Luis Benítez: breve antología poética. Selección de Elizabeth Auster. Rosario, Ediciones Juglaría, 2008. 112 páginas.
Con selección e introducción de Elizabeth Auster, este libro de poemas sintetiza con singular precisión la prolífica obra del autor nacido en Buenos Aires en 1956.
La muerte, la vida impredecible, el amor, la historia como un cruce permanente y las referencias culturales son algunos de los tópicos presentes en la primera etapa del creador de Poemas de la tierra y la memoria y Mitologías/La balada de la mujer perdida.
En trabajos posteriores, destaca Auster, se hará más evidente el empleo de una continua alusión, logrando un efecto de ilusión fantasmática donde el lector completará lo que poeta deja abierto.
La sombra, el aliento de Dylan Thomas campea en sus poemas de versos extensos, dejando al poema al borde de la prosa o el relato breve. Bocanadas de imágenes que construyen o reconstruyen un mundo saturado de colores, de efectos, de artilugios.
Poemas donde más de una vez se sufre el sindrome de la vidriera llena. Lo cual no debe importar porque el lector es parte de esa “tribu que puede cruzar sobre una hoja de afeitar/ tomándose su tiempo”. Su antologista lo dice mejor: “Benítez ofrece la llave de una puerta que se abre, más que a nuevos mundos, a nuevas formas de mirarlos desde esta poesía entrañablemente humana y sensitiva”.
(Publicado en Diario UNO)
Sobre la espalda del cielo, de Mónica Tracey. Buenos Aires, Ediciones Último Reino, 2007. 124 páginas.
Periodista y poeta nacida en Junín (provincia de Buenos Aires), Mónica Tracey fue una de las fundadoras de la ya mítica editorial Último Reino, y creadora también del grupo de poesía El sonido y La Furia.
Esta obra, que obtuvo el tercer premio de poesía del Fondo Nacional de las Artes en 2006, está dividida en cuatro partes pero unida en el eje común de la mirada.
Desde allí, Tracey se abre al mundo exterior para rumiarlo y devolverlo en pequeños bosquejos que denotan la imposibilidad de atesorar todo lo visto o vivido. “Como en un espejo/ entro en el paisaje / que se mete en mi sangre”, apunta para luego revelar(se) que las “palabras como maleza/ transforman el poema”.
La memoria, propia o ajena, es un engranaje que echa a andar –sin pudores– los sutiles mecanismos del corazón. “Duele el deseo/ como una herida/ que toca/ otra herida”, le hace decir a su cuerpo dolido. En esas cicatrices no cerradas se intuye una insatisfacción a la que no le alcanza un libro para drenarla.
“Si pudiera descansar con el pensamiento/ si pudiera descansar en el pensamiento/ si pudiera”, cavila, pero para entonces ya es demasiado tarde.
(Publicado en Diario UNO)
Periodista y poeta nacida en Junín (provincia de Buenos Aires), Mónica Tracey fue una de las fundadoras de la ya mítica editorial Último Reino, y creadora también del grupo de poesía El sonido y La Furia.
Esta obra, que obtuvo el tercer premio de poesía del Fondo Nacional de las Artes en 2006, está dividida en cuatro partes pero unida en el eje común de la mirada.
Desde allí, Tracey se abre al mundo exterior para rumiarlo y devolverlo en pequeños bosquejos que denotan la imposibilidad de atesorar todo lo visto o vivido. “Como en un espejo/ entro en el paisaje / que se mete en mi sangre”, apunta para luego revelar(se) que las “palabras como maleza/ transforman el poema”.
La memoria, propia o ajena, es un engranaje que echa a andar –sin pudores– los sutiles mecanismos del corazón. “Duele el deseo/ como una herida/ que toca/ otra herida”, le hace decir a su cuerpo dolido. En esas cicatrices no cerradas se intuye una insatisfacción a la que no le alcanza un libro para drenarla.
“Si pudiera descansar con el pensamiento/ si pudiera descansar en el pensamiento/ si pudiera”, cavila, pero para entonces ya es demasiado tarde.
(Publicado en Diario UNO)


El periodista y escritor Reynado Sietecase se basó en crímenes reales para volcar en los diez cuentos de "Pendejos" una durísima síntesis de un país signado por la inseguridad. “Cuando un chico mata, lo primero que mata es su infancia”, asegura el rosarino.
Desde su lugar de periodista, pero también como ciudadano argentino que en cualquier momento puede ser noticia por la inseguridad, Reynaldo Sietecase convive a diario con la violencia. Si a esto le agregamos que es un apasionado lector de novelas policiales, no debería extrañarnos que esa combinación decantara en los diez poderosos cuentos de Pendejos.
“Los crímenes narrados en este libro tienen correspondencia con hechos reales. Sin embargo, todos los personajes, escenas, fechas y lugares pertenecen al mundo de la ficción”, advierte el coequiper de Jorge Lanata en la radio (y en su mítico Día D televisivo) y conductor de El lado salvaje por América 24.
De allí que cada cuento remita indefectiblemente a esos casos resonantes que tuvieron por un tiempo la pantalla caliente, pero que rápidamente son reemplazados por más violencia, más dolor y más sangre.
Aunque poeta de larga data, en Pendejos Sietecase llama las cosas por su nombre. Historias contadas con el cuchillo entre los dientes, sin ningún tipo de estetización ni metáforas. Al grano.
En un alto de su febril tarea periodística, el autor de Un crimen argentino habla de la cocina de Pendejos, ese espejo que duele.
-No es casual que desde tu lugar de periodista te nutrieras para escribir ficción, pero ¿cuál fue el hecho puntual que detonó el concepto del libro?
-Sobre el final de 2005 visitó el programa de radio de Jorge Lanata, donde trabajo, una especialista en seguridad. Entre otras cosas contó que en Argentina se había condenado a reclusión perpetua a una decena de menores de 18 años y que esto era una clara violación de la Convención de los Derechos del Niño. La idea era perturbadora: “Pibes condenados a prisión perpetua”, por lo que me decidí a buscar más información. Pensaba que podía hacer una serie de notas contando las historias de estos chicos, pero cuando me acerqué al tema comprendí que el formato no era la narración periodística, sino la ficción.
-Sabido tu amor por el género policial, ¿hubo algún autor o texto que te sirvió de modelo, directa o indirectamente, a la hora de escribir Pendejos?
-Desconozco si hay algún trabajo similar a Pendejos. El tema de los menores asesinos fue abordado por Fernando Vallejos en su gran novela La Virgen de los Sicarios y sé que hay varios libros de brasileños que hablan de lo mismo. Yo encuentro alguna referencia en Babel, una película que vi después de que el libro se publicó. Allí hay un cruce muy interesante entre la violencia y los niños.
-Hablame de cómo surgió el título del libro. Es interesante porque dice y no dice demasiado. Más bien, sugiere.
-Según su origen latino, pectiniculus, remite a los pelos que nacen en el pubis. Pero además es una palabra polisémica. En el reciente Congreso de la Lengua Española fue elegida por los escritores como una de las palabras que hay que “rescatar”. A algunos amigos les sonaba despectivo. A otros les parecía un riesgo innecesario porque podría prestarse a confusión. Para mí era un título perfecto para estos cuentos. Un pendejo es algo pequeño, insignificante, un pelito que nace en un lugar que habitualmente ocultamos. Mis relatos hablan de pendejos que matan, roban y se drogan. De pendejos que son víctimas y victimarios. Hablan de los pendejos que no queremos ver.
-Uno de los aspectos más logrados del libro es no haber caído en una mirada apologética de los pibes violentos, pero tampoco en una condenatoria. ¿Cómo hiciste para narrar sin tomar partido?
-Cuando decidí escribir Pendejos me impuse dos desafíos: primero, como artefacto literario no debía imponer mi visión personal sobre el tema. No quería moralizar. La intención del libro, como en toda buena literatura, es entretener. Y mis narraciones por más crueles que sean, buscan lo mismo: atrapar al lector bajo la premisa de cualquier policial; obligarlo a llegar hasta el final. Después de la lectura, si el libro moviliza el debate sobre qué hace esta sociedad con los chicos que cometen hechos violentos, bienvenido sea. Y además, me impuse un desafío literario, que cada cuento fuese diferente. Por eso cada relato tiene distintos narradores.
-Cada caso, cada historia que contás, habla de alguna manera de lo que es este país. ¿Se puede decir que la violencia es la metáfora que mejor define a la Argentina, no sólo a la actual?
-Argentina es un país violento y la literatura lo refleja. No es casual que nuestro libro fundacional sea El Matadero. Por mi parte, no me canso de afirmar que una sociedad también puede definirse por sus crímenes. En mi novela Un crimen argentino un delincuente secuestraba a un empresario y después de asesinarlo, hacía desaparecer el cuerpo disolviéndolo en ácido sulfúrico. La desaparición de los cuerpos marca la historia de este país desde la época de la colonia hasta los crímenes de la última dictadura. En cuanto a la literatura soy un adicto a las historias policiales, como lector primero y como autor después. El policial es un género que funciona como una caja china y por eso me interesa particularmente. La novela negra norteamericana, la inglesa de enigma, el nuevo policial europeo y los relatos argentinos sin detectives cuentan una historia central y, a la vez, revelan los claroscuros de una comunidad determinada. Cómo funciona la Policía, qué pasa con la Justicia y cómo opera el poder económico, por ejemplo. Siempre hay más de un nivel de lectura.
-¿No percibís en los medios, especialmente en la TV, como una banalización de la violencia; casi un hecho estético al que se vacía de contenido?
-Se banaliza por la reiteración sensacionalista. Hay montajes, puestas en escena, teatralizaciones. La inseguridad existe y es una preocupación legítima de la sociedad. Pero también existe la utilización de la violencia y el miedo al servicio del rating y, en otras ocasiones, con motivos políticos. La lucha contra la inseguridad debería ser una cuestión preideológica. La sufren por igual ciudadanos de derecha o de izquierda, pero hay quienes logran manipularla en función de sus intereses.
-Quien conoce tu poesía sabe que tenés mucho humor. ¿La narrativa vendría a mostrar ese lado oscuro que todos tenemos?
-No lo sé. Es como si convivieran en mí la bella y la bestia. Escribo poesía desde los catorce años; tengo seis libros publicados. El policial siempre fue una de mis lecturas preferidas, en especial la novela negra norteamericana. Tal vez por mi oficio de periodista, también como escritor elegí el policial. La violencia está en el centro de mi interés literario.
-De toda experiencia periodística, literaria, o de la vida misma, uno aprende, saca conclusiones. ¿Qué lección te dejó tu incursión por el salvaje mundo de los pibes violentos?
-Comprendí que la violencia tiene orígenes diversos. De los diez relatos de mi libro, hay cuatro que narran crímenes cometidos por chicos de clase media o alta. Lo que sí es innegable es que existe una conexión directa entre pobreza y delito. De los 2.500 menores que el Estado acepta como detenidos, el ciento por ciento son pibes marginales. También terminé de confirmar la injusticia del sistema penal argentino. Si un chico de clase media o alta delinque, con buenos abogados y asistencia casi nunca va preso. Seguro es declarado inimputable y termina con tratamiento psiquiátrico. Los pobres terminan encerrados o muertos. Es clave que el Congreso apruebe alguno de los muchos proyectos que tienen cajoneados sobre la creación de un sistema penal para menores.
-El diagnóstico de que la juventud es violenta es claro. Pero como periodista, ¿qué creés que está fallando en los organismos estatales que trabajan con ellos y en la sociedad misma, que vive aterrorizada por la falta de seguridad?
-Cuando un chico mata, lo primero que ha muerto es su infancia. Un chico con un arma ya no es un chico. Cuando un chico mata es que falló el Estado, la sociedad y la familia. Los que piden mano dura deberían comprender que esto aporta muy poco para la solución de la inseguridad. En el caso de los menores que cometen delitos hay que avanzar sobre las causas. Sólo en Buenos Aires hay un millón de menores de 21 años que no estudian ni trabajan. Algunos barrios, gracias a la droga y a la complicidad policial, son fábricas de delincuentes. Para muchos la única solución es encerrar a los pibes o eliminarlos. Un sociedad desigual no puede ser una sociedad segura. Y esto no implica que los menores que delinquen no sean castigados. El tema es cómo.
-Por las características de Pendejos, perfectamente da para continuar una saga. ¿Lo tenés previsto?
-No, incluso podría haber escrito seis cuentos más pero me parecía demasiado. Siento, como decía Borges, que este tema me eligió a mí y no al revés. Ahora ya está.
(Publicado en suplemento Señales, Diario UNO, y en suplemento Debates, La Mañana de Córdoba, abril de 2007)

Tras su lectura, Diario de un mal año deja una sensación de cierta extrañeza. El nobel 2003 J.M. Coetzee continúa, sobre todo en sus últimos trabajos, vampirizando a sus personajes para reflejar su desencanto ante un mundo que se ensaña con los animales, que cuestiona la moral de lo que no entiende y que no se preocupa en escudriñar las relaciones humanas desde un lugar más profundo, más sabio. Por eso la voz del narrador siempre es un ojo que mira más allá, que se hunde en el pozo ciego de los personajes, en un tono, a veces, molestamente esclarecido.
En Diario de un mal año, un reconocido escritor australiano es convocado para hacer su aporte en Opiniones contundentes, un volumen de ensayos que le abren la puerta a Coetzee para abordar un abanico de temas tan amplio que va desde Al Qaeda, la figura de Maquiavelo, las universidades, la izquierda y la derecha, la música, el diseño inteligente, las disculpas, la razzia, Harold Pinter, hasta la gripe aviar (¡!).
Este trabajo por encargo le sirve de excusa al maduro autor de la novela (obvio alter ego del autor de Foe) para contratar los servicios de Anya, una bella joven que le dispara tantas reflexiones sobre el amor, las relaciones humanas y el cuerpo-imán como emociones que hábilmente irá camuflando en sus distintos textos.
En el medio, parte fundamental de un triángulo que no es tal, aparecerá Alan, el novio de Anya, quien también opinará de todo y de todos. Tal vez aquí es donde la novela de Coetzee pierde fuerza y empatía con el lector debido al exceso de visiones, teorías y opiniones.
Cada personaje más que vivir una vida como cualquier otra pareciera entregado a la reflexión constante sobre sus pasos y obligado a dejar tras de sí una enseñanza para la posteridad. Algo que si bien estaba presente en Elizabeth Costello no dejaba esa pesada sensación de que todos somos filósofos en potencia o su triste contracara: meros observadores de cómo fluye la existencia propia o ajena.
Se extraña aquí al Coetzee de Desgracia, Infancia o La edad de hierro, la hondura de las historias, la fuerza de una buena trama.
Aunque la contratapa sostenga pomposamente que el escritor sudafricano "construye un atlas de las miserias (pero también de la dignidad) del alma humana", en las páginas el cerebro les gana claramente la pulseada a las emociones por lo inabarcable del objetivo.
El campo que pretende abordar Coetzee es tan vasto como la vida misma y para eso, se sabe, no alcanza ni una, ni dos, ni mil novelas.
(Publicado en suplemento Escenario, Diario UNO, 16 de marzo de 2008)
En Diario de un mal año, un reconocido escritor australiano es convocado para hacer su aporte en Opiniones contundentes, un volumen de ensayos que le abren la puerta a Coetzee para abordar un abanico de temas tan amplio que va desde Al Qaeda, la figura de Maquiavelo, las universidades, la izquierda y la derecha, la música, el diseño inteligente, las disculpas, la razzia, Harold Pinter, hasta la gripe aviar (¡!).
Este trabajo por encargo le sirve de excusa al maduro autor de la novela (obvio alter ego del autor de Foe) para contratar los servicios de Anya, una bella joven que le dispara tantas reflexiones sobre el amor, las relaciones humanas y el cuerpo-imán como emociones que hábilmente irá camuflando en sus distintos textos.
En el medio, parte fundamental de un triángulo que no es tal, aparecerá Alan, el novio de Anya, quien también opinará de todo y de todos. Tal vez aquí es donde la novela de Coetzee pierde fuerza y empatía con el lector debido al exceso de visiones, teorías y opiniones.
Cada personaje más que vivir una vida como cualquier otra pareciera entregado a la reflexión constante sobre sus pasos y obligado a dejar tras de sí una enseñanza para la posteridad. Algo que si bien estaba presente en Elizabeth Costello no dejaba esa pesada sensación de que todos somos filósofos en potencia o su triste contracara: meros observadores de cómo fluye la existencia propia o ajena.
Se extraña aquí al Coetzee de Desgracia, Infancia o La edad de hierro, la hondura de las historias, la fuerza de una buena trama.
Aunque la contratapa sostenga pomposamente que el escritor sudafricano "construye un atlas de las miserias (pero también de la dignidad) del alma humana", en las páginas el cerebro les gana claramente la pulseada a las emociones por lo inabarcable del objetivo.
El campo que pretende abordar Coetzee es tan vasto como la vida misma y para eso, se sabe, no alcanza ni una, ni dos, ni mil novelas.
(Publicado en suplemento Escenario, Diario UNO, 16 de marzo de 2008)

Sin ostentar todo el tiempo la genialidad y la acidez del famosísimo “Dr. House”, “Nurse Jackie” muestra el otro lado del mostrador de la salud. La serie que ya aterrizó en la televisión argentina (domingos, a las 21, por Studio Universal) es protagonizada por Edie Falco, la inolvidable Carmela de “Los Sopranos”.
Esta singular enfermera conoce como pocos los intríngulis del sistema sanitario, especialmente sus carencias, miserias, y eso que creíamos tan argentino: tapar todo el tiempo los baches del sistema para salir del paso; sobre todo, cuando una vida corre peligro. Tan humana es esta cuarentona de armas tomar que a escondidas sostiene su cuerpo y su mundo laboral con todo tipo de tranquilizantes. Además, mantiene una doble vida que incluye un marido, dos hijas y un amante (que no es otro que el farmacéutico del hospital que le provee con amor incondicional sus paraísos artificiales).
Al margen de esta complicada dualidad amorosa y sus tentempié químicos, lo importante es que Jackie muestra una inquebrantable vocación de servicio que, en más de una oportunidad, pone en evidencia la desidia de los médicos, la irregular conducción del “citado nosocomio” y los excesos de los familiares de los enfermos que, por lo general, ocasionan más dolores de cabeza que los propios pacientes. El “timing” de la experimentada Jackie es el que le permite sortear los suficientes obstáculos como para tornarse en una pieza imprescindible.
Y si hablamos de piezas imprescindibles, éstas no sólo no abundan en Estados Unidos sino tampoco en la Mendoza del XXI. Según un sondeo de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina, en la provincia faltan unos 1.700 enfermeros. Panorama desalentador que, como ya registró Los Andes en su edición del 7 de marzo último, se agravará sobremanera cuando en un futuro no muy lejano se concrete la apertura de tres nuevos hospitales: el Universitario (ex Ferroviario), el materno-infantil en Las Heras y el que construye el gremio de los camioneros en Guaymallén.
Y la razón de esta preocupante carencia de “Jackies” la sintetiza con conocimiento de causa Carlos Pacheco, del Instituto de Docencia, Investigación y Capacitación Laboral de la Sanidad: “Lo que más afecta a esta situación es la falta de incentivo que tiene la carrera de enfermería.
Es un trabajo muy difícil de realizar, muy estresante y necesita ser reconocido”. Diagnóstico que podrían suscribir, sin cambiar una coma, en Buenos Aires, La Rioja o Tierra del Fuego.
Edie Falco, la enfermera de la ficción, admite que al principio su personaje la asustó por ser “demasiado oscuro”. Tan oscuro, podría decirse, como convivir todo el tiempo con enfermedades, dolores, gemidos, llantos y situaciones extremas, lo que hace más evidente que la de enfermero no es una profesión para cualquiera. Hoy uno de estos trabajadores tiene bajo su órbita entre 20 y 25 camas (lo ideal sería no más de 15). Una locura. La proporción actual marca que hay un enfermero cada ocho médicos, cuando lo correcto sería entre dos y cuatro por galeno. Los conocedores del paño advierten que la brecha se ampliará.
De ser así, hasta el misógino Gregory House lo lamentaría, como cuando le recrimina a su jefa, la doctora Cuddy: “La enfermera siempre me arropaba. ¿Tú te preocuparías por mí?”.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de marzo de 2010)
Esta singular enfermera conoce como pocos los intríngulis del sistema sanitario, especialmente sus carencias, miserias, y eso que creíamos tan argentino: tapar todo el tiempo los baches del sistema para salir del paso; sobre todo, cuando una vida corre peligro. Tan humana es esta cuarentona de armas tomar que a escondidas sostiene su cuerpo y su mundo laboral con todo tipo de tranquilizantes. Además, mantiene una doble vida que incluye un marido, dos hijas y un amante (que no es otro que el farmacéutico del hospital que le provee con amor incondicional sus paraísos artificiales).
Al margen de esta complicada dualidad amorosa y sus tentempié químicos, lo importante es que Jackie muestra una inquebrantable vocación de servicio que, en más de una oportunidad, pone en evidencia la desidia de los médicos, la irregular conducción del “citado nosocomio” y los excesos de los familiares de los enfermos que, por lo general, ocasionan más dolores de cabeza que los propios pacientes. El “timing” de la experimentada Jackie es el que le permite sortear los suficientes obstáculos como para tornarse en una pieza imprescindible.
Y si hablamos de piezas imprescindibles, éstas no sólo no abundan en Estados Unidos sino tampoco en la Mendoza del XXI. Según un sondeo de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina, en la provincia faltan unos 1.700 enfermeros. Panorama desalentador que, como ya registró Los Andes en su edición del 7 de marzo último, se agravará sobremanera cuando en un futuro no muy lejano se concrete la apertura de tres nuevos hospitales: el Universitario (ex Ferroviario), el materno-infantil en Las Heras y el que construye el gremio de los camioneros en Guaymallén.
Y la razón de esta preocupante carencia de “Jackies” la sintetiza con conocimiento de causa Carlos Pacheco, del Instituto de Docencia, Investigación y Capacitación Laboral de la Sanidad: “Lo que más afecta a esta situación es la falta de incentivo que tiene la carrera de enfermería.
Es un trabajo muy difícil de realizar, muy estresante y necesita ser reconocido”. Diagnóstico que podrían suscribir, sin cambiar una coma, en Buenos Aires, La Rioja o Tierra del Fuego.
Edie Falco, la enfermera de la ficción, admite que al principio su personaje la asustó por ser “demasiado oscuro”. Tan oscuro, podría decirse, como convivir todo el tiempo con enfermedades, dolores, gemidos, llantos y situaciones extremas, lo que hace más evidente que la de enfermero no es una profesión para cualquiera. Hoy uno de estos trabajadores tiene bajo su órbita entre 20 y 25 camas (lo ideal sería no más de 15). Una locura. La proporción actual marca que hay un enfermero cada ocho médicos, cuando lo correcto sería entre dos y cuatro por galeno. Los conocedores del paño advierten que la brecha se ampliará.
De ser así, hasta el misógino Gregory House lo lamentaría, como cuando le recrimina a su jefa, la doctora Cuddy: “La enfermera siempre me arropaba. ¿Tú te preocuparías por mí?”.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de marzo de 2010)

Entre otros tantos efectos colaterales, la literatura suele generar amores extraños, odios asordinados, asociaciones lícitas o ilícitas, a punto tal de no quedarse aferrada sólo a los libros y así multiplicarse como los conejos de Tim Burton. La música, como siempre, se prende al juego de ver quién vampiriza a quién. Lo que sigue son tres ejemplos o tres estantes de una misma biblioteca sometida a un proceso de contaminación. Discos para leer o libros para escuchar, poco importa la diferencia. Vamos al play.
Remedio para melancólicos. Superando a insuperables nombres de bandas como
“De qué vive Melero” o “Gay por Johnny Deep”, “Shh… This Is A Librery” (Silencio, Esto Es Una Biblioteca) es música atmosférica de la buena, un mix minimalista con dosis de lo-fi e indie-folk, ideal para cuando uno está frente a la computadora o lee un libro tirado en la cama. “Seabirds” o “Skyfish”, por caso, son de esos tracks ideales para dejarse ir con la misma impunidad con que volaríamos en un libro de Bradbury o William Gibson. Creado, conducido y ejecutado por un solo músico, Shh… es todo lo mucho que pueden dar la voz y las manos de Brent Wolczynski, auténtico hombre-orquesta de Nueva Jersey, del que seguro algún día leeremos algo -siempre callados, claro- en papel o en el sobrevaluado kindle. Mientras tanto, dejémonos encantar por esta música susurrada como un secreto.
Saudades de invierno. Library Tapes es la traducción musical del sueco David
Wenngren, un exquisito luthier sonoro que trabaja con esos ruidos (gotas, chispas, monedas, viento, crujidos, vinilos) que la música convencional rara vez se permite introducir, so pena de perder impacto comercial o no sonar lo suficientemente normal. A Sting, por caso, le llevó todo su último disco -”If On A Winter's Night”- para hacernos sentir los rigores del invierno. En cambio, cualquier tema de Library Tapes basta para añorar bufanda, estufa, café humeando, whisky espirituoso, la tibieza de otro cuerpo al lado. Miniaturas del campo y la ciudad con ecos de Erik Satie, cualquier fragmento de sus cuatro trabajos hasta la fecha (“A Summer Beneath The Trees”, “Höstluft”, “Feelings For Something Lost”, “Fragment”) nos sumergen en un hipnótico paisaje, donde la melancolía es sugerida en acordes mínimos, insistentes, que crean un clima propio de ese libro al que no queremos dejar de leer. La cámara lenta de la mano dando vuelta la página.
La rockola interior. Con -buena- música de fondo, volvemos a la otra biblioteca. Saca
mos “31 canciones”, del inglés Nick Hornby. El autor de “Alta fidelidad” habla de las páginas musicales que marcaron la banda sonora de su vida y de cómo el rock y el pop pueden conmovernos tan intensamente como en otros lejanos tiempos lo hicieran los Bach, los Beethoven, los Verdi. Canciones que sacan a la superficie los recuerdos de días luminosos y también aquellos de supurar penas de amor. El listado de Hornby lleva entre otras firmas las de Patti Smith, Bob Dylan, Teenage Fanclub, Van Morrison, Ian Dury, Led Zeppelin y Bruce Springsteen, cuyo tema “Thunder Road” le hizo pensar al volado Nick que algún día podría ser escritor. Canciones excelentes, buenas, malas, mediocres, entre las arbitrarias 31. Todas indiscutiblemente personales, como aquellas que cada lector lleva grabadas en su propio disco rígido emocional.
(Publicado en Diario Los Andes, 14 de marzo de 2010)
Remedio para melancólicos. Superando a insuperables nombres de bandas como
“De qué vive Melero” o “Gay por Johnny Deep”, “Shh… This Is A Librery” (Silencio, Esto Es Una Biblioteca) es música atmosférica de la buena, un mix minimalista con dosis de lo-fi e indie-folk, ideal para cuando uno está frente a la computadora o lee un libro tirado en la cama. “Seabirds” o “Skyfish”, por caso, son de esos tracks ideales para dejarse ir con la misma impunidad con que volaríamos en un libro de Bradbury o William Gibson. Creado, conducido y ejecutado por un solo músico, Shh… es todo lo mucho que pueden dar la voz y las manos de Brent Wolczynski, auténtico hombre-orquesta de Nueva Jersey, del que seguro algún día leeremos algo -siempre callados, claro- en papel o en el sobrevaluado kindle. Mientras tanto, dejémonos encantar por esta música susurrada como un secreto. Saudades de invierno. Library Tapes es la traducción musical del sueco David
Wenngren, un exquisito luthier sonoro que trabaja con esos ruidos (gotas, chispas, monedas, viento, crujidos, vinilos) que la música convencional rara vez se permite introducir, so pena de perder impacto comercial o no sonar lo suficientemente normal. A Sting, por caso, le llevó todo su último disco -”If On A Winter's Night”- para hacernos sentir los rigores del invierno. En cambio, cualquier tema de Library Tapes basta para añorar bufanda, estufa, café humeando, whisky espirituoso, la tibieza de otro cuerpo al lado. Miniaturas del campo y la ciudad con ecos de Erik Satie, cualquier fragmento de sus cuatro trabajos hasta la fecha (“A Summer Beneath The Trees”, “Höstluft”, “Feelings For Something Lost”, “Fragment”) nos sumergen en un hipnótico paisaje, donde la melancolía es sugerida en acordes mínimos, insistentes, que crean un clima propio de ese libro al que no queremos dejar de leer. La cámara lenta de la mano dando vuelta la página. La rockola interior. Con -buena- música de fondo, volvemos a la otra biblioteca. Saca
mos “31 canciones”, del inglés Nick Hornby. El autor de “Alta fidelidad” habla de las páginas musicales que marcaron la banda sonora de su vida y de cómo el rock y el pop pueden conmovernos tan intensamente como en otros lejanos tiempos lo hicieran los Bach, los Beethoven, los Verdi. Canciones que sacan a la superficie los recuerdos de días luminosos y también aquellos de supurar penas de amor. El listado de Hornby lleva entre otras firmas las de Patti Smith, Bob Dylan, Teenage Fanclub, Van Morrison, Ian Dury, Led Zeppelin y Bruce Springsteen, cuyo tema “Thunder Road” le hizo pensar al volado Nick que algún día podría ser escritor. Canciones excelentes, buenas, malas, mediocres, entre las arbitrarias 31. Todas indiscutiblemente personales, como aquellas que cada lector lleva grabadas en su propio disco rígido emocional.(Publicado en Diario Los Andes, 14 de marzo de 2010)

Sensación agridulce la que vivimos por estos días en los medios. Por un lado, casi el piloto automático de seguir paso a paso las distintas alternativas de nuestra inefable Fiesta de la Vendimia, con su siempre equilibrada cuota de frivolidad y tradición.
Por el otro, reflejar minuciosamente el drama de Chile, con la sensación de que todo el tiempo huelgan las palabras porque lo que dicen las fotos son de una elocuencia tal que uno no puede menos que lamentarlo de corazón y después agradecer que de este lado del Aconcagua todo haya quedado en un susto. Grande, pero susto al fin.
No hay mejor palabra para definir lo que muchos mendocinos sienten en este momento que empatía, ese “sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra” (Real Academia dixit).
Ser capaz de ponerse en la situación de los demás es, sobre todo en este caso, algo bastante entendible: también vivimos a la vera de la cordillera de los Andes y más de una vez hemos padecido terremotos fatales. Sabemos lo que es perder vidas y hogares en un segundo. Lo que es esa intransferible sensación que nos invade cuando la tierra se mueve bajo los pies y no sabemos en qué desembocará en apenas un pestañeo.
Está en nuestra naturaleza que ante catástrofes como el terremoto que padeció Chile hace unos días, lo mejor y lo peor del ser humano salgan a flote como caras de una misma moneda. Imágenes de saqueos, donde el que busca leche para sus hijos se atropella con el que corre con un LCD que no tendrá dónde enchufar, se superponen con aviones de varios países (entre ellos, Argentina) que pisan suelo trasandino atiborrados de agua potable, alimentos y ropa, o contingentes de bomberos y rescatistas que van al epicentro del desastre dispuestos a hacer el peor trabajo sin medir riesgos con tal de colaborar para que la vida vuelva a transitar dificultosamente los carriles de la normalidad.
Mientras, acá nomás, las reinas -nuestras soberanas sin alcurnia- deben calzarse su mejor sonrisa y poner un poco de alegría a tanto drama, a tanto ping pong Cristina-Oposición, a tanta chicana eleccionaria en Capital, a tanto malhumorado conductor quejándose por las calles cortadas.
Sin quererlo, por cierto sin buscarlo, todo lo que genera el fenómeno vendimial este año cuenta con un componente extra: ser una suerte de contracara de lo que está pasando en los pagos de Neruda.
Algo así como la vida -el show- debe continuar. Lo paradójico es que muchos mendocinos, muchos de los que estarán en la Vía Blanca, el Carrusel o disfrutando en el Frank Romero Day, son los mismos que donaron agua o ropa, depositaron algún peso o dedicaron una simple oración por tantos hermanos caídos. Las dos caras. La comedia y el drama apenas separados por la imponente montaña.
(Publicado en Diario Los Andes, 4 de marzo de 2010)
Por el otro, reflejar minuciosamente el drama de Chile, con la sensación de que todo el tiempo huelgan las palabras porque lo que dicen las fotos son de una elocuencia tal que uno no puede menos que lamentarlo de corazón y después agradecer que de este lado del Aconcagua todo haya quedado en un susto. Grande, pero susto al fin.
No hay mejor palabra para definir lo que muchos mendocinos sienten en este momento que empatía, ese “sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra” (Real Academia dixit).
Ser capaz de ponerse en la situación de los demás es, sobre todo en este caso, algo bastante entendible: también vivimos a la vera de la cordillera de los Andes y más de una vez hemos padecido terremotos fatales. Sabemos lo que es perder vidas y hogares en un segundo. Lo que es esa intransferible sensación que nos invade cuando la tierra se mueve bajo los pies y no sabemos en qué desembocará en apenas un pestañeo.
Está en nuestra naturaleza que ante catástrofes como el terremoto que padeció Chile hace unos días, lo mejor y lo peor del ser humano salgan a flote como caras de una misma moneda. Imágenes de saqueos, donde el que busca leche para sus hijos se atropella con el que corre con un LCD que no tendrá dónde enchufar, se superponen con aviones de varios países (entre ellos, Argentina) que pisan suelo trasandino atiborrados de agua potable, alimentos y ropa, o contingentes de bomberos y rescatistas que van al epicentro del desastre dispuestos a hacer el peor trabajo sin medir riesgos con tal de colaborar para que la vida vuelva a transitar dificultosamente los carriles de la normalidad.
Mientras, acá nomás, las reinas -nuestras soberanas sin alcurnia- deben calzarse su mejor sonrisa y poner un poco de alegría a tanto drama, a tanto ping pong Cristina-Oposición, a tanta chicana eleccionaria en Capital, a tanto malhumorado conductor quejándose por las calles cortadas.
Sin quererlo, por cierto sin buscarlo, todo lo que genera el fenómeno vendimial este año cuenta con un componente extra: ser una suerte de contracara de lo que está pasando en los pagos de Neruda.
Algo así como la vida -el show- debe continuar. Lo paradójico es que muchos mendocinos, muchos de los que estarán en la Vía Blanca, el Carrusel o disfrutando en el Frank Romero Day, son los mismos que donaron agua o ropa, depositaron algún peso o dedicaron una simple oración por tantos hermanos caídos. Las dos caras. La comedia y el drama apenas separados por la imponente montaña.
(Publicado en Diario Los Andes, 4 de marzo de 2010)



