Como a tantas cosas, también nos acostumbramos a vivir en un estado de inseguridad permanente.
Ya hace tiempo que quedó fuera de discusión que no se trata de una “sensación”, como prefieren definir la candente situación los funcionarios del área y la mayoría de los gobernantes.
Es diario el padecimiento y la indefensión de cualquier argentino, sin distinción de raza, sexo o capacidad económica, que queda a merced de los delincuentes. 
Para transformarse en una víctima más del delito no hace falta reunir ciertas condiciones: el ataque puede producirse en plena calle, en una entradera en la propia casa, a la salida del trabajo o esperando el micro para ir a la escuela.
Tampoco el botín es determinante, ya que un celular, una billetera o una camioneta habilitan al agresor al uso mortal de un arma de fuego.
Han logrado estos sátrapas que ya no existan zonas rojas porque todas lo son. 
No se está a salvo en  ningún lugar específico. Incluso, a pocos metros de una comisaría se producen robos y asaltos de esos que nuestros lectores encuentran a diario en las páginas de Policiales.
Una prueba irrefutable de la impunidad con que se mueven los delincuentes. 
Sin embargo, cuando se discute acerca del trabajo de Inteligencia Criminal, justifican su existencia como si tuvieran cientos, miles de casos para mostrar cuán efectivos son.
La batalla con el delito se ha perdido por goleada y los únicos que no parecen enterarse son quienes tienen que velar por la seguridad de los ciudadanos. 
Es tan preocupante el impacto del delito en la sociedad que ningún candidato podría no opinar qué plan tiene para ponerle coto.
Las respuestas, lejos de tranquilizar, dan más temor que esperanza. Muestran que se tiene un diagnóstico más bien epidérmico, con propuestas efectistas que no garantizan que se busque atacar el problema de fondo.
Estamos ante un fenómeno extremadamente complejo al que no se puede solucionar con parches.
La hora exige un pacto sin precedentes en el país porque para derrotar al delito no alcanza con sumar policías y patrulleros en las calles. 
Hay que ir al hueso y eso implica dejar las comodidades del poder para meterse en el barro. 
¿Cuántos estarán dispuestos a tanto?

(Diario UNO, 13 de marzo de 2015)
La violencia en el fútbol suma cada fin de semana un nuevo y repudiable capítulo. A esta altura del partido, la saga ya es demasiado sangrienta como para no reparar en ella y hacer algo a efectos de darle un corte final.
Sin ir más lejos, el domingo pasado un proyectil arrojado desde la hinchada de Godoy Cruz lastimó al masajista de Lanús. 
Por esta razón, la AFA castigó al equipo tombino, quien no podrá jugar con público su próximo partido como local.
Como siempre, los principales afectados serán aquellos que van a la cancha simplemente a disfrutar de su equipo y la institución, que paga el precio de un desubicado que cree que una derrota por goleada es pasible de vengar con una piedra. 
En pocos días, la provincia será testigo de dos de sus principales duelos futbolísticos: Independiente Rivadavia y Gimnasia y Esgrima, por la B Nacional, y Gutiérrez y Maipú, por el Federal A.
Dos choques esperados por años y que concitan una lógica expectativa en ambas hinchadas.
Pero también despiertan fundados temores de lo que pueda ocurrir fuera de los estadios.
En la cancha, los partidos se dirimen con las nobles armas del deporte, pero afuera los delincuentes que se disfrazan de simpatizantes son los que detonan una violencia inexplicable, incluso para quien creen entender los códigos del fútbol.
En febrero, luego de que Gutiérrez Sport Club derrotara por penales a Huracán Las Heras y lograra su pase al Torneo Federal A, sus hinchas se unieron en una celebración que terminó en una auténtica catástrofe.
Disparos efectuados desde una moto terminaron con la vida de un joven de 23 años, mientras  que una mujer murió al quedar en medio del fuego cruzado entre hinchas de Huracán Las Heras que debatían a los tiros su propia interna.
Con todos estos antecedentes surcando los clubes como una temible nube negra, ayer jugadores de la Lepra y del Lobo dieron un ejemplo de convivencia y sentido común.
Conscientes de que el clásico más importante del fútbol local movilizará la pasión de ambas hinchadas, los voceros de los equipos instaron a que el domingo se viva una verdadera fiesta, dentro y fuera de las canchas.
La pelota ahora cayó en la tribuna. Ojalá allí se entienda el mensaje. De ser así, no habrá un solo ganador. Habremos ganado todos.

(Diario UNO, 19 de marzo de 2015)
Comenzó la cuenta regresiva para las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias del 19 de abril, lo que significa que los mendocinos viviremos durante unos cuantos días un particular microclima político.
En el contexto de un año electoral, resultará un tanto difícil permanecer ajenos a la intensa actividad de campaña a la que se someterán -y nos someterán- numerosos precandidatos en la provincia.
A decir verdad, son muchos los mendocinos que desconocen de qué se trata esto de las PASO. 
Aún no las ven como ese necesario filtro que ha de servir para que cada partido arribe a las elecciones generales con sus mejores candidatos.
Hacia adentro de los agrupaciones en pugna, sin duda representan un fuerte desgaste de energías y de fondos, pero también permiten el reacomodamiento de fuerzas para la contienda mayor.
En las próximas semanas, no se asombre el lector de recibir la visita personalizada a su hogar de más de un  precandidato. 
Una constante en esta campaña será, según avisan sus principales ideólogos, el caminar las calles.
En otras palabras, que el electorado perciba que los políticos no están aislados en el Olimpo pergeñando un futuro que excluye a los simples mortales.
Es claramente un mensaje positivo que estén dispuestos a dar la cara y a escuchar los principales reclamos de la ciudadanía. 
Gran parte del descrédito que padece hoy la clase política es resultado de ese alejamiento progresivo que se acentúa peligrosamente entre una y otra elección.
Por eso se impone volver al llano para recomponer los lazos que por desidia, torpeza o directamente malicia se rompieron entre políticos y electores.
A no dudarlo, entre las principales demandas que recibirán “en vivo y en directo” los precandidatos en campaña estará por lejos la seguridad.
Conscientes del peso de este planteo generalizado, las propuestas de la mayoría harán hincapié en la lucha contra el delito.
Pero algo debe advertírseles a todos los aspirantes: es de tal sensibilidad este tema que ya nadie está dispuesto a aceptar promesas.
Quien logre zafar de esa tentación y ofrezca respuestas serias y creíbles para atacar tamaño flagelo, ése debería ser quien obtenga los votos suficientes para ocupar un merecido cargo público. 

(Diario UNO, 21 de marzo de 2015)
Lo escribiremos una y mil veces, y no nos terminaremos de acostumbrar. Mejor dicho, de resignarnos. 
Seguir registrando las muertes en accidentes de tránsito y no lograr, pese al despliegue de páginas, notas y títulos, evitar estas tragedias cotidianas es una frustración que pesa.
Porque eso son, tragedias que enlutan a familias enteras. No hechos aislados que se cierran en sí mismos. No meros números que suman a la fatal estadística.
Es claro, algo estamos haciendo mal para que sean insuficientes los puestos de control, las multas más o menos duras y las medidas que se toman para menguar las catástrofes viales. 
Nada alcanzará si quien está al volante no razona que eso que maneja funciona literalmente como una arma. 
Y digámoslo sin vueltas: los mendocinos manejamos pésimo.
De esta apreciación no quedan exentos los choferes de micros, los taxistas y, mucho menos, los motociclistas.
A su modo, todos contribuyen a que circular por los accesos o las calles céntricas sea caótico. Y mortal.
Cruzarse de carril, no respetar los semáforos y manejar a velocidades no permitidas suelen ser las faltas más comunes.
Tan comunes que se han naturalizado, y con el tiempo no queda otra que “aprender” a la fuerza a moverse en este alocado ajedrez vial.
La sangrienta estadística marca que en sólo tres días murieron siete personas en diferentes accidentes de tránsito.
Siete víctimas fatales en una amplia variedad de siniestros: choque frontal, atropellados, impacto contra un árbol, caída en un barranco...
En ellos, el detonante fue una combinación de imprudencia, impericia y alcohol. Lo de siempre.
Tal vez el caso más dramático sea el de la mujer que murió en San Martín mientras esperaba el micro junto a su esposo y dos pequeños hijos, y el conductor que los atropelló estaba alcoholizado. 
Seguridad Vial dio un dato más que elocuente: durante el fin de semana unas 40 personas fueron multadas por conducir en estado de ebriedad.
Una locura. Hasta se podría decir que de milagro no hubo más víctimas que las siete reportadas. 
Esos 40 y otros tantos que bebieron de más, pero zafaron de los controles, continúan en las calles.
A veces la inseguridad asume otras formas igualmente preocupantes. 

(Diario UNO, 11 de noviembre de 2014)
Ante determinados temas o situaciones de la cotidianeidad, a quienes peinan canas o están cerca de hacerlo, les suele resultar casi inevitable no establecer comparaciones con su “época”.
Frente a un caso como el del profesor al que una alumna del colegio Comercial de Villa Ballester le puso veneno para ratas en el agua, los
más veteranos -nostálgicos o no- sienten que en sus años de adolescentes fueron lo más parecidos a Heidi o a las hijas de Michael Landon en La Familia Ingalls. 
A lo sumo, la mayor travesura contra un profesor podía consistir en ponerle un chicle en la silla o liberar un sapo en el aula y esperar una reacción al mejor estilo comedia italiana.
La osadía del alumno no superaba esa línea. Lo máximo que trascendía, sobre todo en vísperas de exámenes, era la versión de que “a la vieja de...” o “al viejo de...” (los puntos suspensivos remplazan a la materia en cuestión) le habían rayado el auto o desinflado las cubiertas.
Era impensada la posibilidad de alterarle el café o el agua, mucho menos con un veneno, como en el caso de Buenos Aires.
Pero hay que reconocer que Mendoza no está ajena a esos hechos que rápidamente trepan los titulares de los diarios digitales y se multiplican en los medios electrónicos.
Ayer se supo que en el colegio Antonio Gurgui, de Las Heras, un docente y un alumno de 2º año fueron intoxicados con un somnífero cuando tomaban gaseosa en una clase.
A pesar de que el resultado de la supuesta “broma” no afectó la salud de las víctimas, el hecho reviste su gravedad.
Lo llamativo es la liviandad que con se tomó la adulteración de la bebida, fundamentalmente por parte de las autoridades escolares, las cuales no reportaron a tiempo la irregularidad a la Dirección General de Escuelas.
Como ocurre cuando un caso trasciende al espacio mediático, negaron que fuera otra cosa que una picardía de chicos de entre 13 y 15 años. 
Para los padres del alumno afectado, hubo una clara acción de bullying, ya que los compañeros se jactaban en las redes sociales de haber hecho caer en la trampa al “sabio y santito” del curso.
 De algo podemos estar seguros: una vez que cese el eco en los medios, todo seguirá como antes. Los cancheros, probando nuevas metodologías, cada vez más extremas, para sorprender a los docentes, y las víctimas de maltrato psicológico y físico, padeciendo en silencio una violencia que puede llegar a incubar una reacción aún más violenta. 

(Diario UNO, 4 de diciembre de 2014)
SaIdar las cuentas con el pasado es un  ejercicio del que no puede ni debe prescindir ninguna nación democrática.  
Con ese objetivo, el 15 de diciembre de 1983 se creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep).
Su misión era esclarecer los hechos sucedidos en la Argentina durante la dictadura militar (1976-1983). 
A través de documentos y denuncias sobre desapariciones, secuestros y  torturas, se le dieron forma a los informes que finalmente integraron el libro Nunca más. A este trabajo de enorme valor simbólico y documental, también se lo conoció como Informe Sabato, en referencia al escritor Ernesto Sabato, quien presidió la comisión investigadora. 
Este trabajo fue entregado en mano al presidente Raúl Alfonsín el 20 de setiembre de 1984 y aún hoy, con todo lo que luego siguió saliendo a la luz, constituye un material de consulta insoslayable.
De nuestro país se pueden decir muchas cosas, buena parte de ellas fundadas y otras tantas producto de nuestra particular idiosincrasia, pero sería injusto no reconocer que esa tarea de reconstrucción de la memoria se inició con una rapidez inusitada.
Hay que ponerse en el contexto de aquel 1983, en el que estaba en retirada un gobierno que dejaba tras de sí un baño de sangre sin antecedentes en la historia argentina. 
Con marchas y contramarchas, aciertos y errores, leyes controvertidas (Punto Final, Obediencia debida e indulto a los represores) y los esperados juicios por delitos de lesa humanidad, los derechos humanos volvieron a ocupar un lugar en lo simbólico y lo fáctico.
En un país tan autodestructivo como el nuestro, vale poner en perspectiva cómo procesos con dolorosos puntos en común con otros gobiernos de América Latina se abordaron aquí con una valentía y convicción notables.
Aún hoy, la sociedad chilena no termina de cerrar las heridas de la dictadura de Augusto Pinochet. 
Mientras que en Brasil recién ayer la Comisión Nacional de la Verdad hizo público un informe que condena matanzas, desapariciones y torturas cometidas por la dictadura militar de 1964 a 1985. 
Una vez recibido ese reporte de 2.000 páginas, la presidenta Dilma Rousseff reflexionó que  “Brasil merece la verdad”. 
La historia enseña que esa verdad, aunque tarde, terminará por imponerse. Condición sine qua non  para pacificar una nación que aún busca su destino. 

(Diario UNO, 11 de diciembre de 2014)
Hay que reconocerlo, la coliflor nunca tuvo buena prensa. Su inconfundible olor no es precisamente una invitación a consumirla.
Si bien presenta bondades nutricionales como bajo contenido de hidratos de carbono, proteínas y grasas, además de aportar un buen número de vitaminas y minerales, cuenta con peor marketing que la sopa o el hígado.  
¿A qué viene tanto interés en este menospreciado vegetal? 
Quien puede arrogarse el mérito de haberlo (re)instalado en el habla popular es el ministro de Turismo de San Juan, Daniel Elizondo.
El funcionario de Gioja se valió de esta variedad de la especie Brassica oleracea para graficar qué sensación le produce a su paladar estético la Fiesta Nacional de la Vendimia.
“No me gusta. Es como si usted me invita a su casa y me da de comer coliflor. Yo le diría: ‘No como coliflor. Le agradezco la invitación, pero no voy a comer haciendo arcadas”.
No hay que ser un semiólogo de la talla de Roland Barthes para entender que a Elizondo más que no gustarle la fiesta vendimial, le da asco.
Las redes sociales, siempre tan sensibles a detonar en segundos fortísimas disputas verbales, registraron la reacción de quien ocupa en Mendoza el mismo cargo que el sanjuanino. 
Javier Espina se lo tomó con humor, pero lamentó las declaraciones de Elizondo, porque -según él- no podría hablar mal de la fiesta de una provincia hermana.
Lo que puso en evidencia el coliflorgate fue la histórica puja que existe entre vecinos, la cual se activa ante la menor insinuación de uno u otro bando. 
Una rivalidad que, sobre todo en el fútbol, adquiere en cada ocasión ribetes policiales que han llevado a replantear cómo se debe organizar y controlar un evento deportivo para no lamentarlo después.
En San Juan, la Fiesta del Sol fue ganando en los últimos años un fuerte protagonismo. 
Con invitados de la farándula nacional, como Mirtha Legrand y Susana Giménez, quienes oficiaron de madrinas vip, el festejo se hizo un lugarcito en la vidriera nacional. 
En el contexto de un espectáculo artístico, con guión y cuadros de baile, finalmente se elige a la reina, quien representó a algunos de los departamentos en que se divide la provincia de Sarmiento.
Cualquier comparación, aunque sea tangencial, con la fiesta de los mendocinos, corre por su cuenta amigo lector. Eso sí, evite las arcadas. 

(Diario UNO, 14 de diciembre de 2014)

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