Salvo cuando la violencia en el fútbol se traduce en víctimas fatales, los continuos desmadres de los barrabravas no alcanzan la suficiente visibilidad como para dimensionar el real impacto de su paso arrasador.
Los protagonistas de ese auténtico submundo perviven allí por una aceitada red que los sostiene, aún cuando sea vox populi quiénes son los verdaderos reyes de la manada.
De esa maquinaria que se nutre de complicidades consolidadas en el tiempo, forman parte desde policías y dirigentes de los clubes hasta políticos e integrantes de la corporación judicial.
Es la única explicación de por qué los violentos han podido marcar la cancha del deporte más popular en el país y, salvos extrañísimas excepciones, seguir libres. 
Libres para pavonearse en las tribunas donde lideran una concepción del fútbol de la que la gran mayoría no comulga, pero en cambio padece.
Para un hincha verdadero, de esos que van donde van sus colores, no poder seguir a su equipo cuando juega de visitante es un contrasentido. Una proscripción incomprensible, injusta.
Sin embargo, fue la medida extrema que encontró la controvertida Asociación del Fútbol Argentino para ponerle coto a los violentos que toman las canchas como territorio apto para la droga y los negocios, menos para el disfrute de un deporte maravilloso.
No como una justificación, sino como una contextualización necesaria, hay que admitir que ante un crecimiento imparable del delito en la sociedad toda, lo esperable es un derrame que no excluye al mundo del fútbol.
Esos violentos no salen de la nada. Llegan de los mismos grupos y sectores que abonan la batalla perdida contra la inseguridad de del día a día.
Para los barrabravas no hay equipos grandes o chicos. Estadios importantes o menores. Su modus operandi no habrá de alterarse tengan enfrente 40 o 5.000 hinchas en pie de guerra.
Los clubes mendocinos que pugnan por ascender ofrecen instructivos capítulos de cómo el juego de ganar a toda costa se libra en las tribunas, no en la cancha como sería de esperar.
Tras el triunfo de Huracán Las Heras sobre Argentino de San José, a un jugador de éste último le mostraron un arma y le dijeron en clave mafiosa: “Mirá lo que le va a pasar a tu familia”. 
Esa noche debió dormir en otra casa. 
Como si nada hubiera pasado, mañana el amenazador no dudará en gritar el gol del amenazado. 

(Diario UNO, 3 de febrero de 2015)
El humor social no está para bollos. Bastante agitado arrancó el año con la extraña muerte del fiscal Alberto Nisman como para que todo se tome con una liviandad digna de lo peor de las redes sociales.
Y es precisamente ahí donde la presidenta Cristina Fernández recala cada vez más seguido para expresarse en los más variados rubros, desde lo ocurrido con quien la denunció por encubrir a los  sospechosos del atentado a la AMIA o para contar qué hizo en su gira por China.
Respecto de esto último, su humorada con lo de la Campola, el aloz y el petloleo, generó más rechazos que aplausos. Por más que algunos se pregunten qué tiene de malo o cuestionan que se sobredimensionó, ¿hace falta recordarles que es una mandataria la que le pone la firma? ¿Es causalidad que el supuesto intrascendente tuit tuvo eco hasta en diarios de España, Estados Unidos y Francia?
Y lo fundamental, lo que ninguno de sus asesores comunicacionales –en caso de tenerlos– se atreve a decirle cara a cara, no por Facebook o Twitter: sus dichos no hacen más que profundizar esa grieta que, según como se mire o qué posición se tome, es peligrosamente amplia.
La pregunta del millón es ¿qué gana la presidenta con divorciarse aún más de aquellos que no son sus incondicionales? Como en el caso de la mujer del César, aquí es tan es importante el ser como el parecer. Las formas en un mandatario dicen tanto como lo que no se dice.
Que su primera reacción ante la muerte de Nisman haya sido una carta a través de su muro de Facebook, que no haya expresado un pésame a su familia y que luego haya seguido usando la cadena nacional para remarcar cuán equivocado está todo aquel que no piensa como ella, no es lo que se espera de un conductor sensible con los dramas que atraviesa un país. Salvo, claro, que se siga pensando que está todo bien y que no importe guardar determinadas convenciones.
Cuando se produjeron las primeras reacciones ante el fallido tuit de “la Cámpola”, Cristina metió más fichas. “Sorry, tómenlo con humor. El exceso de ridículo sólo se digiere con humor, sino son muy tóxicos”, tuiteó desde el país de Mao.
El concepto “tóxico” fue desarrollado por la psicología para definir a aquellas personas que “contaminan” la relación interpersonal con sus reacciones, su queja constante, sus agresiones y sus dichos. Para decirlo sin vueltas, son los que nos hacen más complicada la vida.
Para el caso, y si extendemos la apreciación de la Presidenta a lo cotidiano, también entran en la categoría de tóxicos los funcionarios que avalaron su “dietazo”; los barrabravas que apretaron a los jugadores de Argentino de San José; los precandidatos que prometen lo mismo que podrían haber hecho cuando estuvieron en otras funciones; los que manejan sin importarles lo que puedan causar con sus imprudencias; los colegas de la prensa que dan lecciones de moral pero no resisten un archivo. Tóxicos somos, en muchas ocasiones, los medios. Tóxicos, como opinólogos, vedetes desbocadas y filósofos de bar, hay por todas partes.
No hay que ser un reputado semiólogo para concluir que Cristina carece de una estrategia comunicacional. Lo más cercano a una política en ese sentido podría inferirse de ver y oír sus medios leales (Tevé pública, Radio Nacional, Página 12, Tiempo Argentino, entre otros).
Pero eso sería reconocer que sólo se le está hablando a quien está de acuerdo y convencido desde el vamos. Si, tal como siempre remarca cual eslogan en sus extensas cadenas nacionales, ella es “la presidenta de los 40 millones de argentinos”, cada palabra, opinión, discurso, tuit o carta vía Facebook, debería incluir sin medias tintas a ese “todos y todas” que ya es su marca de fábrica.
La sensación que muchos tienen –me incluyo– es la de estar viendo dos países distintos. En uno, va ganando River. En el otro, el que hizo los goles fue Boca. Pero el 5 a 0 está ahí.

(Diario UNO, 8 de febrero de 2015)
La facilidad con que se utilizan ciertas palabras, sobre todo en boca de políticos, funcionarios y periodistas, es preocupante.
Ni hablar de esos impunes que a través de las redes sociales lanzan munición gruesa con la precisión de un barrabrava.
En esas aguas turbulentas del lenguaje, da lo mismo si el dardo verbal va dirigido a una actriz, un futbolista o a la mismísima presidenta de la 
Nación.
No hay filtro. La maravillosa posibilidad que otorga la tecnología de amplificar un mensaje es, en la mayoría de los casos, desaprovechada para hacer foco en el agravio, la chicana o la injuria más artera.
Podría quedar en la anécdota que la inefable líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, haya dicho que no asistirá el 1º de marzo a la apertura de un nuevo período de sesiones ordinarias del Congreso. Pero que la hoy aliada a Mauricio Macri, justifique el faltazo porque considera que “Cristina Kirchner planea un autogolpe para el domingo”, es un mal chiste.
¿Es tolerable tal exabrupto sólo 
porque la chaqueña siempre fue de lengua suelta, una especie de rara avis de la política nacional?   
Con su proverbial sabiduría, alguna vez el escritor portugués José Saramago le dijo a un grupo de alumnos de una escuela de Rosario: “Las palabras no son ni inocentes ni impunes, por eso hay que tener muchísimo cuidado con ellas, porque si no las respetamos, no nos respetamos a nosotros mismos”.
Un consejo que todos, especialmente los que a diario trabajamos con ellas, deberíamos incorporar como un credo para mejorar como sociedad.
La liviandad con que cualquiera habla de golpe, autogolpe, de destituyentes y antidemocráticos, de Partido Judicial, confirma por lo menos de cosas: que hablar -o escribir- es gratis y que no se evalúa el verdadero impacto de cada palabra. 
Hoy, como nunca, la “producción” de frases y declaraciones, en contexto o fuera de él, circulan sin que el cedazo del sentido común frene aquellas que causan tanto o más daño que una agresión física.
A este cambalache cotidiano bien se le puede adosar el afiche que ayer estrenó el ex vicepresidente de Cristina Fernández. Naturalmente, la polémica se disparó en el acto.
“Vuelve la Democracia. Julio Cobos 2015”, provoca con típica picardía argentina la propaganda radical. 
Cuánta razón tenía el maestro Saramago.

(Diario UNO, 26 de febrero de 2015)
En breve, la Argentina cumplirá 31 años de vida democrática. Un aniversario que debería ser motivo de celebración, aunque con el paso del tiempo -y en buenahora- nos hayamos acostumbrado.
Ese número no es un dato menor en la accidentada historia de un país que padeció tantos golpes contra la institucionalidad que realmente amerita valorar cada año que se ha vivido en democracia desde fines de 1983 hasta el presente.
El hecho de que se haya naturalizado el vivir bajo el imperio de la Constitución ha generado, paralelamente, que con el paso de las elecciones exista menos entusiasmo para expresarse a través del voto.
Para algunos, pareciera que ya no tiene el mismo valor que antes ir a sufragar. En otras palabras, que la consolidación del sistema no necesita de esa pequeña gran cuota de expresión ciudadana. 
Dejar atrás los años de plomo no fue una tarea nada fácil. En las Fuerzas Armadas aún quedaban nostálgicos que no se resignaban a perder el escaso capital de poder que les quedaba.
Ganar esa pulseada no se logró de un día para el otro. Mucho tuvo que ver la convicción demostrada por los votantes cada vez que había que elegir autoridades.
Se trataba de volver a marcar territorio. De decir esta es nuestra potestad y vamos a defenderla pacíficamente. 
Votar, entonces, como una profesión de fe. Poniendo el cuerpo, pero esta vez sin dirimir las diferencias ideológicas a través del lenguaje de la violencia. 
No siempre salió bien. Equivocarse también es parte de las reglas de juego de la democracia. Nadie puede enseñarnos a elegir bien, a no errarle con ese candidato al que se le da un crédito que rara vez sabe utilizar correctamente.
Aunque en el presente la crisis económica, las provocaciones de los popes gremiales que no se avienen a las reglas del juego democrático y las idas y vueltas por los fondos buitres estén en el centro de la escena, el sector político no deja de tener un ojo puesto en el 2015.
Desde ya se puede avizorar un escenario  intenso, que tendrá varios capítulos decisorios, entre las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias y posteriormente las generales, de las cuales saldrá el sucesor de Cristina Fernández.
Si se desdoblan las PASO y en las presidenciales no hay ganador en primera vuelta, esto implicará ir cuatro veces a las urnas. 
Ojalá en lugar de maldecir como si fuera un castigo cumplir con ese acto, nos alegremos de seguir decidiendo nuestro destino.

(Diario UNO, 21 de setiembre de 2014)
Entre los miles, tal vez millones, de videos que se viralizan por día a través de las redes sociales exaltando la estupidez y la frivolidad, vale detenerse en uno que se originó en Chile.
El hecho ocurrió en un transporte público que circula diariamente entre las ciudades de Concepción y Penco. 
En la grabación registrada por las cámaras de seguridad se puede ver cómo el chofer de un colectivo sorprende a todos con un gesto inhabitual: se para y le ofrece el asiento a una mujer que iba parada con un bebé en sus brazos.
El conductor, que tuvo esa reacción al ver que nadie le cedía un lugar a la joven madre, logró el efecto buscado ya que un par de personas se levantaron. Sólo dos. Incluso un hombre, al que ve muy cerca de la mujer, ni se dio por aludido.
Parece una anécdota y lo es, pero refleja algo que se ha naturalizado también por este lado de la cordillera.
Gestos elementales de convivencia, como los buenos modelos que nos enseñaban de niños en la casa y la escuela, se han perdido. 
Han pasado de moda como el hit de turno.
Subir al micro y saludar, ceder el paso o el asiento, son códigos de urbanidad que quedaron en el ayer.
Hasta en los lugares de trabajo es común observar que las nuevas generaciones ven en el saludo más elemental un gasto innecesario de energía.
Esto que puede parecer un tema irrelevante, para otros es fundamental en pos de un apropiado clima laboral. 
El caso del colectivero chileno tuvo mucho eco, sobre todo en aquellos que destacaron que lo elemental para educar es el ejemplo.
Qué lejos quedaron aquellos “por favor y gracias” que madres y maestras solían repetir cual mantras para que no los olvidáramos. 
La buena educación, aseguraban ellas, abre todas las puertas.
Sin dramatizar, hoy son más las puertas que se cierran, producto de un ensimismamiento al que abonan los adictivos celulares, las tablets y demás opciones tecnológicas que no hacen otra cosa que desconectarnos del mundo real. 
Lógicamente, no es un ítem de los que se debatió en el nuevo código de convivencia urbana que se aprobó ayer en Capital. 
Sin embargo, tiene muchos puntos en común. El más importante, sin dudas, el respeto por el otro. 

(Diario UNO, 22 de octubre de 2014)
A un año de las elecciones generales del 2015, los candidatos se multiplican como los peces bíblicos. 
Todo el tiempo, un nombre se suma a otro, pero lo que no se incrementa es el caudal 
de ideas para lograr que Argentina de una vez por todas juegue en primera.
El que está en el gobierno -sea éste nacional, provincial o comunal- está convencido de que su rumbo es el correcto. 
Y quien está en la oposición, o se anota para ser quien suceda a Cristina Fernández de Kirchner, asegura a los cuatros vientos que está todo mal y ya oteamos el precipicio.
Un clásico de la política argentina desde años ha.
Con más razón entonces, urge que afloren las ideas, las propuestas, la búsqueda compartida de una visión integradora de país.
En ese sentido, Brasil nos saca varios cuerpos. Por ejemplo, en debates presidenciales.
En una reciente columna de opinión, el periodista y empresario Daniel Hadad plantea un dato que debería alarmar: “Pasaron treinta años desde el ansiado retorno a la democracia y aún no pudimos presenciar una discusión intelectual entre aquellos que se postulan para liderar la Argentina”.
En cambio, en los pagos de Neymar y Caetano Veloso está práctica juega un papel estratégico.
A tal punto, que en esta campaña que culmina hoy con la definitoria segunda vuelta, no han sido uno o dos esos debates sino que fueron ¡ocho!
¿Y por qué son tan importantes y ningún candidato les rehúye ? Porque en ellos se pone en juego un anticipo de las líneas directrices que cada candidato seguirá en caso de acceder al cargo mayor.
Que Dilma Rousseff haya debido explicar (o al menos intentarlo) las denuncias de corrupción que pesan sobre su gestión, es una situación impensada para un país como el nuestro. 
En la cuenta regresiva hacia las Paso y las presidenciales del año próximo, lo que se ve y lo que se escucha hasta aquí es más de lo mismo. Es como el famoso “caset” que se les critica a los futbolistas.
La percepción de la calle es que se opina demasiado y con escasos datos reales.
Estudiar, prepararse y luego animarse a un debate a fondo, son pasos que hasta ahora los principales candidatos no parecen dispuestos a dar.
Hacer  valer nuestro voto debería ser el mejor mensaje. Pero no siempre alcanza.

(Diario UNO, 26 de octubre de 2015)
Una de las tantas críticas que suele recibir desde afuera la Argentina es que se trata de un país “imprevisible”.
Por lo general, este calificativo se asocia  a lo económico, en el sentido de que los inversores extranjeros consideran que no hay garantías jurídicas y financieras sólidas para desembarcar con sus proyectos.
En cambio para el argentino medio, éste es un país “previsible”. Sabemos, por ejemplo, que cada tantos años de bonanza vendrá una crisis para ajustarse el cinturón. Y así hasta que baje el agua.Tenemos sobrada experiencia al respecto. 
En esa suerte de efecto cíclico en que de tanto en tanto vivimos una sensación de déjà vu, hay varias profecías autocumplidas.
Una “de cajón” es el paso a Chile. Llegan las vacaciones de verano y los mendocinos que apuntan proa hacia las playas del Pacífico saben que tendrán que padecer eternas colas para hacer los trámites en la aduana. 
Pasarán los años y los gobiernos, pero ese dolor de cabeza se repetirá casi calcado.Similar situación se vivirá en invierno, cuando a raíz de la nieve que bloquea el paso cientos de camiones quedarán varados a la espera de que amaine el temporal.
En esta misma lógica de previsibilidad, cada fin de año se repite una situación más preocupante y compleja.De la mano de la crisis y de quienes hábilmente se valen de ella para sus fines políticos, unos meses antes de Navidad comienzan a avivarse los fantasmas de los saqueos.
Desde aquel 2001 que culminó con el presidente De la Rúa huyendo en helicóptero y una revuelta social ganando las calles, cada diciembre produce un efecto bastante particular.Se unen el cansancio de todo un año con la sensibilidad propia de las fiestas y la percepción de que los números otra vez no cerraron.Un cóctel peligroso que este 2014 vuelve a agitarse y que, por suerte, empieza a activar a tiempo los necesarios antídotos.
La imprescindible precaución está en marcha a través de una cuantas acciones que buscan evitar que triunfen los verdaderos antidemocráticos. 
La política ya se ha puesto en acción a través de reuniones con los supermercadistas (principal objetivo de los saqueadores), referentes sociales, servicios de Inteligencia y todos los organismos de Seguridad. 
También para defender la paz hay que buscar esa estratégica previsibilidad. Es la única forma de no ceder ni al miedo ni a los agitadores.  

(Diario UNO, 19 de octubre de 2014)

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