Cazador a la vista. El sanjuanino Jorge Leonidas Escudero es esa “piedra sensible” que la poesía argentina se demoró demasiado en extraer de las entrañas del desierto cuyano. Por suerte, en la última década se vienen sucediendo con regularidad sus publicaciones a través de Ediciones en Danza (“A otro hablar”, “Verlas venir”, “Andanzas mineras”, “Endeveras”, “Divisadero”, “Tras la llave”, “Dicho en mí”) y el dato de que comenzó a publicar después de los 50 años pasó a ser apenas una anécdota. Como buen minero que fue, “Caza nocturna” continúa su incansable búsqueda del poema como antes lo fuera el oro de sus sueños. Escudero es una voz única y sin embargo tan cotidiana, tan de la calle o el campo abierto, que es muy difícil e inútil situarlo en corriente alguna. Para él, la poesía “es mostrar intimidades,/ ropa de andar dentro de mí”; la creación ese “esquivo animal que sólo se caza/ cuando la flecha se dispara sola” y los premios, el reconocimiento, “cartulinas para el recuerdo”. Porque sabe que “el artista hace garabatos y cree/ gobernar la manija creativa” es que a sus 89 años sigue intentando pegar el salto, “salir desto de siempre donde no hallo y sigo buscando”.
Ajuar de la memoria. “El lápiz del carpintero” podría ser una de las tantas historias que todavía siguen drenando de la Guerra Civil española. Lo que la hace distinta, conmovedora, es la gracia del poeta, narrador y periodista Manuel Rivas (La Coruña, 1957) para contar la historia de Herbal, un carcelero-verdugo que mata a su prisionero-pintor, cuya alma regresará a través del lápiz con el que dibujaba el Pórtico de la Gloria. Lápiz que en el pasado sirvió, en otras manos, tanto para escribir notas libertarias como para narrar las secuelas de la dictadura y hasta historias de amor marcadas por esos tiempos de ideas irreconciliables. Publicada originalmente en 1998 en gallego (como toda la obra de Rivas), “El lápiz...” llegó al cine en 2003. Igual destino tuvo su relato “La lengua de las mariposas”, incluido en “¿Qué me quieres, amor?”.
A la hora de las víboras. Le han escrito poemas, canciones, cuentos, microrrelatos, pero la fotografía seguía en deuda con ella. La siesta, ese fragmento del día que convoca tanto al sueño como a la tristeza o la melancolía, ahora tiene postales de su inquietante imaginario. Con su cámara autodidacta, Facundo de Zuviría (Buenos Aires, 1954) se lanzó a registrar “Siesta argentina” (Ediciones Larivière) y lo hizo sin caer en lo poéticamente esperable. Son cerca de 50 fotos en blanco y negro, a doble página como los viejos libros japoneses, donde únicamente se muestran fachadas de bares, tintorerías, peluquerías, carnicerías, panaderías y demás locales comerciales porteños. La particularidad es que prescinde de toda presencia humana, reforzando así ese efecto de desolación que desde niños asociamos naturalmente con estas horas. Es inevitable pensar que la siesta en las provincias sería un sustancioso material del que Zuviría podría valerse para una hipotética saga de esta exquisita producción.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de setiembre de 2009)
A las denominadas profesiones de riesgo (policías, bomberos, conductores de ambulancias, mineros, rescatistas), habría que agregar la de docente. Sustenta esta propuesta nada descabellada las cada vez más frecuentes situaciones de violencia que deben sufrir quienes en tiempos no muy lejanos eran considerados una suerte de "segundos padres".
Ya no se trata sólo de una simple agresión, un mero apriete porque una nota no es del agrado del estudiante. Ahora es habitual que sean asaltados a metros de ingresar a la escuela o cuando se dirigen a tomar el micro. Tampoco quedan al margen de los más aberrantes abusos como reflejan con elocuencia las páginas de policiales.
Sin dudas el caso más emblemático es el de Claudia Oroná, la joven docente de 35 años que fue asesinada de un balazo en el barrio Tres Estrellas, de Godoy Cruz, en noviembre de 2004, cuando quisieron robarle el auto frente al jardincito donde daba clases.
Así como el fotógrafo José Luis Cabezas se convirtió en un símbolo de quien muere por escudriñar el lado oscuro del poder, la maestra mendocina también debería ser recordada como un estandarte de quien cae víctima de la alarmante inseguridad y la pérdida de todo código social.
El "No se olviden de Cabezas" quedó instalado en el inconsciente colectivo como una necesaria apelación a la memoria en un país caprichosamente desmemoriado. Pedir, instar, proponer "No se olviden de Oroná" es otra forma de hacerle justicia; especialmente hoy, una de las pocas fechas en que los maestros son el centro de atención por celebrar su merecido día.
Si hay una señal que confirma que culturalmente vamos de mal en peor es la degradación que viene sufriendo la figura del docente. Ese mismo que cuando nosotros éramos chicos los propios padres ponían en lo más alto, dando a la palabra del maestro el valor de sagrada frente a cualquier versión que diéramos en nuestra defensa.
Ni hablar de los sueldos paupérrimos que perciben ni de las condiciones en que suelen desempeñar su tarea, otras formas de violencia que quedan en segundo plano ante los atropellos delictivos de los que son víctimas actualmente.
Lo que en principio quiso ser -aprovechando la fecha exacta- una evocación a lo que me dejaron allá lejos y hace tiempo algunas de mis entrañables maestras, derivó inevitablemente en una reivindicación atemporal. No dudo de que la mejor manera de honrar a todos los docentes es poner en evidencia -una vez más- que se han convertido en un blanco móvil y que sin ellos el futuro se visualiza negro como un viejo pizarrón.
(Publicado en Diario Los Andes, 11 de setiembre de 2009)
Ya no se trata sólo de una simple agresión, un mero apriete porque una nota no es del agrado del estudiante. Ahora es habitual que sean asaltados a metros de ingresar a la escuela o cuando se dirigen a tomar el micro. Tampoco quedan al margen de los más aberrantes abusos como reflejan con elocuencia las páginas de policiales.
Sin dudas el caso más emblemático es el de Claudia Oroná, la joven docente de 35 años que fue asesinada de un balazo en el barrio Tres Estrellas, de Godoy Cruz, en noviembre de 2004, cuando quisieron robarle el auto frente al jardincito donde daba clases.
Así como el fotógrafo José Luis Cabezas se convirtió en un símbolo de quien muere por escudriñar el lado oscuro del poder, la maestra mendocina también debería ser recordada como un estandarte de quien cae víctima de la alarmante inseguridad y la pérdida de todo código social.
El "No se olviden de Cabezas" quedó instalado en el inconsciente colectivo como una necesaria apelación a la memoria en un país caprichosamente desmemoriado. Pedir, instar, proponer "No se olviden de Oroná" es otra forma de hacerle justicia; especialmente hoy, una de las pocas fechas en que los maestros son el centro de atención por celebrar su merecido día.
Si hay una señal que confirma que culturalmente vamos de mal en peor es la degradación que viene sufriendo la figura del docente. Ese mismo que cuando nosotros éramos chicos los propios padres ponían en lo más alto, dando a la palabra del maestro el valor de sagrada frente a cualquier versión que diéramos en nuestra defensa.
Ni hablar de los sueldos paupérrimos que perciben ni de las condiciones en que suelen desempeñar su tarea, otras formas de violencia que quedan en segundo plano ante los atropellos delictivos de los que son víctimas actualmente.
Lo que en principio quiso ser -aprovechando la fecha exacta- una evocación a lo que me dejaron allá lejos y hace tiempo algunas de mis entrañables maestras, derivó inevitablemente en una reivindicación atemporal. No dudo de que la mejor manera de honrar a todos los docentes es poner en evidencia -una vez más- que se han convertido en un blanco móvil y que sin ellos el futuro se visualiza negro como un viejo pizarrón.
(Publicado en Diario Los Andes, 11 de setiembre de 2009)

Mirarse el… Es cada vez más frecuente, no sé si necesario, preguntarse si existe una literatura mendocina. Si por ello entendemos algo más que lo escrito por mendocinos -es decir, la irrupción de aspectos sociológicos, estéticos, geográficos, reconocibles como tales en poemas, cuentos y novelas- difícilmente dicha temática se manifieste con elocuencia. Especialmente en los años '80 y '90, lo global como escenario liberador para el escritor de provincia, le ganó la pulseada al costumbrismo, al ya entonces trillado “color local”. En esta década que ya expira, paradójicamente la globalización empujó a no pocos escritores a volver la mirada a la propia aldea. Ramón Mayo es uno de los que narra tomando lo “mendocino” como materia prima. En sus relatos cortos el agua es de El Carrizal, los locos del hospital El Sauce, el medio de transporte los micros, y buena parte de sus personajes, esos clientes o fantasmas que circulan día a día por la Galería Tonsa. Pero no por tomar elementos “autóctonos” quiere decir que Mayo no se permita ir más allá. En sus relatos urbanos (sic), un grupo de aspirantes a escritores puede servir de pantalla para una banda de hackers (“El ombligo púrpura”), una mujer esperar el colectivo en la parada del año 4050 (“Less than time”) o un loco pedir rastis en lugar de puchos (“La cifra más hermosa del mundo”). La prolija edición artesanal simboliza involuntariamente otro rasgo de mendocinidad: ante la falta de una industria cultural que canalice la producción local, válidas -y bienvenidas- son las opciones “caseras”.
Antes, durante, después. A Corman McCarthy se lo considera uno de los eremitas de la narrativa norteamericana (Salinger y Pynchon completan el trío) por su bajísimo perfil y por concentrar la atención en su obra. Y su obra tiene la contundencia de títulos como “Meridiano de sangre” y la trilogía que conforman “Todos los hermosos caballos”, “En la frontera” y “Ciudades en la llanura”. El más reciente “No es país para viejos”, que alcanzó fama mundial por la laureada película de los hermanos Cohen (“Sin lugar para los débiles”), comparte con los libros anteriores la escenografía del sur de Estados Unidos y las pocas pulgas de sus habitantes. McCarthy, como esos sureños de armas tomar, cultiva un estilo seco, de escasas pero contundentes palabras, donde los gestos y las acciones dicen más. “La carretera” cuenta la conmovedora historia de un padre y su hijo intentando sobrevivir en un mundo que parece haber sido devastado por un ataque nuclear. Al mejor estilo “road movie” (no en vano ahora llega al cine con Vigo Mortensen como protagonista) juntos atravesarán innumerables situaciones de riesgo, con caníbales incluidos, llevando en un carrito de supermercado lo mínimo para enfrentar su apocalíptico derrotero. “No hay después. El después es esto”, es el leit motiv de este Pulitzer 2007.
En nombre del padre. Ni el biógrafo mejor documentado podría, se supone, estar más informado que el propio hijo del biografiado. Así lo pensó Mariano Olmedo, quien a 21 años de la absurda muerte de su padre se animó a revisitar la memoria familiar para concebir “El Negro Olmedo, mi viejo”. Para emprender con éxito tan movilizadora empresa, tuvo a favor su oficio de guionista y el haber recibido del cómico el mandato informal de algún día escribir las anécdotas protagonizadas por el recordado “Rucucu”. Un libro que el autor define como "muy directo y visceral” y que seguramente servirá para conocer un poco más el perfil privado de este ícono del humor popular.
(Publicado en Diario Los Andes, 13 de setiembre de 2009)
Antes, durante, después. A Corman McCarthy se lo considera uno de los eremitas de la narrativa norteamericana (Salinger y Pynchon completan el trío) por su bajísimo perfil y por concentrar la atención en su obra. Y su obra tiene la contundencia de títulos como “Meridiano de sangre” y la trilogía que conforman “Todos los hermosos caballos”, “En la frontera” y “Ciudades en la llanura”. El más reciente “No es país para viejos”, que alcanzó fama mundial por la laureada película de los hermanos Cohen (“Sin lugar para los débiles”), comparte con los libros anteriores la escenografía del sur de Estados Unidos y las pocas pulgas de sus habitantes. McCarthy, como esos sureños de armas tomar, cultiva un estilo seco, de escasas pero contundentes palabras, donde los gestos y las acciones dicen más. “La carretera” cuenta la conmovedora historia de un padre y su hijo intentando sobrevivir en un mundo que parece haber sido devastado por un ataque nuclear. Al mejor estilo “road movie” (no en vano ahora llega al cine con Vigo Mortensen como protagonista) juntos atravesarán innumerables situaciones de riesgo, con caníbales incluidos, llevando en un carrito de supermercado lo mínimo para enfrentar su apocalíptico derrotero. “No hay después. El después es esto”, es el leit motiv de este Pulitzer 2007.
En nombre del padre. Ni el biógrafo mejor documentado podría, se supone, estar más informado que el propio hijo del biografiado. Así lo pensó Mariano Olmedo, quien a 21 años de la absurda muerte de su padre se animó a revisitar la memoria familiar para concebir “El Negro Olmedo, mi viejo”. Para emprender con éxito tan movilizadora empresa, tuvo a favor su oficio de guionista y el haber recibido del cómico el mandato informal de algún día escribir las anécdotas protagonizadas por el recordado “Rucucu”. Un libro que el autor define como "muy directo y visceral” y que seguramente servirá para conocer un poco más el perfil privado de este ícono del humor popular.
(Publicado en Diario Los Andes, 13 de setiembre de 2009)

Alberto Muñoz no es un poeta masivo, el establishment literario insiste en ignorarlo y los grandes medios rara vez reseñan sus libros. Sin embargo, difícilmente haya poetas y lectores curiosos que no sepan quién es y no celebren cada vez que edita un nuevo trabajo. El autor de Tratado de verdugos, También los jabalíes enloquecen y Trenes, entre otros, además es músico, dramaturgo, docente y guionista. Un artista múltiple, luminoso y nunca previsible.
En Pianoforte, como en todas sus obras, Muñoz juega (es parte de su modus operandi) con el lenguaje musical y su imaginario. Los sonidos, los ruidos, el silencio, los afectos y la ficción, todos son, en el sentido más amplio, “instrumentos” para que el poeta logre una musicalidad que excede al poema. Dividido en tres partes (Sobre el alma, Sobre la invención y el descubrimiento, y Sobre el tiempo), Pianoforte encuentra su mejor definición en el subtítulo: Tratado ecléctico sobre el arte musical. Y lo encuentra no sólo con humor sino también con hondura e imágenes exquisitas. Como acorde final, se podría decir que Muñoz es uno de Los justos de Borges: “El que agradece que en la tierra haya música”.
(Publicado en Diario UNO, 11 de marzo de 2007)
En Pianoforte, como en todas sus obras, Muñoz juega (es parte de su modus operandi) con el lenguaje musical y su imaginario. Los sonidos, los ruidos, el silencio, los afectos y la ficción, todos son, en el sentido más amplio, “instrumentos” para que el poeta logre una musicalidad que excede al poema. Dividido en tres partes (Sobre el alma, Sobre la invención y el descubrimiento, y Sobre el tiempo), Pianoforte encuentra su mejor definición en el subtítulo: Tratado ecléctico sobre el arte musical. Y lo encuentra no sólo con humor sino también con hondura e imágenes exquisitas. Como acorde final, se podría decir que Muñoz es uno de Los justos de Borges: “El que agradece que en la tierra haya música”.
(Publicado en Diario UNO, 11 de marzo de 2007)

De puño y mouse. En “El Cuaderno” de José Saramago cohabitan apuntes, observaciones y opiniones donde la lucidez y el humanismo del Nobel portugués son su marca de agua. Textos que primero aparecieron en su blog http://cuaderno.josesaramago.org llegan ahora a este libro de jugadas reflexiones sobre política, actualidad, cultura, derechos humanos, personajes, literatura y misceláneas. A sus 86, el autor de “Ensayo sobre la ceguera” se despidió el lunes pasado de sus seguidores bloggers con una buena coartada: dedicarse a su próxima novela y la promesa de que cuando tenga algo para comentar ese espacio será el elegido. Estaremos atentos.
Manzanas (deliciosas). Aunque Cecilia Romana (Buenos Aires, 1975) diga que no es como Frost, “que de una manzana hace un poema”, no hay que creerle. A falta del postre de Eva, a ella le alcanzan un lavarropas, una rodaja de pan, unas medias, un almuerzo, una mudanza, para pintar su aldea doméstica. Premiado por el Fondo Nacional de las Artes y publicado por Ediciones En Danza, “El libro de los celos” refleja los claroscuros de la vida en pareja a través de poemas que bien podrían leerse como un diario íntimo no exento de humor, pasión y egoísmo. “Nosotros dos: el mismo libro en diferentes ediciones”, apunta allí la editora del sello Sigamos Enamoradas.
No soy un santo (todavía). “Música para camaleones” merece ser recordado (y recomendado) tanto por incluir alguno de los mejores cuentos de Truman Capote (1924-1984) como por ese demoledor prefacio donde reconoce: “Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación”. Algunos hitos de su don: el relato que da título al libro, donde una aristócrata de Martinica toca Mozart para demostrar a su invitado que a los camaleones -“esas criaturas excepcionales”- les gusta la música; la nouvelle “Féretros tallados a mano” (donde retoma el método de no ficción con que dio forma a su obra mayor, “A sangre fría”); “Una hermosa niña”, tal vez el más sensible retrato de Marilyn Monroe que se haya escrito; y “Vueltas nocturnas”, donde habla consigo mismo y se somete a un impiadoso autorreportaje en el que no duda en castigarse duramente con el látigo del prólogo.
Un negro de fierro. Da la sensación, ahora que lo perdimos, que a Roberto Fontanarrosa no le quedaron -al menos a nivel artístico- demasiadas materias pendientes. Haber dibujado un clásico como el “Martín Fierro” de José Hernández seguramente fue uno de los grandes gustazos que se dio (nunca, claro, como gritar un gol de Central). Los primeros trazos del gaucho más mentado los dio en 2005, a pesar de la enfermedad neurológica que ya padecía. El entusiasmo fue tanto que además hizo dibujos, bocetos y hasta parte del guión de la película “Fierro”, dirigida por Liliana Romero y Norman Ruiz, y estrenada pocos meses después de su muerte. Cada rasgo del “personaje emblemático de nuestra literatura nacional” (como lo consideraba el Negro) lleva su inconfundible sello; razón más que suficiente para releer la “Biblia gaucha” en versión ilustrada o disfrutarla en el cómodo DVD.
(Publicado en Diario Los Andes, 6 de setiembre de 2009)
Manzanas (deliciosas). Aunque Cecilia Romana (Buenos Aires, 1975) diga que no es como Frost, “que de una manzana hace un poema”, no hay que creerle. A falta del postre de Eva, a ella le alcanzan un lavarropas, una rodaja de pan, unas medias, un almuerzo, una mudanza, para pintar su aldea doméstica. Premiado por el Fondo Nacional de las Artes y publicado por Ediciones En Danza, “El libro de los celos” refleja los claroscuros de la vida en pareja a través de poemas que bien podrían leerse como un diario íntimo no exento de humor, pasión y egoísmo. “Nosotros dos: el mismo libro en diferentes ediciones”, apunta allí la editora del sello Sigamos Enamoradas.
No soy un santo (todavía). “Música para camaleones” merece ser recordado (y recomendado) tanto por incluir alguno de los mejores cuentos de Truman Capote (1924-1984) como por ese demoledor prefacio donde reconoce: “Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación”. Algunos hitos de su don: el relato que da título al libro, donde una aristócrata de Martinica toca Mozart para demostrar a su invitado que a los camaleones -“esas criaturas excepcionales”- les gusta la música; la nouvelle “Féretros tallados a mano” (donde retoma el método de no ficción con que dio forma a su obra mayor, “A sangre fría”); “Una hermosa niña”, tal vez el más sensible retrato de Marilyn Monroe que se haya escrito; y “Vueltas nocturnas”, donde habla consigo mismo y se somete a un impiadoso autorreportaje en el que no duda en castigarse duramente con el látigo del prólogo.
Un negro de fierro. Da la sensación, ahora que lo perdimos, que a Roberto Fontanarrosa no le quedaron -al menos a nivel artístico- demasiadas materias pendientes. Haber dibujado un clásico como el “Martín Fierro” de José Hernández seguramente fue uno de los grandes gustazos que se dio (nunca, claro, como gritar un gol de Central). Los primeros trazos del gaucho más mentado los dio en 2005, a pesar de la enfermedad neurológica que ya padecía. El entusiasmo fue tanto que además hizo dibujos, bocetos y hasta parte del guión de la película “Fierro”, dirigida por Liliana Romero y Norman Ruiz, y estrenada pocos meses después de su muerte. Cada rasgo del “personaje emblemático de nuestra literatura nacional” (como lo consideraba el Negro) lleva su inconfundible sello; razón más que suficiente para releer la “Biblia gaucha” en versión ilustrada o disfrutarla en el cómodo DVD.
(Publicado en Diario Los Andes, 6 de setiembre de 2009)

Llame ya. Aunque por estos lares todavía ni siquiera palpamos en vivo y en directo un libro electrónico, ahora como si nada nos ofrecen los bidibooks. “Siente el libro en tu celular”, busca convencernos el canto de las sirenas tecno. Editados en seis idiomas, estos celulibros permiten al e-lector enlazar los contenidos del libro elegido con textos, imágenes y videos de Wikipedia, Flickr y YouTube. Más chico que el viejo y querido libro de bolsillo, a priori el “bidi” suena ideal para adeptos a la seductora comodidad de la tecnología. Cortos de vista, abstenerse.
El secreto de ABC. No es la obra más emblemática de Adolfo Bioy Casares. Sin embargo el propio autor reconoció que “Dormir al sol” era su libro más querido, el que -de ser una casa- hubiera elegido para vivir. A pesar del drama familiar que supone que a Lucho Bordenave, relojero de barrio, le internen en un psiquiátrico a su mujer Diana y se la “devuelvan” siendo otra pero en el mismo cuerpo, en realidad estamos en presencia de una fina comedia negra en la que nada es lo que parece. Lo real y lo fantástico, como en casi todo ABC, se fusionan como las esquivas almas de Lucho y Diana. “Iba a decirle que yo no tenía secretos, pero de pronto me pareció que el secreto estaba en ella y me asusté”, admite el perplejo marido en una frase que resume el tono de esta novela que en breve llegará al cine bajo la dirección de Alejandro Chomski.
En jarra usada, los vinos nuevos. “Las Heras”, del mendocino Claudio Rosales, exuda minimalismo desde su tapa de árbol perdido en fondo blanco + título y autor en minúsculas a lo cummings. Como advierte el epígrafe de W. Burroughs, el poeta recorta la realidad para construir un relato autóctono a base de espasmos, hilachas, pelos y señales. Un paneo que absorbe y procesa. Una mirada que avisa: “Las musas están armadas/ son mellizas/ no recuerdan”. Esas turras son las que nos llevan a transitar el picante bulevar lasherino donde desfilan el rey del salero, los albañiles, la niña cuida autos, Mariano y los turistas, el pibe travesti, los polarizados polaras, Norma la de Avón. Rosales acierta en pintar esa Las Heras “donde retozan eléctricos vocablos” no desde el realismo de la sonora acequia sino con lengua de vate actual: dando cuenta de la fragmentación para así intuir el todo.
Gracias compartidas. No es cosa de todos los días que un dibujante se una a un músico para compartir un concierto donde uno toca sus canciones y el otro ¡dibuja en vivo! Ese exitoso experimento dio pie -y manos- a Kevin Johansen y Liniers para pergeñar “Oops!”, un libro-objeto donde el inconfundible humor de las canciones del ex Instrucción Cívica es “traducido” por la desquiciada pluma del creador de “Macanudo” (la tira que publica en La Nación). A manera de bonus track se pueden hojear entrevistas al inefable dúo. Editado por De La Flor, son 144 páginas para ver/leer al ritmo de un karaoke pasado de copas.
(Publicado en Diario Los Andes, 30 de agosto de 2009)
El secreto de ABC. No es la obra más emblemática de Adolfo Bioy Casares. Sin embargo el propio autor reconoció que “Dormir al sol” era su libro más querido, el que -de ser una casa- hubiera elegido para vivir. A pesar del drama familiar que supone que a Lucho Bordenave, relojero de barrio, le internen en un psiquiátrico a su mujer Diana y se la “devuelvan” siendo otra pero en el mismo cuerpo, en realidad estamos en presencia de una fina comedia negra en la que nada es lo que parece. Lo real y lo fantástico, como en casi todo ABC, se fusionan como las esquivas almas de Lucho y Diana. “Iba a decirle que yo no tenía secretos, pero de pronto me pareció que el secreto estaba en ella y me asusté”, admite el perplejo marido en una frase que resume el tono de esta novela que en breve llegará al cine bajo la dirección de Alejandro Chomski.
En jarra usada, los vinos nuevos. “Las Heras”, del mendocino Claudio Rosales, exuda minimalismo desde su tapa de árbol perdido en fondo blanco + título y autor en minúsculas a lo cummings. Como advierte el epígrafe de W. Burroughs, el poeta recorta la realidad para construir un relato autóctono a base de espasmos, hilachas, pelos y señales. Un paneo que absorbe y procesa. Una mirada que avisa: “Las musas están armadas/ son mellizas/ no recuerdan”. Esas turras son las que nos llevan a transitar el picante bulevar lasherino donde desfilan el rey del salero, los albañiles, la niña cuida autos, Mariano y los turistas, el pibe travesti, los polarizados polaras, Norma la de Avón. Rosales acierta en pintar esa Las Heras “donde retozan eléctricos vocablos” no desde el realismo de la sonora acequia sino con lengua de vate actual: dando cuenta de la fragmentación para así intuir el todo.
Gracias compartidas. No es cosa de todos los días que un dibujante se una a un músico para compartir un concierto donde uno toca sus canciones y el otro ¡dibuja en vivo! Ese exitoso experimento dio pie -y manos- a Kevin Johansen y Liniers para pergeñar “Oops!”, un libro-objeto donde el inconfundible humor de las canciones del ex Instrucción Cívica es “traducido” por la desquiciada pluma del creador de “Macanudo” (la tira que publica en La Nación). A manera de bonus track se pueden hojear entrevistas al inefable dúo. Editado por De La Flor, son 144 páginas para ver/leer al ritmo de un karaoke pasado de copas.
(Publicado en Diario Los Andes, 30 de agosto de 2009)

Tipos con cancha. Años de compartir banco, concentraciones y eternas charlas con Jorge Valdano -futbolista, técnico y periodista y escritor (de allí el merecido mote de “filósofo de la pelota”)- dejaron su impronta en otro esteta del fútbol: Ángel Cappa. Cultor del juego “lírico y poético” que recientemente dejó a Huracán en el umbral del título, el reconocido menottista debuta en las imprentas con “Hagan juego”, donde su tapa lo dice todo: un hombre -Cappa-, una mesa y un café. La escenografía perfecta para trasladar la pasión desde la cancha al bar. Jugadores y técnicos como Guti, Riquelme, Aimar, Di Stéfano, Pep Guardiola y Johan Cryff, entre otros tantos, se prestan a una apasionada pared verbal donde demuestran que, para ellos, como para García Márquez el periodismo, la profesión más hermosa del mundo es el fútbol.
Réquiem por Tuñón. Otra vez la excusa de las fechas redondas para revisitar a los grandes. En esta ocasión, son los 35 años de la muerte de Raúl González Tuñón y el libro a (re) descubrir, uno que con suerte se lo encuentra perdido en los mesones de saldos. Uno que son dos, ya que a “El banco en la plaza” le hace la segunda “Los melancólicos canales del tiempo”. Publicado tras su partida, la primera obra es el libro en el que trabajaba el autor de “La calle del agujero en la media” cuando lo sorprendió la parca. La segunda compila cuentos, prosa poética y una pequeña pieza teatral. A este libro doble, como al resto de su obra, le cabe ese verso de “Réquiem para un fonógrafo”: “Esto es más que un cuadro/ Esto es una ventana”. Y, claro, vale asomarse sin pudor.
J.R, un monster inc. Pasan los años y J.R. Wilcock (1918-1978) sigue siendo una deuda para los lectores argentinos. Compadre de Borges y Bioy Casares y asiduo colaborador de la mítica revista “Sur”, cuando ya tenía una obra encaminada en español, decidió instalarse en Italia, escribir en italiano y pensar en italiano. Esa elección tuvo su precio: ser prácticamente un desaparecido del mundo literario argentino. Un “castigo” que se prolongó casi hasta nuestros días. La edición que hizo de sus obras Editorial Sudamericana empieza a saldar las cuentas. Antes y después, ningún género le fue ajeno: poesía, relatos, ensayos, novelas y teatro. “El estereoscopio de los solitarios” puede ser una amable entrada para conocer el mundo wilcockiano. Cuentos y microcuentos donde la realidad puede ser tan fantástica como esa gallina que asesora a una editorial o el centauro que pinta naturalezas muertas. Por las dudas: los monstruos de Wilcock son tanto o más queribles que los de Pixar.
Otro nunca más. Seguramente no alcanzarán las 160 páginas de “Pensar Cromañón” para explicar lo inexplicable, como seguramente tampoco alcanzarán -ni conformarán- las condenas y absoluciones del juicio que culminó el miércoles. En todo caso el valor de este libro pensado y escrito por periodistas, intelectuales y miembros de organizaciones sociales, es dejar testimonio de una de las tragedias más significativas que vivió este país (se perdieron 194 vidas) en lo que a priori era un concierto más de rock. Financiado “a pulmón”, la consigna de los hacedores de este trabajo es tan concreto como el dolor que dejó: que nunca más Argentina padezca otro Cromañón.
(Publicado en Diario Los Andes, 23 de agosto de 2009)
Réquiem por Tuñón. Otra vez la excusa de las fechas redondas para revisitar a los grandes. En esta ocasión, son los 35 años de la muerte de Raúl González Tuñón y el libro a (re) descubrir, uno que con suerte se lo encuentra perdido en los mesones de saldos. Uno que son dos, ya que a “El banco en la plaza” le hace la segunda “Los melancólicos canales del tiempo”. Publicado tras su partida, la primera obra es el libro en el que trabajaba el autor de “La calle del agujero en la media” cuando lo sorprendió la parca. La segunda compila cuentos, prosa poética y una pequeña pieza teatral. A este libro doble, como al resto de su obra, le cabe ese verso de “Réquiem para un fonógrafo”: “Esto es más que un cuadro/ Esto es una ventana”. Y, claro, vale asomarse sin pudor.
J.R, un monster inc. Pasan los años y J.R. Wilcock (1918-1978) sigue siendo una deuda para los lectores argentinos. Compadre de Borges y Bioy Casares y asiduo colaborador de la mítica revista “Sur”, cuando ya tenía una obra encaminada en español, decidió instalarse en Italia, escribir en italiano y pensar en italiano. Esa elección tuvo su precio: ser prácticamente un desaparecido del mundo literario argentino. Un “castigo” que se prolongó casi hasta nuestros días. La edición que hizo de sus obras Editorial Sudamericana empieza a saldar las cuentas. Antes y después, ningún género le fue ajeno: poesía, relatos, ensayos, novelas y teatro. “El estereoscopio de los solitarios” puede ser una amable entrada para conocer el mundo wilcockiano. Cuentos y microcuentos donde la realidad puede ser tan fantástica como esa gallina que asesora a una editorial o el centauro que pinta naturalezas muertas. Por las dudas: los monstruos de Wilcock son tanto o más queribles que los de Pixar.
Otro nunca más. Seguramente no alcanzarán las 160 páginas de “Pensar Cromañón” para explicar lo inexplicable, como seguramente tampoco alcanzarán -ni conformarán- las condenas y absoluciones del juicio que culminó el miércoles. En todo caso el valor de este libro pensado y escrito por periodistas, intelectuales y miembros de organizaciones sociales, es dejar testimonio de una de las tragedias más significativas que vivió este país (se perdieron 194 vidas) en lo que a priori era un concierto más de rock. Financiado “a pulmón”, la consigna de los hacedores de este trabajo es tan concreto como el dolor que dejó: que nunca más Argentina padezca otro Cromañón.
(Publicado en Diario Los Andes, 23 de agosto de 2009)



