Hay otras escuelas aparte de la de la calle o la de la vida. La del “hogar dulce hogar” es una de las primeras y fundamentales. Lo que se aprende en esos años fundacionales es lo que quedará grabado a fuego, lo que nos acompañará como alas o mochila para el resto de la vida. Allí se moldea con mayor o menor pulso el hombre o mujer que seremos. En manos de los padres, se cincelan –o deberían– los trazos básicos de ese adulto que nos esperará unas cuantas cuadras más adelante. Verdad de Perogrullo, el resto del camino dependerá de cada uno. El ser humano, entonces, como un work in progress (trabajo en progreso) que debe ir completándose en su relación con los demás.
Todo este introito para preguntarme/les si es una antigüedad preservar lo que nos enseñaron como “buenos modales”, si es demodé ser educado, guardar ciertas formas, pensar que no somos los únicos y que lo que hacemos o dejamos de hacer –siempre– tiene su efecto en los demás. Hasta la frase “don de gentes” hoy suena antidiluviana, pero eso no quiere decir que dé lo mismo. A mí no me da lo mismo. Me molesta sobremanera cuando ciertas normas de urbanidad y hasta de caballerosidad se omiten ex profeso, como si hubieran caído en desuso al igual que un disco de pasta o una fugaz estrellita de tevé.
No me da lo mismo los que atienden el teléfono con un lacónico “sí” (¿Sí, qué?, suelo contestarles con mi peor otro yo). No pido ya el viejo y querido “buen día”; me conformo al menos con un mínimo “hola” tan impersonal como protocolar.
Lo que está en juego
Sigo preguntando: ¿es de anacrónico o viejo choto no tutear a todo el mundo, ceder el asiento en el micro, no carajear a la maestra de los chicos, saludar a los vecinos, devolver una billetera ajena? Parece que sí; a la chica que el mes pasado devolvió $40.000 le atestaron la casilla de su teléfono con mensajes donde boluda era lo más liviano que le propinaron por haber osado ser honesta. Hoy tener códigos no paga, no tiene prensa, no es de modernos ni avispados. Ser educados es de pavotes, de nerds, de marginales aun dentro del sistema.
De eso trata en esencia un libro como No es país para viejos, obra de Corman McCarthy que sirvió de base para el multipremiado filme de los hermanos Cohen Sin lugar para los débiles. La historia en primer plano son los dos millones de dólares de una fallida venta de droga que Llewelyn Moss encontrará y que en su afán de quedárselos desatará un interminable reguero de
muertes. Pero lo que allí está en juego todo el tiempo son los códigos. En esa batalla de todos contra todos, nadie le debe fidelidad a nadie. El sheriff, especie de voz de la conciencia, es quien cavila apenado acerca de que en el mundo actual ya no hay lugar para los débiles (¿los honestos?).
“Opino que cuando todas las mentiras hayan sido contadas y olvidadas, la verdad aún seguirá estando ahí. La verdad no va de un sitio a otro y no cambia de vez en cuando. No se la puede corromper como no se puede salar la sal”, reflexiona Ed Tom Bell, el experimentado jefe policial.
Para el personaje encarnado por Tommy Lee Jones, su mundo –ese pueblo en el desierto en el que apenas se mueven personas, autos y serpientes– ciertas normas son tan elementales como un buen desayuno.
Para no ser esclavos
Ese sheriff, que se reconoce viejo y cansado pero que no resigna sus ideales, bien podría ser un docente jubilado, nuestros padres, un político de los de antes, un veterano de guerra, un pibe que devuelve algo que no le pertenece. Cualquiera de ellos debe preguntarse hoy por qué tantos de los que perdieron en el camino desde modales hasta códigos dejaron tan atrás a aquel niño al que seguramente le enseñaron lo básico para ser una persona decente, íntegra.
Si tales palabras les suenan un tanto apolilladas, dejo que Juan Manuel de Prada hable y se despida por mí: “Quizás es que soy un hombre muy poco moderno; pero declararme antimoderno es la única forma que nos resta para no ser esclavos de nuestra época”.
No sé si será la edad, la paternidad o una bienvenida sensibilidad ambiental, lo cierto es que ya no me resbalan los desmadres ecológicos, pasen éstos acá a la vuelta o en un país asiático de esos que hay que buscar con el google.
Yo era uno de los tantos que se preguntaban, cuando veía a los activistas de Greenpeace en osadas piruetas para frenar la caza indiscriminada de ballenas, movilizándose contra las papeleras, o encadenados para evitar la tala de un bosque, por qué tanto empeño en esas causas cuando aparecían como prioritarias, por caso, salvar del hambre a millones de personas, cuidar a ancianos olvidados o terminar con el trabajo infantil. Invertir tiempo, esfuerzo y dinero en humanos, antes que en animales o árboles. Error. ¿Dónde estaba escrito que una cosa suplanta a la otra? Mientras unos están parando el hachazo en el árbol o impidiendo la extinción del koala o el tatú carreta, otros solidarios integran una misión humanitaria en algún lejano poblado africano. Es decir, el objetivo es el mismo: contribuir a salvar al planeta y sus habitantes desde distintos frentes.
Semillas al aire
A quienes militan estas luchas se los suele desacreditar tildándolos de "políticamente correctos", como si sólo se tratase de bienintencionados que tienen tiempo de sobra para tales menesteres. Pues claro que esto es política, y de la buena. Hay que tener cojones para enfrentar a fuertes intereses económicos, como los que en el Norte argentino talan bosques enteros para plantar soja o en el Amazonas brasileño, principal pulmón verde de este vapuleado planeta, desforestan y talan ilegalmente. Es político dar la cara por los animales en extinción o proteger y movilizarse por los recursos naturales cuando cientos de funcionarios ambientales gastan millones de las arcas públicas en contratar a familiares y amigos (cualquier parecido con la acusada de malversación de fondos, Romina Picolotti, no es casualidad). Burócratas que no saben ni cuáles son las áreas protegidas que tienen a su cargo y que rara vez salen a la palestra para pedirles un poco de conciencia ambiental a los ignorantes que tiran botellas de plástico a los cauces, hacen asado al pie de los árboles, cazan todo lo que se mueva o van por la vida pensando que el ambiente nunca les cobrará tanta desidia. Y es político también mediatizar estos temas.
Cada acción de Greenpeace (sin dudas, la más famosa de las ONG ambientales) y de tantas otras de sus pares -a nivel local, Oikos, Cullunche y Nativa, han tenido fuerte protagonismo al expresarse contra la minería contaminante, la cacería ilegal o la explotación petrolera en Llancanello- provoca una reacción. Y no siempre positiva. La irrupción en espacios públicos y privados, muchas veces sin autorización, suele ganarse el rechazo de un sector al que una orca más o un quebracho colorado menos nunca les moverá el piso. De lo que no hay dudas es que no pasan inadvertidos. Saben que lo suyo es tirar semillas al aire confiando en que siempre habrá tierra fértil para una buena causa.
En lo que todos, sin excepción, estamos cosechando lo que sembramos es con el mentado cambio climático, que tanto le debe a la mano -negligente- del hombre. El acortamiento de la brecha entre la temperatura mínima y la máxima, el aumento de las lluvias, el efecto invernadero, el calentamiento global y el retroceso de los glaciares son muestras gratis del viva la pepa humano.
Un tema mayor
La cuestión ya no es dejarles un mundo mejor a nuestros hijos. Se trata de que nuestros hijos empiecen a vivir mejor ahora. Ahora es cuando urge respirar aire puro (lo del volcán Chaitén tomémoslo como lo que es: un "lapsus" de la naturaleza) y preservar concienzudamente el planeta para que entonces sí los que vengan no encuentren tierra rasa como en esas películas apocalípticas a las que es tan afecto Hollywood.
A riesgo de que suene a sentencia -¡y con tufillo a Paulo Coelho!-, se trata de cuidar la casa de todos. Para muchos, arrojar una pila en cualquier lado o tomar posición por el ambiente son temas menores. Eso supondría, especulo, que en los temas "mayores" estamos involucrados desde hace rato. ¿Estamos?
Yo era uno de los tantos que se preguntaban, cuando veía a los activistas de Greenpeace en osadas piruetas para frenar la caza indiscriminada de ballenas, movilizándose contra las papeleras, o encadenados para evitar la tala de un bosque, por qué tanto empeño en esas causas cuando aparecían como prioritarias, por caso, salvar del hambre a millones de personas, cuidar a ancianos olvidados o terminar con el trabajo infantil. Invertir tiempo, esfuerzo y dinero en humanos, antes que en animales o árboles. Error. ¿Dónde estaba escrito que una cosa suplanta a la otra? Mientras unos están parando el hachazo en el árbol o impidiendo la extinción del koala o el tatú carreta, otros solidarios integran una misión humanitaria en algún lejano poblado africano. Es decir, el objetivo es el mismo: contribuir a salvar al planeta y sus habitantes desde distintos frentes.
Semillas al aire
A quienes militan estas luchas se los suele desacreditar tildándolos de "políticamente correctos", como si sólo se tratase de bienintencionados que tienen tiempo de sobra para tales menesteres. Pues claro que esto es política, y de la buena. Hay que tener cojones para enfrentar a fuertes intereses económicos, como los que en el Norte argentino talan bosques enteros para plantar soja o en el Amazonas brasileño, principal pulmón verde de este vapuleado planeta, desforestan y talan ilegalmente. Es político dar la cara por los animales en extinción o proteger y movilizarse por los recursos naturales cuando cientos de funcionarios ambientales gastan millones de las arcas públicas en contratar a familiares y amigos (cualquier parecido con la acusada de malversación de fondos, Romina Picolotti, no es casualidad). Burócratas que no saben ni cuáles son las áreas protegidas que tienen a su cargo y que rara vez salen a la palestra para pedirles un poco de conciencia ambiental a los ignorantes que tiran botellas de plástico a los cauces, hacen asado al pie de los árboles, cazan todo lo que se mueva o van por la vida pensando que el ambiente nunca les cobrará tanta desidia. Y es político también mediatizar estos temas.
Cada acción de Greenpeace (sin dudas, la más famosa de las ONG ambientales) y de tantas otras de sus pares -a nivel local, Oikos, Cullunche y Nativa, han tenido fuerte protagonismo al expresarse contra la minería contaminante, la cacería ilegal o la explotación petrolera en Llancanello- provoca una reacción. Y no siempre positiva. La irrupción en espacios públicos y privados, muchas veces sin autorización, suele ganarse el rechazo de un sector al que una orca más o un quebracho colorado menos nunca les moverá el piso. De lo que no hay dudas es que no pasan inadvertidos. Saben que lo suyo es tirar semillas al aire confiando en que siempre habrá tierra fértil para una buena causa.
En lo que todos, sin excepción, estamos cosechando lo que sembramos es con el mentado cambio climático, que tanto le debe a la mano -negligente- del hombre. El acortamiento de la brecha entre la temperatura mínima y la máxima, el aumento de las lluvias, el efecto invernadero, el calentamiento global y el retroceso de los glaciares son muestras gratis del viva la pepa humano.
Un tema mayor
La cuestión ya no es dejarles un mundo mejor a nuestros hijos. Se trata de que nuestros hijos empiecen a vivir mejor ahora. Ahora es cuando urge respirar aire puro (lo del volcán Chaitén tomémoslo como lo que es: un "lapsus" de la naturaleza) y preservar concienzudamente el planeta para que entonces sí los que vengan no encuentren tierra rasa como en esas películas apocalípticas a las que es tan afecto Hollywood.
A riesgo de que suene a sentencia -¡y con tufillo a Paulo Coelho!-, se trata de cuidar la casa de todos. Para muchos, arrojar una pila en cualquier lado o tomar posición por el ambiente son temas menores. Eso supondría, especulo, que en los temas "mayores" estamos involucrados desde hace rato. ¿Estamos?

El Estado, figura elefantiásica y siempre sospechada de ineficiente, suele dejar agujeros negros que los ciudadanos deben cubrir por mera supervivencia o responsabilidad cívica. Digo esto a propósito de la falta de control en demasiados sectores de la sociedad, algo que sólo salta a la vista cuando ocurre una desgracia y aflora la cadena de irresponsabilidades.
Nada más elocuente para graficarlo que el caso Cromagnon, con casi 200 vidas en la conciencia de un puñado de funcionarios y particulares ineptos.
Quizás como efecto de la lección aprendida actualmente hay organizaciones civiles que auditan boliches, padres que se suman a los controles policiales para detectar pibes que manejan borrachos, músicos que juntan firmas en sus conciertos para impulsar una ley, uniones vecinales que ayudan a construir una delegación policial... Ejemplos de participación ciudadana que nacen de la necesidad misma, prescindiendo de toda tutela estatal.
Lo que deberían oír. La idea para reflexionar sobre este tema partió de un simple blog en el que una periodista del diario Crítica, de Lanata, da cuenta del calvario cotidiano que padecen porteños y bonaerenses en los medios de transporte público. Viajé para el orto -tal el explícito nombre de esa bitácora- no sólo registra lo que la autora ve diariamente, también recibe el aporte en textos y fotos de miles de maltratados pasajeros. Entrando allí, un funcionario astuto tendría un panorama más contundente de lo que pasa en calles y vías que el que le puede acercar un asesor de esos que están más pintados que un puente.
Algunos interpretarán este gesto (el de volcar la bronca en un blog) como un simple desahogo, cuando en realidad son voces de un coro que, tarde o temprano, se hará oír. Si el sector político quiere recuperar el respeto perdido, ya debería ir abriendo sus oídos a estos cantos que nada tienen de sirenas.
El cliente siempre tiene la razón. Frente al constante desmadre de los precios, los consumidores han demostrado no estar anestesiados. Así lo confirman esos tibios boicots que contribuyeron a frenar el alza de ciertos productos (el caso del tomate en 2007 es bien ilustrativo) o el ascenso de organizaciones de defensa al consumidor -como Prodelco y Adecua- que han ganado presencia, incluso mediática, por poner la lupa ahí donde rara vez el Gobierno fiscaliza como debiera. En la ausencia del Gran Hermano Estado, los argentinos comunes y corrientes van tomando la posta.
El ojo del amo. No menos cierto es que cuando los controles funcionan la maquinaria social se muestra más aceitada y eficaz. Basta observar cómo reaccionamos al ver un puesto policial en las rutas: disminuimos la velocidad, nos abrochamos el cinturón, no atendemos el celular y por poco no nos peinamos al pasar frente "a la ley". Somos, como tantas veces nos dijeron en la escuela, hijos del rigor. Para esto el General (Perón) tenía un frase igualmente cierta: "Todos los hombres son buenos, pero si los controlan son mejores".
En esa línea, no un peronista sino un radical -el intendente de Capital, Víctor Fayad- puso en práctica eso de que "el ojo del amo engorda el ganado" y dispuso manu militari sacar los tabiques en oficinas del municipio para terminar con esos guetos donde, aseguró, pululaban personajes gasallescos de mate y chusmerío y vendedores de ropa y CD truchos.
En Guaymallén, la unión vecinal del barrio Villa Barón confeccionó su propio mapa del delito para poner en evidencia dónde se vende droga o viven los delincuentes. Ahora será la Justicia y los muchachos de azul quienes deberán desactivar esa bomba de tiempo que les late al otro lado de la medianera.
Ni tanto ni tan poco. Después de todo no está nada mal que los que ponemos el voto además metamos los pies en el barro. Ya de boca de nuestros padres solíamos escuchar quejas acerca del "Estado paternalista". Ni tanto ni tampoco. En varias de las situaciones aquí descriptas el ciudadano común debió involucrarse porque no le quedaba otra.
Con 25 años de democracia ininterrumpida, lo esperable en este país ciclotímico es que tengamos la madurez suficiente para reclamar cuando corresponde pero también para hacernos cargo de ser protagonistas y no ver pasar la vida con la ñata contra el vidrio. En otras palabras, ser jueces y parte.
Nada más elocuente para graficarlo que el caso Cromagnon, con casi 200 vidas en la conciencia de un puñado de funcionarios y particulares ineptos.
Quizás como efecto de la lección aprendida actualmente hay organizaciones civiles que auditan boliches, padres que se suman a los controles policiales para detectar pibes que manejan borrachos, músicos que juntan firmas en sus conciertos para impulsar una ley, uniones vecinales que ayudan a construir una delegación policial... Ejemplos de participación ciudadana que nacen de la necesidad misma, prescindiendo de toda tutela estatal.
Lo que deberían oír. La idea para reflexionar sobre este tema partió de un simple blog en el que una periodista del diario Crítica, de Lanata, da cuenta del calvario cotidiano que padecen porteños y bonaerenses en los medios de transporte público. Viajé para el orto -tal el explícito nombre de esa bitácora- no sólo registra lo que la autora ve diariamente, también recibe el aporte en textos y fotos de miles de maltratados pasajeros. Entrando allí, un funcionario astuto tendría un panorama más contundente de lo que pasa en calles y vías que el que le puede acercar un asesor de esos que están más pintados que un puente.
Algunos interpretarán este gesto (el de volcar la bronca en un blog) como un simple desahogo, cuando en realidad son voces de un coro que, tarde o temprano, se hará oír. Si el sector político quiere recuperar el respeto perdido, ya debería ir abriendo sus oídos a estos cantos que nada tienen de sirenas.
El cliente siempre tiene la razón. Frente al constante desmadre de los precios, los consumidores han demostrado no estar anestesiados. Así lo confirman esos tibios boicots que contribuyeron a frenar el alza de ciertos productos (el caso del tomate en 2007 es bien ilustrativo) o el ascenso de organizaciones de defensa al consumidor -como Prodelco y Adecua- que han ganado presencia, incluso mediática, por poner la lupa ahí donde rara vez el Gobierno fiscaliza como debiera. En la ausencia del Gran Hermano Estado, los argentinos comunes y corrientes van tomando la posta.
El ojo del amo. No menos cierto es que cuando los controles funcionan la maquinaria social se muestra más aceitada y eficaz. Basta observar cómo reaccionamos al ver un puesto policial en las rutas: disminuimos la velocidad, nos abrochamos el cinturón, no atendemos el celular y por poco no nos peinamos al pasar frente "a la ley". Somos, como tantas veces nos dijeron en la escuela, hijos del rigor. Para esto el General (Perón) tenía un frase igualmente cierta: "Todos los hombres son buenos, pero si los controlan son mejores".
En esa línea, no un peronista sino un radical -el intendente de Capital, Víctor Fayad- puso en práctica eso de que "el ojo del amo engorda el ganado" y dispuso manu militari sacar los tabiques en oficinas del municipio para terminar con esos guetos donde, aseguró, pululaban personajes gasallescos de mate y chusmerío y vendedores de ropa y CD truchos.
En Guaymallén, la unión vecinal del barrio Villa Barón confeccionó su propio mapa del delito para poner en evidencia dónde se vende droga o viven los delincuentes. Ahora será la Justicia y los muchachos de azul quienes deberán desactivar esa bomba de tiempo que les late al otro lado de la medianera.
Ni tanto ni tan poco. Después de todo no está nada mal que los que ponemos el voto además metamos los pies en el barro. Ya de boca de nuestros padres solíamos escuchar quejas acerca del "Estado paternalista". Ni tanto ni tampoco. En varias de las situaciones aquí descriptas el ciudadano común debió involucrarse porque no le quedaba otra.
Con 25 años de democracia ininterrumpida, lo esperable en este país ciclotímico es que tengamos la madurez suficiente para reclamar cuando corresponde pero también para hacernos cargo de ser protagonistas y no ver pasar la vida con la ñata contra el vidrio. En otras palabras, ser jueces y parte.

Bien temprano, el hombre sale a caminar por una desolada calle de Guaymallén. Típica mañana de otoño mendocino, con las imponentes montañas ahí enfrente, como escapándose de un cuadro de Fader. Se siente Will Smith en Soy leyenda, recorriendo una Nueva York abandonada donde lo que hasta ayer era un macrocéfalo shopping a cielo abierto devino un desierto de cemento y chatarra.
Piensa en esto mientras camina por indicación médica. Nada mejor para bajar los decibeles, le recomienda un galeno amigo. "Si supieras cuánta gente tiene problemas de todo tipo culpa del estrés", le cuenta mientras le advierte: menos fritos, mate, alcohol, y más ejercicios físicos. El, por su parte, apaga el quinto cigarrillo y pide otro café.
Considerada por lejos la epidemia del siglo XXI, en la Argentina el estrés tiene niveles similares a Estados Unidos y España, con 30% de la población con pelos de punta, palpitaciones, angustia, bajones.
La Organización Mundial de la Salud detectó que 3 de cada 10 personas en el mundo no pueden dominar su ansiedad y viven estresadas. Insistamos en los números: según una encuesta de Gallup para La Nación, "en Argentina, 4 de cada 10 sienten que les falta la energía, 3 de cada 10 están estresados y 2 de cada 10 dicen estar deprimidos. Mientras 27% de los hombres menciona haber padecido estrés, 36% de las mujeres declaran lo mismo".
Como el poder, el estrés tiene múltiples caras: ansiedad, depresión, taquicardia, hipertensión, fobias, pánico, alteraciones gastrointestinales, trastornos del sueño y sexuales.
Si no nos convencemos de que hay que bajar un cambio, respirar profundo y salir a la calle a otra cosa que no sea trabajar, tengamos presente que quien padece esta enfermedad es hasta tres veces más propenso a sufrir un infarto. Ergo: o paramos, o agarrate Catalina.
Sin prisa, pero sin pausa
"No sé lo que quiero, pero lo quiero ya". Una vez más una canción o un verso aislado sintetiza con mayor precisión el espíritu de la época que cientos de estadísticas o ensayos. Aquella letra de Luca Prodan exaltaba la velocidad por la velocidad misma, en una urgida búsqueda ya no sólo exclusiva de los adolescentes sino de muchos adultos víctimas del síndrome de Peter Pan. Una especie de mandato de la época donde todo hay que tenerlo en menos de treinta minutos (o gratis), como la pizza a domicilio. Si la curiosidad mató al gato, la ansiedad está matando a sus dueños.
Llegar a fin de mes, pagar el alquiler, los impuestos, superar una separación, enfrentar abogados, rendir una materia, presentarse a una entrevista de trabajo, padecer la enfermedad de un ser querido, trabajar en malas condiciones son situaciones propicias para que el hambriento estrés se reproduzca al mejor estilo gremlins, esos bichos peludos que se multiplicaban con sólo mojarse.
Por eso, no es de extrañar que el santo más popular de los últimos años sea San Expedito, el patrono de las causas urgentes.
Vísteme despacio que tengo prisa
Ya que estamos, ofrecemos al lector pasado de rosca un puñado de simples pero sabios consejos, siendo el principal y más obvio tratar de combinar el ocio con la buena alimentación. A ver, papel y lápiz (nada de computadora): respetar los ciclos de sueño-vigilia y trabajo-descanso; comer sano; hacer ejercicios con regularidad; aprender a poner límites; agendar con anticipación para evitar el apresuramiento; determinar en qué utilizar correctamente el dinero, y programar un momento del día para relajarse y meditar. O más simple: caminar tanto como Will Smith y el hombre de Guaymallén.
Caso contrario no quedará otra que ir pidiendo turno a gastroenterólogos, psicólogos, nutricionistas, profesores de educación física o terapeutas varios, quienes por estos días tienen sus agendas colapsadas gracias a estresados como usted y yo.
El apuro, ese rasgo que desconocen santiagueños y burócratas de Casa de Gobierno pero que se aprecia doblemente en bomberos y cajeros de bancos y supermercados, siempre tiene consecuencias. Más claro lo escribió el español Manuel Vicent: "Dios hizo el mundo en seis días, y se notan las prisas". Tal cual.
Piensa en esto mientras camina por indicación médica. Nada mejor para bajar los decibeles, le recomienda un galeno amigo. "Si supieras cuánta gente tiene problemas de todo tipo culpa del estrés", le cuenta mientras le advierte: menos fritos, mate, alcohol, y más ejercicios físicos. El, por su parte, apaga el quinto cigarrillo y pide otro café.
Considerada por lejos la epidemia del siglo XXI, en la Argentina el estrés tiene niveles similares a Estados Unidos y España, con 30% de la población con pelos de punta, palpitaciones, angustia, bajones.
La Organización Mundial de la Salud detectó que 3 de cada 10 personas en el mundo no pueden dominar su ansiedad y viven estresadas. Insistamos en los números: según una encuesta de Gallup para La Nación, "en Argentina, 4 de cada 10 sienten que les falta la energía, 3 de cada 10 están estresados y 2 de cada 10 dicen estar deprimidos. Mientras 27% de los hombres menciona haber padecido estrés, 36% de las mujeres declaran lo mismo".
Como el poder, el estrés tiene múltiples caras: ansiedad, depresión, taquicardia, hipertensión, fobias, pánico, alteraciones gastrointestinales, trastornos del sueño y sexuales.
Si no nos convencemos de que hay que bajar un cambio, respirar profundo y salir a la calle a otra cosa que no sea trabajar, tengamos presente que quien padece esta enfermedad es hasta tres veces más propenso a sufrir un infarto. Ergo: o paramos, o agarrate Catalina.
Sin prisa, pero sin pausa
"No sé lo que quiero, pero lo quiero ya". Una vez más una canción o un verso aislado sintetiza con mayor precisión el espíritu de la época que cientos de estadísticas o ensayos. Aquella letra de Luca Prodan exaltaba la velocidad por la velocidad misma, en una urgida búsqueda ya no sólo exclusiva de los adolescentes sino de muchos adultos víctimas del síndrome de Peter Pan. Una especie de mandato de la época donde todo hay que tenerlo en menos de treinta minutos (o gratis), como la pizza a domicilio. Si la curiosidad mató al gato, la ansiedad está matando a sus dueños.
Llegar a fin de mes, pagar el alquiler, los impuestos, superar una separación, enfrentar abogados, rendir una materia, presentarse a una entrevista de trabajo, padecer la enfermedad de un ser querido, trabajar en malas condiciones son situaciones propicias para que el hambriento estrés se reproduzca al mejor estilo gremlins, esos bichos peludos que se multiplicaban con sólo mojarse.
Por eso, no es de extrañar que el santo más popular de los últimos años sea San Expedito, el patrono de las causas urgentes.
Vísteme despacio que tengo prisa
Ya que estamos, ofrecemos al lector pasado de rosca un puñado de simples pero sabios consejos, siendo el principal y más obvio tratar de combinar el ocio con la buena alimentación. A ver, papel y lápiz (nada de computadora): respetar los ciclos de sueño-vigilia y trabajo-descanso; comer sano; hacer ejercicios con regularidad; aprender a poner límites; agendar con anticipación para evitar el apresuramiento; determinar en qué utilizar correctamente el dinero, y programar un momento del día para relajarse y meditar. O más simple: caminar tanto como Will Smith y el hombre de Guaymallén.
Caso contrario no quedará otra que ir pidiendo turno a gastroenterólogos, psicólogos, nutricionistas, profesores de educación física o terapeutas varios, quienes por estos días tienen sus agendas colapsadas gracias a estresados como usted y yo.
El apuro, ese rasgo que desconocen santiagueños y burócratas de Casa de Gobierno pero que se aprecia doblemente en bomberos y cajeros de bancos y supermercados, siempre tiene consecuencias. Más claro lo escribió el español Manuel Vicent: "Dios hizo el mundo en seis días, y se notan las prisas". Tal cual.

En los lejanos '60, esa filósofa del sentido común que es María Elena Walsh fundaba el reino del Revés, un territorio donde nada es lo que parece y todo es posible. Incluso que vuele un pez. Desde entonces, esa metáfora pasó a cobrar otro sentido, a representar para muchos lo que ha sido y es este país, donde siempre las cosas se dan de la manera contraria a lo que la lógica indica. Argentina del revés. Lo mismo un burro que un buen profesor. Biblia y calefón.
La idea, arbitraria, caprichosa, es habitarlo por un rato para otear (soñar) cómo serían ciertas situaciones de la realidad si las observáramos en su anverso. Un ejercicio con más de justicia poética que de realización concreta, pero que pretende dejar el sayo a la vista para que al que le quepa se lo calce lo antes posible.
Manos limpias. Domingo por la mañana. Buena parte de los candidatos de las últimas elecciones (Biffi, Jaque, García, Abraham, Miranda, Puga, Fugazzotto, De Marchi, Mancinelli) se juntan en el kilómetro cero, se saludan afectuosamente y parten -junto con sus partidarios- a limpiar el enchastre que dejaron en paredes, postes, árboles y puentes. A la vuelta, y tras hacer una vaquita, comparten un asado. Un brindis por la convivencia democrática sella la jornada multipartidaria.
El premio. Hasta el lunes pasado, Eugenia (22), una estudiante y empleada de un local del Shopping, tenía ahorrados apenas U$S100 dólares para comprarse un auto. Ese mismo día, un hombre olvida una bolsa con $40 mil donde trabaja la chica. Ella los encuentra y sin dudar los devuelve. De la emoción, el desmemoriado la premia con la mitad de lo recobrado. Eugenia, por fin, dejará de viajar en micro. Al otro día se compra un usado impecable.
Comprometidos. Sin que mediaran piquetes ni puebladas, ediles de todas las comunas deciden -por mayoría absoluta- trabajar incluso los sábados. Como parte de la buena nueva incorporan un revolucionario método para sondear los problemas de la comunidad: una vez por mes van a los barrios a escuchar a los vecinos. Allí son recibidos con los brazos abiertos y no pocas veces vuelven a sus casas con dulces caseros, vinos, aceitunas o empanadas.
Aseguradas. Marisa y Claudia son maestras que dan clases en Godoy Cruz. El año pasado dejaron de ir a la escuela en sus autos, hartas de encontrarlos con las ruedas pinchadas, sin estéreo, los vidrios rotos o el capot rayado. Por iniciativa propia, los alumnos se turnan para controlar que nadie se acerque. Las "seño" -y sus autos- ahora son intocables.
Manejar la vida. Antes, la noticia trágica más mediática eran los muertos de cada día en calles y rutas. Desde hace un tiempo, los medios reflejan que el 98% usa cinturón, los alcoholímetros dan negativo en 9 de cada 10 controles y gracias a los numerosos radares que incorporó la Policía Vial se redujo notablemente el exceso de velocidad. Y con ella, los muertos.
Llegó el día. José (75) es uno de los miles de mendocinos que figuran en lista de espera para ser operados. Su largo penar terminará hoy. Una decisión del ministro de Salud, bajada en carácter de urgente a todos los hospitales, puso en lista de prioridades saldar tamaña deuda. Antes se enviaron los insumos necesarios y los quirófanos fueron puestos a punto. Por un rato, la familia de Pepe deja de rezar y respira con alivio.
Allá vamos. Años atrás, encontrar un taxi en la noche era más complicado que ser feliz. Por temor, los tacheros aguzaban el ojo y sólo levantaban a clientes que no despertaran sospechas. Ahora, además de subir pasajeros en cualquier calle de la ciudad, aceptan ingresar a cualquier barrio sin poner objeciones. No temen asaltos (hay policías a la vista) y el moderno sistema de seguimiento les garantiza asistencia inmediata.
De cajón. Después de cuatro años, el ministro de Seguridad termina su gestión sin sobresaltos. Junto al gobernador cierra un ciclo donde capitalizó los aportes de la oposición y de los distintos sectores para plasmar su plan de seguridad. Plan que, asuma quien asuma en el próximo gobierno, tendrá su continuidad (como corresponde a toda política de Estado).
Dulces sueños. También en ese país del revés donde ocurren todos los casos citados, los diarios sólo incluyen buenas noticias, sus periodistas ganan más que las bailarinas de Tinelli y los lectores agradecen a los cuatro vientos esa inyección de optimismo que les permite afrontar la jornada de trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Gracias, María Elena. Y que nadie nos despierte.
La idea, arbitraria, caprichosa, es habitarlo por un rato para otear (soñar) cómo serían ciertas situaciones de la realidad si las observáramos en su anverso. Un ejercicio con más de justicia poética que de realización concreta, pero que pretende dejar el sayo a la vista para que al que le quepa se lo calce lo antes posible.
Manos limpias. Domingo por la mañana. Buena parte de los candidatos de las últimas elecciones (Biffi, Jaque, García, Abraham, Miranda, Puga, Fugazzotto, De Marchi, Mancinelli) se juntan en el kilómetro cero, se saludan afectuosamente y parten -junto con sus partidarios- a limpiar el enchastre que dejaron en paredes, postes, árboles y puentes. A la vuelta, y tras hacer una vaquita, comparten un asado. Un brindis por la convivencia democrática sella la jornada multipartidaria.
El premio. Hasta el lunes pasado, Eugenia (22), una estudiante y empleada de un local del Shopping, tenía ahorrados apenas U$S100 dólares para comprarse un auto. Ese mismo día, un hombre olvida una bolsa con $40 mil donde trabaja la chica. Ella los encuentra y sin dudar los devuelve. De la emoción, el desmemoriado la premia con la mitad de lo recobrado. Eugenia, por fin, dejará de viajar en micro. Al otro día se compra un usado impecable.
Comprometidos. Sin que mediaran piquetes ni puebladas, ediles de todas las comunas deciden -por mayoría absoluta- trabajar incluso los sábados. Como parte de la buena nueva incorporan un revolucionario método para sondear los problemas de la comunidad: una vez por mes van a los barrios a escuchar a los vecinos. Allí son recibidos con los brazos abiertos y no pocas veces vuelven a sus casas con dulces caseros, vinos, aceitunas o empanadas.
Aseguradas. Marisa y Claudia son maestras que dan clases en Godoy Cruz. El año pasado dejaron de ir a la escuela en sus autos, hartas de encontrarlos con las ruedas pinchadas, sin estéreo, los vidrios rotos o el capot rayado. Por iniciativa propia, los alumnos se turnan para controlar que nadie se acerque. Las "seño" -y sus autos- ahora son intocables.
Manejar la vida. Antes, la noticia trágica más mediática eran los muertos de cada día en calles y rutas. Desde hace un tiempo, los medios reflejan que el 98% usa cinturón, los alcoholímetros dan negativo en 9 de cada 10 controles y gracias a los numerosos radares que incorporó la Policía Vial se redujo notablemente el exceso de velocidad. Y con ella, los muertos.
Llegó el día. José (75) es uno de los miles de mendocinos que figuran en lista de espera para ser operados. Su largo penar terminará hoy. Una decisión del ministro de Salud, bajada en carácter de urgente a todos los hospitales, puso en lista de prioridades saldar tamaña deuda. Antes se enviaron los insumos necesarios y los quirófanos fueron puestos a punto. Por un rato, la familia de Pepe deja de rezar y respira con alivio.
Allá vamos. Años atrás, encontrar un taxi en la noche era más complicado que ser feliz. Por temor, los tacheros aguzaban el ojo y sólo levantaban a clientes que no despertaran sospechas. Ahora, además de subir pasajeros en cualquier calle de la ciudad, aceptan ingresar a cualquier barrio sin poner objeciones. No temen asaltos (hay policías a la vista) y el moderno sistema de seguimiento les garantiza asistencia inmediata.
De cajón. Después de cuatro años, el ministro de Seguridad termina su gestión sin sobresaltos. Junto al gobernador cierra un ciclo donde capitalizó los aportes de la oposición y de los distintos sectores para plasmar su plan de seguridad. Plan que, asuma quien asuma en el próximo gobierno, tendrá su continuidad (como corresponde a toda política de Estado).
Dulces sueños. También en ese país del revés donde ocurren todos los casos citados, los diarios sólo incluyen buenas noticias, sus periodistas ganan más que las bailarinas de Tinelli y los lectores agradecen a los cuatro vientos esa inyección de optimismo que les permite afrontar la jornada de trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Gracias, María Elena. Y que nadie nos despierte.

Un colega acaba de llegar de Uruguay, donde estuvo cubriendo un evento deportivo, y cuando se le pregunta qué le pareció la tierra de Horacio Quiroga y Enzo Francescoli, lo primero que comenta -asombrado y con énfasis- es que no vio "ni una sola casa con rejas". Después, recién después, hablará del Centenario, la buena onda de los charrúas, su arquitectura, la honestidad de los tacheros y de lo guapas que son las mujeres por aquellas comarcas.
En cambio, de este lado del Río de la Plata, pruebe usted conseguir con premura unas rejas. Desde ya, deberá ¡pedir turno! y armarse de paciencia, porque estos ex artesanos del hierro no dan abasto ante la enorme demanda que alimenta el delito nuestro de cada día. Semanas y hasta meses tendrá que esperar, estimado damnificado. Mientras tanto, agregue doble trábex a las puertas y rece para que no lo visiten los cacos (ellos sí que no temen quedar entre rejas).
Lejos quedaron los tiempos en que vivíamos con las puertas sin llave, con vecinos y amigos entrando como pancho por su casa, dejando las bicicletas apoyadas en el cordón de la vereda o durmiendo con las ventanas abiertas. A lo sumo pasarían el aire y los mosquitos, nunca los chorros.
De aquellas épocas a éstas, de sentir que somos un blanco móvil, ha corrido demasiada sangre -y no agua- bajo el puente de la historia argentina. La inseguridad nos ha convertido tristemente en militantes de la paranoia. Estar alertas es la única forma de preservarnos y preservar a los nuestros ante la probada ineptitud del Estado.
Aunque la acechante inflación esté ahí como un fantasma nada amigable, las encuestas tienen un único protagonista: la inseguridad, por lejos, encabeza la tabla de las preocupaciones. De ahí que no sorprenda que este tema haya sido el caballito de batalla de la mayoría de los políticos en las últimas elecciones. Y, si no, recordemos la promesa del entonces aspirante al sillón de San Martín Celso Jaque de que en seis meses combatiría el delito. Se sabía que era un anzuelo de campaña, sin embargo, la necesidad -mejor dicho, el miedo- traccionó a favor de un voto que a la vez era un pedido de auxilio. Todavía estamos esperando que alguien lo escuche.
La culpa del mensajero
Las pruebas están a la vista. Este medio, como tantos otros, da cuenta diariamente de robos de todos los tamaños y muertes absurdas por una moto o un simple par de zapatillas como exiguos botines. Cerca, y como parte de una misma foto de la realidad, aparecen las organizaciones creadas por los familiares de las víctimas del delito, y es difícil no pensar que mañana podríamos ser uno de ellos.
Mientras tanto, como quien mira otro canal, la presidenta Cristina culpa a los medios como se culpa al mensajero. "Parece que hay una prohibición decretada desde algún lugar de que comunicar a los argentinos que las cosas nos van mejor o que también pasan cosas buenas en la Argentina fuera algo que está de más o molesta", nos retó días atrás la heredera de Néstor.
La diaria prevención
Con todo respeto, no nos va mejor si cada paso que damos está directamente vinculado a cómo defendernos de tanta violencia. Ya que viene al caso, repasemos algunos de esos actos "preventivos" que ponemos en práctica a diario para zafar del flagelo: avisarles a los vecinos cuando dejamos la casa sola, acompañar a los chicos a la parada del micro, llevarlos y traerlos a cumpleaños, escuelas, boliches o juntadas de estudio; mirar para todos lados cuando se va al cajero automático (y sacar lo menos posible), no llevar la billetera en los bolsillos de atrás, atender a vendedores y molestos varios por la ventana, dar una vuelta antes de guardar el auto por si alguien está al acecho, avisar por mensajes de texto por dónde andamos, cual GPS casero; contratar seguridad privada entre los vecinos para que camine la calle como los viejos pregoneros; si se tiene alarma, dejarles un listado de teléfonos "a los de al lado" para que nos ubiquen urgentemente; poner doble y hasta triple llave, etcétera, etcétera, etcétera. En definitiva, no confiar ni en el pobre pibe del delivery.
Está bien, no es de buen gusto hablar de la soga en la casa del ahorcado. La verdad es que deben estar mucho peor en Irak, en Palestina, en Kosovo. Para que se ponga contenta Cristina, y su patovica ad hoc Luis D'Elía no siga diciendo que "el periodismo es una pistola en la cabeza de la democracia", me despido con una muy buena noticia: Dios es argentino.
En cambio, de este lado del Río de la Plata, pruebe usted conseguir con premura unas rejas. Desde ya, deberá ¡pedir turno! y armarse de paciencia, porque estos ex artesanos del hierro no dan abasto ante la enorme demanda que alimenta el delito nuestro de cada día. Semanas y hasta meses tendrá que esperar, estimado damnificado. Mientras tanto, agregue doble trábex a las puertas y rece para que no lo visiten los cacos (ellos sí que no temen quedar entre rejas).
Lejos quedaron los tiempos en que vivíamos con las puertas sin llave, con vecinos y amigos entrando como pancho por su casa, dejando las bicicletas apoyadas en el cordón de la vereda o durmiendo con las ventanas abiertas. A lo sumo pasarían el aire y los mosquitos, nunca los chorros.
De aquellas épocas a éstas, de sentir que somos un blanco móvil, ha corrido demasiada sangre -y no agua- bajo el puente de la historia argentina. La inseguridad nos ha convertido tristemente en militantes de la paranoia. Estar alertas es la única forma de preservarnos y preservar a los nuestros ante la probada ineptitud del Estado.
Aunque la acechante inflación esté ahí como un fantasma nada amigable, las encuestas tienen un único protagonista: la inseguridad, por lejos, encabeza la tabla de las preocupaciones. De ahí que no sorprenda que este tema haya sido el caballito de batalla de la mayoría de los políticos en las últimas elecciones. Y, si no, recordemos la promesa del entonces aspirante al sillón de San Martín Celso Jaque de que en seis meses combatiría el delito. Se sabía que era un anzuelo de campaña, sin embargo, la necesidad -mejor dicho, el miedo- traccionó a favor de un voto que a la vez era un pedido de auxilio. Todavía estamos esperando que alguien lo escuche.
La culpa del mensajero
Las pruebas están a la vista. Este medio, como tantos otros, da cuenta diariamente de robos de todos los tamaños y muertes absurdas por una moto o un simple par de zapatillas como exiguos botines. Cerca, y como parte de una misma foto de la realidad, aparecen las organizaciones creadas por los familiares de las víctimas del delito, y es difícil no pensar que mañana podríamos ser uno de ellos.
Mientras tanto, como quien mira otro canal, la presidenta Cristina culpa a los medios como se culpa al mensajero. "Parece que hay una prohibición decretada desde algún lugar de que comunicar a los argentinos que las cosas nos van mejor o que también pasan cosas buenas en la Argentina fuera algo que está de más o molesta", nos retó días atrás la heredera de Néstor.
La diaria prevención
Con todo respeto, no nos va mejor si cada paso que damos está directamente vinculado a cómo defendernos de tanta violencia. Ya que viene al caso, repasemos algunos de esos actos "preventivos" que ponemos en práctica a diario para zafar del flagelo: avisarles a los vecinos cuando dejamos la casa sola, acompañar a los chicos a la parada del micro, llevarlos y traerlos a cumpleaños, escuelas, boliches o juntadas de estudio; mirar para todos lados cuando se va al cajero automático (y sacar lo menos posible), no llevar la billetera en los bolsillos de atrás, atender a vendedores y molestos varios por la ventana, dar una vuelta antes de guardar el auto por si alguien está al acecho, avisar por mensajes de texto por dónde andamos, cual GPS casero; contratar seguridad privada entre los vecinos para que camine la calle como los viejos pregoneros; si se tiene alarma, dejarles un listado de teléfonos "a los de al lado" para que nos ubiquen urgentemente; poner doble y hasta triple llave, etcétera, etcétera, etcétera. En definitiva, no confiar ni en el pobre pibe del delivery.
Está bien, no es de buen gusto hablar de la soga en la casa del ahorcado. La verdad es que deben estar mucho peor en Irak, en Palestina, en Kosovo. Para que se ponga contenta Cristina, y su patovica ad hoc Luis D'Elía no siga diciendo que "el periodismo es una pistola en la cabeza de la democracia", me despido con una muy buena noticia: Dios es argentino.

Hay una visión estereotipada de la solidaridad, esa palabra que de tanto uso ya luce gastada como un billete de dos pesos. Se la suele asociar con la ayuda coyuntural en casos de fenómenos naturales (tormentas, terremotos, inundaciones) o con la recolección de fondos para una costosa operación. Sin embargo, esa "actitud de adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros" -tal como define nuestro fiel Larousse ilustrado- está presente en postales mucho más cotidianas de lo que pensamos. Es cierto que se complica ver tales gestos humanitarios cuando los recientes cortes de rutas en todo el país mostraron su contracara, a pesar de que allí también se alzaba -según ellos- la bandera de la solidaridad.
Las que siguen son otras versiones de la generosidad ajena que, si bien no lograrán destronar el "nazarenismovelez" imperante en la mayoría de los medios, tal vez operen como modestos antídotos a la mala onda que dejó flotando la pulseada entre el agro y la siempre esclarecida Cristina K.
Nada se pierde, todo se aprovecha. Luis, experimentado mozo de un conocido restorán céntrico, tiene por norma nunca tirar la comida que sobra. No lo acepta, le parece el peor de los pecados. Lo que dejan los comensales de apetito mesurado es prolijamente guardado en unos cuantos tupper que le compró su mujer en un persa de la General Paz. Cuando vuelve a su barrio, uno de esos que figuran en el mapa del delito (el real, no el de Jaque), varios vecinos pasan a buscar una porción del bocado ajeno. Para Luis no hay mejor pago que el "gracias" sincero y una sonrisa cómplice.
Nuestras Penélope. Seguramente a unas cuantas de ellas un día les cayó la ficha y se dijeron "para qué voy a pasarme las tardes tejiendo sola, viendo esos culebrones si puedo hacer algo por los demás". Así fue como se corrió el ovillo y nació Tejedoras de la Vida, un grupo de inquietas mujeres (abuelas, profesoras, amas de casa, profesionales) de la comunidad del colegio Nuestra Señora de la Consolata, en Guaymallén. El resultado del arte de las agujas es donado a instituciones o a quien lo necesite. Bufandas, pulóveres, mantas, chalecos y todo lo que toma forma en sus manos llega a buen destino. Y gratis.
Esa mujer. Todos los días apenas pasada la medianoche llega sola con su bolsita de comida a la playa de estacionamiento frente a la Casa de Gobierno. No le preocupa la inseguridad, o al menos no lo demuestra; lo cierto es que en esa zona un tanto oscura le da de comer religiosamente a un puñado de perros de la calle. No tienen dueño, pero seguramente ya les puso nombre y los reconoce uno por uno. Ellos, está a la vista, la esperan como otros de su especie lo hacen para pasear por el parque o correr tras un frisbee.
Habilidades. Si hay alguien al que el traje de "hombre orquesta" le calza pintado ése es Carlos. El tipo puede poner una cerradura, arreglar el flotante del baño o la pata de la mesa, pintar una puerta, "salvar" un mueble antiguo o cambiar un vidrio, entre innúmeras habilidades. Tamaña ductilidad le ha reportado una merecida fama. Es común que tornillo, madera o ladrillo que sobre le sea donado, por eso su casa es una especie de mercado de pulgas donde hay un poco de todo y de todo un poco. Aprovechando la buena relación con sus clientes, con cierta timidez les pide si no tienen ropa o calzados que les sobren. Y aclara, como si hiciera falta: "No es para mí". Lo que consigue se lo lleva a familias necesitadas que viven en el campo de San Luis, adonde suele ir a visitar amigos, comerse unos buenos chivos y jugar al truco.
Para qué. La muerte, aún cercana, del talentoso Jorge Guinzburg provocó una ola de programas homenaje donde volvimos a disfrutar de sus distintas facetas: el entrevistador incisivo, el humorista ácido, el conductor carismático, el guionista sutil. En uno de esos tantos reportajes que evocaron al hincha número uno de Vélez le preguntaron por qué nunca hacía mención a su constante tarea solidaria (había creado varios comedores comunitarios junto a otro referente del Fortín, Carlos Bianchi). El impúdico Jorge sorprendía reconociendo que le daba pudor. "¿Para qué, para que digan que soy bueno? Yo sé que soy bueno", remató con esa risa inconfundible.
Los protagonistas de los casos contados aquí seguramente también saben que son buenos, pero es mejor aún que lo sepamos los demás y sigamos su ejemplo. Ellos son la mitad del vaso, por eso alguna vez merecen ser noticia. Mucho más que una góndola vacía o un dirigente francotirador.
Las que siguen son otras versiones de la generosidad ajena que, si bien no lograrán destronar el "nazarenismovelez" imperante en la mayoría de los medios, tal vez operen como modestos antídotos a la mala onda que dejó flotando la pulseada entre el agro y la siempre esclarecida Cristina K.
Nada se pierde, todo se aprovecha. Luis, experimentado mozo de un conocido restorán céntrico, tiene por norma nunca tirar la comida que sobra. No lo acepta, le parece el peor de los pecados. Lo que dejan los comensales de apetito mesurado es prolijamente guardado en unos cuantos tupper que le compró su mujer en un persa de la General Paz. Cuando vuelve a su barrio, uno de esos que figuran en el mapa del delito (el real, no el de Jaque), varios vecinos pasan a buscar una porción del bocado ajeno. Para Luis no hay mejor pago que el "gracias" sincero y una sonrisa cómplice.
Nuestras Penélope. Seguramente a unas cuantas de ellas un día les cayó la ficha y se dijeron "para qué voy a pasarme las tardes tejiendo sola, viendo esos culebrones si puedo hacer algo por los demás". Así fue como se corrió el ovillo y nació Tejedoras de la Vida, un grupo de inquietas mujeres (abuelas, profesoras, amas de casa, profesionales) de la comunidad del colegio Nuestra Señora de la Consolata, en Guaymallén. El resultado del arte de las agujas es donado a instituciones o a quien lo necesite. Bufandas, pulóveres, mantas, chalecos y todo lo que toma forma en sus manos llega a buen destino. Y gratis.
Esa mujer. Todos los días apenas pasada la medianoche llega sola con su bolsita de comida a la playa de estacionamiento frente a la Casa de Gobierno. No le preocupa la inseguridad, o al menos no lo demuestra; lo cierto es que en esa zona un tanto oscura le da de comer religiosamente a un puñado de perros de la calle. No tienen dueño, pero seguramente ya les puso nombre y los reconoce uno por uno. Ellos, está a la vista, la esperan como otros de su especie lo hacen para pasear por el parque o correr tras un frisbee.
Habilidades. Si hay alguien al que el traje de "hombre orquesta" le calza pintado ése es Carlos. El tipo puede poner una cerradura, arreglar el flotante del baño o la pata de la mesa, pintar una puerta, "salvar" un mueble antiguo o cambiar un vidrio, entre innúmeras habilidades. Tamaña ductilidad le ha reportado una merecida fama. Es común que tornillo, madera o ladrillo que sobre le sea donado, por eso su casa es una especie de mercado de pulgas donde hay un poco de todo y de todo un poco. Aprovechando la buena relación con sus clientes, con cierta timidez les pide si no tienen ropa o calzados que les sobren. Y aclara, como si hiciera falta: "No es para mí". Lo que consigue se lo lleva a familias necesitadas que viven en el campo de San Luis, adonde suele ir a visitar amigos, comerse unos buenos chivos y jugar al truco.
Para qué. La muerte, aún cercana, del talentoso Jorge Guinzburg provocó una ola de programas homenaje donde volvimos a disfrutar de sus distintas facetas: el entrevistador incisivo, el humorista ácido, el conductor carismático, el guionista sutil. En uno de esos tantos reportajes que evocaron al hincha número uno de Vélez le preguntaron por qué nunca hacía mención a su constante tarea solidaria (había creado varios comedores comunitarios junto a otro referente del Fortín, Carlos Bianchi). El impúdico Jorge sorprendía reconociendo que le daba pudor. "¿Para qué, para que digan que soy bueno? Yo sé que soy bueno", remató con esa risa inconfundible.
Los protagonistas de los casos contados aquí seguramente también saben que son buenos, pero es mejor aún que lo sepamos los demás y sigamos su ejemplo. Ellos son la mitad del vaso, por eso alguna vez merecen ser noticia. Mucho más que una góndola vacía o un dirigente francotirador.



