Un fantasma imprescindible. En el supuesto caso de creer en los talleres literarios, un libro que no debería faltar a la hora de ejemplificar lo que es un buen cuento es, precisamente, “Nueve cuentos”, del siempre misterioso J.D. Salinger (Nueva York, 1919). Joyas como “Un día perfecto para el pez banana”, “Para Esmé, con amor y sordidez”, “El hombre que ríe” y “El período azul de Daumier-Smith” (donde escribe: “Siempre nos damos cuenta demasiado tarde, pero la mayor diferencia entre la felicidad y la alegría es que la felicidad es un sólido y la alegría un líquido”), son contundentes muestras de que al autor de “El guardián en el centeno” (o su traducción más conocida, “El cazador oculto”) le bastaron un puñado de libros para convertirse en un escritor imprescindible, de esos que no importa en lo más mínimo si aún vive o si ya desembarcó en alguno de los temidos infiernos del Dante.
La voz multiplicada. Con “Denuncia”, obra escrita a cuatro manos por Juan de la Maza y Rubén Vigo, la editorial Tortitas Caseras pone un pie en el inexistente mercado mendocino con la firme convicción de que cuando hay algo para decir se justifica la apuesta de editar un libro a pulmón. El concepto de “Denuncia” es tan claro como directo: “traducir” la América de la maldecida conquista para releerla desde un presente no menos condicionado. Los autores han licuado sus personalidades en pos de un discurso único que, a su vez, pretende ser “todas las voces, todas” a las que arengaba Tejada Gómez. En este trayecto, el dúo autoral es acompañado visualmente por las pinturas de Damián Vigo, también responsable del arte de tapa.
Va de nuevo
. “Lo que quedó es lo más lindo que escribí en la vida y fue sin querer”. Así de orgulloso está Hernán Casciari al referirse a su flamante hijo literario, la novela autobiográfica “El pibe que arruinaba las fotos”. Argentino radicado en España, este autor se hizo conocido en nuestro país por “Más respeto que soy tu madre”, libro que Antonio Gasalla adaptó al teatro con notable éxito de taquilla. Casciari, quien ya cargaba con el sayo de ser el blogger más popular de la madre patria, también destila una fina mirada de la realidad en sus columnas domingueras en Los Andes y La Nación. A su manera, la comedia y el drama son el pasto del que rumia su estilo costumbrista; ese que tanto le debe a la instantaneidad de la web.
Leer para que se abra el mundo.
Y un día volvió. Y quienes lo extrañamos, ahora celebramos su retorno casi tanto como la vuelta de Palermo tras una larga lesión o el astronauta que subió a hacer lo suyo. Volvió “Ver para leer”, la propuesta televisiva del escritor, periodista y director de la revista Fierro, Juan Sasturain. La mala noticia es que este ciclo será más corto que el anterior: apenas seis capítulos, grabados en distintos puntos del interior del país. Acerca del placer de leer, el histriónico conductor le dijo a La Nación: “Uno lee o empezó a leer porque descubrió algo placentero al hacerlo. Y esa es la única razón valedera. Ni obligación ni necesidad de instruirse ni ninguna otra cosa. Leyendo buena literatura se abre el mundo, se enriquece la experiencia”. Leer para ver.

(Publicado en Diario Los Andes, 11 de octubre de 2009)
Lo que más de un periodista alguna vez fantaseó y los lectores suelen reclamar (a veces en silencio y otras tantas a viva voz), lo concretó sin tanto aspaviento un niño de 12 años: dar sólo buenas noticias.
Max Jones, un pibe norteamericano con un natural talento para la tecnología, creó su propio sitio en Internet (www.hnheadlines.com) donde todo aquello que ocurre en el mundo y esté signado por la buena onda merece ocupar un espacio en su "Weekend News Today".
El chico de Orlando, Florida, no está solo en esta patriada positiva ya que en su camino virtual fue sumando colaboradores que no son otros que adolescentes de distintas partes del planeta. Ellos le aportan a diario noticias, fotos y videos, además de multiplicar su proyecto en las redes de Twitter y Facebook.
Esta rara avis que tiene clarísimo que su futuro profesional será el periodismo, está convencido de que "una persona puede hacer la diferencia en el mundo poco a poco". Por eso, a fines de 2008 transformó en un mini estudio de televisión su atiborrado placard y ahora pasa allí sólo un puñado de horas por semana haciendo lo suyo ya que, asegura, con su mejor cara de Domingo Faustino yanqui, que "la escuela es mi prioridad".
En ese ámbito casero, es decir entre pósters, bates de béisbol, CDs y revistas, graba videos con paciencia zen y escribe los textos que luego colgará en su hoy famoso sitio.
La avidez o curiosidad que despierta su filantrópico proyecto cuenta con la complicidad de unos 5.000 visitantes por día y la perspectiva es de un crecimiento constante que, por ahora, dice no asustarle al también estudiante de violoncelo.
Según el bonachón de Max, su web no tiene fines de lucro. En todo caso, el beneficio es para quien recibe gratuitamente su porción misericordiosa de la realidad mundial.
En medio del inacabable debate de diarios de papel versus periódicos on line, este adolescente nos baja un poco a tierra y pone negro sobre blanco que lo importante es el qué y no el cómo. A la vez, confirma la presunción de que para desarrollar este tipo de proyectos no hace falta un gran capital sino más bien contar con ideas y desa-rrollarlas.
La Dirección General de Escuelas, para tomar una referencia en la que se podría potenciar iniciativas como las de Max, aún tiene mucho, muchísimo para trabajar en ese sentido en los colegios. Ojalá no pase mucho tiempo para que las escuelas mendocinas compartan con la comunidad -a través de la web- sus actividades, inquietudes, planes y noticias aunque éstas no siempre sean tan buenas como las de "Weekend News Today".

(Publicado en Diario Los Andes, 26 de setiembre de 2009)
Un libro ya pronto serás. ¿Quién dijo que libros son sólo aquellos que nos seducen en librerías o bibliotecas? Hay numerosos autores mendocinos, algunos éditos y otros tantos inéditos, que están fogoneando en soledad (y no pocas veces en público) una obra con un poder de fuego que ya encontrará el momento justo de dar con el combustible del estallido. Uno de ellos es Leandro Hidalgo, el hiperkinético performer mendocino que logró instalar en el calendario literario local su más que recomendable ciclo Elefante. Cultor y militante del microrrelato, este flamante sociólogo cuenta con dos libros que transitan ese popular género -“Instantáneas” (2005) y “Capacho” (2008)- y que acumulan méritos suficientes para ingresar a los boxes de cualquier imprenta. De su microficción, una minimuestra: “Todas las ciudades tienen su zoológico. A menudo los hombres necesitan recordarse lo que no son” (Lo que somos). Al mismo precio, otro: “Las jirafas hacen silencio allá en lo alto. Dios les creó esos cuellos extensos para vigilar los discursos agnósticos y materialistas de esas descreídas” (Las agnósticas).
Oficio de explorador. Jorge Accame es el típico porteño que se hartó de Buenos Aires y optó por anclar en el interior. Previo año de estadía en Italia, en 1982 se instaló en Jujuy. Desde allí no ha parado de producir poemas, novelas, cuentos y obras de teatro, además de ganar no pocos galardones (el año pasado obtuvo el Premio La Nación-Sudamericana con “Forastero”). Algunos de sus libros son “Concierto de jazz”, “Segovia o de la poesía”, “Punk y Circo”, “Suriman ataca” y “Venecia”. La reedición de “Diario de un explorador” permitió al profesor de Letras agregarle nuevos cuentos y transformarlo en “Cumbia”; un puñado de historias que van del realismo a lo fantástico sin sobresaltos y donde lo que en un pueblo se reduce a simples anécdotas, en la pluma de Accame devienen en atrapantes relatos. Con la misma facilidad con que ellas y ellos se mueven al ritmo de Los Mirlos del Perú, así de sencillo es echarle mano a estas páginas como si de cinturas se tratara.
La crítica, también una mercancía
. Daniel Link es uno de los pensadores y ensayistas argentinos más renovadores en cuanto a abordaje y temáticas. A su libro “Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes” (Entropía, 2006) lo define como un “conjunto de intervenciones” acerca de la literatura argentina. Lo que sigue es un aperitivo para acercarse a su obra. “Los libros, se sabe, circulan como mercancía. Existe un mercado, constituido por el público, los autores, los editores y diversos agentes de mediación entre los que la crítica es una institución decisiva. La crítica descubre, dictamina, sanciona, premia o condena. Los críticos ponen en circulación textos, deciden (no unilateralmente) el valor de una mercancía. Pero la crítica también puede ser pensada ella misma como una mercancía: se integra en el circuito de producción-consumo de los libros en general y allí compite con otros géneros discursivos por los favores del público (en los últimos años, la hemos visto perder terreno respecto de otros géneros: la biografía, el testimonio, la entrevista)".
El eco de Umberto. El semiólogo y escritor italiano Umberto Eco sostiene en su libro “Lector in fábula” que “cualquier texto está incompleto porque le falta la biblioteca del lector”. Como siempre, esta columna habrá de completarse con todas esas bibliotecas, pequeñas, medianas o XL, que cada lector esté dispuesto a poner en juego en ésta u otras lecturas.

(Publicado en Diario Los Andes, 4 de octubre de 2009)

Si alguien pensaba dedicarse a escribir y buscaba un lugar donde aprender, ese lugar no es, a pesar de su equívoco nombre, la Escuela Dinámica de Escritores (EDDE). Allí, a lo único que no se va es a escribir. Según su creador y director, esa auténtica rara avis de la literatura latinoamericana llamada Mario Bellatin, “no se debe, no se puede enseñar a ser escritor”.
De ahí que esa institución tan sui generis, que arrancó en el 2000 con un pequeño capital de $5.000 y un entusiasta grupo de profesionales de distintas ramas del arte, proponga a sus alumnos un “diálogo de expresiones artísticas” con docentes que pueden provenir de la pintura, la fotografía, el psicoanálisis, la filosofía, la crítica, el teatro, la música, la escultura, la danza, la cocina, o el cine. A esta altura ya han egresado tres camadas, para lo cual se contó con la colaboración de más de cien profesores de distintas disciplinas.
Nada más alejado entonces de un taller literario tradicional que la EDDE. Aquí no hay textos que se sometan al filtro, la tala o la mirada escrutadora de un escritor profesional. Quien desee ser uno de ellos deberá hacerlo fuera de la escuela, en ese ámbito propicio que sólo ofrece la soledad. En buena hora, el clásico ritual del escritor frente a la hoja en blanco aún no ha podido ser remplazado por ningún programa de computación ni plan de estudios que pretenda enseñar el oficio.

No a las recetas
A la EDDE se va básicamente a escuchar y conversar. Toda experiencia artística y de vida se transmite y retransmite de tal manera que el futuro escritor sume experiencia, no teoría, no decálogos de plumas mayores. El objetivo es ampliar su mundo sensible, no darle recetas; simplemente ayudar al alumno a abrir sus propias puertas, comunicar experiencias y absorber todo lo que se pueda. Importa el proceso, no el resultado. Tan simple o complejo como eso.
Bellatin, que no es precisamente un escritor convencional, se propone colocar al alumno en las fronteras de la literatura, en ese espacio en el que puede emerger una creación más original, más arriesgada. Por eso no se sorprende que titule El arte de enseñar a escribir (Alfaguara, 2006) donde, claro, no se cumple tal misión pero donde sí da –junto con un gran número de profesores– testimonios de la experiencia de la Escuela Dinámica de Escritores, “un lugar donde sólo existe una prohibición: escribir. Es decir, que los alumnos, tal vez deba decir los discípulos de un número grande de maestros, no pueden llevar a ese espacio sus propios trabajos de creación. Ellos deben, en lugar de cotejar sus textos, tener la mayor cantidad posible de experiencias con creadores en plena producción”.

Una gran instalación
La también llamada “escuela vacía” o “especie de clínica de rehabilitación para los que tienen la necesidad de escribir” es, según Bellatin, “una gran instalación que empezó y sigue fluyendo en el tiempo y el espacio. Y donde las fronteras, quiero creerlo, quedan abolidas”. Tanto fluye que ya está en marcha el proyecto de crear sedes en varios países; Chile, Perú y Colombia, serán las primeras sucursales. Actualmente funciona en la Casa Refugio Citlaltépetl, en el Distrito Federal de México.
Aunque carece de un programa formal de estudio, cuenta con tres líneas de trabajo para los dos años de cursado y las seis horas académicas con cada profesor: Composición, Contenidos y Formas de construcción.
Los títulos de los cursos dan pistas de la exótica propuesta de Bellatin y los suyos, entre ellos figuran Taller de plagio y disección, Jazz para escritores, El jardín japonés, Drama, melodrama y pastiche; Reconstrucción sensorial y El discurso fotográfico.

Para espíritus libres

Por más informal que parezca, no ingresa cualquiera. Los requisitos para los escasos treinta afortunados que pueden entrar por año son: tener entre 16 y 35 años, un fuerte compromiso con la escritura, disponer del tiempo suficiente para cumplir con la asistencia a clases, lecturas y actividades que propone la escuela y someterse a una entrevista personal.
La EDDE no es la primera acción imprevisible del autor de Jacobo el mutante. Deudor espiritual del grupo francés de “literatura potencial” OuLiPo y del músico norteamericano John Cage (especialmente de su obra 4’33”), Bellatin nació sin su brazo derecho completo. Hasta el 2005 usaba una prótesis que decidió arrojar al Ganges, en la India.
Durante años, su temible garfio (decorado por un alemán con piedras de fantasía) le generó no pocas historias que luego fueron a parar a sus no menos inclasificables libros (ver Lecciones de una liebre muerta, Salón de belleza, Poeta ciego, Perros héroes).
De regreso a México, empezó a experimentar una sensación de vacío tal que le pidió al artista plástico Aldo Chaparro un brazo “artístico”. Finalmente, el miembro artificial en cuestión terminó siendo parte de una muestra en el MOMA de Nueva York.

Antes las ideas que los cuerpos

Otro proyecto de este activista del absurdo, y que confirma en la práctica el concepto experimental de la EDDE, fue el Congreso de Dobles que realizó en una sala de arte en París. Un encuentro donde los escritores originales –los mexicanos Margo Glantz, Sergio Pitol, Salvador Elizondo y José Agustín– no estuvieron presentes y fueron remplazados por cuatro personas comunes que durante seis meses fueron entrenadas para aprender la vida de los “originales” y poder memorizar una serie de textos que luego repitieron frente al desconcertado público francés. Es decir que allí estuvieron “en vivo” las ideas pero no los cuerpos de los escritores verdaderos.
Como era de esperar, esto causó no pocas quejas de periodistas, gente del público, profesores universitarios y autores que se sintieron timados por el siempre provocador Bellatin. Algo que, tratándose del biógrafo del apócrifo Shiki Nagaoka, es de esperar que no haya sido su última travesura.

(Publicado en suplemento Señales, Diario UNO, 2 de setiembre de 2007)
Dedicada “a todos los piantados del mundo” y a aquel caballero inglés que en el siglo XVIII unió Londres-Edimburgo caminando hacia atrás, la expedición París-Marsella a bordo de una combi Volkswagen -bautizada para la posteridad como el dragón Fafner- surgió como un juego, casi un chiste interno, entre el escritor Julio Cortázar y su tercera mujer, la fotógrafa Carol Dunlop, que quedó prolijamente registrado en el libro Los autonautas de la cosmopista. Un mix de textos, fotos y dibujos que da cuenta de los 33 días que les llevó cubrir 800 kilómetros viviendo literal y literariamente en la autopista del Sur.
¿Lo hacemos? Todo comenzó en el verano de 1978 cuando la pareja regresaba de pasar unos días en la casa de sus amigos los Thiercelin, en la localidad de Serre. A su vuelta a París decidieron optar por la autopista para realizar el viaje en etapas. Primaba en ellos el pragmatismo, pero el Lobo y la Osita (como se llamaban en la intimidad y luego en el libro) cayeron en la cuenta de que contaban con varios días para llegar a la Ciudad Luz y la chispa no tardó en encenderse. A la altura del parador de Orange-le-Grès, whisky en mano Julio comentó: “Qué bien se está aquí”, a lo que Carol propuso: “Podríamos continuar a este ritmo, como los viajeros de las diligencias”. Palabras más, palabras menos, surgía la idea de escribir un libro de viaje “como los antiguos exploradores”. Bastó un simple “¿Lo hacemos, Osita?” y un contundente “Lo hacemos” para disparar la expedición que recién cuatro años después pudieron concretar. Lapso en el que el sueño, lejos de frustrarse, se potenció con la compra de libros de viajes, instrumentos científicos y la toma de apuntes clave para cuando llegara el día de zarpar.
El plan. Ambos se consideraban autopistenses comunes y corrientes, ni siquiera solían llevar a mano la siempre práctica guía Michelin de las rutas. Por lo que debieron planificar el viaje hasta en los mínimos detalles. Las consignas, grosso modo, eran: cubrir el trayecto París-Marsella en 33 días sin salir de la autopista, hacer altos en dos paradores por jornada (pasando siempre la noche en el segundo), y paralelamente ir registrando en un libro las descripciones climáticas, topográficas y fenomenológicas sin las cuales tal proyecto no tendría “un aire serio”. Por otro lado, se iría dando forma al libro “lúdico”, que contendría apuntes literarios, guiños domésticos, y lo que aportara el bienvenido azar. Eso sí, no se desaprovecharían una buena ducha o una mullida cama de hotel.
Apoyo logístico. Para atravesar los 65 paradores, los autonautas se inspiraron en El diario del Capitán Cook y se proveyeron de una abundante cantidad de alimentos, productos de limpieza, bebidas espirituosas y hasta de medicamentos (la salud de la pareja no estaba en su mejor momento). Ah, y libros, claro, muchos libros y la máquina de escribir y papeles, muchos papeles en blanco. Para reabastecerse, en cambio, lanzaron un cuidadoso casting de amigos lo suficientemente afines para entender la locura del proyecto y no hacer demasiadas preguntas. De muy buena gana, los Thiercelin y los Courcelles-Gurmen aceptaron el convite y terminaron siendo los encargados de acercarles provisiones cada diez días.
En marcha. A las 14.25 del 23 de mayo de 1982, montados en su fiel dragón Fafner y sin el sponsoreo de una Isabel la Católica o un mecenas de alguna telefónica, partieron bajo la lluvia el Lobo y la Osita. A las 14.47 entraban a la autopista y el libro comenzaba a escribirse. A las 20, apuntaban en el Diario de Ruta: “Observamos una liebre grande como un perro pequeño, color de gallina, que saltaba como si quisiera imitar el vuelo de una mariposa”.
Ellos teclean. “Esta autopista paralela que buscamos sólo existe acaso en la imaginación de quienes sueñan con ella... Cosmonautas de la autopista, a la manera de los viajeros interplanetarios que observan de lejos el rápido envejecimiento de aquellos que siguen sometidos a las leyes del tiempo terrestre, ¿qué vamos a descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro, tren?... Autonautas de la cosmopista, dice Julio. El otro camino, que sin embargo es el mismo”.
A mano alzada. Stéphane Hérber, el hijo de 14 años de Carol e incipiente dibujante y baterista de rock, fue nombrado “cartógrafo ex posfacto” del proyecto. Es decir, el encargado de traducir en dibujos la peculiar expedición, basándose en el relato de los protagonistas, sus textos, anécdotas y fotos.
Modelo para armar. La bitácora irá incorporando, en una suerte de esquizofrénica coctelera, descripciones de la flora y fauna en torno de los paradores, el insólito bestiario de los parkings, agentes municipales que la juegan de agentes secretos, cartas reales e imaginarias, la visión de él o ella mientras el otro escribe, los encuentros con los amigos que llegan con alimentos y noticias del mundo real, un extracto del Manual de los lobos y más, mucho más. “La fiesta de la vida”, en sus mínimos detalles. La inconfundible pluma del autor de Rayuela en un libro menor, pero indiscutiblemente cortazariano en su desparpajo y sus destellos poéticos.
Tristeza. Eso había, escriben los expedicionarios, al concluir su periplo el 23 de junio, a las 10.40. Llegada al Viex Port, donde se detienen en el muelle Marcel Pagnol para las últimas fotos. “Qué poco duró el viaje”, era la frase recurrente en el interior del fiel Fafner. A la vuelta, ronda de amigos, anécdotas, risas, la ebriedad del reencuentro con lo cotidiano y los afectos (entre ellos, la gata Flanelle) y el gran desafío de volcar en un libro “ese mes fuera del tiempo, ese mes interior donde supimos por primera y última vez lo que era la felicidad absoluta”.
Peaje final. Una vez concluida la misión, la pareja había vuelto a su vida militante y viajado una vez más a Nicaragua, donde realizaba una tarea en apoyo a la lucha de ese pueblo (precisamente a él le donan los derechos del libro ahora reeditado por Alfaguara). Por entonces, Carol enferma repentinamente. Cuatro meses después, la mujer emprende -según el Lobo- “su viaje solitario”. Un mal que creían pasajero la llevó a la muerte. Cortázar debe terminar solo el libro escrito a cuatro manos. En un conmovedor final, el Lobo le dice/tipea: “Tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista”. Fin del viaje.

(Publicado en La Mañana de Córdoba, 20 de mayo de 2007)
Mayordomos abstenerse. “Negro absoluto” lleva por nombre la editorial que desde hace un año comanda el histriónico escritor Juan Sasturain (“Arena en los zapatos”, “La mujer ducha”, “Manual de perdedores”) y cuya premisa no admite desvíos: sólo publicar novelas negras, policiales que sí o sí deben contener un detective por protagonista y un escenario único: Buenos Aires. Hasta el momento ha editado seis títulos de autores como Osvaldo Aguirre, Juan Terranova, Leonardo Oyola, Elvio Gandolfo, Ricardo Romero y Federico Levín. Advertencia: todo lo que lean podrá ser usado en su contra.
Jorgeluis.com. La teoría no por extraña deja de ser interesante. Si alguna vez pudimos pergeñar el micro, la bic y el dulce de leche, ¿por qué no la babel virtual? “Borges es el verdadero creador de la Web, porque tenía una forma estructural de pensar que es la de Internet. Él fue el server que nos convirtió en users”, aseveró absolutamente convencido el prestigioso profesor Alfonso de Toro, académico de la Universidad de Leipzig y fundador del Centro de Investigaciones Iberoamericanas. Ya que estamos: Google repite el eco de don Jorge Luis 3.060.000 veces; todo un desafío para el memorioso Funes.
Los chicos crecen. Corría agosto de 1994 cuando Juan Carlos Kreimer, nombre clave en la historia del periodismo de rock en Argentina, creó los hoy famosos libros “Para principiantes”, una imprescindible puerta de entrada al conocimiento de filósofos, científicos, psicoanalistas, escritores y movimientos varios. Kafka, Marx, Einstein, Lacan, Borges, Bourdieu, Sartre, Darwin, Nietzsche, Cortázar, Marxismo, Surrealismo, Guerra Civil Española, son algunos de los “protagonistas” de esta colección que, además de plumas nacionales (Felisa Pinto, Carlos Polimeni, Florencia Abbate, Martín Lafforgue, J.C. Kleimer) incluye el arte de tapa de renombrados dibujantes (Rep, Liniers, Alcatena). Quince años que, desde aquel ceño fruncido de los libreros hasta este presente de publicaciones que se exportan, nos han legado nada menos que 123 títulos.
Algo huele bien. Anthony Bourdain no es figurita difícil si el lector de esta columna suele hacer zapping y de casualidad (o no) engancharse con su programa “Sin reservas” por Discovery Travel & Living. En él se encarga de desmitificar el supuesto paladar insobornable de los chefs.
Si hay que comer tuercas y éstas son la comida más popular del lugar, no dudará en hincarle el diente. Sus tours son divertidos, caprichosos y sorprendentes como su famoso conductor (aunque nunca cumpla este rol y parezca más bien un guía más confianzudo que amigable). Todo esto para dar pie a la noticia de que Del Nuevo Extremo acaba de reeditar su best seller “Confesiones de un chef: aventuras en el trasfondo de la cocina”. Un libro con el que se ganó el odio de medio Nueva York y la admiración incondicional del otro 50 por ciento. Bon appetit.
Beethoveniana. “Tal vez el enigmático acorde/ que abre la Novena/ haya sido solamente un alarde de poder./ Tal vez al omitir un sonido/ resbaló la incertidumbre,/ sacudió la melena con una carcajada,/ sostuvo que la ausencia es cuestión/ de discutible relatividad./ Tal vez no fue tormento/ sino ironía póstuma perpetua,/ no el temporal de tímpanos exhaustos,/ sólo la mueca de sarcasmo/ que adivina obstáculos/ en medio de la ceguera. (Poema de la reconocida música, docente y escritora mendocina, radicada en Buenos Aires, Silvia Dabul, de su libro “Lo que se nombra”, Ediciones en Danza, 2006).
Me suenan. Para descansar el oído y activar el ojo, algunas biografías de músicos que ya son historia o parte de: “99 biografías cortas de músicos célebres”, de M. Davalillo, quien no deja clásico sin revisitar; “Oasis”, la banda de los bipolares hermanitos Gallagher, según el estilete de Cyril Deluermoz; “Cash”, escrita por el propio Johnny y Patrick Carr; y “Crónicas, volumen 1”, o de cómo el eterno Bob Dylan cuenta su vida mejor que nadie. Cambiando de rubro, quien insiste con la ficción es el siempre oscuro y talentoso Nick Cave. El músico australiano acaba de editar su segunda novela, “La muerte de Bunny Munro”, sucesora de aquel lejano y endeble debut de “Y el asno vio al ángel”.

(Publicado en Diario Los Andes, 27 de setiembre de 2009)


Con su tira diaria en “La Nación” y su participación en la mítica “Fierro”, el inefable Liniers dejó atrás el mote de artista de culto para jugar en la liga mayor.

Nadie que diga como primeras palabras –¡a los dos años!– “Mirá mamá, ahí viene un colectivo” o lleve como segundo nombre el apellido de un virrey puede terminar dedicándose a una profesión “normal”. Tal es el caso de Ricardo Liniers Siri (33), un dibujante que ya dejó de ser “de culto” para sumarse a la primera A de los lápices argentinos.
Sus inimitables pingüinos (creados antes de K), conejos (sus alter ego visuales) y demás inclasificables personajes vienen ganando espacio en los medios gráficos desde el ’99, cuando debutó en el suplemento NO de Página/12 con su deforme viñeta Bonjour. Allí estuvo hasta el 2002, año en que pegó el salto a la contratapa de La Nación con su celebrado Macanudo. Hasta el centenario diario de los Mitre llegó de la mano de su colega, la inefable Maitena. En ese acotado espacio todos los días conjuga un humor entre absurdo, naïf e inteligente que algunos simplifican –sin medias tintas– como “tonto” o “genial”. Ergo: a Liniers se lo ama o se lo odia.
El eco de su trabajo también se ve reflejado en su visitadísimo blog Cosas que te pasan si estás vivo, con observaciones desopilantes y comentarios que no le van en zaga. Y para redondear su espiral en ascenso, el regreso de la mítica Fierro lo cuenta entre sus animadores, junto a grandes como Nine, El Tomi, Rep, Chichoni y Enrique Breccia.

Eclipse de sombrero
En el universo de Liniers todo puede pasar. No hay tema que este músico frustrado –y ¡uno de los personajes del año de Gente en el 2006!– no se anime a a abordar con su plumín (lo suyo es ciento por ciento artesanal, nada de computadoras). No obstante, algunos de sus personajes suelen reaparecer: el oso Madariaga, Oliverio La Aceituna, Enriqueta, el gato Fellini, el Robot sensible, el misterioso hombre de negro, el Maní Punk y la Vaca cinéfila.
Entre sus emblemáticas historietas, que tuvieron el merecido paso al formato libro, aparecen Bonjour, Macanudo y Cosas que te pasan si estás vivo. El exiguo espacio de una viñeta de Liniers puede contener el monumento al político que no es millonario, la niña que disfruta de un lindo día feo, el búho al que le gusta en las noches ver pasar a los fantasmas, la chica que disfruta del olor del libro nuevo o el policía que estudió Bellas Artes, entre tantas situaciones que pueden ir desde lo más tierno u onírico hasta el humor más ácido o surrealista.
“A mí me gusta mucho el chiste tonto”, se escuda Liniers, pero si se posa la lupa en su trabajo no es difícil percibir esa particular mirada de éste y otros mundos.
Dibujante desde muy chico, recién a los 20 se le animó a un taller; el resto fue una combinación de talento natural, dedicación y oficio. En el camino dejó dos carreras inconclusas (Abogacía y Publicidad) ara apostar todas las fichas al dibujo. A su debido tiempo, nutrió su imaginario personal con mucha Mafalda, películas de los Monty Python, el cine de Chaplin, novelas de Twain y Salinger, y sobre todo La guerra de las galaxias.
A la hora de dar las claves de su métier, arriesga: “Siempre me interesó la historieta como género, esa posibilidad de ser un pequeño dios con una libertad total para imponer y transgredir sus propias reglas y hasta castigar a sus propios personajes”.
Buena parte de su producción viene de la infancia, del rescate de aquello que el artista se niega a abandonar. Recordar, por caso, los olores de ciertos medicamentos, la picadura de una hormiga o la primera fotocopia que cayó en sus manos. “Me encanta acordarme de esos años en los que descubrías cosas. Eso es lo que busco recuperar en las historietas”.

Algo está cambiando

Valgan las palabras del maestro Fontanarrosa para cerrar esta invitación a visitar el planeta del antihéroe Siri: “Admito que cuando apruebo algo diciendo ‘macanudo’ me siento irremediablemente antiguo. Los jóvenes me miran perplejos, como si les comentara la visita del Graf Zeppelin o les recordara la Bidú. Pero algo está cambiando, camaradas... Es que Liniers desconcierta... No obstante, sólo tengo agradecimiento para este visceral dibujante. Gracias a su escandaloso éxito, ahora, cuando sus imberbes admiradores me escuchan decir ‘macanudo’, me aceptan como si yo fuera un componente más de esa juventud casquivana y dicharachera”.

(Publicado en Diario UNO, 3 de junio de 2007)

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