Suerte de rompecabezas de una de las épocas más violentas de la Argentina, la historia de “La mujer en cuestión” es la de un país que aún busca respuestas a tantas preguntas. En esa línea, su autora, la cordobesa María Teresa Andruetto, sostiene que si alguna utilidad tiene la literatura es hacer que nos preguntemos acerca de nosotros mismos.

Mientras a los historiadores argentinos les ocupa numerosos tomos intentar explicar este país inexplicable, a la narradora y poeta cordobesa María Teresa Andruetto le alcanza con "La mujer en cuestión" para sumergirse en los bajofondos de la última dictadura y "asediar un enigma" (Martín Kohan dixit), el de una tal Eva Mondino Freiberg.
A través del intento de armar el puzzle de su historia irá tomando forma -indefinida- una Argentina tan castigada y silenciada como su protagonista.
Típica joven de clase media, Eva cae presa en el emblemático 1976 y su vida, como es de esperar, quedará sellada para el resto de sus días. Mucho tiempo después, cuando Eva ya ronda los 50, alguien ("el mandante") se valdrá de un informante para realizar una exhaustiva investigación sobre su persona.
Así, rearmar la biografía de esta mujer de ojos "color mate cocido" dependerá en gran medida de testigos con mayor o menor protagonismo en su castigada existencia (familiares, amigas, vecinos, conocidos, funcionarios).
El hacer memoria, todo un "tour de force" para los satélites afectivos de Eva, lleva inevitablemente a pintar un cuadro de época y a concluir, a pesar de la imposibilidad de dar algo por concluido en la vida de esta ex presa política, que estamos en presencia de una mujer difícil de ignorar.
Desde su lugar en el mundo, las sierras cordobesas, María Teresa habla con Los Andes acerca de ese enigma llamado Eva y de su convicción de que "mientras siga existiendo un estado de interrogación seguirá habiendo memoria en construcción".
-Un libro que se reedita (la primera edición es de 2003) posibilita el contacto con nuevos lectores pero también garantiza un renovado grado de visibilidad. ¿Le interesa especialmente con este libro poner blanco sobre negro los "años de plomo", algo que todavía es casi una materia pendiente de la literatura argentina?

-Me interesó en su momento y me interesa hoy con otras escrituras que están en marcha, interrogarme sobre esos años de nuestra vida social y de mi vida personal; años que fueron también los de mi juventud y mi formación como persona. Pero no diría que con eso quiero poner "blanco sobre negro" esos años, sino más bien explorar las zonas grises (las más complejas de comprender y al mismo tiempo las más interesantes para la escritura) y sobre todo volver esas interrogaciones hacia nosotros, hacia el cuerpo social y hacia mí misma, para ver qué y cuánto y de qué modo hemos sostenido y en algunas ocasiones resistido el horror. Porque a esos años tremendos, como a otras etapas y circunstancias de nuestra historia, los hemos construido entre todos.
-¿La mujer en cuestión surgió por la necesidad de contar "esa" historia o a partir de esa historia darle carnadura literaria a una de las etapas más duras de este país?

-La mujer en cuestión no nació como un libro que quería narrar la dictadura, sino como la historia de una mujer desde el fragmentado punto de vista de los otros. Llevaba ya unas páginas escritas, cuando comprendí que esa mujer tenía casi la edad que yo tenía, y entonces la planté en su tiempo y la imaginé joven, y los años de su juventud -es decir "esos" años- aparecieron de un modo inevitable, como el único tiempo posible para ella. Entonces apareció el informante y el relato se reorganizó en torno a esa figura/esa estrategia narrativa que constituye en sí misma la novela.
-¿Es un libro que en su amplia producción ocupa un lugar relevante o lo ve como una voz más dentro de las distintas voces que conforman su obra?

-Si bien en el desarrollo de mi escritura he explorado, me gusta hacerlo, distintos narradores, búsquedas de lenguaje, temas y estrategias, considero a esta novela como un punto de inflexión, justamente por la posibilidad de corrimiento de ciertas zonas más habituales en mi escritura. Se trata de un libro en el que el proceso de escritura y los resultados de esa escritura son todavía una sorpresa para mí.
-¿Por qué aún -salvo honrosas excepciones- cuesta tanto que los escritores argentinos se permitan exorcizar desde la ficción los fantasmas de la última dictadura?

-Se ha escrito mucho sobre el tema y se escribirá todavía mucho, de maneras que seguramente irán mutando sus sentidos, del mismo modo que se sigue escribiendo sobre la revolución mexicana o sobre el nazismo en Alemania. Mientras quede un resto de no comprendido, seguiremos escribiendo sobre eso, al igual que podemos preguntarnos durante una vida completa acerca de nuestra propia vida. La cuestión es de qué manera escribir -sobre eso y sobre cualquier otro tema- sin obturar, sin monumentalizar, sin clausurar, sino abriendo a más y más preguntas, poniendo y poniéndonos más y más en cuestión. La literatura, si alguna utilidad o razón tiene, es hacer que nos preguntemos acerca de nosotros mismos.
-¿Podría haber contado una historia como la de La mujer en cuestión utilizando la voz poética? ¿Cómo se imagina el resultado?

-Cada libro demanda y termina imponiendo su modo de narrar y narrando termina por delinear el modo en que pretende ser leído. La mujer en cuestión es la sumatoria y la síntesis de ciertas estrategias. De otro modo, utilizando lo que tradicionalmente podría considerarse una voz más poética, hubiera dado un libro distinto, de consecuencias y efectos distintos de lectura. De hecho, eso sucede con Lengua Madre, una novela que está al salir en Mondadori, en la que se narran también esos años, aunque desde otra perspectiva, con otros personajes, en la que lo que solemos considerar poético se hace más visible. Aunque decir que en la narrativa lo poético no reside tanto en la belleza del lenguaje sino en su potencia y efectividad.
-Es sabido que todo autor indefectiblemente termina sembrando en sus criaturas literarias características propias. ¿Qué cree que tiene de usted la por momentos inclasificable Eva Mondino Freiberg, la protagonista en cuestión?

-Muchas cosas y ninguna. Todas las grandes cosas que le suceden a Eva, como el haber estado presa en un Campo, el haber tenido y perdido un hijo, el haber perdido a su primer marido, el haber sido traicionada por el segundo marido o el vivir sola, son ficcionales. Pero hay otras cosas, pequeñas, como qué le gusta comer o algún objeto que tiene en su casa que se los he prestado, no por el deseo de contar mi vida sino porque el escritor tiene en su memoria un reservorio, una cantera, de los que puede echar mano a favor de sus personajes. Después, muchas frases que los distintos testigos dicen sobre Eva son restos de lenguaje que han quedado en mi memoria, oídos aquí y allá en el magma social, a lo largo de treinta años.
-El hilo narrativo lo desata alguien no identificado (el mandante) que solicita un informe acerca de Eva. El relato es misión de un informante que deberá ver en lo posible a todos los que conocieron y conocen a la mujer en cuestión. El profundizar sobre la vida de Eva, buscar su verdad o al menos aproximarse, ¿puede leerse como la metáfora de encontrarle una respuesta a una época tan sangrienta que supera toda lectura racional?

-No me interesaba tanto encontrar respuestas, sobre todo no me interesa encontrar una respuesta, porque creo que no la hay; hay en todo caso muchas, infinitas respuestas posibles. Me interesaba y me interesa hacerme preguntas y estimular a otros para que se las hagan; romper/ fisurar en lo posible toda certeza, generar un estado de interrogación, una puesta en cuestión.
-La estructura del libro es un rompecabezas; Eva es un rompecabezas que el informante intenta armar apelando a los testigos de su vida. La imposibilidad de armar ese puzzle tiene mucho del sino de este país. ¿Lo ve así o es más bien la característica cuasi esquizofrénica de esta Argentina?
-La fragmentación es en este caso una de las maneras, sino la única, de evitar un lenguaje y una verdad monolíticos. Mientras el lenguaje no se cierre en un relato único, tranquilizador, mientras siga existiendo un estado de interrogación, un modo de permanecer abiertos al drenaje y al cuestionamiento, seguirá habiendo memoria en construcción.
-Una observación que se le ha hecho a La mujer en cuestión es que no hay testimonios que incluyan la autocrítica con respecto a lo que pasó en esos años y el rol que tuvo cada uno.

-No supe de esa observación que menciona. A mí me parece que en La mujer en cuestión la autocrítica es algo que el lector puede construir a partir de las críticas cruzadas de personajes que piensan de maneras diversas, ya que a lo largo de la novela las palabras de los distintos personajes se relativizan unas con otras.
-Pampa Arán se pregunta en un trabajo acerca de su libro: "¿Por qué y para qué importa abrir hoy de nuevo ese capítulo de una biografía que solamente puede ser leída en clave política?". Le hago la misma pregunta.

-Me parece que se trata de un capítulo de nuestra historia que nunca se ha cerrado. Estamos en todo caso adentrándonos en nuevas capas de una herida social que permanece abierta. Es en ese permanecer abierta donde anida cierta garantía de salud para todos nosotros.

* * * * * *

"Sólo algunas lecturas quedan"


-¿En qué está trabajando actualmente?

-Acabo de terminar una novela, quizás publicable en una franja juvenil, se llama
La niña, el corazón y la casa, cuyos personajes son una niña y su madre en una familia un poco atípica, en un pueblo de llanura.
-Un autor infaltable en su mesa de luz.

-Varios, y varían según las épocas, pero Pavese, Montale, Circe Maia, Carver, Onetti, Mansfield, Sebald, Di Benedetto, Moyano, Duras, Rulfo, Lispector, son algunos escritores a los que regreso.

-¿Cuál fue el último libro que la conmovió?

-Me conmuevo o asombro en su momento con muchas lecturas pero luego esa conmoción e incluso su recuerdo, muchas veces pasa. Sólo algunas lecturas quedan, con su conmoción intacta, ya para siempre. Y eso, a medida que se avanza en la vida, sucede cada vez menos. Creo que las últimas conmociones perdurables fueron
La Carretera, de Corman Mc Carthy, y Carta a D. Historia de un amor, de André Gorz.
-¿Qué libro suyo salvaría de un naufragio?

-El poema
Desnuda en la tienda, que está incluido en Kodak (reeditado ahora en Pavese/Kodak, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2008).
-¿Comparte el criterio con el que se fija el canon argentino? ¿Cuán cerca o lejos se siente de él?

-Me parece que hay varios canon, mediáticos, académicos, y en cada uno de ellos, varios circuitos. Más o menos comparto el canon tradicional, aquel que tiene autores que ya no están y de los que han quedado sus mejores obras. En lo que respecta al actual, que finalmente aún no es canon, sino circulación de vidas y obras, banalidad y vanidades, no sabemos qué de todo eso quedará cuando las personas que las produjeron dejen de agitar sus banderitas. Entre los nombres que circulan en los medios y en la academia hay obras interesantes y mucha palabra vacía. También hay, lo veo diariamente en mi revisión de narradoras argentinas para mi blog, mucha obra valiosa que circula en circuitos de culto, muy pequeños.

-Estar lejos de Buenos Aires y elegir desarrollar su obra desde Córdoba, ¿le ha hecho pagar el precio de perder protagonismo en el ambiente literario; o al revés, le permite una distancia necesaria para no ceder a ciertas concesiones de la industria?

- Las dos cosas al mismo tiempo.


(Publicado en suplemento Cultura, Los Andes, 8 de agosto de 2009)
Mientras acá a la vuelta -Mendoza, Argentina- el gobierno de Celso Jaque apunta a modificar un artículo de la Constitución provincial que abra la puerta a una reforma integral, en Europa ya existe una Carta Magna íntegramente escrita por poetas.
En este caso, no es chiste fácil decir que si bien su texto es versificado, su objetivo no es ningún verso. El valor simbólico que tiene esta singular iniciativa es "llamar la atención" (sic) sobre lo poco claro del lenguaje jurídico, especialmente el de los documentos públicos.
La idea madre de este proyecto surgió el año pasado en Bruselas, tras el fracaso de la ratificación de la Constitución Europea en Holanda y en Irlanda, pero se extendió al resto del continente casi tan rápido como la temible influenza porcina.
Acerca del reclamo de mayor legibilidad, el español Xavier Queipo es quien la tiene más clara y dice: "Pensamos que un texto que define nuestros derechos, deberes e identidad debe ser fácil de entender porque incluso en verso se comprendería mejor que tal y como lo redactan los especialistas".
Tampoco, como se podría especular tratándose de reputados vates, fue cuestión de echar a volar las musas y llenar de metáforas el texto. Éste recién tomó forma tras alimentar su "inspiración" con la Constitución europea y la africana de Nelson Mandela y consultar a numerosos expertos en la materia.
Por si quedaran dudas, los poetas advirtieron que con este "experimento creativo" de cerca de 80 artículos no buscaron remplazar documentos legales sino contribuir a impulsar la unidad de los pueblos.
Los cuarenta escribas convocados representaron a los Estados miembro más importantes de la comunidad europea. Cada uno escribió su colaboración en su idioma natal. A manera de firma, en lugar de su nombre estampó uno de sus versos más representativos.
Hasta el momento, este documento ético-estético sólo se publicó en francés, flamenco e inglés, pero se apunta a reproducirlo en la mayor cantidad de idiomas posible.
Más allá de cualquier especulación electoral, en Mendoza la necesidad de una reforma constitucional es imprescindible: la Carta Magna data de 1916 y es prácticamente la única en el país que casi no ha sufrido modificaciones desde entonces.
No es de esperar que convoquen a los poetas para adaptarla a estos tiempos pero sí que no caigan en la tentación de hacer ficción con algo tan sensible. Para eso, ya tenemos demasiado con los índices del Indec, las amenazas de Néstor y las propinas de Cristina en el exterior.

(Publicado en Diario Los Andes, 8 de mayo de 2009)
El libro “Cristo llame ya! Crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina”, del periodista Alejandro Seselovsky, muestra cuán amplio puede ser el escenario cristiano, tanto como para albergar desde telepredicadores hasta bandas de rock.

En un país que dice –las encuestas lo dicen– tener el 89% de católicos, el crecimiento de la iglesia evangélica podría suponer un fenómeno menor; no mucho más que una molesta piedra en el zapato. Sin embargo, el mundo evangélico ofrece cada vez más un escenario con ribetes sorprendentes.
Su efecto “bola de nieve” suma en el camino desde una cárcel enteramente cristiana, bandas de rock con camperas de cuero y tachas que le cantan a Cristo (como otros le cantan al heavy Satán), una iglesia gay donde reparten preservativos hasta pastores showman con más carisma que Susana Giménez.
Algo, o bastante, de este fenómeno de banda ancha lo reflejan las crónicas de Cristo llame ya!, del periodista Alejandro Seselovsky. “Los evangélicos se jactan de haber bajado a Cristo de la cruz, pero eso es sólo una parte de la operación. Luego de bajarlo, lo rediseñaron y salieron a vender una versión simple, no teológica, accesible y cómoda: un Cristo de góndola, un producto Cristo al alcance de las masas, un Cristo que desde la pantalla del televisor sana, salva y también paga las expensas, saca a los hijos de la droga, a los maridos del alcohol y de paso te canta canciones”, sostiene el ácido autor con un estilo desenfadado que trasunta todo el libro y que estilísticamente lo aleja de la mayoría de los libros periodísticos que se editan en el país. Estilo que, a pesar de los ceños evangélicos fruncidos que provoca, él defiende y explica en su diálogo con Señales.
Proyecto previsto para quedar listo en un año, terminó llevando dos. “Fue muy sacrificado”, acota sin ironía el autor.
Del antes, durante y después de estas “Crónicas de la avanzada evangélica en la Argentina”, habla aquí este joven Seselovsky, de padre circuncidado y abuelo ruso con kippa, pero bautizado y con posterior comunión de moñito blanco y todo.
Se hizo la luz.
“Todo empezó hace dos años y medio, cuando hice una nota para el suplemento Radar, de Página/12 sobre el rock evangélico o lo que ellos llaman el gospel rock. Tocaba el grupo R.E.S.C.A.T.E. (Reyes En Servicio de Cristo Ante Tiempos Extremos). Iba pensando en encontrarme con unos chicos con dos guitarritas criollas tocando La balsa y en cambio me topé con una banda de rock, un escenario, dos videowalls, staff, 5.000 personas en la puerta. ¡Eran los Rolling Stones! Me pregunté dónde habían estado estos tipos todo este tiempo y eso que uno como periodista está bastante informado, pero nunca había escuchado de ellos”.
La (isla) virgen.
“Más que darme cuenta de que había bandas de rock cristiano descubrí que había un mundo en ebullición, con mucho volumen de existencia, pero que sucedía de la iglesia hacia adentro. Lo primero que noté es que había un mercado joven cristiano, que es réplica del mercado joven convencional. Había bandas de rock, FM cristianas, un megastore tipo Musimundo pero cristiano, sellos discográficos, fans club. Todo igual que el mercado pop rock convencional pero a escala y cristiano. Y pensé: esto necesita un relato. Es muy difícil que en sociedades donde los medios están todo el tiempo enfocándolo todo haya islas vírgenes. En ese momento sentí que había encontrado una y desde ahí arranqué”.
Una visión. “Así como encontré un mercado joven, también encontré una cárcel con presos y guardiacárceles evangélicos. Ese mundo que había descubierto me daba hallazgos a cada paso y me di cuenta de que ya tenía forma de libro”.
La pulseada.
“Desde el ’83 los libros periodísticos de investigación ponen la información en primer plano dejando muy atrás a la escritura. La información se come a la escritura. En los ’90 hubo un boom de estos libros con Verbitsky, López Echagüe, Lanata. Yo no quise hacer eso, busqué hacer un libro de crónicas. Si bien hay información, no le gana la pulseada a la escritura. Me preocupé especialmente de que la escritura estuviera en la misma jerarquía que la información. En general, hay mucha investigación en la Argentina, pero poca crónica periodística. Uno de los pocos que lo hacen, un referente para mí, es Martín Caparrós. Yo me siento un cronista antes que un investigador”.
Acción y reacción.
“En general, el libro ha sido mal recibido por los evangélicos. Lo toman como un ataque. Creo que es una mala interpretación. Yo no los quise atacar; tampoco soy aséptico, tengo mi posición y en el libro queda claro. Excepto la Iglesia Universal del Reino de Dios, resistida por los propios evangélicos y no colaboran con la prensa, el resto fue muy hospitalario con mi trabajo. Ninguno de los pastores que me dieron información ha llamado, eso me hace pensar que no están contentos. Sí recibí mails de chicos que van a la iglesia y se sentían algo molestos”.
Más ancha que alta.
“La iglesia evangélica es una iglesia dispersa. Mientras la católica tiene al Papa en lo alto y en la base el monaguillo de un pueblito, en el medio tiene una gran escala: el obispo, el cardenal, el cura. La iglesia evangélica en cambio es muy ancha, tanto como alta la católica. Va de los luteranos, los presbiterianos, los metodistas, los anglicanos, es decir las iglesias históricas de la vieja Europa, a los pastores de la iglesia Universal o los pentecostales. En esa expansión entra todo, no se puede tener un plan único para toda esa gente, incluso en lo político”.
Unos y otros.
“La iglesia histórica tiene más peso institucional pero no arrastra mucho. Juega más cerca de los organismos de derechos humanos, apoya los reclamos de las minorías sexuales. En cambio, la gran iglesia evangélica, la que creció en los últimos 30 años, son básicamente bautistas y pentecostales. Esa es la iglesia con poco peso institucional y mucha masa de gente. Y en términos generales responde al discurso de los republicanos conservadores de Estados Unidos. Cuando Bush ataca a los homosexuales, al uso del preservativo, a las leyes de salud reproductiva, su correlato en Argentina es la iglesia evangélica atacando la ley de educación sexual en Buenos Aires”.
Políticos al pie. “En Argentina, la evangélica es una iglesia amateur. Así todo, están cada vez más cerca de ocupar ciertos espacios de poder. Han crecido en capacidad de lobby. En la última elección de jefe de Gobierno por la ciudad de Buenos Aires, donde competían Ibarra, Macri, Bullrich y Zamora, excepto este último, los tres primeros visitaron templos evangélicos. Ese acercamiento del poder los tiene un poco sorprendidos y se dan cuenta de que a lo mejor tienen más poder del que creen”.
Bendito lobby.
“La Iglesia Católica está muy preocupada ante la avanzada evangélica. Todo el tiempo hace lobby contra la iglesia evangélica; hay casos puntuales. En Olmos, por ejemplo, que es la cárcel más poblada de la Argentina, los evangélicos hacen un trabajo para sacarse el sombrero. De 3.200 reclusos, la mitad son evangélicos. Entonces el pastor que armó todo eso quería levantar un pequeño templo dentro de la cárcel. Cuando se enteró el obispo de La Plata llamó al gobernador y éste al director del Servicio Penitenciario y todo quedó en nada. Así funcionan”.
Militantes contra pasivos. “Ese 89% de argentinos católicos es 89% pasivo. En cambio, cada evangélico es un militante. Tiene otra relación con su iglesia. Ni católicos ni judíos tienen convertidos; los evangélicos están llenos. Es gente que les pasó algo en su vida y se convirtió y en esa conversión generó un lazo muy fuerte con la iglesia, mucho más fuerte que el de cualquier católico”.
Paso a paso. “La iglesia evangélica que ha crecido no lo hizo sobre la clase media, se masificó desde las sectores más bajos. Los católicos ven esto con preocupación; los tienen medidos. De todos modos, el crecimiento de una iglesia en un país es un proceso histórico de mucho tiempo, no de un día para otro”.

(Publicado en suplemento Señales, Diario UNO, 20 de marzo de 2005)

Ah, si entre tanto plaff, scrunch, crashhh, el incondicional Batman hubiera conocido los Jameos del Agua, seguramente se hubiera enamorado de este lugar al punto de cerrar definitivamente su mítica baticueva para instalarse al pie del volcán Monte de la Corona, al norte de Lanzarote, una de las siete islas de las Canarias.
Allí, las cuevas y tubos más apasionantes del mundo forman parte del sistema volcánico de la cueva de Atlántida, en pie desde hace más de 3.000 años gracias a las erupciones del volcán de la Corona. Seis kilómetros de largo para un viaje impostergable que invita a maravillarse con esa fiesta gratuita que ofrece la naturaleza.
La palabra jameo, heredada del habla aborigen, define al agujero que se produce en una gruta cuando su techo se precipita, ya sea por el peso del agua que se junta sobre él o por los gases acumulados que producen una explosión.
Volviendo a los Jameos del Agua como imán turístico, estos fueron la principal obra arquitectónica diseñada por César Manrique en 1968. En realidad, el Cabildo Insular de Lanzarote había abierto este espacio al público dos años antes, pero sin los atractivos con que lo conocemos hoy. Este auténtico visionario transformó a Lanzarote, una de las siete islas de las Canarias, en un lugar mágico con escenarios maravillosos como El jardín de cactus o el Volcán del diablo. Como inesperado plus, desde hace unos años cuenta con el nobel José Saramago como vecino ilustre.
La arquitectura está sutilmente integrada al entorno natural. En ella ofician como anfitriones de lujo los cangrejos albinos (ciegos y sensibles al ruido y la luz). Ellos son el símbolo de este lugar único.

En las entrañas
Con nuestra mejor cara de turistas, primero ingresamos al Jameo chico, donde en la entraña de la cueva nos espera un acogedor restó. En los nichos de las rocas, dos bares con pistas de baile ofrecen la mejor excusa para hacer un alto en nuestro periplo de espeleólogos amateurs. Esta "garganta de la montaña" se comunica con otra cavidad más grande a través un pasadizo de 100 metros de largo y 12 de ancho, que cruza un lago. Ya en el Jameo Grande se encuentra un bellísimo jardín con generosa vegetación y una sorprendente piscina artificial de agua turquesa. "Una postal de paraíso", apunta una visitante con imborrable cara de asombro y no importa si suena a lugar común. Es cierto.
Hacia el final encontramos una enorme sala de conciertos, con una acústica sin parangón y capacidad para unas 600 personas, donde hace años que actúan personalidades de la música, el ballet y el teatro, aunque a veces también oficie de escenario para congresos y convenciones. Los ecos de Phillip Glass aún resuenan en estas paredes que no necesitan de la tecnología para devolvernos las perdidas voces del tiempo.
El Jameo de la Cazuela es la última burbuja accesible al público y en su extremo fluye agua salada. Ya en el extremo sur de la gruta se accede al Túnel de la Atlántida, un kilómetro y medio para recorrer y sentirse en el vientre del mundo, ideal para arqueólogos y, por qué no, para directores de películas clase B. Aquí, una sombra juega a ser el monstruo más temible y nadie quiere irse, volver a la monótona superficie de otro día en la tierra.
Como bonus track, la Casa de los Volcanes concentra la información científica sobre la actividad volcánica para que los curiosos o, lo que es lo mismo, los periodistas, podamos preguntar cómo un lugar como éste existía en un mundo donde sólo son noticia los atentados, la anorexia de una top model y el último video de Lady Ga Ga.


(En Diario Uno, suplemento Punto Cardinal, 2 de octubre de 2011)
Cuando uno -éste que ya pasó las cuatro décadas como la musa de Arjona- era un preadolescente que se preparaba ansiosamente para irse de vacaciones, no llevaba mucho más que la ropa reglamentaria; a lo sumo, una pelota de fútbol, cartas, y puede que algún libro de aventuras. ¿Para qué más?
Con el paso de los años, aquel niño devino padre y el susodicho ahora ve cómo sus hijos van “armados” hacia su merecido descanso. A tono con los tiempos, e invirtiendo la lógica de aquellas valijas del pasado, ellos priorizan su arsenal tecnológico por sobre lo que los diferencia de Adán en días de viento.
Su equipaje básico no me deja mentir. Consta de: reproductores de mp3, Play Station (con juegos como Guitar Hero y Pro Evolution Soccer, a la cabeza), teléfonos celulares (que también incluyen mp3 para más y más música), cámara fotográfica digital, CD originales y truchos, DVD truchos y originales, y mini equipo musical (para escuchar, sobre todo, algo de FM liviana y veraniega).
Cualquiera diría que las suyas son vacaciones de invierno, en medio de un bosque donde entre una casa y otra hay kilómetros de distancia y silencio. Un aislamiento que lógicamente obligaría a guardarse cual oso y donde las diversiones están demasiado lejos del alcance de la mano.
En este caso, es todo lo contrario.
El contexto es el ideal para romper todo tipo de encierro: playa, mar, aire puro. Combinación que sin dudas podría operar como oxigenante antídoto de un 2009 de mucho estudio y buenas notas, pero también de mucho chat, mails, fotolog, blog y sms disparados al éter como balas de salva.
Pero seamos justos. No sólo los chicos se niegan a desenchufarse durante las vacaciones. Es casi una postal ver a quienes se llevan celular o notebook a la playa para monitorear a distancia sus intereses comerciales o sondear cómo va la oficina. Son esos workaholics (adictos al trabajo) a los que vemos regresar al yugo diario casi tan blancos como se fueron, confirmando que la única agua que los tocó mientras veraneaban fue la de una ola inesperada o una lluvia fuera de libreto.
Con esto, aquel pibe que ni soñaba que un teléfono podía caber en un bolsillo o que cien canciones entrarían en un aparatito pequeño como un encendedor, no quiere decir ni por casualidad que aquella infancia de teléfono prestado por la vecina fuera mejor. De hecho, todos los avances tecnológicos mencionados son esenciales para su profesión de hoy.
Como siempre, todo pasa porque no nos convierta en dóciles esclavos de su encanto y eficiencia. Ahora los dejo porque me suena el teléfono, debo chequear los últimos e-mails y además tengo que mandarles urgente un mensaje de texto a mis hijos para que terminen de armar la valija (o algo parecido) y suban de una buena vez al auto. Atte.

(Publicado en Diario Los Andes, 15 de enero de 2010)
Hasta no hace mucho era el lugar común ideal para romper el hielo en ámbitos compartidos como el ascensor, las escaleras, las guardias del hospital o cualquier otro incómodo espacio de interacción entre desconocidos.
Hablo del clásico “tiempo loco, ¿no?”, ideal para disparar un liviano y afable diálogo. Pero éste si bien nunca pasó de moda, está más que claro que ya no nos alcanza. Desde hace unos años el tema del clima se incorporó a tal punto a nuestras vidas que en la actualidad lo consideramos información básica para organizar desde cómo vestirnos, proteger el auto si hay probabilidad de tormenta, cubrir con diarios debajo de puertas y ventanas por si aterriza el Zonda, e incluso para decidir si las fiestas debemos pasarlas bajo techo o nos arriesgamos a la inestable intemperie.
Quizás buena parte de estas actitudes se la debamos al acechante cambio climático, ese mismo por el cual cruzan espadas los países poderosos (facturándose exabruptos ambientales que ninguno parece dispuesto a revertir), y el que día a día vemos cómo va dejando en el planeta heridas que difícilmente cicatricen.
Internet, como muchos de los cambios que las sociedades vienen experimentando en su nombre, también tuvo mucho que ver en esto de querer estar bien informados ya que gracias al fluctuante clima podemos pasar de la malla al pulóver sin necesidad de que muden las estaciones.
Las recientes tormentas en San Rafael y Alvear fueron de una violencia tal que más de un vecino de las zonas afectadas admitió no haber visto nunca un fenómeno de esas características. Similar situación a la que vivieron los porteños hace un par de años cuando el granizo los sorprendió como si cayeran ET del cielo y les mostró una cara del clima que hasta entonces desconocían. Ejemplos al vuelo de cómo la meteorología y sus ramas están presentes a diario; vivamos en el desierto cuyano, la sabana africana o la estoica Antártida.
Hoy es muy común escuchar en la cola del supermercado comentarios del tipo “Dicen que mañana vuelve el fresquito, pero el fin de semana va a estar terrible”; “Anunciaron tormenta para el viernes, sobre todo en el sur”; o “Se viene el Zonda, aunque va a estar en altura; tal vez mañana baje”. Los dimes y diretes climáticos van ganando en precisión, con terminología y datos “tocados de oído” de la radio, la tevé, los diarios y los on line.
Lo que vendría a demostrar por qué cada vez es más común que este tipo de informaciones exceden el pronóstico oficial para “crecer” en notas que reflejan el peso creciente que adquiere el clima en nuestras vidas.
Para estar a tono, mientras escribo estas líneas los vaivenes del tiempo me obligan a: cerrar las ventanas porque se largó un breve chaparrón, encender el aire para atenuar los insoportables 38 grados, volver a abrir las ventanas para aprovechar una brisa fresca, tomar más líquido que de costumbre, y comer caramelos de propóleo para esa molestia en la garganta, producto de los cambios de temperatura entre el aire acondicionado del trabajo y el calor del cemento en pleno centro. Tiempo loco, ¿no?

(Publicado en Diario Los Andes, 9 de enero de 2010)
Si hay una época del año propicia para ponerse al día con aquellos libros que fuimos comprando y acumulando impunemente durante meses sobre la mesa de luz, es precisamente la de las vacaciones. O el verano en general, cuando el ritmo se relaja, los compromisos suelen reducirse y el margen para entregarse a la lectura es más que generoso.
Con este amable contexto a favor, la idea es -además de echarle mano a lo que ya tenemos- salir en busca de otros libros que nos sigan convenciendo de que leer es ganarle tiempo a la muerte, vivir esas vidas que no pudimos o simplemente pasar un grato momento. Si es junto al mar, la montaña o el jardín del fondo, no es relevante. Después de todo, leyendo, el mundo debería adaptarse a nosotros.
Si queremos arrancar de a poco, no con una novela o un sesudo ensayo, nada mejor que los "Cuentos reunidos" de Felisberto Hernández. Este uruguayo, que durante mucho tiempo se ganó la vida tocando el piano pueblo por pueblo, empieza a salir del olvido con una serie de reediciones que incluyen esta antología de Eterna Cadencia y "Las Hortensias y otros relatos" (Cuenco de Plata).
Su falsa ingenuidad, su humor sutil y su talento para encontrar lo oculto a simple vista (algo así como "el alma de los objetos") justifica ser uno de esos lectores a los que se refiere Elvio Gandolfo en el prólogo; es decir, aquel afortunado que todavía no conoce algo de este autor y tiene ante sí la felicidad de sumergirse en la obra de Felisberto. Allí encontrará clásicos como "Nadie encendía las lámparas", "El cocodrilo", "El acomodador" o "La casa inundada", varios de ellos públicamente admirados por Julio Cortázar.
La poesía también merece su lugar entre las recomendaciones, ése que por lo general le niega la miopía de los libreros. "Herejía bermeja" es uno de esos libros que no se ve pero está latiendo en un lejano estante. Se trata de una minuciosa compilación de la enorme producción del poeta de La Pampa, Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Más de sesenta libros -y apenas seis editados en pequeñas tiradas- justifican rastrear a este maestro oculto.
Editada por Ediciones en Danza, esta singular antología le hace justicia a una obra que tiene mucho de profética, de canto sensual e invocación a los fantasmas de la nocturnidad. El habla criolla y la tradición poética de los españoles son tamizados por su propia lengua dando como resultado un idioma único, un universo sólo habitado por el poeta. Vale la pena arrimarse a él; primero como tímido turista, luego como un merecido habitante con derecho a escuchar las "Elegías de la piedra que canta" o los ecos del "Hereje bebedor de la noche".
Y si queremos una novela de largo aliento, de esas que una vez abierta la tapa no se pueden abandonar, esas que uno marca frases y párrafos enteros con resaltador para volver a leer de tanto en tanto, esa novela es "Los detectives salvajes", del chileno Roberto Bolaño (1953-2003). Un libro excepcional que en los últimos años alcanzó el merecido status de clásico en el parnaso de la literatura latinoamericana.
Arturo Belano y Ulises Lima son ese par de falsos detectives que van detrás de las huellas de Cesárea Tinajero, una escritora que desaparece misteriosamente en el México post revolución. La búsqueda cubre dos décadas (1976 a 1996), donde caben el amor, la muerte, la política, la locura, la traición y, siempre latente, la escritura como otra forma de vida.
No es noticia que en los últimos años la obra de Bolaño se ha extendido como un virus en las nuevas generaciones de escritores y lectores, al punto tal de que no hay canon serio que se atreva a excluirlo. Virus al que sugerimos no contradecir con un simple antídoto. Caer en cama leyendo al autor de "El gaucho insufrible" puede resultar una opción por demás placentera

(Publicado en el suplemento Cultura, Diario Los Andes, 2 de enero de 2010)

El archivo