Hasta no hace mucho, más precisamente hasta aquel lunes negro en el que las bolsas del mundo se desplomaron como un ídolo con pies de barro, todavía era posible creer que existían las recetas. No las del buenazo de Martiniano, sino las de best sellers que eran capaces de sintetizar en apenas un puñado de consejos las fórmulas para ser felices, encontrar el amor ideal o ser millonario de la noche a la mañana.
El paraíso en la tierra era posible y ellos, generalmente astutos autores y editoriales norteamericanos, nos enseñaban cómo alcanzar la tentadora manzana y comerla con mejores resultados que la polémica Eva.
Durante años, libros y más libros nos mostraron las distintas estrategias para hacer más tolerable, más liviano, nuestro paso por este cada vez más incómodo planeta.
Muchos de esos que la tenían tan clara hoy no saben de qué disfrazarse ante el tsunami financiero que dejó patas para arriba a más de un esclarecido del primer mundo.
Ni siquiera su propio abc del pragmatismo espiritual les garantiza tener la posta para mantener el equilibrio en estos días de virulencia bursátil. También a ellos la vida se les ha transformado en una sopa de números que no hay paladar que tolere.
Estos maestros ciruela del "hágalo usted mismo" siempre estuvieron protegidos; si una vez leído el manual de instrucciones para no ser un eterno perdedor no daba los resultados esperados, no había devolución. Claro, quedaba flotando la posibilidad de ser uno el que no había entendido, el que carecía de olfato para seguir a la esquiva zanahoria del éxito.
Ahora, con tantos gurúes de Wall Street probándose el traje de desocupados, el otrora redituable negocio de la autoayuda también mendiga su porción de salvataje. Su futuro, no obstante, muestra un escenario contradictorio, un Obama-McCain de las posibilidades.
Por un lado, su credibilidad cayó más que el merval y el bovespa juntos. Por otro, se prevé en muy poco tiempo una avalancha de nuevos salvavidas con tapas, algo así como los tips básicos para evitar arrojarse debajo del primer tren.
No nos extrañe ver pronto en las librerías de las grandes capitales títulos del estilo de "10 consejos útiles para sobrevivir sin crédito", "Cómo tener un arma y no usarla" o "100 recetas para no fundar un banco y hacerse millonario".
Mucho antes, y lejos de todo pavoneo mediático, Discépolo lo dijo mejor: "El mundo fue y será una porquería. Ya lo sé. En el 510... y en el 2008 también".
(Publicado en Diario Los Andes, 14 de octubre de 2008)
Como nos sucede a todos, que a cierta altura de nuestras vidas necesitamos parar la pelota y replantearnos si vamos hacia donde queremos o si apenas nos estamos dejando llevar por la inercia del día a día, también las instituciones precisan ese imprescindible alto en el camino para otear el horizonte y retomar el paso con más fuerza.
A la Universidad Nacional de Cuyo le ha llegado ese autollamado de atención. Por eso acaba de lanzar un profundo sondeo para determinar si realmente está sintonizando con las expectativas de la sociedad. Algo así como dejar de mirarse el ombligo y asomar la cabeza allí donde surge la materia prima de la que se nutre y a donde cierra su ciclo con el regreso de los ciudadanos ya formados.
La primera etapa de ese aggiornamiento apuntará a recoger la opinión de referentes de la política, la justicia, las ONG, los medios, los distintos credos y hasta del mismísimo gobernador. Una perinola de visiones donde todos ponen.
La gestión que encabeza el rector Arturo Somoza busca poner el oído a aspectos básicos, entre ellos si las carreras responden a la demanda de las nuevas generaciones y a la del mercado laboral, si las actuales propuestas educativas deben replantear sus ejes, si el acceso debería ser más riguroso o si la enseñanza tiene el nivel que se espera de esta histórica casa de estudios.
Convencidos de que no se puede avanzar en piloto automático y de que la clave es sumar la mayor cantidad posible de opiniones, los ideólogos del plan han contemplado dos etapas más: encuestar a unas 150 personas de todos los sectores sociales y cerrar la pesquisa con un cuestionario que sintetice los pasos previos y al que deberán responder unos 1.200 consultados.
A mediados del año próximo, los profesionales encargados de pasar en limpio este ambicioso sondeo ya tendrían en sus manos las conclusiones.
Más allá del resultado que, a priori, seguramente reflejará la necesidad de incorporar carreras cortas, la urgente mejora cualitativa de la enseñanza en las ya existentes y la ampliación de la oferta educativa en las comunas, lo que no se debe perder de vista es que el futuro de la universidad pública nos involucra a todos.
En esa cantera intelectual se forja buena parte de los profesionales que mueven la maquinaria de esta provincia. Si queremos que la UNCuyo esté a la altura de aquella Mendoza de avanzada que soñaron sus fundadores en 1939, es indispensable que siga siendo un espejo fértil de lo que demanda la sociedad que la alimenta.
(Publicado en Diario Los Andes, 27 de setiembre de 2008)
A la Universidad Nacional de Cuyo le ha llegado ese autollamado de atención. Por eso acaba de lanzar un profundo sondeo para determinar si realmente está sintonizando con las expectativas de la sociedad. Algo así como dejar de mirarse el ombligo y asomar la cabeza allí donde surge la materia prima de la que se nutre y a donde cierra su ciclo con el regreso de los ciudadanos ya formados.
La primera etapa de ese aggiornamiento apuntará a recoger la opinión de referentes de la política, la justicia, las ONG, los medios, los distintos credos y hasta del mismísimo gobernador. Una perinola de visiones donde todos ponen.
La gestión que encabeza el rector Arturo Somoza busca poner el oído a aspectos básicos, entre ellos si las carreras responden a la demanda de las nuevas generaciones y a la del mercado laboral, si las actuales propuestas educativas deben replantear sus ejes, si el acceso debería ser más riguroso o si la enseñanza tiene el nivel que se espera de esta histórica casa de estudios.
Convencidos de que no se puede avanzar en piloto automático y de que la clave es sumar la mayor cantidad posible de opiniones, los ideólogos del plan han contemplado dos etapas más: encuestar a unas 150 personas de todos los sectores sociales y cerrar la pesquisa con un cuestionario que sintetice los pasos previos y al que deberán responder unos 1.200 consultados.
A mediados del año próximo, los profesionales encargados de pasar en limpio este ambicioso sondeo ya tendrían en sus manos las conclusiones.
Más allá del resultado que, a priori, seguramente reflejará la necesidad de incorporar carreras cortas, la urgente mejora cualitativa de la enseñanza en las ya existentes y la ampliación de la oferta educativa en las comunas, lo que no se debe perder de vista es que el futuro de la universidad pública nos involucra a todos.
En esa cantera intelectual se forja buena parte de los profesionales que mueven la maquinaria de esta provincia. Si queremos que la UNCuyo esté a la altura de aquella Mendoza de avanzada que soñaron sus fundadores en 1939, es indispensable que siga siendo un espejo fértil de lo que demanda la sociedad que la alimenta.
(Publicado en Diario Los Andes, 27 de setiembre de 2008)

Mientras aún resuenan los debates de si fue acertada la decisión de pagar los 6.706 millones de dólares al Club de París, los defensores de la sorpresiva movida de la Presidenta -entre ellos el mismísimo vice Julio Cobos- destacaron el hecho de "honrar las deudas". Sin embargo, y mal que nos pese, el país sigue peligrosamente acumulando otras deudas: las internas.
Casi a la vista están esos más de 11.000 jóvenes mendocinos que no estudian, trabajan ni están contenidos en ningún tipo de institución, según lo revela un sondeo del Ministerio de Desarrollo Humano que Los Andes hizo público el miércoles.
Muchos de ellos, lamentablemente, ya son parte de esa mano de obra desocupada que nutre el delito nuestro de cada día. Sobre esos pibes debería posarse sin demoras la lupa del Estado si se pretende darles a tiempo la necesaria contención para abandonar el equipo de los lúmpenes y no quedar excluidos de un futuro mejor.
A ese vergonzoso rojo de fronteras adentro, debería sumársele el paupérrimo sueldo que reciben los docentes, esos mismos que a diario deben oficiar de psicólogos, consejeros y hasta de padres sustitutos para evitar que más chicos se sumen a aquel ejército de menores sin brújula.
En el rubro "honrar deudas" también tendría que incluirse mejores condiciones para los policías que deben velar por nuestra seguridad y que en más de una ocasión salen a las calles sin chalecos antibalas, móviles en buen estado ni la capacitación acorde a tan duro oficio. Ni hablar del magro salario que perciben o de que muchos de ellos viven en las mentadas zonas rojas, a pesar de las reiteradas promesas de otorgarles una casa digna.
El listado de lo adeudado, al cual cada lector bien podría agregar su propio ítem, se intuye casi tan largo como las promesas de campaña.
Preferible dejarlo aquí y superar el estado de queja que cunde, trabajando para saldar lo más que se pueda.
(Publicado en Diario Los Andes, 8 de setiembre de 2008)
Casi a la vista están esos más de 11.000 jóvenes mendocinos que no estudian, trabajan ni están contenidos en ningún tipo de institución, según lo revela un sondeo del Ministerio de Desarrollo Humano que Los Andes hizo público el miércoles.
Muchos de ellos, lamentablemente, ya son parte de esa mano de obra desocupada que nutre el delito nuestro de cada día. Sobre esos pibes debería posarse sin demoras la lupa del Estado si se pretende darles a tiempo la necesaria contención para abandonar el equipo de los lúmpenes y no quedar excluidos de un futuro mejor.
A ese vergonzoso rojo de fronteras adentro, debería sumársele el paupérrimo sueldo que reciben los docentes, esos mismos que a diario deben oficiar de psicólogos, consejeros y hasta de padres sustitutos para evitar que más chicos se sumen a aquel ejército de menores sin brújula.
En el rubro "honrar deudas" también tendría que incluirse mejores condiciones para los policías que deben velar por nuestra seguridad y que en más de una ocasión salen a las calles sin chalecos antibalas, móviles en buen estado ni la capacitación acorde a tan duro oficio. Ni hablar del magro salario que perciben o de que muchos de ellos viven en las mentadas zonas rojas, a pesar de las reiteradas promesas de otorgarles una casa digna.
El listado de lo adeudado, al cual cada lector bien podría agregar su propio ítem, se intuye casi tan largo como las promesas de campaña.
Preferible dejarlo aquí y superar el estado de queja que cunde, trabajando para saldar lo más que se pueda.
(Publicado en Diario Los Andes, 8 de setiembre de 2008)

De casualidad escucho un tema de la exquisita Laurie Anderson: El perdido arte de la conversación. A dúo con Lou Reed, cada uno canta su parte sin reparar en lo que dice el otro. Una típica charla de sordos en clave poética. O si se quiere, un canto a la incomunicación.Si uno toma ejemplos de esa inagotable cantera que es la realidad argentina, en un tris caerá en la cuenta de que muchos de los problemas que padecemos provienen de nuestra ya patológica falta de diálogo. Palabra ésta que se evocó miles de veces en el conflicto con el campo, demostrando con elocuencia que era lo que más hacía falta.
Diálogo. Un arte perdido. Un puente roto que se impone reconstruir para avanzar de una vez por todas a una instancia superior.
Diálogo que escasea no sólo en la política. Digamos que tampoco campea en aulas, canchas de fútbol, relaciones de pareja, trabajos de toda laya, lugares de reclamos y trámites, centros de información; ni siquiera ya en esos personajes que llevaron a la conversación a sus más altos estándares: los vecinos. Cuando éramos chicos, ellos eran el símbolo de la confianza, los cotidianos interlocutores de mate y gauchadas. Hoy no sabemos ni cómo se llama el de al lado. La débil conexión vecinal nace y termina en un saludo de compromiso.
No es lo mismo
Este vacío no es más que un coletazo de la imparable ola de deshumanización que a veces va de la mano del progreso y en otras se confunde con el bienvenido avance o modernización. En esa inercia nos vemos obligados a tratar con máquinas antes que con semejantes de carne y hueso. Aunque, por caso, sería de necios no reconocer que es más práctico sacar plata del cajero automático que pasar por caja, no es lo mismo un café de máquina que aquel que viene en manos de un afable mozo sabedor de hasta cuánto de azúcar le ponemos.
Otro botón de muestra: los programas de radio creados y emitidos desde computadoras para escuchar en la web. Tendrán un sonido impecable, pero uno extraña esa calidez –tal vez la mayor virtud de este medio– que imprime en el ida y vuelta un conductor con oficio. Todo lo contrario a esas estupendas entrevistas del español Joaquín Soler Serrano que podemos ver en el canal Encuentro o los antológicos reportajes de Jesús Quintero en El perro verde o de Jorge Guinzburg en La noticia rebelde. Casos en que la conversación adquiría su merecido estatus de arte.
Excesivo como de costumbre, el escritor español Enrique Vila-Matas declaraba hace unos días que internet nos lleva indefectiblemente hacia una idiotez general. “Ha perdido fuerza el humanismo y es inevitable”, sostiene agorero el autor de Bartleby y compañía. Chatear de compu a compu, sería bajo su lupa una prueba irrefutable de que vamos hacia un diálogo aún más frío que el telefónico. Sin embargo, ahí están sus libros y los de tantos estableciendo otro tipo de conversación. Más silenciosa pero igualmente sustanciosa.
Todo ese jazz
El violinista y escritor Stephen Nachmanovitch considera que “la forma más común de improvisación es el lenguaje común. Al hablar y al escuchar, tomamos unidades de un conjunto de ladrillos (el vocabulario) y reglas para combinarlos (la gramática)”. Dada esa cotidiana forma de improvisar, concluye en que “toda conversación es una forma de jazz”.
Una bella metáfora que, puesta en práctica, suena mucho mejor que ese absurdo ruido que producen los políticos hablando como enajenados sólo para las cámaras, los futbolistas que están más cerca del show bussines que del gol, los artistas que consideran que una obra no debe dialogar con sus consumidores, los adolescentes que prefieren decir lo suyo con un esténcil o un fotolog y no cara a cara o sin tanta mediación, los que convencidos de sus argumentos dicen lo suyo sin dar margen a la réplica.
La conversación es un arte generoso que no requiere más que de los modestos ladrillos de los que hablaba Nachmanovitch.
Palabras, simples palabras para recomponer o tender esos imprescindibles puentes que nos permitan comunicarnos. Recuperar esa práctica también es un ejercicio de tolerancia. Y no importa si suena a jazz, tango o cha cha cha.
Diálogo. Un arte perdido. Un puente roto que se impone reconstruir para avanzar de una vez por todas a una instancia superior.
Diálogo que escasea no sólo en la política. Digamos que tampoco campea en aulas, canchas de fútbol, relaciones de pareja, trabajos de toda laya, lugares de reclamos y trámites, centros de información; ni siquiera ya en esos personajes que llevaron a la conversación a sus más altos estándares: los vecinos. Cuando éramos chicos, ellos eran el símbolo de la confianza, los cotidianos interlocutores de mate y gauchadas. Hoy no sabemos ni cómo se llama el de al lado. La débil conexión vecinal nace y termina en un saludo de compromiso.
No es lo mismo
Este vacío no es más que un coletazo de la imparable ola de deshumanización que a veces va de la mano del progreso y en otras se confunde con el bienvenido avance o modernización. En esa inercia nos vemos obligados a tratar con máquinas antes que con semejantes de carne y hueso. Aunque, por caso, sería de necios no reconocer que es más práctico sacar plata del cajero automático que pasar por caja, no es lo mismo un café de máquina que aquel que viene en manos de un afable mozo sabedor de hasta cuánto de azúcar le ponemos.
Otro botón de muestra: los programas de radio creados y emitidos desde computadoras para escuchar en la web. Tendrán un sonido impecable, pero uno extraña esa calidez –tal vez la mayor virtud de este medio– que imprime en el ida y vuelta un conductor con oficio. Todo lo contrario a esas estupendas entrevistas del español Joaquín Soler Serrano que podemos ver en el canal Encuentro o los antológicos reportajes de Jesús Quintero en El perro verde o de Jorge Guinzburg en La noticia rebelde. Casos en que la conversación adquiría su merecido estatus de arte.
Excesivo como de costumbre, el escritor español Enrique Vila-Matas declaraba hace unos días que internet nos lleva indefectiblemente hacia una idiotez general. “Ha perdido fuerza el humanismo y es inevitable”, sostiene agorero el autor de Bartleby y compañía. Chatear de compu a compu, sería bajo su lupa una prueba irrefutable de que vamos hacia un diálogo aún más frío que el telefónico. Sin embargo, ahí están sus libros y los de tantos estableciendo otro tipo de conversación. Más silenciosa pero igualmente sustanciosa.
Todo ese jazz
El violinista y escritor Stephen Nachmanovitch considera que “la forma más común de improvisación es el lenguaje común. Al hablar y al escuchar, tomamos unidades de un conjunto de ladrillos (el vocabulario) y reglas para combinarlos (la gramática)”. Dada esa cotidiana forma de improvisar, concluye en que “toda conversación es una forma de jazz”.
Una bella metáfora que, puesta en práctica, suena mucho mejor que ese absurdo ruido que producen los políticos hablando como enajenados sólo para las cámaras, los futbolistas que están más cerca del show bussines que del gol, los artistas que consideran que una obra no debe dialogar con sus consumidores, los adolescentes que prefieren decir lo suyo con un esténcil o un fotolog y no cara a cara o sin tanta mediación, los que convencidos de sus argumentos dicen lo suyo sin dar margen a la réplica.
La conversación es un arte generoso que no requiere más que de los modestos ladrillos de los que hablaba Nachmanovitch.
Palabras, simples palabras para recomponer o tender esos imprescindibles puentes que nos permitan comunicarnos. Recuperar esa práctica también es un ejercicio de tolerancia. Y no importa si suena a jazz, tango o cha cha cha.


Se viene otro Día del Niño y lo primero en lo que pensamos, casi como acto reflejo, es qué les regalamos, cuándo salimos a comprarlo, con qué los podemos sorprender o dónde los llevamos para que se den una panzada de títeres, mimos y payasos. Una agitada jornada acorde con la vida hiperactiva que llevamos... y listo. Ya está. Ya cumplimos. Con la conciencia tranquila volvemos a la vida “ normal”: ellos a la escuela, nosotros al trabajo. Pero ellos, vaya la obviedad, esperan algo más que el ritual del juguete y el plus de una jornada vivida a full para no desentonar con la celebración general.
La velocidad que imponen estos hiperkinéticos tiempos, donde todo parece medirse al ritmo del famoso “minuto a minuto” del rating televisivo, nos ha quitado esos preciosos momentos que deberíamos compartir con los hijos. Ya sea por la adicción laboral o porque nuestros horarios van a contrapelo del resto de la familia, lo cierto es que es mínimo el tiempo que dedicamos a jugar con ellos, a escucharlos, a revisarles las tareas, a verlos en los actos del cole, a contarles un cuento. En el mejor de los casos, buscamos saldar parte de esa deuda con un domingo de shopping, que incluye en un mismo combo: jueguitos, cajita feliz, helado y cine. Claro, habrá quien no se identifique con este estado de las cosas, pero en trazos gruesos es el que la implacable realidad nos moldea a su antojo.
Detrás de los Messi
Para la Organización de las Naciones Unidas, el Día Universal del Niño es el 20 de noviembre porque en esa fecha de 1959 se aprobó la Declaración de los Derechos de los infantes. En Argentina, esta celebración históricamente se concretaba el primer domingo de agosto pero desde el 2003, y por razones meramente comerciales (lo pidió la Cámara del Juguete), pegó un salto al segundo. La fecha viene bien para que, además de agasajarlos con ese codiciado regalito, los volvamos a poner entre nuestras prioridades, tanto en nuestras casas como en esa entelequia llamada sociedad.
De una u otra forma ellos también son noticia, aunque muy por detrás de los Messi, los Tota Santillán o las chicas del caño de Tinelli.
La muerte de un niño de 4 años hace unos días en La Rioja, a causa de la desnutrición, es un alerta, un llamado de atención. Ante esta absurda pérdida es inevitable recordar los miles de litros de leche tirados durante el paro del campo, la fruta y verdura que se pudrió en los camiones varados por los cortes de ruta, las cien vacas regaladas al piquetero Castells por “el aguante” al agro.
Paradojas de la vida, lo que en su momento fue una de la noticias más conmovedoras del año –u na nena de 10 años atropellada, violada y quemada en una localidad bonaerense– hoy se transforma en buena nueva debido a que avanza en su recuperación.
Pero no todas son pálidas. Otro pequeño ocupó su merecido lugar en los medios. Leonel Crescitelli, el chico de 10 años que encontró en Rivadavia una billetera con U$S5.000 y los devolvió, fue elegido Rey del Juguete 2008, una distinción que otorga la Cámara Nacional del Juguete y que le fue entregada ayer en Capital Federal. Otro pibe que sacó patente de honesto fue Ismael Castro, de 11, quien halló una cartera con euros, joyas y tarjetas de crédito. También la entregó. Y también fue noticia.
Los que no tuvieron su cuarto de hora mediático, pero están camuflados en otro tipo de informaciones, son los que no tuvieron clases por el paro docente. Los que limpian vidrios y no van a la escuela. Los que a altas horas transitan los cafés pidiendo una moneda. Los que no reciben atención cuando hay huelgas en los hospitales. Los que ya no tienen baldíos para jugar a la pelota y matan las horas a pura merca y cerveza. Los que perdieron aún antes de empezar.
Materia pendiente
Lo que parece elemental, es decir que deberían ser los privilegiados en la casa y fuera de ella, los primeros en toda lista, el centro de la mayor atención y protección, son en muchos casos los más castigados. Así lo demuestra la gran cantidad de pequeños que trabajan a pesar de las leyes que buscan terminar con esta injusticia. El próximo domingo es una buena oportunidad para reflexionar que ellos esperan de nosotros mucho más que el simbólico juguete. Esperan que seamos ese superhéroe dispuesto a enfrentar al peor villano por ellos. Una fantasía que bien puede ser la nuestra.

El cineasta Morgan Spurlock debe su fama a Super Size Me, un documental que filmó en el 2004 para reflejar los efectos negativos de la llamada comida “chatarra”. La particularidad es que él mismo se erigió en el conejillo de indias para comer durante 30 días consecutivos únicamente productos de la famosísima cadena McDonald’s.Con el mismo esquema, esta suerte de sosias del irreverente periodista y realizador Michael Moore (Bowling for Colombine) continuó con su “misión” de generar conciencia social a través de un reality show al que tituló sin sutilezas 30 días y que se emite por la cadena Fox. Allí se pregunta, por ejemplo, cómo sería vivir un mes como un musulmán siendo cristiano, como gay siendo heterosexual, o padeciendo las vicisitudes de ser pobre, de sobrevivir siendo un inmigrante ilegal, de luchar a diario contra el alcoholismo o de ser presa de la obsesión por la estética.
Ponerse en la piel del otro es el juego. El desafío. No hay premio a cambio, sólo el humanitario gesto de vivenciar lo que les pasa a los demás. Ver la realidad personal y ajena desde otra perspectiva.
Este útil ejercicio de ponerse en los zapatos de otros deja –o debería dejar– interesantes enseñanzas y da pie a un estimulante debate.
Según el lado del mostrador
Recojo el guante de Spurlock y propongo el desafío de ver cómo sería vivir un mes otras vidas, en ámbitos no ideales o al menos bastante diferentes a los que uno está acostumbrado.
Y arranco por casa. Por 30 días un periodista sólo se dedicará a leer lo que escriben sus colegas. De esta manera podrá cotejar cuánto de su realidad cotidiana ve reflejada en las páginas y cuánto queda afuera, ya sea porque no fue debidamente advertido o porque no le interesó al medio. Podrá así valorar lo que muchas veces reclaman los lectores y no siempre sabemos escuchar ni incorporar a tiempo.
Sumemos al juego a los funcionarios. El ministro de Transporte, Francisco Pérez, viajará ese mes a Casa de Gobierno en micro, tomando frío en las paradas (que no tienen techo ni protección), padeciendo las demoras según las caprichosas frecuencias de algunas líneas y comprobando el peligroso manejo de ciertos choferes.
A su vez, el secretario de Cultura, Ricardo Scollo, tendrá que ver la mayor cantidad posible de obras de teatro, leer cada día a un autor local y recorrer cada departamento para sondear el trabajo cultural que rara vez tiene trascendencia pública. En esa misma línea, el ministro de Salud, Sergio Saracco, se hará chequeos en el Hospital Central, previo haber pedido turno como cualquier hijo de vecino. Y ya que estamos, el jefe de la Policía Vial, Heriberto Ojeda, tratará de conseguir –ahora vía internet– un turno para renovar su carnet de conducir.
A lo largo de 30 días, ni uno más ni uno menos, los presos de Boulogne Sur Mer o de Almafuerte quedarán cara a cara con sus víctimas para escuchar sus padecimientos.
En otro plano, cada alumno agresor además de recibir el castigo estipulado por su institución se pondrá al frente de un aula. El objetivo será percibir en carne propia las habituales burlas, insultos, canchereadas y demás castigos psicológicos que a diario sufren maestros y profesores.
En este desafío de poner el pecho a las balas siendo otro, nadie más indicado que un policía. En una provincia superada holgadamente por la delincuencia, ¿quién se pondría no ya la piel sino el uniforme azul? Salir todos los días a la caza de ladrones y asesinos sin chalecos antibalas, a veces hasta sin móviles, con un sistema judicial que permite que se entre y se salga con igual facilidad, y con sueldos que no están a la altura del riesgo que deben enfrentar, no es un oficio que dé ganas de asumir por 30 temibles jornadas.
Los mismos pero distintos
Los ejemplos podrían ser tan extensos como los discursos de los senadores aquella madrugada del histórico no de Cobos, pero al menos alcanzan para graficar la lúdica idea de ser otros siendo los mismos. Quizás estar 30 días en la cabeza de Cristina, de Maradona, de Jaque o del verdulero de la esquina nos ayude a ser un poco más tolerantes y confirmar, una vez más, cuán compleja y fascinante es la mente humana.

S i este país tuviera un libro de quejas no daría abasto. Es que hay tanto para quejarse y a la vez, reconozcámoslo, estamos tan hartos de quejarnos. No en vano los argentinos cargamos con el sayo de tangueros, de llorones sempiternos. Lo que habría que analizar, a favor de ese gesto molesto y zumbón, es que detrás de la queja se esconde un reclamo, un pedido de auxilio. El que es escuchado a tiempo no necesita salir a la calle a gritar su verdad, a golpear cacerolas o pintar el frente de la casa de un funcionario. Convertir ese clamor en gestos productivos requiere de creatividad y decisión. Todos los que se llenan la boca hablando de democratizar más esta sociedad proclaman algo que en los hechos refleja todo lo contrario. El que no piensa como yo es mi enemigo y así es como el lenguaje cotidiano se va impregnando de una retórica bélica. Desde ambas “trincheras” –agro y Gobierno– cruzaron munición gruesa durante 129 días y en esa absurda contienda los únicos que cayeron malheridos fueron los que no estaban ni en uno ni en otro lado. El autismo de los dirigentes los llevó a considerarque “los otros” eran meros espectadores de sus decisiones. Muy pocos estuvieron a la altura de la discusión, digo los que construyeron sin especular, los que apuntaron a superar la coyuntura y ver bastante más allá de su banca o su hectárea de soja.
Una siembra sin cosecha. La desgastante pelea campo-Cristina no nos hizo crecer ni un poco, por más que se diga que se puso en debate el postergado tema del agro. Servirá en todo caso para que la Presidenta baraje y dé de nuevo oxigenando su viciado gabinete. Si discutir el porcentaje de las retenciones móviles nos llevó a una interminable puja legislativa calificada de “histórica” en los floridos discursos de los legisladores, qué nos queda entonces para el día en que se decidan a debatir en serio una auténtica política agropecuaria para esta Argentina cada día más dividida. Todo se salió de madre y salvo para los que se apasionan con la ingeniería política que late en este entuerto, muy poco es lo queda en el haber de los que estaban fuera de este Boca-River de las retenciones.
A los que se erigieron como los nuevos próceres del Billiken siglo XXI debemos agradecerles, por ejemplo, el enfriamiento de la economía, la inflación en alza, el corte de la cadena de pagos, la caída de la popularidad de la Presidenta, y hasta la desconfianza de otras naciones.
En este río revuelto fueron muy pocos los pescadores beneficiados. Recién vamos a creer que esta pulseada tuvo algún valor cuando no haya un solo peón en negro, cuando los grandes productores del campo no deban ingresos brutos, cuando no tengan negocios con los mismos que se pelean en los programas políticos, cuando los legisladores que levantan la mano no sean premiados con ATN, cuando expliquen de dónde salió la plata para pagar carpas con plasmas y cortinas, cuando se sepa quién banca a todos los que llenaron cuanto acto pro K o anti K hubo en los últimos meses.
Fuera del rebaño. Mientras tanto, los que no estuvimos ni en una plaza ni en la otra sentimos que ninguno de ellos nos representó. Sin embargo siguen hablando en nombre nuestro y si tenemos el tupé de cuestionarlos corremos el riesgo de que nos calcen la camiseta de golpistas, antidemocráticos, gorilas, prokirchneristas, antipueblo y otras variantes de la descalificación al que piensa distinto. Ese es el quid de la cuestión: pensar. Ni siquiera distinto. Pensar. No dejarse llevar de las narices por el sánguche y la Coca, no ser presa de la “obediencia debida política”, seguir a los falsos mesías a cambio de un lugar en la estampita.
Pensar, claro, tiene su precio. En algunos casos equivale a ser defenestrados en público y en otros a limitarse a observar el descalabro sin poder modificar nada.
Estar comprometidos con el país no significa hacer número en cada marcha o negociar la dignidad por un Plan Trabajar. Significa que cada uno haga lo mejor posible lo suyo, con honestidad y convicción.
Como dijo el vicepresidente Cobos en una de sus frases antológicas del jueves, la historia será quien nos juzgue. No el campo. No el Gobierno nacional.



