “la noche amplia y lisa/ el cielo corredizo de mi infancia”, donde se lanza un grito, un alarido “y el eco viaja en ésta/ y otras vidas”. Un escenario en el que la sensibilidad del autor se conmueve ante ese animal que “en algún lugar, dentro de sí, sabe/ como saben las bestias” y que “está allí para eso: levantar su bella forma y llenar el aire de relinchos”. Luego, predestinación u olfato, será quien encare la pampa “como si no tuviera fin”. Verso a verso, la libertad del poeta se va corporizando en ese símil del viento que calla con la “sabiduría de las piedras”.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de diciembre de 2009)

El futuro en manos del pasado. Fernando Vallejo -narrador, biólogo, cineasta- es uno de esos escritores que generan adicción, aún sin tratarse de una pluma fuera de lo común. Lo que lo hace especial a este colombiano radicado en México es que, aunque nunca deja de renegar contra su país, ha creado una obra personalísima en la que siempre vuelve a su tierra. Ese regreso conlleva una mirada ácida que, si bien todo lo cuestiona, también se resiste a cortar lazos con el pasado. “El desbarrancadero”, tal vez su mejor libro -aunque lejos de la fama de “La virgen de los sicarios”-, pone en el centro de la escena su casa paterna y desde allí, como esquirlas de un mismo fuego, se desprenden las relaciones familiares con sus pocas alegrías y sus muchas tristezas. Advertido de que “uno no es más que unos recuerdos que se comen los gusanos”, este iconoclasta que ve en la muerte una clara metáfora del desmoronamiento de su propio país ganó con este libro el premio Rómulo Gallegos en 2003. Un detalle que confirma su perfil “border”: los 100.000 dólares que obtuvo por su galardón los donó a una fundación que atiende gatos y perros callejeros en Caracas.
El señor de las teclas. Calcula que serán unas cinco millones de palabras las que tipeó con su entrañable Olivetti Lettera 32 a lo largo de 50 años. Palabras que en buena hora fueron a parar a libros como “Meridiano de sangre”, “Todos los hermosos caballos” y “No es país para viejos”, entre otros, pero también a borradores, textos inéditos y correspondencia. Comprada en una casa de empeño de Tennessee en el otoño de 1958, la sufrida máquina de escribir de Cormac McCarthy recientemente se llamó a silencio y no le quedó otra, al reputado autor, que pasarla a retiro. Fue su amigo John Miller (un economista, cuándo no) quien vio el filón y le sugirió hacer una obra de bien: subastarla en la famosa Christie's de Nueva York y destinar lo recaudado -¡$ 254.500!- al Santa Fe Institute. Como era de esperar, no la remplazó con una netbook u otro chiche tecno por el estilo: el bueno de Miller le compró en e-bay un modelo igual de Olivetti en la módica suma de 10 dólares. Como quien dice, una auténtica bicoca.
Los libros imaginarios. Existen. Como el fantasma de Canterville, los Buendía o la Maga. Son aquellos que creemos haber leído y no recordamos. O aquellos que recordamos pero nunca leímos. Están en cualquier biblioteca menos en la nuestra y sus títulos se nos escapan tanto como los rostros de sus autores. No se ven pero están en algún lugar preciado de nuestra memoria o en el corazón mismo del olvido. Hasta ahora el mejor método conocido para recuperarlos es escribirlos. Quedamos invitados.
El resaltador. “Los lectores no se dan cuenta de que el pasaje que leen en una hora, en cinco minutos, se ha desarrollado fuera de la sangre del corazón del autor. La emoción que los impresiona como 'tan verdadera' la ha vivido durante noches enteras de amargas lágrimas”. (William Somerset Maugham, en “Cuadernos de un escritor”).
(Publicado en Diario Los Andes, 13 de diciembre de 2009)
El señor de las teclas. Calcula que serán unas cinco millones de palabras las que tipeó con su entrañable Olivetti Lettera 32 a lo largo de 50 años. Palabras que en buena hora fueron a parar a libros como “Meridiano de sangre”, “Todos los hermosos caballos” y “No es país para viejos”, entre otros, pero también a borradores, textos inéditos y correspondencia. Comprada en una casa de empeño de Tennessee en el otoño de 1958, la sufrida máquina de escribir de Cormac McCarthy recientemente se llamó a silencio y no le quedó otra, al reputado autor, que pasarla a retiro. Fue su amigo John Miller (un economista, cuándo no) quien vio el filón y le sugirió hacer una obra de bien: subastarla en la famosa Christie's de Nueva York y destinar lo recaudado -¡$ 254.500!- al Santa Fe Institute. Como era de esperar, no la remplazó con una netbook u otro chiche tecno por el estilo: el bueno de Miller le compró en e-bay un modelo igual de Olivetti en la módica suma de 10 dólares. Como quien dice, una auténtica bicoca.
Los libros imaginarios. Existen. Como el fantasma de Canterville, los Buendía o la Maga. Son aquellos que creemos haber leído y no recordamos. O aquellos que recordamos pero nunca leímos. Están en cualquier biblioteca menos en la nuestra y sus títulos se nos escapan tanto como los rostros de sus autores. No se ven pero están en algún lugar preciado de nuestra memoria o en el corazón mismo del olvido. Hasta ahora el mejor método conocido para recuperarlos es escribirlos. Quedamos invitados.
El resaltador. “Los lectores no se dan cuenta de que el pasaje que leen en una hora, en cinco minutos, se ha desarrollado fuera de la sangre del corazón del autor. La emoción que los impresiona como 'tan verdadera' la ha vivido durante noches enteras de amargas lágrimas”. (William Somerset Maugham, en “Cuadernos de un escritor”).
(Publicado en Diario Los Andes, 13 de diciembre de 2009)

En una típica casa de barrio de clase media como la mía no era usual tener libros, mucho menos una biblioteca con esos autores que nos sonaban tan lejanos como los mares de Conrad o exóticos como Bartleby o el Quijote. Puede que algún vecino sí tuviera ese preciado tesoro y eso ya lo posicionaba poco menos que como el excéntrico de la cuadra; el intelectual al que jamás se lo vería regando el jardín o lavando el auto.
Así las cosas, no fue extraño ni forzado que prácticamente mi primer contacto con los libros -y el de tantos chicos con los que compartíamos fútbol y figuritas- se produjera en una biblioteca popular.
Allí, sin brújula adulta que nos orientara para leer esto o aquello, descubrimos islas encantadas, intuimos la magia que encierra la poesía y nos dejamos maravillar por aventuras que nos llevaban de la mano. Nada volvía a ser igual una vez que atravesábamos las páginas de aquellos libros iniciáticos.
Como este caso en primera persona, conozco otros tantos muy similares; son esos mismos nostálgicos y agradecidos lectores que hoy se entristecen al leer que Mendoza perdió el 20 por ciento de sus bibliotecas populares en la última década (actualmente quedan 75).
Me dirán que en un país que ha perdido vidas, fábricas, bosques, diarios y, sobre todo, expectativas, el dato no debería sorprendernos. Es cierto, pero no podemos dejar de lamentar que estemos resignando ese imprescindible vínculo con la lectura, en el cual se suelen sentar las bases para que una persona no sólo incorpore conocimientos sino que también potencie su sensibilidad y amplíe su visión del mundo.
Pérdida que se acrecienta al recordar que no se trata sólo de un lugar para el préstamo de libros sino de un generoso espacio para que la comunidad aprenda oficios, participe de talleres de música y danza, se reúna para tratar temas de su interés, disfrute de obras de títeres, teatro y conciertos, o se organicen las más variadas actividades solidarias.
Según Leonardo Miranda, titular de la Federación Mendocina de Bibliotecas Populares, mantener una de ellas le cuesta al Estado unos 30.000 pesos por año. Bien sabemos que muchos libros que se reciben son donados, que hay colaboradores ad honorem y que mucho de lo que se hace en estos locales excede sobradamente lo que puede pagar un sueldo de bibliotecario.
Sin ser genios en las matemáticas, es fácil concluir que en el Estado se gastan cifras mayores en temas menores. Por caso, el controvertido subsidio para el recital de Los Fabulosos Cadillacs: $315.000. Pasando en limpio, esa cifra mantendría con vida a 10 bibliotecas y media durante 12 meses.
Con lo cual podemos inferir, sin ser arbitrarios, que el problema de fondo no es únicamente económico sino que, ante todo, revela la falta de una política cultural que sería injusto achacar sólo a este gobierno.
Política que, entre otras alternativas, podría -y debería- acercar a los autores mendocinos a estas bibliotecas, poniendo en evidencia que los libros que escriben están vivos y necesitan de lectores para cerrar el círculo. Se trata, como casi todo en este país, de construir más puentes para no seguir unos y otros en cada punta alimentando el crispado Boca-River de todos los días.
(Publicado en Diario Los Andes, 3 de diciembre de 2009)
Así las cosas, no fue extraño ni forzado que prácticamente mi primer contacto con los libros -y el de tantos chicos con los que compartíamos fútbol y figuritas- se produjera en una biblioteca popular.
Allí, sin brújula adulta que nos orientara para leer esto o aquello, descubrimos islas encantadas, intuimos la magia que encierra la poesía y nos dejamos maravillar por aventuras que nos llevaban de la mano. Nada volvía a ser igual una vez que atravesábamos las páginas de aquellos libros iniciáticos.
Como este caso en primera persona, conozco otros tantos muy similares; son esos mismos nostálgicos y agradecidos lectores que hoy se entristecen al leer que Mendoza perdió el 20 por ciento de sus bibliotecas populares en la última década (actualmente quedan 75).
Me dirán que en un país que ha perdido vidas, fábricas, bosques, diarios y, sobre todo, expectativas, el dato no debería sorprendernos. Es cierto, pero no podemos dejar de lamentar que estemos resignando ese imprescindible vínculo con la lectura, en el cual se suelen sentar las bases para que una persona no sólo incorpore conocimientos sino que también potencie su sensibilidad y amplíe su visión del mundo.
Pérdida que se acrecienta al recordar que no se trata sólo de un lugar para el préstamo de libros sino de un generoso espacio para que la comunidad aprenda oficios, participe de talleres de música y danza, se reúna para tratar temas de su interés, disfrute de obras de títeres, teatro y conciertos, o se organicen las más variadas actividades solidarias.
Según Leonardo Miranda, titular de la Federación Mendocina de Bibliotecas Populares, mantener una de ellas le cuesta al Estado unos 30.000 pesos por año. Bien sabemos que muchos libros que se reciben son donados, que hay colaboradores ad honorem y que mucho de lo que se hace en estos locales excede sobradamente lo que puede pagar un sueldo de bibliotecario.
Sin ser genios en las matemáticas, es fácil concluir que en el Estado se gastan cifras mayores en temas menores. Por caso, el controvertido subsidio para el recital de Los Fabulosos Cadillacs: $315.000. Pasando en limpio, esa cifra mantendría con vida a 10 bibliotecas y media durante 12 meses.
Con lo cual podemos inferir, sin ser arbitrarios, que el problema de fondo no es únicamente económico sino que, ante todo, revela la falta de una política cultural que sería injusto achacar sólo a este gobierno.
Política que, entre otras alternativas, podría -y debería- acercar a los autores mendocinos a estas bibliotecas, poniendo en evidencia que los libros que escriben están vivos y necesitan de lectores para cerrar el círculo. Se trata, como casi todo en este país, de construir más puentes para no seguir unos y otros en cada punta alimentando el crispado Boca-River de todos los días.
(Publicado en Diario Los Andes, 3 de diciembre de 2009)

El Fondo de Cultura Económica compiló los poemas que este referente de la lírica argentina escribió entre 1944 y 1980. El volumen permite descubrir a un escritor que, como pintor que también es, “enseña a mirar”.
En un año donde la poesía tuvo sus 15 minutos mediáticos con la entrega del codiciado Premio Cervantes al argentino Juan Gelman, la aparición de un libro como El andariego, que reúne poemas del período 1944-1980 del poeta y artista plástico Hugo Padeletti, redondea un soplo de aire vital para un género siempre marginal pero igualmente hiperactivo.
La obra de este santafesino nacido en 1928 se ha ido (se va) gestando desde el silencio, sin urgencias, con una paciente y sabia maceración aun convencido de que “nada que pudiera decirse colmaría el vacío”.
La influencia de la tierra
La tierra natal es una piedra de toque en sus poemas. El haber vivido en el campo hasta los 12 años le permitió –certifica él– vivenciar sus primeras “experiencias estéticas”, las que luego impregnarían profusamente sus poemas y pinturas.
“El cebo del futuro es el pasado” desliza en una de las estaciones-páginas este andariego incansable. Padeletti se considera a sí mismo un “buscador”. De ahí quizás provengan sus íntimos sondeos por el esoterismo, la teología, el hinduismo, los escritos de los místicos y el budismo zen.
Viajes –por la tierra y la mente– que al decir de Juan José Saer constituyen una poética “reflexiva y coloquial… que se obstina en la pasión delicada aunque firme de lo real, el enigma sereno de la cosas, la irrupción clara del presente que al mismo tiempo aterra, deslumbra y apacigua”.
Juegos verbales
Conforme a esa figura de buscador, Padeletti ha ordenado su extensa producción en diecinueve estaciones poéticas donde conviven los juegos verbales, el uso de refranes, las referencias a los clásicos latinos y la constante presencia de un yo más testigo que hacedor.
Nadie más certero a la hora de definirlo que su prologuista, el crítico Jorge Monteleone, quien sostiene que lo que sustenta tanto la poesía como la obra plástica del creador de Apuntamientos en el Ashram es “una metafísica del ojo ejercida con atención”.
La búsqueda de la palabra
Aún reconociendo que “la paciencia/es un arte difícil”, Padeletti demuestra –frente a la histérica urgencia del mundo editorial– que una obra genuina e imperecedera se debe gestar con la paciencia de un fruto, a un ritmo que confirma que “cualquier hora es ahora” para cumplir su misión irrenunciable: “(…) buscar una palabra/porque en cada palabra voy desandándome hacia mí”.
(Publicado en Diario UNO)
En un año donde la poesía tuvo sus 15 minutos mediáticos con la entrega del codiciado Premio Cervantes al argentino Juan Gelman, la aparición de un libro como El andariego, que reúne poemas del período 1944-1980 del poeta y artista plástico Hugo Padeletti, redondea un soplo de aire vital para un género siempre marginal pero igualmente hiperactivo.
La obra de este santafesino nacido en 1928 se ha ido (se va) gestando desde el silencio, sin urgencias, con una paciente y sabia maceración aun convencido de que “nada que pudiera decirse colmaría el vacío”.
La influencia de la tierra
La tierra natal es una piedra de toque en sus poemas. El haber vivido en el campo hasta los 12 años le permitió –certifica él– vivenciar sus primeras “experiencias estéticas”, las que luego impregnarían profusamente sus poemas y pinturas.
“El cebo del futuro es el pasado” desliza en una de las estaciones-páginas este andariego incansable. Padeletti se considera a sí mismo un “buscador”. De ahí quizás provengan sus íntimos sondeos por el esoterismo, la teología, el hinduismo, los escritos de los místicos y el budismo zen.
Viajes –por la tierra y la mente– que al decir de Juan José Saer constituyen una poética “reflexiva y coloquial… que se obstina en la pasión delicada aunque firme de lo real, el enigma sereno de la cosas, la irrupción clara del presente que al mismo tiempo aterra, deslumbra y apacigua”.
Juegos verbales
Conforme a esa figura de buscador, Padeletti ha ordenado su extensa producción en diecinueve estaciones poéticas donde conviven los juegos verbales, el uso de refranes, las referencias a los clásicos latinos y la constante presencia de un yo más testigo que hacedor.
Nadie más certero a la hora de definirlo que su prologuista, el crítico Jorge Monteleone, quien sostiene que lo que sustenta tanto la poesía como la obra plástica del creador de Apuntamientos en el Ashram es “una metafísica del ojo ejercida con atención”.
La búsqueda de la palabra
Aún reconociendo que “la paciencia/es un arte difícil”, Padeletti demuestra –frente a la histérica urgencia del mundo editorial– que una obra genuina e imperecedera se debe gestar con la paciencia de un fruto, a un ritmo que confirma que “cualquier hora es ahora” para cumplir su misión irrenunciable: “(…) buscar una palabra/porque en cada palabra voy desandándome hacia mí”.
(Publicado en Diario UNO)



