Orgulloso difusor y defensor de la causa de las islas, Hugo Mancini afirma que la idea original no fue ir a una guerra sino recuperarlas para luego negociar. Aspira a reencontrarse en el más allá con los caídos en combate.

Aunque pasen los años y los protagonistas arriesguen teorías o argumenten sólidas razones históricas, siempre será complicado descifrar una guerra. Al menos para los argentinos, la contienda en Malvinas sigue siendo un tema de difícil digestión. Volver a aquellos 74 días de 1982 es hablar de esa marca que, treinta años después, aún no cicatriza del todo.
Lo peor, se sabe, es el olvido, y Hugo Mancini es de los que no olvidan. Mendocino nacido en Cacheuta hace 52 años, es uno de los sobrevivientes de aquella guerra y un orgulloso difusor y defensor de la “causa Malvinas”.
Tras el gesto adusto, la mano bien firme al saludar y ese traje gris del que penden merecidas condecoraciones, Hugo se revela como un tipo afable, predispuesto a hablar del tema el tiempo que sea necesario. En Malvinas integró la batería de artillería antiaérea, ocupando la primera línea defensiva en Puerto Argentino.
Hoy trabaja en el sector privado e integra la asociación que nuclea a los veteranos de guerra. Desde allí, cada vez que lo requieren, hace escuchar su voz autorizada.
-A 30 años de la contienda, ¿cuál es hoy su mirada sobre Malvinas?
–Considero que fue una gesta, más allá de discutir si fue o no necesario. Había que recuperar para el patrimonio nacional ese territorio usurpado. Para mí era una tarea más que me cabía como argentino, aunque algunos la tildaron de aventura. Es relativo eso de que algunos no sabían a qué iban. A todos desde la primaria nos enseñan que esas islas eran un territorio usurpado. Malvinas siempre fue una deuda pendiente a cobrar. Todos sabíamos a qué íbamos: a recuperar lo que era nuestro.
–Aún se cuestiona no haber apuntado a la vía diplomática para recuperarlas...
–La Argentina no tenía como objetivo final ir a una guerra. La estrategia era primero permanecer en Malvinas y de esa manera forzar a Gran Bretaña a una negociación definitiva. Hablamos de recuperación, porque realmente recuperamos algo que era nuestro. Por eso la orden era no provocarles bajas al enemigo a pesar de nuestras propias bajas. Había que tomarlos prisioneros y regresarlos a Gran Bretaña y así forzar una negociación. Pero ellos no querían negociar. Soportamos varios ataques, pero la Argentina no iba con la idea de combatir. Era recuperar para negociar.
–¿Los soldados tenían tan claro como lo plantea usted que se iba a negociar, no a buscar una guerra?
–No, en ese momento no. Simplemente nos limitábamos a cumplir las órdenes. Los análisis, las especulaciones, por ahí se daban en pequeños grupos. Si bien Gran Bretaña estaba atacando, al menos yo me imaginaba que las fuerzas argentinas esperaban una mejor oportunidad para responder. Estábamos expectantes por las propuestas de Belaúnde Terry y de Israel, por ver qué pasaba en el comité de descolonización de la ONU y en la OEA. También por las negociaciones del canciller Costa Méndez. Nos dábamos cuenta de que estábamos en un 50 y un 50 como para empezar a combatir. Ya con las primeras hostilidades veíamos posible que sí íbamos camino a una guerra.
–¿Qué sintió la primera vez que pisó las islas, desde el clima tan extremo comparado con el nuestro hasta el hecho conmocionante de encaminarse hacia una guerra?
–Cuando llegué a Malvinas lo hice en un segundo turno. Yo iba como parte de la artillería antiaérea y las hostilidades habían comenzado hacía algunas semanas. Cuando llegué eran días preliminares a lo que se llamó “el ataque final británico”, donde descargaron toda su artillería. Yo no estaba desacostumbrado a ese clima porque estaba destinado en Río Gallegos, donde hacía frío pero no era excesivamente húmedo como el de Malvinas. Allí lo hostil eran los fuertes vientos. Como militar, uno supone que alguna vez puede enfrentar una guerra. Lo más cercano había sido el conflicto con Chile. Habíamos estado a punto de tener un combate el 23 de diciembre del ‘78, a las 4 de la mañana. Nos habíamos preparado para tener un conflicto con Chile, pero jamás con Gran Bretaña. Era impensable.
–¿Cómo vive cada 2 de abril? ¿Es una fecha que con los años toma otra dimensión?
–Todos los años lo vivo de la misma manera y mientras más grande me pongo es como que va teniendo otro brillo. Me enorgullece haber sido parte de Malvinas. Así como cuando uno se acerca a la vejez y espera que al morir pueda encontrarse con los seres queridos que lo precedieron, yo espero encontrarme con aquellos que quedaron en las islas. Sería mi máxima aspiración.
–¿Y sus hijos cómo ven el tema Malvinas, teniendo a un padre protagonista?
–A los dos les apasiona, pero tienen una visión muy objetiva. Concurren a los actos, se comprometen. De grandes, cuando tuvieron la capacidad para analizar, abrazaron la causa por su cuenta no por influencia mía. Nunca los llevé a eso. Y jamás me preguntaron directamente cómo viví la guerra; lo que saben es por lo que se hablaba en casa, en charlas que di, o lo que escuchaban en los actos.
–¿Por qué al cabo de estos años tantos veteranos se suicidaron? ¿Por qué cree que no pudieron procesar la guerra?
–Según nuestros registros, ya son más de 450 los que se suicidaron. El tema pasa por la contención. El 80% eran soldados. Ellos llegaron tras haber combatido en Malvinas y el Estado argentino lisamente y llanamente los olvidó. En el gobierno de Bignone se les dio la baja con todos los honores pero nada más. No hubo al menos una contención psicológica. Esa gente empezó a navegar en un mundo donde no podían convivir con los recuerdos, donde eran rechazados por la sociedad; eran “los locos de la guerra”. Algunos incluso no conseguían trabajo por ser ex combatientes. Propiciado por la Federación de Veteranos de Malvinas se realizó un estudio psicofísico a todos los ex combatientes del país. De ese estudio surgió el centro piloto en Lanús, adonde fueron a parar todos los estudios. Los especialistas llegaron a una conclusión: por el estrés postraumático, a partir de los diez años del conflicto, comenzaron a manifestarse tendencias suicidas o autoaniquilatorias.
–¿Y a usted qué cree que lo salvó? ¿Qué lo hizo tener otra visión de la vida?
–Dos cosas fundamentales: el apoyo de mi mujer y poder transmitir esa experiencia. A poco de finalizado el conflicto ya daba algunas charlas explicando lo que había vivido en Malvinas. Hablar de la experiencia lo libera a uno. Con el tiempo vino la reflexión de por qué algunos volvimos y otros no. Lo empezamos a tomar como que no era sólo una cuestión de destino sino una especie de misión: ser la voz de los caídos en Malvinas. Pero también en paralelo vino un proceso de desmalvinización; la propaganda nefasta de hacerle creer al pueblo de que Malvinas era el sueño de un borracho. Todo para obligar a los argentinos a no pensar Malvinas como una causa nacional.
–Así como se dio alguna vez un proceso de “desmalvinización”, ¿vislumbra ahora una nueva “malvinización?
–Sólo el tiempo dirá si es creíble o no. Algunas medidas me parecen interesantes, por lo menos algunas presiones que el gobierno está haciendo. Últimamente se han abierto varios frentes. La ciudadanía, un poco para sorpresa nuestra, está bien comprometida. Quizás porque Malvinas es lo único honesto que está quedando en este país. El respaldo de los países latinoamericanos contribuye a que algo avance. Si este tema lo hubieran puesto sobre la mesa antes de las elecciones, hubiera dicho que había un interés electoral, pero no fue así.
–Usted ha tenido encuentros cara a cara con veteranos de guerra ingleses. ¿Cómo se para uno en tiempos de paz frente a quien fue su enemigo?
–Nos mirábamos y era como que teníamos la misma vivencia. No los veíamos como amigos, sí como iguales porque habían cumplido órdenes igual que nosotros. Los hemos respetado porque han sido buenos enemigos. Ellos cumplían con su tarea y nosotros con la nuestra. Nuestro cruce de vidas en Malvinas fue totalmente circunstancial; no los vemos como personas despreciables. Sí vemos despreciables los actos de su gobierno.

(En suplemento especial "Malvinas, 30 años después", Diario UNO, 2 de abril de 2012)
En su esperado disco, Los fantasmas del amor, el cantautor Jorge Benegas mixtura con la misma química algunos de sus clásicos y unos cuantos temas nuevos.

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o existen pero que los hay, los hay. Y no hablamos de brujas. Hablamos de los fantasmas, más precisamente los del amor. Quien da prueba de haberlos avistado es el siempre alerta Jorge Benegas. Capturados por el radar de su voz y su guitarra, terminaron atrapados en su nuevo disco. Los fantasmas del amor marca un importante capítulo en la extensa trayectoria de Benegas, uno de los pioneros del rock vernáculo pero sobre todo un cantautor que escapa a rótulos, épocas, modas, tendencias. Lo suyo son las canciones y estas no tienen fecha ni vencimiento. En este trabajo las hay históricas, cercanas, remozadas, recuperadas, atemporales, por qué no visionarias.
Y para que el disco no se reduzca a un mero acopio de palabras y acordes, Benegas no descuidó detalles y para eso contó con un talentoso y experimentado coequiper como Mario Mátar. Su trabajo en la producción lleva su marca inconfundible pero con el tacto suficiente para no desdibujar al autor de las canciones. Todo lo contrario, realza las virtudes de cada composición, las lleva a su exacto punto de ebullición sonora.
Para evitar más detalles y no contar la película, que sea el propio Jorge Benegas quien hable un poco de sus fantasmas, de su amor y, sobre todo, de porque seguir grabando discos en un mundo cada vez más mp3 y con disquerías como piezas de museo.
Currículum sound. “Siento que este disco marca el cierre de un ciclo. Por eso hay canciones de diferentes épocas, los ’70,’80, ’90, y algunas bien recientes. Si existiera la posibilidad de mostrarlo fuera de Mendoza, este trabajo sería como una suerte de currículum musical. Un cantautor se muestra a través de sus canciones y este, creo, es una buena síntesis de mi producción”.
El talento del capitán. “El aporte de Mario Mátar fue fundamental. El logra que la canción suene como yo me la imagino. Discutimos juntos qué músicos convocar, qué temas incluir. Por lo general no estamos de acuerdo pero eso lo bueno ya que de esa manera nos acercamos a lo que ambos pretendemos. Lo bueno de trabajar con un productor talentoso y encima gran músico es que descubre en la canción lo que vos tal vez no viste. Por ejemplo, Final de historia, que toda la vida la hice con guitarra, en el disco la hacemos con piano y a dúo con una voz femenina y parece otro tema”.
De rock (pero ecléctico). “El disco es ecléctico a propósito. Me pasa que hay cantautores que admiro y por ahí escucho tres o cuatro temas seguidos de un disco y me aburro. La mezcla en Los fantasmas… apunta que refleje la variedad que puede ofrecer un cancionista. Yo lo defino básicamente como un disco de rock, pero que tiene balada, blues, tango, un poco de todo. Jamás renegué de mis orígenes hippies, pero esa sensibilidad que incorporé desde la adolescencia se va adaptando a medida que uno crece y evoluciona. Uno aprende de los grandes y yo crecí escuchando al Flaco Spinetta, a los Beatles, a Zeppelín, a Piazzolla. Todos ellos grandes maestros”.
Impronta tanguera. “Soy un rockero que ama al tango. Grandes poetas del tango parecen auténticos rockeros si leés bien algunas de sus letras, por ejemplo Discépolo, que es tremendo. Aún no me le animo a un disco entero de tangos pero tengo compuestos varios. El más reciente se llama De penas su collar y creo que es el mejor que compuse. Tango al fango y Se pasó la moda, son muestras de esa línea. Siento que tengo una impronta tanguera en mi vida cotidiana que ya es parte de mi personalidad. Me crié en Buenos Aires y mi viejo escuchaba mucho tango, era como mi banda sonora. Siento que el rock y el tango van de la mano. Nunca me parecieron dos veredas diferentes. Para mí escuchar a Piazzolla y Emerson Lake & Palmer era casi lo mismo”.
Arte & parte. “En la gráfica del disco pusimos un énfasis especial. Me gusta mucho cómo quedó ya que redondea un producto muy cuidado en el sonido y la imagen. Refleja mis diferentes etapas y mi música. Un resumen de lo que hice durante muchos años. Uno quiere que a cierta etapa de su vida lo que genera suene y se perciba con calidad. Esa autoexigencia es básica para el disfrute y para alimentarse el alma”.
Lo que viene. “Al revés de lo que se hace habitualmente, es decir grabar un disco y salir a presentarlo, esta vez prefiero que la gente lo vaya conociendo, escuchando, degustando, y recién después salir y presentarlo bien. No sólo en la provincia. Si es posible lo hará con los músicos que participaron en el disco. Quisiera que la presentación fuera algo diferente, que acompañe a todo el trabajo estético que le pusimos al disco tanto en la música como en la gráfica”.

(En suplemento Escenario, Diario UNO, 3 de abril de 2012)
A 30 años de la guerra, los testimonios de sus protagonistas van llenando los agujeros negros de la historia oficial

A 30 años de la guerra, Malvinas sigue siendo un rompecabezas difícil de armar. Tan difícil como intentar justificar las razones de la contienda bélica o entender por qué algunos pudieron volver y otros tantos dejaron sus huesos en las islas.
La prueba de que es un tema que apasiona es que con el paso del tiempo más libros se escriben, más investigaciones revelan aspectos desconocidos o no debidamente profundizados en su momento e, incluso, los testimonios de los propios veteranos van iluminando zonas oscuras del aún cercano 1982. En otras palabras, empiezan a cobrar fuerte importancia los matices, ciertos detalles que resignifican contar una vez más la historia.
Cada ex combatiente que relata su experiencia agrega algo que le da al relato otro espesor, otra hondura. No es toda la verdad pero contribuye a acercarse a la ideal, a aquella que por lógica se sitúa en la vereda de enfrente de la historia oficial.
Quienes por nuestra tarea periodística hemos tenido la oportunidad en varias ocasiones de entrevistar a veteranos de Malvinas sentimos en algún momento que accedíamos a esa otra mirada, de hecho la buscábamos. No es tarea fácil transmitir en un papel cómo un rostro se transforma de pronto, al recordar a un compañero caído o cómo fue que se enteró de viajaba hacia una guerra, el miedo que sintió al silbarle las balas sobre su cabeza, ver a un compañero muerto a su lado o caer de rehén a manos de soldados súper profesionales.
Muchos de los verdaderos protagonistas de aquella batalla admiten haber encontrado un sentido a sus vidas difundiendo –más que contando– lo que pasó en esos pocos pero eternos 74 días. Si bien lo hacen desde su visión personal, con los años han delineado un discurso cada vez más sólido y con espíritu de cuerpo. Por ejemplo, el grueso de los veteranos de guerra reivindica la soberanía argentina sobre Malvinas, pero coincide en que la ansiada recuperación debe concretarse por el camino diplomático y no a través de una nueva instancia armada. Consideran fundamental hacer docencia acerca de la causa Malvinas despegándola del relato oficial, especialmente de la dictadura militar que fue la que en sus últimos estertores apeló a la recuperación de las islas para fortalecer un poder que venía perdiendo gradualmente. A través de las agrupaciones creadas tras el conflicto, no sólo se han dado un necesario espacio de contención sino que también desde allí trabajan para desterrar ciertos mitos de la guerra, legitimados por historiadores, periodistas o escritores, y a su vez para entender entre todos qué puede sacarse de positivo, si es que eso fuera posible, de una guerra.
Los testimonios de aquellos soldaditos, hoy estos curtidos hombres con canas, esposas, hijos y hasta nietos, siguen conmoviendo como el primer día. Nos hablan de la sinrazón de toda guerra pero a su vez nos revelan algo tan humano como el sentido de pertenencia, la lealtad patriótica, la solidaridad con el compañero en una situación límite y hasta la lucha por sobrevivir a cualquier precio.
Con el extraño impulso que dan las cifras redondas, pero sobre todo por los planteos formales de la Argentina ante la ONU y demás organismos internacionales, el respaldo de los países de la Unasur, y el simbólico pedido de los Premio Nobel de la Paz, el tema Malvinas vuelve merecidamente a la consideración pública, dejando atrás esa actitud culposa frente al tema y dándoles a sus protagonistas –no a los impulsores políticos de la guerra– una justa reivindicación ante la sociedad.
Al respecto, algunos definen a este proceso como “malvinización”, aunque tal vez lo más preciso sea hablar de un necesario ajuste de cuentas con la historia, la verdad y la memoria. Palabras, si se quiere, tan grandes como la guerra misma.

(En Diario UNO, 2 de abril de 2012)
Contra el olvido, asignar un día sirve pero no alcanza. El país aún tiene deudas pendientes para no repetir errores.

No tendría que haber un solo y único día, como ocurre con la madre, el padre, el niño, San Valentín o la Vendimia. Aunque crispe el lugar común, el Día de la Memoria sí debería ser todos los días. Al menos hasta que se aprenda concienzudamente de los errores y ya no haga falta recordarnos a cada paso las profundas metidas de pata que, en mayor o menor medida, hemos protagonizado (casi) todos en este país.
“El pueblo es un perdonador serial”, asegura, crítico, el periodista Diego Cabot. Lo que no puede ser, piensa uno, es un “olvidador serial”. La comodidad, la tibieza, la falta de compromiso y el “no te metás” han sido cómplices en tantas ocasiones de la vida institucional de la Argentina (no sólo en el último y más cruento proceso militar), que al menos conocer un poco más de nuestra rica historia, estudiarla por necesidad y no por obligación, puede contribuir a que la sociedad evolucione un par de escalones. La premisa es no repetir los errores, esos que tantas veces –y siempre tarde– nos llevan a autoflagelarnos culposamente.
Por eso el “nunca más”, repetido como un mantra pero no siempre internalizado como sería de esperar, debe oficiar de voz de la conciencia, de contraseña social para no permitir (otra vez nunca más) que se atropelle la voluntad democrática del país.
Ahora que el feriado “oficializó” el 24 de marzo como una fecha para ejercitar el músculo de la memoria, vemos cómo se multiplican los homenajes, los tributos, los recordatorios. Y para ello vale todo: desde marchas, obras de teatro, recitales y lectura de poemas hasta actos de todo tipo donde los verdaderos testigos de aquella negra etapa dan cuenta de lo que padecieron.
Sus historias se suman a otras tantas y, así, la historia, nuestra historia, se enriquece, se completa. Mientras más voces haya, más posibilidades existen de acercarse a una verdad, aunque no absoluta, menos sesgada, menos parcial. Y menos oficial, por qué no.
Los últimos y violentos hechos de inseguridad que sacudieron a Mendoza hace pocos días también podrían ser leídos en el mismo contexto.
Cada vez que ocurre un hecho de tal gravedad, los medios, el gobierno en pleno y la sociedad nos conmocionamos hasta las lágrimas y reinstalamos el tema en el centro del debate.
La intención, tal como suelen plantear los propios familiares de las víctimas del delito, es que “nadie tenga que volver a pasar por esta dolorosa situación”. Y todo vuelve a quedar ahí. Hasta que un nuevo hecho shockeante nos despierte una vez más, recordándonos que no hicimos bien los deberes. Y otra vez a empezar de cero. Un doloroso déjà vu que exige a gritos un corte definitivo.
Dada la cercanía con el 2 de abril, estaría bueno aprovechar unas horas extras de memoria para recordar los 30 años de la guerra de Malvinas y escuchar lo que aún tienen para decir los ex combatientes, sus historias de vida, su visión de esa contienda que marcó un antes y un después, que sigue alimentando polémicas y tomas de posición, pero que sin dudas apasiona y conmueve por partes iguales.
Difícilmente podamos imitar a Ireneo Funes, el memorioso personaje creado por Jorge Luis Borges. Ese que, casi como una maldición, no podía olvidar ni el más trivial detalle y siempre sabía qué hora era. No obstante, aprovechemos que la nuestra es una memoria “selectiva” para poder guardar en nuestro disco duro lo más valioso que nos deje cada día.
Más tarde o más temprano habrá acumulado allí un importante material para echar mano cuando el olvido quiera hacer de las suyas.

(En Diario UNO, 26 de marzo de 2012)
Como decía el inefable performer Iñaqui Rojas, “alguien tenía que hacerlo”. Y quien lo hizo, en este rubro, fue Freddy Berro. Fue este apasionado melómano, coleccionista y afiebrado lector quien se tomó el trabajo de compilar en un modesto pero prolijo blog buena parte de la voluminosa producción literaria vinculada al rock fatto in casa. Su objetivo es “que sea una guía para todo aquel al que le interese este tipo de lectura”, explica el Freddy bueno.
Su principal motor fue la constatación de que no existía ningún lugar donde poder consultar libros con el rock argentino como piedra de toque. Y sobre todo detectar que los catálogos de las librerías son bastante incompletos en este segmento.
Por eso en www.loslibrosdelrockargentino.blogspot.com.ar están, garantiza su mentor, “todos los libros con temática del rock argentino. Los conocidos y no tan conocidos. Los buenos y los malos. Los que se pueden conseguir y los ya descatalogados. Todos. Porque ellos guardan la historia de la que también son parte”. Créanle. Si no están todos, le está escapando por uno o dos acordes.
El amplísimo arco autoral puede abarcar desde el reciente ¡Qué circo!, de Miguel Cantilo, a Muerte en la catedral, de Litto Nebbia, fechado en 1974, pasando por imperdibles como Guitarra negra (Luis A. Spinetta), No digas nada (Sergio Marchi), Ahora mismo (Moris), Rock y dictadura (Sergio Pujol) o Sumo por Pettinato. Como verán, un puñado apenas de anzuelos para que en un simple clic ojeen y hojeen la biblioteca virtual del generoso Freddy.

(En suplemento Escenario, Diario UNO, 24 de marzo de 2012)



“Me ahorrará las preguntas con su respuesta final”.

Mirtha Defilpo

Paradoja incómoda: la muerte como excusa para saldar deudas. Casi en silencio, el año pasado la poeta Mirtha Defilpo caía en garras de la parca y su obra quedaba ahí como una mesa servida a la espera de sensibles comensales.
La conocíamos menos de lo que merecía, visualizada apenas como un satélite del mundo Nebbia. Y es aquí donde uno agradece que exista internet y se la pueda rastrear, aunque más no sea desordenadamente, para dar con parte de su obra. Saber, por ejemplo, que había nacido en Córdoba en 1944 y que publicó los libros de poemas Después de Darwin (1983), Malezas (1985) y Matices (1991). Que grabó un disco solista, Canción para perdedores, y que junto con su pareja de entonces –el fundacional Litto Nebbia– compusieron tal vez los mejores discos del autor de La balsa, aquellos envasados en los agitados ‘70: Melopea, Fuera del cielo, Bazar de los milagros y El vendedor de promesas.
Fue el propio Nebbia quien dijo: “Cualquier mención (de Defilpo) que se realice para que se conozca su poesía será un acto de nobleza y justicia”. En sintonía con ese espíritu reivindicativo, se recomienda una sentida pesquisa de sus letras y poemas. En otras palabras, dar con su herencia.

(En suplemento Escenario, Diario UNO, 3 de marzo de 2012)
Mendoza podría ser la ciudad maravillosa a la que piden votar. Eso sí, habría que dormir menos siesta.

Para el tiempo de cosecha qué lindo se pone el pago. Verdad irrefutable. Mendoza parece otra. Es otra. Parece despertar de una larga siesta y se despereza para ponerse más guapa que de costumbre.
Se viste de fiesta porque sabe que llegan las visitas. Esconde los ruleros y se produce para lucir radiante cuando la tomen las cámaras del país y el mundo. Hasta se anima a bailar cuando la sacan, porque hasta eso logra el milagro de la Vendimia: que Mendoza salga a la calle, pasee, cante y hasta mueva el esqueleto.
El pago se pone lindo porque al menos por esta época nos olvidamos por unos días de cuán montañeses somos y salimos de la madriguera para disfrutar de ese amplio menú de actividades que se multiplican generosamente de enero a marzo.
Aquí, el lugar común de que hay “para todos los gustos” suena tan cierto como que nuestra Fiesta de la Vendimia es la segunda más importante, en cuanto a dimensión, en el mundo. Repasemos: festivales folclóricos como la Tonada o la Cueca y el Damasco, fiestas vendimiales departamentales, Rivadavia Canta al País, ciclos como Cine en el Parque y Jazz en el Lago, Megadegustación en Capital, Festa In Piazza, los recuperados carnavales, paseos de artesanos, Americanto y el moño final, los actos centrales de la Fiesta Nacional de la Vendimia. Algunas, tal vez las más convocantes, de las opciones que ofrece Mendoza no sólo a los turistas sino también a los propios mendocinos.
Esto que a priori se relaciona directamente con el disfrute como espectadores va de la mano con un fuerte impacto en la economía local.
Detrás de cada una de estas propuestas hay un hacedor, un laburante, un proveedor, una empresa, que por lo general multiplica su volumen de trabajo gracias a los eventos vendimiales o propios de esta época. Ni hablar de la gastronomía y la hotelería que tienen casi completo su cupo gracias a esta fiesta que a muchos mendocinos aún les hace fruncir el ceño.
Convengamos que no a todos les dibuja una sonrisa escuchar el Canto a Mendoza, esa pegadiza banda sonora que desde niños nos resuena insistente como una molesta mosca.
Sin embargo, hasta el menos afecto a nuestro máximo festejo envasado en origen desconoce el benéfico aporte que significa para nuestras arcas y hasta para nuestro humor social.
Por eso no es ilógico que en las más altas esferas de este gobierno con pocos meses de rodaje ya se estén planteando seriamente extender estos festejos. Su claro objetivo es que los turistas elijan Mendoza no sólo el fin de semana en que el Frank Romero Day también vence su modorra y se pone sus mejores pilchas de fiesta para abrir su casa a invitados de todas las razas y todos los idiomas.
Si se lo propone, Mendoza puede ser Vendimia todo el año. Digo, puede tomarse en serio alguna vez que ya no es una provincia “con” turismo sino que “es” una provincia turística. Para esto todavía hacen falta cambiar actitudes un tanto pueblerinas que poco aportan a dar ese paso clave.
Por ejemplo, que los comercios abran los días feriados. Es una triste imagen ver a los turistas caminando por el centro mirando vidrieras enrejadas y preguntándose en voz alta cómo puede ser que no abran cuando llegan los visitantes.
El impulso a los feriados largos para que traccionen en las economías regionales no parece estar en sintonía con buena parte de los comerciantes, que prefieren perder ventas a tener que pagarles el día a sus empleados.
Cuando todos nos pongamos el chip de que Mendoza ya no es una gran aldea y que tenemos mucho más que el Aconcagua para tentar a los visitantes, tal vez recién ahí seamos esa “ciudad maravillosa” que se quiere ser a través de una página de internet.
Voto por ella, pero la voto instando a otra campaña, a una más real y sentida, la de abrirnos al mundo en serio. Seguir siendo montañeses pero durmiendo un poco menos de siesta.

(En Diario UNO, 5 de marzo de 2012)

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