Se viene otro Día del Niño y lo primero en lo que pensamos, casi como acto reflejo, es qué les regalamos, cuándo salimos a comprarlo, con qué los podemos sorprender o dónde los llevamos para que se den una panzada de títeres, mimos y payasos. Una agitada jornada acorde con la vida hiperactiva que llevamos... y listo. Ya está. Ya cumplimos. Con la conciencia tranquila volvemos a la vida “ normal”: ellos a la escuela, nosotros al trabajo. Pero ellos, vaya la obviedad, esperan algo más que el ritual del juguete y el plus de una jornada vivida a full para no desentonar con la celebración general.
La velocidad que imponen estos hiperkinéticos tiempos, donde todo parece medirse al ritmo del famoso “minuto a minuto” del rating televisivo, nos ha quitado esos preciosos momentos que deberíamos compartir con los hijos. Ya sea por la adicción laboral o porque nuestros horarios van a contrapelo del resto de la familia, lo cierto es que es mínimo el tiempo que dedicamos a jugar con ellos, a escucharlos, a revisarles las tareas, a verlos en los actos del cole, a contarles un cuento. En el mejor de los casos, buscamos saldar parte de esa deuda con un domingo de shopping, que incluye en un mismo combo: jueguitos, cajita feliz, helado y cine. Claro, habrá quien no se identifique con este estado de las cosas, pero en trazos gruesos es el que la implacable realidad nos moldea a su antojo.

Detrás de los Messi
Para la Organización de las Naciones Unidas, el Día Universal del Niño es el 20 de noviembre porque en esa fecha de 1959 se aprobó la Declaración de los Derechos de los infantes. En Argentina, esta celebración históricamente se concretaba el primer domingo de agosto pero desde el 2003, y por razones meramente comerciales (lo pidió la Cámara del Juguete), pegó un salto al segundo. La fecha viene bien para que, además de agasajarlos con ese codiciado regalito, los volvamos a poner entre nuestras prioridades, tanto en nuestras casas como en esa entelequia llamada sociedad.
De una u otra forma ellos también son noticia, aunque muy por detrás de los Messi, los Tota Santillán o las chicas del caño de Tinelli.
La muerte de un niño de 4 años hace unos días en La Rioja, a causa de la desnutrición, es un alerta, un llamado de atención. Ante esta absurda pérdida es inevitable recordar los miles de litros de leche tirados durante el paro del campo, la fruta y verdura que se pudrió en los camiones varados por los cortes de ruta, las cien vacas regaladas al piquetero Castells por “el aguante” al agro.
Paradojas de la vida, lo que en su momento fue una de la noticias más conmovedoras del año –u na nena de 10 años atropellada, violada y quemada en una localidad bonaerense– hoy se transforma en buena nueva debido a que avanza en su recuperación.
Pero no todas son pálidas. Otro pequeño ocupó su merecido lugar en los medios. Leonel Crescitelli, el chico de 10 años que encontró en Rivadavia una billetera con U$S5.000 y los devolvió, fue elegido Rey del Juguete 2008, una distinción que otorga la Cámara Nacional del Juguete y que le fue entregada ayer en Capital Federal. Otro pibe que sacó patente de honesto fue Ismael Castro, de 11, quien halló una cartera con euros, joyas y tarjetas de crédito. También la entregó. Y también fue noticia.
Los que no tuvieron su cuarto de hora mediático, pero están camuflados en otro tipo de informaciones, son los que no tuvieron clases por el paro docente. Los que limpian vidrios y no van a la escuela. Los que a altas horas transitan los cafés pidiendo una moneda. Los que no reciben atención cuando hay huelgas en los hospitales. Los que ya no tienen baldíos para jugar a la pelota y matan las horas a pura merca y cerveza. Los que perdieron aún antes de empezar.

Materia pendiente

Lo que parece elemental, es decir que deberían ser los privilegiados en la casa y fuera de ella, los primeros en toda lista, el centro de la mayor atención y protección, son en muchos casos los más castigados. Así lo demuestra la gran cantidad de pequeños que trabajan a pesar de las leyes que buscan terminar con esta injusticia. El próximo domingo es una buena oportunidad para reflexionar que ellos esperan de nosotros mucho más que el simbólico juguete. Esperan que seamos ese superhéroe dispuesto a enfrentar al peor villano por ellos. Una fantasía que bien puede ser la nuestra.
El cineasta Morgan Spurlock debe su fama a Super Size Me, un documental que filmó en el 2004 para reflejar los efectos negativos de la llamada comida “chatarra”. La particularidad es que él mismo se erigió en el conejillo de indias para comer durante 30 días consecutivos únicamente productos de la famosísima cadena McDonald’s.
Con el mismo esquema, esta suerte de sosias del irreverente periodista y realizador Michael Moore (Bowling for Colombine) continuó con su “misión” de generar conciencia social a través de un reality show al que tituló sin sutilezas 30 días y que se emite por la cadena Fox. Allí se pregunta, por ejemplo, cómo sería vivir un mes como un musulmán siendo cristiano, como gay siendo heterosexual, o padeciendo las vicisitudes de ser pobre, de sobrevivir siendo un inmigrante ilegal, de luchar a diario contra el alcoholismo o de ser presa de la obsesión por la estética.
Ponerse en la piel del otro es el juego. El desafío. No hay premio a cambio, sólo el humanitario gesto de vivenciar lo que les pasa a los demás. Ver la realidad personal y ajena desde otra perspectiva.
Este útil ejercicio de ponerse en los zapatos de otros deja –o debería dejar– interesantes enseñanzas y da pie a un estimulante debate.

Según el lado del mostrador
Recojo el guante de Spurlock y propongo el desafío de ver cómo sería vivir un mes otras vidas, en ámbitos no ideales o al menos bastante diferentes a los que uno está acostumbrado.
Y arranco por casa. Por 30 días un periodista sólo se dedicará a leer lo que escriben sus colegas. De esta manera podrá cotejar cuánto de su realidad cotidiana ve reflejada en las páginas y cuánto queda afuera, ya sea porque no fue debidamente advertido o porque no le interesó al medio. Podrá así valorar lo que muchas veces reclaman los lectores y no siempre sabemos escuchar ni incorporar a tiempo.
Sumemos al juego a los funcionarios. El ministro de Transporte, Francisco Pérez, viajará ese mes a Casa de Gobierno en micro, tomando frío en las paradas (que no tienen techo ni protección), padeciendo las demoras según las caprichosas frecuencias de algunas líneas y comprobando el peligroso manejo de ciertos choferes.
A su vez, el secretario de Cultura, Ricardo Scollo, tendrá que ver la mayor cantidad posible de obras de teatro, leer cada día a un autor local y recorrer cada departamento para sondear el trabajo cultural que rara vez tiene trascendencia pública. En esa misma línea, el ministro de Salud, Sergio Saracco, se hará chequeos en el Hospital Central, previo haber pedido turno como cualquier hijo de vecino. Y ya que estamos, el jefe de la Policía Vial, Heriberto Ojeda, tratará de conseguir –ahora vía internet– un turno para renovar su carnet de conducir.
A lo largo de 30 días, ni uno más ni uno menos, los presos de Boulogne Sur Mer o de Almafuerte quedarán cara a cara con sus víctimas para escuchar sus padecimientos.
En otro plano, cada alumno agresor además de recibir el castigo estipulado por su institución se pondrá al frente de un aula. El objetivo será percibir en carne propia las habituales burlas, insultos, canchereadas y demás castigos psicológicos que a diario sufren maestros y profesores.
En este desafío de poner el pecho a las balas siendo otro, nadie más indicado que un policía. En una provincia superada holgadamente por la delincuencia, ¿quién se pondría no ya la piel sino el uniforme azul? Salir todos los días a la caza de ladrones y asesinos sin chalecos antibalas, a veces hasta sin móviles, con un sistema judicial que permite que se entre y se salga con igual facilidad, y con sueldos que no están a la altura del riesgo que deben enfrentar, no es un oficio que dé ganas de asumir por 30 temibles jornadas.

Los mismos pero distintos
Los ejemplos podrían ser tan extensos como los discursos de los senadores aquella madrugada del histórico no de Cobos, pero al menos alcanzan para graficar la lúdica idea de ser otros siendo los mismos. Quizás estar 30 días en la cabeza de Cristina, de Maradona, de Jaque o del verdulero de la esquina nos ayude a ser un poco más tolerantes y confirmar, una vez más, cuán compleja y fascinante es la mente humana.
S i este país tuviera un libro de quejas no daría abasto. Es que hay tanto para quejarse y a la vez, reconozcámoslo, estamos tan hartos de quejarnos. No en vano los argentinos cargamos con el sayo de tangueros, de llorones sempiternos. Lo que habría que analizar, a favor de ese gesto molesto y zumbón, es que detrás de la queja se esconde un reclamo, un pedido de auxilio. El que es escuchado a tiempo no necesita salir a la calle a gritar su verdad, a golpear cacerolas o pintar el frente de la casa de un funcionario. Convertir ese clamor en gestos productivos requiere de creatividad y decisión. Todos los que se llenan la boca hablando de democratizar más esta sociedad proclaman algo que en los hechos refleja todo lo contrario. El que no piensa como yo es mi enemigo y así es como el lenguaje cotidiano se va impregnando de una retórica bélica. Desde ambas “trincheras” –agro y Gobierno– cruzaron munición gruesa durante 129 días y en esa absurda contienda los únicos que cayeron malheridos fueron los que no estaban ni en uno ni en otro lado. El autismo de los dirigentes los llevó a considerar
que “los otros” eran meros espectadores de sus decisiones. Muy pocos estuvieron a la altura de la discusión, digo los que construyeron sin especular, los que apuntaron a superar la coyuntura y ver bastante más allá de su banca o su hectárea de soja.

Una siembra sin cosecha. La desgastante pelea campo-Cristina no nos hizo crecer ni un poco, por más que se diga que se puso en debate el postergado tema del agro. Servirá en todo caso para que la Presidenta baraje y dé de nuevo oxigenando su viciado gabinete. Si discutir el porcentaje de las retenciones móviles nos llevó a una interminable puja legislativa calificada de “histórica” en los floridos discursos de los legisladores, qué nos queda entonces para el día en que se decidan a debatir en serio una auténtica política agropecuaria para esta Argentina cada día más dividida. Todo se salió de madre y salvo para los que se apasionan con la ingeniería política que late en este entuerto, muy poco es lo queda en el haber de los que estaban fuera de este Boca-River de las retenciones.
A los que se erigieron como los nuevos próceres del Billiken siglo XXI debemos agradecerles, por ejemplo, el enfriamiento de la economía, la inflación en alza, el corte de la cadena de pagos, la caída de la popularidad de la Presidenta, y hasta la desconfianza de otras naciones.
En este río revuelto fueron muy pocos los pescadores beneficiados. Recién vamos a creer que esta pulseada tuvo algún valor cuando no haya un solo peón en negro, cuando los grandes productores del campo no deban ingresos brutos, cuando no tengan negocios con los mismos que se pelean en los programas políticos, cuando los legisladores que levantan la mano no sean premiados con ATN, cuando expliquen de dónde salió la plata para pagar carpas con plasmas y cortinas, cuando se sepa quién banca a todos los que llenaron cuanto acto pro K o anti K hubo en los últimos meses.

Fuera del rebaño. Mientras tanto, los que no estuvimos ni en una plaza ni en la otra sentimos que ninguno de ellos nos representó. Sin embargo siguen hablando en nombre nuestro y si tenemos el tupé de cuestionarlos corremos el riesgo de que nos calcen la camiseta de golpistas, antidemocráticos, gorilas, prokirchneristas, antipueblo y otras variantes de la descalificación al que piensa distinto. Ese es el quid de la cuestión: pensar. Ni siquiera distinto. Pensar. No dejarse llevar de las narices por el sánguche y la Coca, no ser presa de la “obediencia debida política”, seguir a los falsos mesías a cambio de un lugar en la estampita.
Pensar, claro, tiene su precio. En algunos casos equivale a ser defenestrados en público y en otros a limitarse a observar el descalabro sin poder modificar nada.
Estar comprometidos con el país no significa hacer número en cada marcha o negociar la dignidad por un Plan Trabajar. Significa que cada uno haga lo mejor posible lo suyo, con honestidad y convicción.
Como dijo el vicepresidente Cobos en una de sus frases antológicas del jueves, la historia será quien nos juzgue. No el campo. No el Gobierno nacional.
Ya sea por el afán de síntesis o por la búsqueda del impacto, los periodistas rara vez nos detenemos a pensar que detrás de las frías estadísticas de los accidentes viales hubo una historia, una vida. La había en el caso de Vanesa Acevedo (18), quien murió atropellada cuando iba con su bebé en brazos a comprar algo para la cena. También en el de Estefanía Puentes (16), arrollada mientras caminaba por la orilla del carril Godoy Cruz. O en el de Juan Gómez (24), cuya moto quedó bajo una camioneta.
Una muestra de que las cifras no nos hacen reaccionar es que a pesar de que en 2007 hubo 423 mendocinos caídos en esa absurda guerra de volantes, al momento de escribir estas palabras el 2008 ya acumula 145 muertos. Números que lejos de detenerse se disparan tan veloces como los canallas que dejaron abandonados a Vanesa, a Estefanía y a Juan.

Dales un arma y te (o se) matarán. Una sola vuelta por el centro o los ingresos a la ciudad alcanza y sobra para confirmar lo mal que se maneja, la enorme cantidad de imprudentes que zigzaguean temerariamente, que no ponen el guiñe, que van hablando por celular como si estuvieran en el café, que pasan en rojo como el más inocente de los daltónicos, o que frenan sobre la senda peatonal y encima insultan si se los mira desafiantes reclamando lo que es un derecho del peatón. Suicidas que obligan a los demás a un bienvenido manejo preventivo para evitar males mayores.
Vale preguntarse por qué se les entrega el carnet de conducir con tanta facilidad y se lo usa con tanta irresponsabilidad. Es como darles un arma, aunque la metáfora suene exagerada. La Ley de Tránsito que impone una licencia por puntos busca ponerles límites a esos imprudentes. Sin embargo habrá que esperar seis meses más para que entre en vigencia y ver si acusan recibo. Mientras tanto, hacen falta más controles en las rutas, más conitos naranja recordándonos que el cinturón debe estar rodeándonos y que la aguja no debe marcar más de lo que nos advierten los carteles.

Educar la conciencia. Como tantos aspectos en rojo que acumula la Argentina, la educación vial no es la excepción. A pesar de las campañas del estilo "Si tomás no manejés", seguimos llorando las muertes de pibes que vuelven del boliche con el suficiente alcohol como para no ver quién viene enfrente y mucho menos intuir el previsible final.
Las aulas son un ámbito ideal para debatir estos temas. Se sabe que las prohibiciones nunca logran buenos resultados, por eso recordarles cómo funciona lo de elegir un conductor responsable o ayudarles a pensar en el cuidado propio y ajeno es más simple y efectivo para generar conciencia que lamentar más chicos malogrados por la imprudencia. Algo tan elemental como valorar la vida no figura en ningún plan de estudios, pero dónde está escrito que no puede hablarse del tema hasta en la hora de Matemática.
Hablar, por ejemplo, de que el 8 de octubre de 2006, cuando volvían de un viaje solidario a una escuela rural del Chaco, 9 alumnos y una docente del colegio Ecos murieron al chocar el micro en el que viajaban con un camión cuyo chofer manejaba alcoholizado. Conmovido por esa tragedia, un histórico referente del rock como Luis Alberto Spinetta se puso a la cabeza de la campaña "Conduciendo a conciencia" para que se convierta en ley la educación vial desde la primaria en todas las escuelas. El músico reúne firmas en cada concierto y entre tema y tema se permite recordarles a sus fans el respeto por las normas de tránsito y, sobre todo, por la vida. En homenaje a esos chicos fue instituido el 8 de octubre como Día Nacional del Estudiante Solidario.

Los que esperan.
La lección pareciera ser simple: todos, desde el pequeño o amplio espacio con que contemos, podemos contribuir a lanzar un llamado de atención sobre el tema, a parar este suicidio sobre ruedas.
Uno de los más recordados eslóganes preventivos, aquel de "No corras, te esperamos", nos recuerda que no somos sólo cada uno de nosotros detrás del volante. Ese alguien que nos espera es una buena excusa para bajar la velocidad y llegar, aunque sea más tarde, a destino. En ese acelerador moderado se encuentra ni más ni menos que la abismal diferencia entre la risa y el llanto.
Atarlo con alambre no es lo mismo que darse maña para arreglar o solucionar algo. Eso es de chapuceros, de torpes con iniciativa. La verdad es que no todos nacimos con habilidades para las tareas domésticas ni tenemos el mínimo talento para resolver cuestiones que a priori parecen fáciles de resolver.
Componer lo descompuesto incluye contar con una cuota importante de paciencia; sea pegar ese florero de porcelana que voló de un pelotazo o cambiar el cuerito de la canilla para terminar con su monótono goteo.
Para quienes no hemos sido dotados con ninguna de estas virtudes prácticas, siempre quedará la posibilidad -mejor dicho, el auxilio- de los que saben. De lo contrario, lo barato saldrá caro y encima nos ganaremos el inevitable reproche familiar. Pasado en limpio, zapatero a tus zapatos y que el mundo siga girando gracias a los que hacen lo que uno no puede.
Llame ya. Los oficios, esa imprescindible división del trabajo, vienen a dar respuesta a aquello en lo que nosotros hacemos agua. Y no me refiero sólo a los plomeros. En estas épocas en que el yugo diario se lleva buena parte de nuestras energías y tiempo libre, los electricistas, gasistas, pintores, mecánicos, gomeros y cerrajeros superan la categoría de necesarios y se transforman casi en una tercera mano o un amigo de la casa.
Cuando uno creía que esas profesiones se iban perdiendo ante el avance de la hiperespecialización, irrumpieron esas modestas revistas de clasificados que pululan por los barrios y terminaron transformándose en tan prácticas y vitales como la guía de teléfonos o el imán del delivery.
Un simple llamado basta para que aparezcan en medio del caos doméstico con el mismo oportunismo que un tronco para el náufrago. Así también se hacen valer. Nuestra inutilidad cuesta cara y ellos, con el olfato de un animal de presa, no las hacen pagar. Por lo tanto, poniendo estaba la gansa.
Heredarás tu arte. En la década del '90 las escuelas técnicas apenas subsistieron, convirtiéndose en la Cenicienta de la educación argentina. Esto, que respondía sin dudas a un modelo de país cuyos resultados están a la vista, menguó la formación de muchos oficios tradicionales. Lo único que operó como factor de resistencia fueron los mandatos familiares. Es decir, hijos que aprendían el quehacer de padres y abuelos y de esa manera garantizaban la continuidad laboral y el plato de comida. "Así es como debe ser, porque ninguno de nosotros nació en cuna de seda, y cada hombre honrado debe aprender sus oficios terrestres, y cuanto antes mejor, para ser independiente en la vida y ganarse el pan que lleva a la boca, como nosotros mismos debemos ganarlo", escribió en Los oficios terrestres alguien que conocía el suyo como pocos: Rodolfo Walsh.
Más complicado es el panorama de aquellas labores más cercanas al arte que a la fría precisión de la técnica. Restaurar una muñeca antigua, afinar un piano, acondicionar un auto clásico, transcribir partituras, pulir piedras preciosas, no son moco'e pavo. Hay que tener un talento especial para esos menesteres. Imaginen cualquiera de esas tareas en manos torpes. El inspector Clousot o el Súper Agente 86 serían prolijos al lado de nosotros.
Partes del todo.
¿Qué tienen en común un buzo, un minero, un veterinario, un marinero y un periodista? Se supone que una pasión y una habilidad elementales para desarrollar su profesión dignamente y con los mejores resultados posibles. El oficio que elegimos, o nos tocó en suerte, condiciona nuestra concepción acerca del mundo y todo lo que se mueve en él. Un sepulturero y un partero, por caso, muestran distintas caras de un mismo rostro humano. Todos los oficios son esenciales para armar el puzzle de la vida misma.
Tributo. Ya sea por reconocimiento a esas nobles labores o simple gusto por el azar, no faltan quienes antes que evocarlos en una columna prefieren homenajearlos jugándole un numerito a la quiniela. Así, sus pesos pueden ir tanto al peluquero (27) o al albañil (56) como al dentista (37), al lechero (10) o al colectivero (25), por mencionar sólo un puñado de laburantes. Ganando o perdiendo, ellos igual nos ayudan a sobrellevar nuestras limitaciones y, por qué no, a vivir un poco mejor.
Después de mucho tiempo vuelvo a ver la foto más emblemática del Mundial ’78: “El abrazo del alma”, del fotógrafo de El Gráfico Ricardo Alfieri. En ella, Víctor Dell’Aquila, 23 años por entonces, observa cómo Tarantini y Fillol se abrazan arrodillados tras derrotar a la temible Naranja Mecánica holandesa. Al lado, con sus mangas vacías colgando, él intenta estrecharlos con el fantasma de sus brazos perdidos en un accidente.
La imagen me despertó otras tantas de aquel junio inolvidable por demasiadas razones. Han pasado 30 años ya y los recuerdos se amontonan en el área de la memoria como si alguien les fuera a patear un córner.
Creo que fue en ese invierno mundialista donde nació mi vocación periodística. Veo allí pistas de lo que vendría. Aún conservo los suplementos deportivos que coleccionaba día a día. Llevaba estadísticas, estudiaba el fixture, recortaba fotos y no me perdía ningún partido que dieran en el tele blanco y negro. En la escuela no se hablaba de otra cosa y cuando jugábamos un picado en el patio nuestros héroes locales eran remplazados por jugadores a los que ni siquiera sabíamos pronunciar. Todavía hoy escucho la pegadiza musiquita del Mundial y no puedo evitar sentir algo especial. Tanto como ver ese gauchito infantil que simbolizaba la supuesta argentinidad y que todos pegábamos en los vidrios del auto, cuadernos, vidrieras, como para recordarnos todo el tiempo en qué país estábamos. Fueron 25 días de junio donde la aceitada maquinaria propagandística de Videla y compañía no dio tregua. Salir de esa cápsula futbolera era tan difícil como recitar de corrido la formación de Polonia.

Detrás de las tribunas

Recuerdo claramente las postales que venían en la Para Ti que solía comprar mi madre. Con el lema “Argentina toda la verdad” e imágenes de niños caminando entre pacíficas palomas, esa revista nos invitaba a enviarlas a medios del extranjero para refutar la “campaña antiArgentina”. Había que decirle al mundo cuán “derechos y humanos” éramos. Tuvieron que pasar unos años para que, con el retorno de la democracia, empezara a salir a la luz la contracara de aquel idílico Mundial de mi infancia. Ahora, el álbum de la verdad debía completarse con otras figuritas.
Sabría, sabríamos, que mientras gritábamos los goles de Kempes o Luque, a pocas cuadras de allí existían centros clandestinos de detención donde se torturaba y desaparecía a argentinos sin distinción de camisetas.
Sabríamos (aunque muchos ya lo sabían y miraban para otro lado) que la dictadura se había servido de los medios para tapar lo que pasaba más allá de las tribunas y que la fiesta, con la lluvia de papelitos del inefable Clemente (otro momento que esperaba ansioso en mi Noblex 20”), no hacía más que distraernos de uno de los momentos más negros de la historia argentina.

¿Fiesta o vergüenza de todos?

Tres décadas después, con la frialdad que habilita la distancia, es posible revisitar ese episodio deportivo sin la ceguera de la pasión intrínseca del fútbol. Mientras más nos alejamos de aquel partidazo en el Monumental más sale a flote lo que tapó el Mundial en esos turbulentos día.
El equívoco se produce cuando se cae en generalizaciones. No todos los que salimos a las calles a festejar el triunfo argentino fuimos cómplices de los genocidas; la gran mayoría desconocía lo que realmente pasaba con el tema desaparecidos. Claudio Tamburrini, el ex arquero y militante que estuvo detenido en esos años (ver Crónica de una fuga) considera que “fue un festejo deportivo. Nadie gritaba ¡Viva Videla!”. En la vereda de enfrente, Pablo Llanto, en su libro La vergüenza de todos sostiene que “el Mundial ’78 aparece como el primer símbolo de aprobación masiva a la dictadura. Videla recibió seis veces el aplauso de las multitudes en estadios repletos”.
Con mis 12 años era casi imposible saber lo que con el tiempo esta profesión me ayudaría a entender, a profundizar, a poner en su justa medida. Al igual que el poeta español Luis García Montero pienso que “el fútbol no es cuestión de vida o muerte. Es, si acaso, una tormenta en un vaso de agua. Pero me ha quitado muchas veces la sed”. A mí también. Por suerte, lo que no me quitó fue la memoria.
¿Se puede escribir de otra cosa que no sea del incansable tira y afloja entre la obstinada Cristina y el testarudo campo? ¿Se puede sin que se lo acuse a uno de marciano o apátrida? ¿O lo tilden de gorila o golpista, como sueltan a cada rato quienes no aceptan la más mínima disidencia con el modelo K? Se puede. Y se debe. La Argentina, como sabe hasta Barack Obama, son muchas Argentinas. Se puede, por ejemplo, hablar de aquello que quedó en segundo plano, detrás de las bravuconadas de D’Elía, de la omnipotencia de los que cortan rutas y de la falta de leche, harina, aceite y, especialmente, cordura.
Son aquellos temas que, como el avión que llega a destino, para muchos no son noticia pero forman parte de esa reserva (¿moral?) que sostiene este “país rasti” al que cada uno arma según le place o le conviene.
Frente a los miles de centímetros que se llevaron la Plaza del Sí, la Mesa de Enlace y Lilita pidiendo que recemos, el reparto de las informaciones “extra conflicto” fue tan magro como el índice de fe. Estado de situación que el Observatorio de Medios no detectó por estar más atento a que la figura presidencial no sea mancillada con supuestos y arteros gorilismos.
Página más página menos, hay demasiados protagonistas anónimos, “argentinos y argentinas” (como gusta llamarlos la señora Fernández), que la reman a diario y sin embargo tienen menos prensa que los desmemoriados sojeros. Ellos también son carne de información.
Stop a la muerte. En San Rafael, un grupo de chicos y chicas cansados de ver a los de su edad morir en absurdos accidentes de tránsito (Mendoza es la tercera provincia con más muertos por esa causa) decidieron salir a la calle con una campaña de concientización vial. Un auto destruido luciendo el cartel “Tomá conciencia” y el reparto de folletos con consejos básicos les sirven para llamar la atención de quienes transitan a los piques por calles y rutas sureñas.
Ver más allá. Diez estudiantes ciegos recibieron notebooks parlantes para que puedan estudiar sin quedar al margen de los avances tecnológicos y a la vez facilitarles su formación. La Comuna de Rivadavia invirtió U$S25.000 para equipar a estos alumnos, que ahora navegarán por internet como cualquier hijo de vecino.
Ojo al hilo. Tejedoras e hilanderas rurales de todo el país cruzaron agujas hace unos días en Malargüe. Además de compartir experiencias, mates y puntos, plantearon la necesidad de enhebrar una red nacional para luego darle forma a una cooperativa y así poder mejorar la venta de sus productos. Garantizarse que ese oficio ancestral se les transforme de una vez por todas en trabajo rentable.
Para imitar. Otra muestra de que en los colegios no sólo se producen quema de bancos, robos de computadoras o roturas de calefactores es lo hecho por los alumnos de 3º 1ª de la escuela Mercedes A. de Segura, de San Rafael. Por diseñar novedosos materiales didácticos para niños y adolescentes autistas, como reconocimiento fueron invitados al II Encuentro de Escuelas Solidarias del Mercosur. Además de elogios recibieron una mención de honor y el impulso para extender su ejemplar tarea.
Distraídos con suerte. Es cierto que aquello que se repite pierde efecto, por lo tanto es “menos” noticia. Sin embargo, ante la publicitada pérdida de valores aquellos que encuentran dinero y lo devuelven no dejan de ocupar espacio en los medios. Esta vez al podio de los honestos subieron el dueño de un bar de San Martín y su empleado. Devolvieron $37.000 que había olvidado un trabajador de una compañía de seguros. Por el papelón del desmemoriado, la firma premió a los que no se quedaron con lo que no era suyo.
Los mejores pilotos. ¿Será casualidad que en la mayoría de estas historias los protagonistas sean jóvenes? Un dato que periodistas, funcionarios y docentes deberíamos manejar con mayor visión de futuro. Aunque queda claro que no lograrán opacar titulares como “Colectiveros cobran más que docentes, policías y médicos”, “Por año cada legislador dispone de $43.000 para viajes y personal” o “Se roban $200.000 de una joyería de San Martín”, de a poco ellos van llenando butacas en ese avión de las buenas noticias que por cierto aún nos pasa demasiado alto.

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