“El libro que no te lleva a otro libro es un libro estéril, fallido”, advierte el español Arturo Pérez-Reverte. Con esa idea-fuerza y/o zanahoria literaria, esta columna intentará periódicamente dejar un puñado de migas en el camino, tender un modesto hilo de Ariadna que nos una a esos objetos en extinción que aún se niegan a perder la batalla frente a la desidia, los e-books y las demás opciones tecnológicas post-papel.
Llevate a Borges pagando un Belgrano. Al azar, un puñado de cosas que se pueden comprar con diez pesos: la película “Historias mínimas”, una revista de computación, un CD de oferta de Yeah Yeah Yeah, dos atados de cigarrillos, dos cafés en la Peatonal, cinco Los Andes, un póster de Madonna. Pero también con sólo diez pesos es factible adquirir en las librerías de viejo y ofertas varias los mejores títulos de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Ernesto Sábato. Un billete marrón alcanza para comprarse, por caso, “El Aleph”, “Sobre héroes y tumbas”, o “La invención de Morel”. O, si se prefiere, ir por lo menos difundido; descubrir de esos mismos autores libros como La aventura de un fotógrafo en La Plata (Bioy), Heterodoxia (Sábato) o El hacedor (Borges).
Si bien se trata de ediciones económicas, que no incluyen tapas duras ni sutilezas gráficas, son más que tentadores anzuelos para introducirse en la obra de tres imprescindibles de las letras argentinas.
Con pulso del boxeador. El hombre, lo menos parecido a un punk, hizo más que cierto eso de “hazlo tú mismo” y ahí están, fatto in casa, sus libros dibujados, armados, impresos y, sobre todo, escritos por él de cabo a rabo en esta Mendoza tan poco literaria. “Poemas para discutir”, “Poemas de boxeador que no contesta” y “Aplastante peso el de la mirada”, los tres zarpazos poéticos de Aldo Rocamora a la fecha, pueden oscilar como un equilibrista ebrio entre el “Club del trueque”, la “Diosa de la rodilla doblada”, el “Ninguneo del merchandising”, el “Sátiro de los sueños” y la sentida “Oda al Rastrojero”. O evocar a los imperecederos Spinoza, Céline Teillier, Marx y Cole Porter pero también honrar a “Los Antonios” (sic). A lo Arlt, Rocamora no está en el detalle porque lo suyo, obrero consecuente, es el revoque grueso, la pared firme y no el cuadro que pende de ella.
Escríbela de nuevo, Sam. Creado y producido en 2007 por el escritor Adrián Haidukowski, “Jam de escritura” no es otra cosa que la literatura “tocada” en vivo. La fórmula es simple: un autor invitado improvisa sus textos frente a los ocasionales espectadores a través de una laptop conectada a una pantalla gigante, mientras un DJ dispara la música elegida por el plumífero de turno. Con su olfato característico, el sello Mondadori tradujo en formato libro las performances de Juan Terranova, Martín Kohan, Florencia Abatte, Oliverio Coelho, Samantha Schweblin, Ariel Schettini, José María Brindisi y Pedro Mairal, entre una veintena de jóvenes escritores. Una jam session que no siempre suena como el jazz más inspirado pero que al menos sugiere algunos acordes interesantes de lo que podría haber sido una gran canción.
(Publicado en Diario Los Andes, 26 de julio de 2009)
Que la ortografía, la buena, le interesa a muy pocos es un hecho tan obvio como la existencia de la gripe A, aunque no presente "síntomas" ni se cobre vidas. He ahí el malentendido. Como nadie se "muere" por un acento más, un acento menos, o una hache ausente (total es muda) la despreocupación se extiende peor que el otro virus y frente a esto no hay antídoto que mengüe su arrasador avance. Las palabras son un puente que, mal construido, no permite llegar a destino; es decir, entendernos como corresponde.
Si bien por estos días tal desarreglo lingüístico se manifiesta con mayor énfasis en blogs y mensajes de texto, nobleza obliga: ni diarios, noticieros de tevé ni carteles publicitarios se salvan de este singular flagelo.
Esto no hace más que delatar -una vez más- la evidente falta de lectura, la endeble formación escolar o, simplemente y peor, la desidia.
Interpelando a quien comete este tipo de faltas, la respuesta rápida y contundente suele ser: "No importa, si total se entiende". Pues bien, entonces volvamos a la etapa púber cuando para hacernos entender alcanzaba con gestos, sonidos o el elocuente llanto. Sin dudas, escribir "hoy" sin hache no cambiará el día pero vale preguntarse si es necesaria la anarquía ortográfica.
Para revertir la tendencia, o al menos reducir su impacto, el corrector Pablo Zulaica Parra, creador del sitio Acentos Perdidos, salió a las calles de México a corregir aquellos carteles que no hacen más que reproducir burradas.
Esta "intervención" (que consistió en reemplazar el acento faltante pegando un papel de mayor tamaño) tuvo un fuerte impacto porque no hubo transeúnte que no se percatara de esas tildes sustitutas colocadas sobre "vehiculo" (foto), "energia" o "comite".
El impulsor de esta justiciera cruzada definió a Acentos Perdidos como un "Programa de reinserción de acentos en la vía pública".
En su caso, el ida y vuelta con los lectores del blog acentosperdidos.blogspot.com consiste en instarlos a que se sumen a su causa y coloquen las tildes allí donde detecten que faltan.
Como eco positivo, gracias al efecto derrame que facilita Internet, este "talibán de la ortografía" que reconoce a la Real Academia Española como su Biblia rectora, va sumando día a día seguidores de varios países.
Similar quijotada fue la que impulsó el blog escribesinfaltas.blogspot.com que hace unos años lanzó la campaña "Eres lo que escribes. Eres como escribes" y también cosechó una notable repercusión en la gran red.
Si bien aún falta mucho para que estos ejemplos cundan y echen raíces, al menos sirven para llamar la atención: nos advierten que una sociedad que no respeta las reglas de su propio idioma difícilmente respete las demás.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de julio de 2009)
Si bien por estos días tal desarreglo lingüístico se manifiesta con mayor énfasis en blogs y mensajes de texto, nobleza obliga: ni diarios, noticieros de tevé ni carteles publicitarios se salvan de este singular flagelo.
Esto no hace más que delatar -una vez más- la evidente falta de lectura, la endeble formación escolar o, simplemente y peor, la desidia.
Interpelando a quien comete este tipo de faltas, la respuesta rápida y contundente suele ser: "No importa, si total se entiende". Pues bien, entonces volvamos a la etapa púber cuando para hacernos entender alcanzaba con gestos, sonidos o el elocuente llanto. Sin dudas, escribir "hoy" sin hache no cambiará el día pero vale preguntarse si es necesaria la anarquía ortográfica.
Para revertir la tendencia, o al menos reducir su impacto, el corrector Pablo Zulaica Parra, creador del sitio Acentos Perdidos, salió a las calles de México a corregir aquellos carteles que no hacen más que reproducir burradas.
Esta "intervención" (que consistió en reemplazar el acento faltante pegando un papel de mayor tamaño) tuvo un fuerte impacto porque no hubo transeúnte que no se percatara de esas tildes sustitutas colocadas sobre "vehiculo" (foto), "energia" o "comite".
El impulsor de esta justiciera cruzada definió a Acentos Perdidos como un "Programa de reinserción de acentos en la vía pública".
En su caso, el ida y vuelta con los lectores del blog acentosperdidos.blogspot.com consiste en instarlos a que se sumen a su causa y coloquen las tildes allí donde detecten que faltan.
Como eco positivo, gracias al efecto derrame que facilita Internet, este "talibán de la ortografía" que reconoce a la Real Academia Española como su Biblia rectora, va sumando día a día seguidores de varios países.
Similar quijotada fue la que impulsó el blog escribesinfaltas.blogspot.com que hace unos años lanzó la campaña "Eres lo que escribes. Eres como escribes" y también cosechó una notable repercusión en la gran red.
Si bien aún falta mucho para que estos ejemplos cundan y echen raíces, al menos sirven para llamar la atención: nos advierten que una sociedad que no respeta las reglas de su propio idioma difícilmente respete las demás.
(Publicado en Diario Los Andes, 20 de julio de 2009)

No les importa si nieva, llueve o hay un sol que parte la tierra. Son capaces de estar una noche entera a la intemperie para poder mostrarse. La excusa suele ser exhibir alguna habilidad artística, cierto talento para tocar un instrumento, bailar, hacer humor o sorprender con trucos de magia que les garantice un paso a lo más preciado: el éxito.
No falta, claro, quien va con la sincera inquietud de trascender a un público masivo para hacer conocer su arte y poder vivir de él. La gran mayoría, en cambio, ansía acceder a sus 30 segundos de fama (inevitable la referencia al mesías de los aspirantes a estrellas, Marcelo Tinelli). Pugnan por una modesta cuota de impacto popular que les haga sentir que no son un mero número en la fila, un patético fantasma que pasa por esta vida sin dejar huella.
La mediatización de la vida cotidiana no perdona a los indiferentes ni a los cultores del bajo perfil. Tergiversando al Che, sería algo así como "Hasta el éxito, siempre".
En la otra vereda, como contracara de los que llenan horas y horas con programas de rápida digestión, ganan un lugar -y no a los codazos- los subestimados hombres comunes. Seres anónimos que no alimentan rating alguno pero cuyas vidas tienen sustancia suficiente para activar más emociones que los raperos que no saben rimar o los humoristas que son una lágrima.
Fiel referente de estos antimediáticos es el proyecto del fotógrafo francés Yann Arthus -Bertrand, titulado Seis mil millones de otros. La idea, como no podía ser de otra manera, es muy simple: durante cuatro años un equipo comandado por el autor de La tierra vista desde arriba registró 6.000 entrevistas en 65 países respondiendo las mismas preguntas. Los tópicos fueron la familia, el país, el exilio, el amor, lo que los hace reír o llorar, los miedos, la vida, la muerte. Captadas en el lugar donde viven, personas comunes, rostros sin photoshop, confiesan su particular visión del mundo de una manera tan normal que evocan al abuelo contando un cuento alrededor del fuego. Así se los puede ver y oír en emisiones de media hora o microprogramas en el Canal Encuentro (viernes, a las 23.30), aunque también en fragmentos temáticos ubicables en YouTube.
Si todo es tan prosaico, no faltará quien se pregunte dónde está lo interesante; ese necesario anzuelo para evitar caer en la tentación del zapping. Muy fácil: ante tanta vida enlatada y tanto personaje prefabricado, que uno o una de esos millones de otros diga lo que podríamos decir cualquiera de nosotros, es algo que seguramente moviliza más que la millonésima versión del hit de Montaner cantado por el aspirante a estrellita pop del momento.
(Publicado en Diario Los Andes, 26 de junio de 2009)
No falta, claro, quien va con la sincera inquietud de trascender a un público masivo para hacer conocer su arte y poder vivir de él. La gran mayoría, en cambio, ansía acceder a sus 30 segundos de fama (inevitable la referencia al mesías de los aspirantes a estrellas, Marcelo Tinelli). Pugnan por una modesta cuota de impacto popular que les haga sentir que no son un mero número en la fila, un patético fantasma que pasa por esta vida sin dejar huella.
La mediatización de la vida cotidiana no perdona a los indiferentes ni a los cultores del bajo perfil. Tergiversando al Che, sería algo así como "Hasta el éxito, siempre".
En la otra vereda, como contracara de los que llenan horas y horas con programas de rápida digestión, ganan un lugar -y no a los codazos- los subestimados hombres comunes. Seres anónimos que no alimentan rating alguno pero cuyas vidas tienen sustancia suficiente para activar más emociones que los raperos que no saben rimar o los humoristas que son una lágrima.
Fiel referente de estos antimediáticos es el proyecto del fotógrafo francés Yann Arthus -Bertrand, titulado Seis mil millones de otros. La idea, como no podía ser de otra manera, es muy simple: durante cuatro años un equipo comandado por el autor de La tierra vista desde arriba registró 6.000 entrevistas en 65 países respondiendo las mismas preguntas. Los tópicos fueron la familia, el país, el exilio, el amor, lo que los hace reír o llorar, los miedos, la vida, la muerte. Captadas en el lugar donde viven, personas comunes, rostros sin photoshop, confiesan su particular visión del mundo de una manera tan normal que evocan al abuelo contando un cuento alrededor del fuego. Así se los puede ver y oír en emisiones de media hora o microprogramas en el Canal Encuentro (viernes, a las 23.30), aunque también en fragmentos temáticos ubicables en YouTube.
Si todo es tan prosaico, no faltará quien se pregunte dónde está lo interesante; ese necesario anzuelo para evitar caer en la tentación del zapping. Muy fácil: ante tanta vida enlatada y tanto personaje prefabricado, que uno o una de esos millones de otros diga lo que podríamos decir cualquiera de nosotros, es algo que seguramente moviliza más que la millonésima versión del hit de Montaner cantado por el aspirante a estrellita pop del momento.
(Publicado en Diario Los Andes, 26 de junio de 2009)

En una escena del unitario Tratame bien, un padre (interpretado por el notable Julio Chávez) le dice a su hijo adolescente, incómodo por no poder evadir el diálogo: "¿Me podés decir en qué momento dejé de ser tu ídolo para convertirme en un pelotudo?".
Una situación similar parece estar dándose entre nosotros, electores a los que nos tienen de hijos, y una democracia que ya dejó de ser adolescente pero que aún conserva caprichos e inseguridades propias de esa edad tan traumática como maravillosa.
¿En qué momento dejamos de ir a votar con ilusión, convencidos de que estábamos contribuyendo a consolidar un espacio de libertad, a abrir un camino con menos piedras para las futuras generaciones? ¿Cuándo fue que olvidamos todos esos años de silencio forzado, con las urnas juntando telarañas? ¿Qué pasó para que con sólo escuchar la palabra elecciones se nos escape un suspiro de molestia y nos sobrevenga una sensación de obligación equiparable a trabajar un feriado o hacer cola para sacar el carnet?
Autoridades de mesa que inventan cualquier tipo de excusa para zafar del convite electoral, votantes que "justo" ese día tienen que estar en otra provincia visitando un pariente enfermo o haciendo un trámite; ancianos que agradecen haber superado la edad "obligatoria"; trabajos que -supuestamente- impiden trasladarse para sufragar, son claras muestras, excusas variopintas, de que votar se ha transformado en una carga que pesa casi tanto como intentar comunicarse con un vástago adolescente.
Claro, no muchos reconocerían esto públicamente. No se permitirían ser tachados de antidemocráticos o al menos de poco comprometidos, cuando en realidad son la patente expresión de una desidia ciudadana que campea en el mundo entero. Precisamente ésta fue la característica que más sobresalió en las recientes elecciones europeas.
Ahora bien, no llegamos de casualidad a este páramo de expectativas. Aquí el "cosecharás tu siembra" nos cabe a todos. No sólo a los políticos que, con su sistemático modus operandi de mostrarse incapaces para mejorar el país y la vida de sus habitantes, lograron que ya no les creamos que afuera llueve, sino también a quienes invariablemente metimos la pata dándoles el voto sin exigirles rendición de cuentas antes y después de ocupar un cargo.
Nos limitamos a ir a la escuela del barrio, esperar poco o mucho, entregar el DNI, poner completa la lista sábana con su caterva de desconocidos y volver rápido para hacer el asado (el premio para tamaño esfuerzo cívico). Y después, vuelta a esperar que regresen a colmar calles, postes, paredes, canales, diarios, radios, con renovadas frases hechas que lo único que dicen/piden es nuestro modesto voto.
Cascoteados como chocos cimarrones, sabemos que ya no podemos esperar milagros; sólo pedimos a cambio que nos traten bien. ¿Será mucho por ese pequeño acto de fe que renovamos a desgano cada dos años?
(Publicado en Diario Los Andes, 13 de junio de 2009)
Una situación similar parece estar dándose entre nosotros, electores a los que nos tienen de hijos, y una democracia que ya dejó de ser adolescente pero que aún conserva caprichos e inseguridades propias de esa edad tan traumática como maravillosa.
¿En qué momento dejamos de ir a votar con ilusión, convencidos de que estábamos contribuyendo a consolidar un espacio de libertad, a abrir un camino con menos piedras para las futuras generaciones? ¿Cuándo fue que olvidamos todos esos años de silencio forzado, con las urnas juntando telarañas? ¿Qué pasó para que con sólo escuchar la palabra elecciones se nos escape un suspiro de molestia y nos sobrevenga una sensación de obligación equiparable a trabajar un feriado o hacer cola para sacar el carnet?
Autoridades de mesa que inventan cualquier tipo de excusa para zafar del convite electoral, votantes que "justo" ese día tienen que estar en otra provincia visitando un pariente enfermo o haciendo un trámite; ancianos que agradecen haber superado la edad "obligatoria"; trabajos que -supuestamente- impiden trasladarse para sufragar, son claras muestras, excusas variopintas, de que votar se ha transformado en una carga que pesa casi tanto como intentar comunicarse con un vástago adolescente.
Claro, no muchos reconocerían esto públicamente. No se permitirían ser tachados de antidemocráticos o al menos de poco comprometidos, cuando en realidad son la patente expresión de una desidia ciudadana que campea en el mundo entero. Precisamente ésta fue la característica que más sobresalió en las recientes elecciones europeas.
Ahora bien, no llegamos de casualidad a este páramo de expectativas. Aquí el "cosecharás tu siembra" nos cabe a todos. No sólo a los políticos que, con su sistemático modus operandi de mostrarse incapaces para mejorar el país y la vida de sus habitantes, lograron que ya no les creamos que afuera llueve, sino también a quienes invariablemente metimos la pata dándoles el voto sin exigirles rendición de cuentas antes y después de ocupar un cargo.
Nos limitamos a ir a la escuela del barrio, esperar poco o mucho, entregar el DNI, poner completa la lista sábana con su caterva de desconocidos y volver rápido para hacer el asado (el premio para tamaño esfuerzo cívico). Y después, vuelta a esperar que regresen a colmar calles, postes, paredes, canales, diarios, radios, con renovadas frases hechas que lo único que dicen/piden es nuestro modesto voto.
Cascoteados como chocos cimarrones, sabemos que ya no podemos esperar milagros; sólo pedimos a cambio que nos traten bien. ¿Será mucho por ese pequeño acto de fe que renovamos a desgano cada dos años?
(Publicado en Diario Los Andes, 13 de junio de 2009)

Mientras acá a la vuelta -Mendoza, Argentina- el gobierno de Celso Jaque apunta a modificar un artículo de la Constitución provincial que abra la puerta a una reforma integral, en Europa ya existe una Carta Magna íntegramente escrita por poetas.
En este caso, no es chiste fácil decir que si bien su texto es versificado, su objetivo no es ningún verso. El valor simbólico que tiene esta singular iniciativa es "llamar la atención" (sic) sobre lo poco claro del lenguaje jurídico, especialmente el de los documentos públicos.
La idea madre de este proyecto surgió el año pasado en Bruselas, tras el fracaso de la ratificación de la Constitución Europea en Holanda y en Irlanda, pero se extendió al resto del continente casi tan rápido como la temible influenza porcina.
Acerca del reclamo de mayor legibilidad, el español Xavier Queipo es quien la tiene más clara y dice: "Pensamos que un texto que define nuestros derechos, deberes e identidad debe ser fácil de entender porque incluso en verso se comprendería mejor que tal y como lo redactan los especialistas".
Tampoco, como se podría especular tratándose de reputados vates, fue cuestión de echar a volar las musas y llenar de metáforas el texto. Éste recién tomó forma tras alimentar su "inspiración" con la Constitución europea y la africana de Nelson Mandela y consultar a numerosos expertos en la materia.
Por si quedaran dudas, los poetas advirtieron que con este "experimento creativo" de cerca de 80 artículos no buscaron remplazar documentos legales sino contribuir a impulsar la unidad de los pueblos.
Los cuarenta escribas convocados representaron a los Estados miembro más importantes de la comunidad europea. Cada uno escribió su colaboración en su idioma natal. A manera de firma, en lugar de su nombre estamparon uno de sus versos más representativos.
Hasta el momento, este documento ético-estético sólo se publicó en francés, flamenco e inglés, pero se apunta a reproducirlo en la mayor cantidad de idiomas posible.
Más allá de cualquier especulación electoral, en Mendoza la necesidad de una reforma constitucional es imprescindible: la Carta Magna data de 1916 y es prácticamente la única en el país que casi no ha sufrido modificaciones desde entonces.
No es de esperar que convoquen a los poetas para adaptarla a estos tiempos pero sí que no caigan en la tentación de hacer ficción con algo tan sensible. Para eso, ya tenemos demasiado con los índices del Indec, las amenazas de Néstor y las propinas de Cristina en el exterior.
En este caso, no es chiste fácil decir que si bien su texto es versificado, su objetivo no es ningún verso. El valor simbólico que tiene esta singular iniciativa es "llamar la atención" (sic) sobre lo poco claro del lenguaje jurídico, especialmente el de los documentos públicos.
La idea madre de este proyecto surgió el año pasado en Bruselas, tras el fracaso de la ratificación de la Constitución Europea en Holanda y en Irlanda, pero se extendió al resto del continente casi tan rápido como la temible influenza porcina.
Acerca del reclamo de mayor legibilidad, el español Xavier Queipo es quien la tiene más clara y dice: "Pensamos que un texto que define nuestros derechos, deberes e identidad debe ser fácil de entender porque incluso en verso se comprendería mejor que tal y como lo redactan los especialistas".
Tampoco, como se podría especular tratándose de reputados vates, fue cuestión de echar a volar las musas y llenar de metáforas el texto. Éste recién tomó forma tras alimentar su "inspiración" con la Constitución europea y la africana de Nelson Mandela y consultar a numerosos expertos en la materia.
Por si quedaran dudas, los poetas advirtieron que con este "experimento creativo" de cerca de 80 artículos no buscaron remplazar documentos legales sino contribuir a impulsar la unidad de los pueblos.
Los cuarenta escribas convocados representaron a los Estados miembro más importantes de la comunidad europea. Cada uno escribió su colaboración en su idioma natal. A manera de firma, en lugar de su nombre estamparon uno de sus versos más representativos.
Hasta el momento, este documento ético-estético sólo se publicó en francés, flamenco e inglés, pero se apunta a reproducirlo en la mayor cantidad de idiomas posible.
Más allá de cualquier especulación electoral, en Mendoza la necesidad de una reforma constitucional es imprescindible: la Carta Magna data de 1916 y es prácticamente la única en el país que casi no ha sufrido modificaciones desde entonces.
No es de esperar que convoquen a los poetas para adaptarla a estos tiempos pero sí que no caigan en la tentación de hacer ficción con algo tan sensible. Para eso, ya tenemos demasiado con los índices del Indec, las amenazas de Néstor y las propinas de Cristina en el exterior.

Cuando recién me sumergía en los primeros libros que la escuela ponía en mis manos y leer era un desafío más grande que ganar al fútbol a los de séptimo, me preguntaba qué encontraba mi madre en esos libros tan pequeños. Qué magia escondían esas tapas dibujadas que, por lo general, reproducían a un hombre y a una mujer en una situación pretendidamente romántica y que llevaban la firma de una tal Corín Tellado.
Ella, o sea mi madre, no había tenido una infancia ni una adolescencia de libros, tampoco una estimulante biblioteca familiar; así y todo, ahora la veía leer con placer. Puede que hasta volara muy lejos de su rutinaria vida de ama de casa. Eran tiempos en que la tevé no era un meloso reservorio de galanes y heroínas de telenovelas. Todavía no cundían los Arnaldos André ni las Luisas Kuliok excitando la pantalla con sufridas historias de amor. El cine sí era una opción para proyectarse en otras vidas, pero no para mi madre.
Tan criticada por los intelectuales como envidiada en secreto por escritores "serios", María del Socorro Tellado, la inocente pornógrafa -como la definió con gracia única el cubano Guillermo Cabrera Infante-, escribió la friolera de 4.000 libros y vendió la no menos espectacular cifra de 400 millones de ejemplares. Por esto no debe extrañar que sea considerada la más leída en castellano, nada menos que detrás del inoxidable Cervantes, y que figure en el libro Guinness de los récords.
Sin dudas, ninguna de sus obras -y he aquí la paradoja- ha quedado entre los clásicos de la literatura mundial. Pero ¿quién quita a esta asturiana pícara el placer de haber agitado la sangre a tantas mujeres que, por un rato o unas cuantas páginas, soltaron el ancla de su monótona vida doméstica para cumplir el sueño de ser una rompecorazones, esa comehombres que podía ratonearse impunemente con el sodero o el cartero?
Corín, quien murió el 11 de abril a los 81 años, fue ni más ni menos que una ventana abierta para la fantasía de millones de mujeres. Un soplo de aire puro para unas cuantas generaciones de féminas soñadoras. Su estrella no pudo ser eclipsada por el vendaval de best sellers, culebrones televisivos y otras opciones mediáticas que se fueron sumando con el paso de los años. Incluso su influjo alcanzó a muchos hombres que difícilmente reconozcan en público que también leían a esta mujer que empezó a escribir para colaborar con la economía familiar.
Seguramente mi madre no lloró con estilo teatral su muerte pero, por un instante, debe haber recordado con una sonrisa cómplice las horas de placer que le prodigó esta española que, según Mario Vargas Llosa, transformó a la novela rosa en "un auténtico fenómeno sociológico y cultural".
(Publicado en Diario Los Andes, 17 de abril de 2009)
Ella, o sea mi madre, no había tenido una infancia ni una adolescencia de libros, tampoco una estimulante biblioteca familiar; así y todo, ahora la veía leer con placer. Puede que hasta volara muy lejos de su rutinaria vida de ama de casa. Eran tiempos en que la tevé no era un meloso reservorio de galanes y heroínas de telenovelas. Todavía no cundían los Arnaldos André ni las Luisas Kuliok excitando la pantalla con sufridas historias de amor. El cine sí era una opción para proyectarse en otras vidas, pero no para mi madre.
Tan criticada por los intelectuales como envidiada en secreto por escritores "serios", María del Socorro Tellado, la inocente pornógrafa -como la definió con gracia única el cubano Guillermo Cabrera Infante-, escribió la friolera de 4.000 libros y vendió la no menos espectacular cifra de 400 millones de ejemplares. Por esto no debe extrañar que sea considerada la más leída en castellano, nada menos que detrás del inoxidable Cervantes, y que figure en el libro Guinness de los récords.
Sin dudas, ninguna de sus obras -y he aquí la paradoja- ha quedado entre los clásicos de la literatura mundial. Pero ¿quién quita a esta asturiana pícara el placer de haber agitado la sangre a tantas mujeres que, por un rato o unas cuantas páginas, soltaron el ancla de su monótona vida doméstica para cumplir el sueño de ser una rompecorazones, esa comehombres que podía ratonearse impunemente con el sodero o el cartero?
Corín, quien murió el 11 de abril a los 81 años, fue ni más ni menos que una ventana abierta para la fantasía de millones de mujeres. Un soplo de aire puro para unas cuantas generaciones de féminas soñadoras. Su estrella no pudo ser eclipsada por el vendaval de best sellers, culebrones televisivos y otras opciones mediáticas que se fueron sumando con el paso de los años. Incluso su influjo alcanzó a muchos hombres que difícilmente reconozcan en público que también leían a esta mujer que empezó a escribir para colaborar con la economía familiar.
Seguramente mi madre no lloró con estilo teatral su muerte pero, por un instante, debe haber recordado con una sonrisa cómplice las horas de placer que le prodigó esta española que, según Mario Vargas Llosa, transformó a la novela rosa en "un auténtico fenómeno sociológico y cultural".
(Publicado en Diario Los Andes, 17 de abril de 2009)

Hace muchos años, uno de los primeros profesores que tuve en la carrera de Comunicación Social nos recomendó -casi con carácter de obligatorio- llevar un archivo lo más amplio posible.
Decía que un buen periodista no podía prescindir de esa "herramienta". El oficio le había enseñado el valor de revisitar la historia y no confiar ciegamente en la memoria selectiva.
Apasionados como éramos en aquella estimulante primavera alfonsinista, mis compañeros y yo nos tomamos muy en serio esa tarea de documentarnos para ganar en precisión cuando llegara el momento de informar u opinar.
Con el tiempo, fueron cajas y cajas las acumuladas con recortes, diarios, revistas, folletos, libros; al punto tal de colapsar bibliotecas y placares familiares. La sensación era (sigue siendo) que para ser lo más fieles posible a la verdad nunca hay que improvisar.
Por eso, cuando se habla de que "nadie resiste a un archivo" en realidad lo que se está diciendo es que hay que hacerse cargo de lo que uno dijo allá lejos y hace tiempo.
Si de algo pecamos los argentinos es de tener una memoria de muy corto tranco, lo que claramente termina favoreciendo a los que protagonizaron los más oscuros capítulos de la vida nacional.
Gracias a que nadie anda con un archivo a mano, ellos resurgen de tanto en tanto para mostrarse otra vez en la vida pública, casi impolutos.
Con el avance imparable de la informática, ya no hay excusas para ese olvido. Hoy el famosísimo buscador google permite sondear hasta límites insospechados actos fallidos, traiciones varias y acciones encomiables. Un recurso que en los agitados años 80 nos hubiera aliviado la artesanal tarea del recorte y que hoy nos permite chequear al instante ese dato clave para una nota o bien atar cabos entre el pasado y el presente.
La aún cercana muerte del ex presidente Raúl Alfonsín logró, entre otras tantas cosas, volver a poner en valor la importancia del archivo en este país.
Tanto para aquellos que recordaron al viejo líder radical como un héroe sin mácula como para quienes sólo se concentraron en destacar los aspectos más negativos de su gestión.
Con sus altas y bajas, sus aciertos y sus errores, se podría decir que Alfonsín es de aquellos pocos que incluso en vida resistían la implacable verdad de los archivos.
(Publicado en Diario Los Andes, 7 de abril de 2009)
Decía que un buen periodista no podía prescindir de esa "herramienta". El oficio le había enseñado el valor de revisitar la historia y no confiar ciegamente en la memoria selectiva.
Apasionados como éramos en aquella estimulante primavera alfonsinista, mis compañeros y yo nos tomamos muy en serio esa tarea de documentarnos para ganar en precisión cuando llegara el momento de informar u opinar.
Con el tiempo, fueron cajas y cajas las acumuladas con recortes, diarios, revistas, folletos, libros; al punto tal de colapsar bibliotecas y placares familiares. La sensación era (sigue siendo) que para ser lo más fieles posible a la verdad nunca hay que improvisar.
Por eso, cuando se habla de que "nadie resiste a un archivo" en realidad lo que se está diciendo es que hay que hacerse cargo de lo que uno dijo allá lejos y hace tiempo.
Si de algo pecamos los argentinos es de tener una memoria de muy corto tranco, lo que claramente termina favoreciendo a los que protagonizaron los más oscuros capítulos de la vida nacional.
Gracias a que nadie anda con un archivo a mano, ellos resurgen de tanto en tanto para mostrarse otra vez en la vida pública, casi impolutos.
Con el avance imparable de la informática, ya no hay excusas para ese olvido. Hoy el famosísimo buscador google permite sondear hasta límites insospechados actos fallidos, traiciones varias y acciones encomiables. Un recurso que en los agitados años 80 nos hubiera aliviado la artesanal tarea del recorte y que hoy nos permite chequear al instante ese dato clave para una nota o bien atar cabos entre el pasado y el presente.
La aún cercana muerte del ex presidente Raúl Alfonsín logró, entre otras tantas cosas, volver a poner en valor la importancia del archivo en este país.
Tanto para aquellos que recordaron al viejo líder radical como un héroe sin mácula como para quienes sólo se concentraron en destacar los aspectos más negativos de su gestión.
Con sus altas y bajas, sus aciertos y sus errores, se podría decir que Alfonsín es de aquellos pocos que incluso en vida resistían la implacable verdad de los archivos.
(Publicado en Diario Los Andes, 7 de abril de 2009)



